ALBERTO MORENO

         Ambientado en Chiapas,Mejico (2016 A.M.L.)

Sentado en la piedra rebolonda a la puerta de su casa, miró la bandada de grajos que volaban hacia el sur.

-¿A dónde irán?, se preguntó Pinchofrito.

Los zopilotes desaparecieron de su vista y el cielo volvió a quedar vacío.

Su casa en la llanura era un puntito blanco a escasos pasos del camino que conducía al pueblo. Le rodeaba el campo que cultivaba, reseco en aquella época del año.

Un árbol en la esquina más lejana servia de contrapunto a la casa. A veces del asiento de piedra de la puerta, caminaba hasta el árbol y allí en otra piedra, se acomodaba para zurcir una espuerta de pita o amolar con un pedernal el filo de la azada.

La casa y la tierra las heredo de su padre, cuando tenía treinta años.

Vivía solo.

A parte de cultivar aquel terreno esquivo, lavaba su ropa una vez al mes, cocinaba dos veces por semana y al pueblo se aventuraba de vez en cuando,si encartaba o convenía.

Solía comer el mismo guiso dos y tres días seguidos. Los frijoles guisados con yuca era el plato más repetido. No le importaba en demasía.

Pinchofrito era pobre, no sabia leer y nunca había salido de Las Peñas, el pueblo cercano a sus tierras y a su casa. Hablaba  un castellano extraño, de frases cortas .producto de sus largos silencios.

La casa la componían cuatro piezas, la cocina, dos dormitorios y el almacén, donde guardaba parte de la cosecha, los aperos, alguna silla rota y los víveres. El poco dinero que tenia provenía de la venta del grano que cultivaba y de las peonadas  quince o veinte que trabajaba al año en las tierras de Juan Valdio, el hombre de mas posibles de Las Peñas. Lo guardaba en una caja de puros, que tenia escondida en una oquedad del suelo del dormitorio, justo debajo de su cama.

La puerta de la casa tenia arriba, un miserable saliente como de un metro de paja y estera, cocido con alambres y que le procuraba sombra cuando se acomodaba en la piedra que su padre había colocado en la pared de la fachada y que allí jugó de niño, se sentó muchas veces a comer, a mirar el cielo y a ver pasar por el camino a las gentes de Las Peñas.

Pocos forasteros se aventuraban  por aquellos pagos, salvo entre otros, el que pasó a media mañana, con un hato a la espalda camino de Las Peñas. Los dos hombres se miraron sin decir palabra. El forastero se perdió en la distancia. El cerebro de Pinchofrito no discurrió nada.

-¿A dónde irían los grajos?, volvió a preguntarse. ¿Y de donde vendrá el forastero?. Pinchofrito se hacia preguntas simples que repetia en su mente con la insistencia de un eco que poblaba  y despoblaba su memoria hasta dejarla deshabitada.

Entro en la cocina y comprobó que la tinaja apenas tendría agua para dos días.

El pozo se encontraba junto al árbol solitario en el extremo de su campo. El agua había sido sesenta años antes la razón de afincarse su abuelo en aquel rincón del páramo. Con agua, la gente se vuelve sedentaria.

Heredó el nombre de su padre y este de su abuelo. Los Pinchosfritos eran oriundos de las tierras del valle, a varias jornadas de Las Peñas, agricultores fungidos a los campos como las cepas o la grama.

El hombre trajinó en el almacén, compuso el carrito de cuatro ruedas, cargo la tinaja y por la vereda que cruzaba su tierra, se encamino al pozo. Este tendría un brocal como de medio metro de alto. Retiro la estera que lo cubría y lanzó la cubeta con fuerza. Esta golpeo el agua con un chasquido seco y se lleno al instante. Tiro de la cuerda y antes de vaciarla en la tinaja bebió un sorbo.

Con el dorso de la mano se limpio la boca.

-¡ Sabe requetebonita y huele a río!.

Pinchofrito, quería decir manantial, pero no conocía la palabra. De niño, muy de niño su abuelo le llevo al nacimiento del  Chachinea y desde entonces  el perfume de aquel agua había quedado prendido en su memoria.

-¿Serian treinta, o más?. La bandada de grajos volvía a su cabeza como si fuera un enigma. Sabia contar hasta cien y las cosas las dividía en  pocas o en muchas, la frontera la establecía esa cifra.

