LUIS4CONT

 

XII- Cuatro cenas: 2ª Carol y Felipe.

Carol estaba pletórica.

Se sentía guapa, desinhibida y sexy.

Todo estaba saliendo a pedir de boca. Estaba disfrutando de lo lindo de la cena y eso, que lo interesante aún no había empezado. Faltaba la parte más importante de todas: el sexo.

Esa sería la guinda del pastel.

Pero lo cierto es que estaba saboreando los entremeses y los preliminares. Ella era la protagonista absoluta de la cita.

Jugaba con Felipe, y se divertía a su costa. Por unos momentos, sintió que había viajado en el tiempo atrás y que volvía a ser la Carol alocada, desquiciante, manipuladora y sensual que volvía locos a los hombres.

Una minifalda no demasiado corta, que le daba un toque elegante al estar rematada por unos zapatos negros de tacón. Medias negras entallaban sus piernas, y una chaqueta, que con la excusa de que podría hacer una noche fresca, la tapaba hasta el cuello.

Elegante y casi rayando en la formalidad.

La sorpresa, vino cuando se subió en el coche de Felipe. A su lado, en el asiento delantero. La falda retrocedió muy atrás, como si encogiera, mostrando un liguero de encaje oscuro a medio muslo. Carol, observó divertida como se le iban los ojos a Felipe y, traviesa, decidió completar un poco más el movimiento. La falda no había subido sola lo suficiente, así que aprovechando un vistazo suyo al frente, tiró de ella un poco más. Unas bragas de lencería negra, asomaron entre sus muslos. Estuvieron a punto de estrellarse cuando Felipe, dio un volantazo. La lencería negra con ribetes le había hecho imaginar, al verla por el rabillo del ojo, que iba desnuda. Necesitó tres o cuatro miradas aun, poco disimuladas, para darse cuenta que estaba enseñando las bragas y no su coñito.

Apenas hubo contacto. Solo cuando la tomó de la mano al llegar al restaurante y la ayudó a bajar del coche. Ella siguió jugando con él. Le retiró el brazo cuando fueron a entrar al local, situado a unos treinta metros de distancia. Sitio discreto y mesa todavía más discreta, en un reservado mirando al mar. Una pequeña habitación donde solo estaban ellos. Únicamente al quedarse a solas, le permitió de nuevo alguna confianza, algún acercamiento. Entonces vino la segunda parte, cuando se quitó la chaqueta abotonada hasta arriba y mostró un vestido de tirantes, que dejaba sus hombros al aire y un escote que a poco que se inclinaba sobre el plato, le permitía a Felipe verle hasta casi el ombligo.

Las miradas, las frases insinuantes y la conversación, contribuyeron a envolver aún más a su presa en la tela de araña. Carol, hasta se sintió un poco decepcionada por lo fácil que estaba resultando todo. Jugaba con Felipe igual que un dueño juega con su perro, lanzando la pelota a un sitio y a otro, para que vuelva siempre con ella en la boca.

Era tan divertido… La Carol de hacía años había vuelto.

Vamos a hacer una diablura más… pensó.

– ¿Y tu mujer?

– ¿Cómo dices?

– Tu mujer, Felipe ¿dónde le has dicho que ibas esta noche?

– Le he dicho que tenía una cena de empresa con un proveedor… comentó despreocupado, como si el asunto no fuera importante para él… no sospechará nada, lo hago muy a menudo.

– Así que estás muy a menudo con proveedores.

–  Pues la verdad es que sí. Con temas de trabajo de verdad, no con reinas como tú, qué estás para comerte esta noche. Y por cierto: ¿y tu marido? ¿Dónde le has dicho que ibas? …contestó tratando de devolverle la pelota a su campo. Último intento de reacción, que gustó a Carol. Eso está bien, no le apetecía que la cosa fuera tan fácil. Quería un poco más de diversión. Algo de pelea por su parte, para animar el encuentro.

– Está de viaje. No vuelve hasta el sábado por la mañana.

– Viaje de trabajo supongo…

Vaya con Felipe, así que él también sabía morder…

– Sí, está en Madrid.