-¡Puede que fueran mas!, y si iban al sur, pasarían por Las Peñas y luego, dios sabe a donde irían!.

¿Y el forastero, quien seria?.Habia pasado como tres horas luego que la bandada de grajos.

Aquella noche se acostó con la premura de ir al pueblo al día siguiente. Mientras llegó el sueño, con las uñas de los pies se rascaba las tibias de sus piernas. Se arañaba levemente y el picor aliviado le producía placer.

Pinchofríto se acostaba empelotas, apenas tendría tres camisas, uno o dos pantalones y un poncho viejo que descolgaba de la percha cuando el frio o el viento esquivo soplaba en invierno y recorría el páramo de aquellos campos .

Se durmió sin saberlo.

Por la mañana , arrimó cuatro leños al rincón de fuego y en una olla, calentó la fritanga del día anterior, la rebañó hasta dejarla limpia. Al terminar la pitanza, eructó.

Después, emprendió el camino.

Medio sol despuntaba yá por la faz de los montes suaves de escasa altura que acotaban la llanura.

El pueblo no se divisaba todavía y el aire olia a rastrojos y a tierra seca, el verano declinaba pero el otoño estaba lejos todavía.

Ese dia haria calor, Pinchofrito, se habia calado el sombrero y

caminaba de forma acompasada  hacia Las Peñas.

Primero cruzo la casa de Fulgencio Peralta, distanciada algo del villorio, pero cercana. Después vinieron los chopos, dos a cada lado del camino y de inmediato las casas.

El camino habia terminado y se había convertido en calle.

Avanzó por ella.

Estaba desierta, las puertas cerradas, miro en todas direcciones y le extraño la quietud y la ausencia de ruidos y de gentes.

Cuando llegó a la plaza, la iglesia tenia las puertas abiertas y se oia un murmullo que venia de allá adentro. Se acercó, subió los peldaños de la entrada y penetro en su interior.

El pueblo entero estaba alli. En el altar el padre rezaba y la gente apostillaba sus plegarias. Delante de él y frente a los fieles, un ataúd tosco de tablas mal cortadas reposaba en dos caballetes de hierro.

-¡¡Señor proteje a tus hijos !.

Pinchofrito, se descubrió la cabeza , hizo la señal de la cruz en su frente y sostuvo el sombrero con las manos.

-¡¡Señor, recibe en tu reino el alma de este hombre que ha sido devorado por las córvidas aves del infierno, sus picos voraces han mondado sus huesos dejando solo el esqueleto sin restos de carne ni pellejo alguno!!.

Pinchofrito no entendia bien, pero un frio recorrió su espina dorsal primero de arriba abajo y luego de abajo a arriba. Se arrebujó a la comadre que habia a su lado y con un murmullo de voz queda le preguntó que habia ocurrido.

-¡¡Compadre lo han”mondao enterito”,con los picos, los zopilotes lo han dejado en los puros “guesos”, hasta los ojos le han sorbido!.

Camino del cementerio cada uno hacia su relato.

La comitiva avanzaba respondiendo los rezos que el cura desgranaba detrás del ataúd.

Éste, a hombros de solo dos compadres  presídia la comitiva. El ataud era liviano, solo llevaba en su interior un esqueleto. La comadre dio detalles a Pinchofrito.

“Parece que era un forastero que ayer venia a Las Peñas.

Nadie le esperaba.

Al llegar a la altura de los chopos a la entrada del pueblo, los zopilotes acechaban en sus ramas, se oyó un aleteo y un piar desenfrenado que los oidos de Fulgencio Peralta los percibió de inmediato, el hombre estaba en su campo y como una mancha negra que bajaba y subia, los grajos graznaban y chillaban como locos, a la par que descendian en vuelo rasante sobre algo que no lograba distinguir. Cogió el pincho de trinchar la paja y corrió hacia los álamos, despavorido.

Gritaba y voceaba a la par que sus piés, ráudos, le acercaron a los árboles.

Lo que vió fue superior a sus fuerzas: treinta o cuarenta grajos negros picaban con furia el cuerpo de un hombre caido en el suelo del camino. Las aves enloquecidas no atendieron ni a los gritos de Fulgencio ni al blandir de su horca. Con los picos desgarraban su carne y sus tejidos. La barriga era un coladero que mostraba tripas y despojos sanguinolentos que las aves engullian sin cesar”

El hombre al ser atacado por varios grajos huyó hacia su casa.