Eso era cierto, pensó para sí misma… y también, que esta noche estaría reunido con clientes. Otra cosa era, por qué no volvía el viernes por la tarde. De sobra sabía ella, que no había reuniones los viernes por la noche y que si su marido se quedaba hasta el sábado por la mañana, era por otros asuntos. Asuntos de faldas, seguramente. Ya hacía tiempo que había dejado de discutir, o de molestarse, o de interesarse. Lo importante es que ahora le tocaba a ella. Ese leve regusto de rencor quedó ahogado en un sorbo de vino blanco. Y también en la promesa de una noche de sexo duro y contundente con el tipo al que tenía loco, así que Carol volvió rápidamente tu atención a Felipe. Evitando quedarse descolocada: No guapo, no. Al que voy a terminar de descolocar es a ti.

Felipe dio otro trago y no pudo evitar mirar a su escote de nuevo.

Ella echó un vistazo hacia la puerta del reservado. Acababan de encargar la comida y no era probable que volviera el camarero en unos minutos. Se llevó la mano a la abertura que seguía siendo el objeto de atracción de Felipe y le dijo:

– ¿Te gusta la lencería que me he puesto?… mientras tiraba un poco hacia abajo de la tela. Un sujetador también negro hizo su aparición.

Felipe casi se atraganta.

– Claro, es muy bonito

– Sí pero ese es el problema, que es bonito pero no cómodo. Mira como me tiene de irritado el pezón… Y eso que me ha costado caro…

El sujetador apenas podía contener los pechos de Carol, a la que bastó un leve movimiento para hacer saltar uno de ellos fuera. Luego pasó el dedo por el pezón, que reaccionó al instante irguiéndose. Una tetilla igual que la aureola, muy oscura, en claro contraste con la piel blanca de su dueña.

– ¿Sabes qué? Creo que me lo voy a quitar…

Carol se desabrochó el sujetador y lanzó una especie de suspiro de alivio.

– Así está mejor, aunque ahora me hace cosquillas la tela… dijo mientras movía sus pechos, que se marcaban claramente a través del raso del vestido.

Le alargó la pieza de lencería a Felipe:

– ¿Me la guardas? mi bolso es muy pequeño…

Felipe la tomó y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. Sudaba copiosamente. Estaba consiguiendo ponerlo muy, muy nervioso. Sonrió satisfecha. Todavía le quedaba noche para divertirse provocándolo.

Dos horas, una botella de vino, un licor y dos gin tonics después, Felipe para el coche en un solitario mirador, apenas a doscientos metros del restaurante.

– Hay luna y el mar está precioso ¿te apetece echar un vistazo?

Ella lo miró y sin decir nada se bajó del coche. Se acomodó sobre el capó separando un poco las piernas. Felipe se situó frente a ella, rompiendo por fin la distancia de seguridad. Se aproximó hasta que los dos cuerpos establecieron contacto, sin que esta vez Carol lo esquivara.

– ¿No miras el mar?… Esta noche está precioso… Comento burlona ella, mientras dejaba caer los tirantes y sus pechos quedaban al aire…

– Tú eres mi mar esta noche…

– Qué poeta… río ella ante el intento de alabarla. Y a mí que me parece que has parado porque eres incapaz de conducir con esto así… Dijo mientras posaba la mano en su entrepierna…Tú no llegas al hotel.

– La verdad es que sí, tenía miedo de que nos estrelláramos…

– Bueno pues entonces habrá que hacer algo al respecto…

Felipe acercó sus manos a esos pechos que lo tenían como hipnotizado, pero Carol le agarró por las muñecas evitando el contacto. Luego se dejó caer hacia abajo, quedando en cuclillas. Le desabrochó la bragueta a Felipe y con habilidad, liberó su verga. Era de un tamaño considerable y estaba dura como el metal. La presionó y unas gotas de líquido resbalaron por el falo hasta pegarse en sus dedos.

¡Dios, qué ganas tenía de follar! ¡Ahora ella era la que se mojaba!

La sujetó por detrás y mirándolo fijamente, empezó a besarle los testículos. Besos suaves, presionándolos con los labios. Luego, saco la lengua, jugueteó un poco y finalmente lamió el falo, recorriéndolo entero de abajo hasta la punta, en la que se entretuvo con su lengua.

A pesar de ser un tipo compacto y fuerte, notó cuando le temblaron las piernas, una vez cerró los labios en torno al glande y comenzó a chupar. Con bocanadas lentas y profundas. Intentando introducírsela entera. Cuando se le aceleró la respiración, dejó de succionar. No quería que se corriera tan rápido.

Se incorporó a la vez que pasaba las manos por su vientre y pecho. Acercó los labios y le dio un húmedo beso con lengua. La boca aun le sabía a verga y ese beso compartido, la puso todavía más cachonda. Felipe le agarró los glúteos y la atrajo con fuerza. Pero ella, le puso las dos manos en el pecho y empujó hacia atrás, consiguiendo separarse.

Se apoyó de nuevo en el coche y se arremangó la falda.

– Quítame las bragas.

Felipe se arrodilló, pegada su cara al pubis. Se regodeó en la cercanía del objeto de su deseo, en su olor, en el bulto que formaban las braguitas marcando sus labios, en la mancha de humedad…bajó las bragas hasta los tobillos. Carol se deshizo de ellas, levantando un pie cada vez.

– Guárdatelas con el sostén, no quiero que se llenen de tierra.

Felipe volvió a obedecer, para delectación de Carol, metiéndoselas también en el bolsillo de la chaqueta. Luego, comenzó a lamer. Al principio jugando con la lengua sin mucho orden ni concierto. Después, dejándose llevar por los gemidos de ella, que se acentuaban cuando tocaba en los sitios adecuados.

Diosssss ¡que mojada estaba! No había imaginado que todo pudiera ir saliendo tan bien. Morbosa cena, Felipe desatado pero obediente, ella manejando toda la situación…decidió que sería allí, de pie y frente al mar. En plena naturaleza y exponiéndose a que alguien llegara y los viera…eso añadía morbo al asunto. Seria allí donde follarían por primera vez.

Asió del pelo a Felipe y lo obligó a soltar su fruta, que él comía con fruición. Tenía la barbilla brillante de sus flujos. Se sentó en el borde del capó y separó bien los muslos para que el pudiera contemplar bien su coñito, completamente depilado para la ocasión. Se separó los labios e introdujo un dedo en la vagina, hasta el fondo, sin apenas dificultad.

– Mira como me tienes… ¿no vas a hacer nada al respecto? Lo desafió.

Suficiente ya para un Felipe encelado, que la embistió sin contemplaciones. Un poco bruto pero a Carol le gustó. Necesitaba sensaciones fuertes, y después de todo, ella lo había llevado a ese punto. Cerró las piernas en torno a su cintura y se dejó poseer hasta que llegó el orgasmo. Fue compartido, porque al sentirla contraerse de gusto, Felipe no pudo aguantar ni un segundo más y se vació entero dentro de ella, oleada tras oleada de semen.

Permanecieron pegados un largo rato, oyendo el ruido y tenuemente iluminados por las luces de los vehículos que de vez en cuando circulaban por la carretera próxima. Solo cuando recobraron totalmente el pulso normal, él sacó la verga de su vagina, dejando un rastro de semen en la pulida superficie del vehículo. Carol todavía expulsó un poco más, formando goterones entre sus piernas. Se levantó con cuidado de no arrastrarlo con el culo ni los muslos.

Tras limpiarse con unos cleenex, ella se recompuso, asegurándose que, aunque denuda debajo de la ropa, todo estaba en su sitio.

– Esa habitación que has reservado ¿tiene una buena cama?

– Es una suite. Lo mejor para ti cariño. Cama e incluso hidromasaje, por si necesitamos relajarnos un poquito.

– ¿Relajarnos? No te quiero yo a ti relajado. Vamos, que todavía nos queda mucha noche, contestó ella provocadora mientras se introducía en el coche.

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