Este relato lo escuchaba Pinchofrito cuando el cortejo entro en el cementerio.

Le dieron sepultura y en el camino de vuelta Juan Valdio interpelò a Pinchofrito.

-¿ Por qué no vienes dos dias a mi hacienda y entramos la paja en el pajar?.

Pinchofrito asintió y al llegar al pueblo fue hacia su casa.

La gente se dispersó. Nadie queria platicar, tenian miedo por si volvian los zopilotes .

La casa de Juan Valdío estaba en la plaza en la misma fachada de la iglesia, en realidad estaban contiguas, adosadas, pero la casa de Valdio, tenia mas fondo y mas fachada, por detrás entraban las bestias y los carros a un patio empedrado donde cargaban y descargaban los asuntos de las siembras. Se dirigió a la puerta principal, la sirvienta le convino lo hiciera por detrás, por donde entraban los carros..

El portón estaba abierto. Diviso el patio empedrado, a la izquierda, adosados, estaban el pajar y la casa del capataz, a la derecha, las cuadras de los mulos y el almacen del grano y las semillas.

El capataz avisado, le acomodó en una pieza contigua  a su casa.

Entraron.

Tenia un catre, un silla y una mesita con una vela. Dos alcayatas de hierro toscamente clavadas en el lado interior de la puerta hacian de perchero.

-¡ La cena, en mi casa a las nueve, mientras llega la hora, dá de comer a los mulos, el grano y la paja en los pesebres, el agua en la escudilla del suelo!.

No fue necesario ni mas conversación ni mas discurso.

A las cinco de la mañana, Pichofrito se levantó, se vistió y salió al patio, ni era de noche ni de dia, una difusa claridad pugnaba  por abrir el cielo. Con la horca que le díó el capataz comenzo a blandir la paja que habia en el suelo y con movimientos precisos la elevaba y la volteaba por el hueco superior del pajar.

Asi permaneció toda la mañana y toda la tarde, salvo cuando paró a comer, unos tacos que le sirvio la capataza en un plato de hojalata.

Juan Valdio paso a media tarde y le saludó, los carros venian cargados de paja de los campos, la volcaban en el patio y Pichofrito la hacia desaparecer en el pajar.

Al tercer dia terminó.

Cobró sus sueldos y cuando la tarde declinaba, cruzó el pueblo y alcanzó los cuatro chopos en un instante. El camino estaba limpio y despejado, el sol tardaria algo en ocultarse. A la espalda portaba un saquete con semilla de maiz que le habia regalado el capataz para siembra de su campo.

Para llegar a su casa, quedaría una hora o algo menos.

-¿A dónde habrian ido los zopilotes?.

Continuo la marcha, arrastraba los pies como si un presagio le ordenase volver hacia Las Peñas. Avanzaba retranqueado, con la mirada escuadriñando el cielo y el horizonte.

Amainó la marcha.

Los pasos, cada vez menguaban en número y en trecho.

Sentia recelo, pero el camino como un imán le empujaba hacia delante.

Al final se terminó.

Sus ojos recorrieron en un santiamén su campo, la silueta de su casa y su árbol.

Y de allí, de sus ramas, le llegó el rumor de un aleteo intenso, nervioso.

Los pájaros estaban alli, inquietos, incomodos, agitando las ramas, en busca de un algo que Pinchofrito presagió como su muerte. -¡Iba a ser “mondao” como el forastero!.

Corrió despavorido y en el corto tramo que le separaba, perdió el saco de semilla de maiz y un zapato quedó enganchado entre las ramas de un arbusto.

Como pudo cerró la puerta y la atranco. Con el poncho y una horca taponó el hueco de la chimenea y encendió el quinqué.

Estaba aterrado, el cerebro funcionaba descompensado. Percibia el aleteo en el arbol.

El vientre le traiciono. Fuertes retortijones recorrian sus tripas, un dolor intenso y unas inmisericordes ganas de cagar se hicieron insufribles.

No podia más. Se bajó los calzones, se agachó en el suelo de la cocina y se alivió. Se alivió un rato interminable.

Con una mano extendida sujetaba el pincho que taponaba la chimenea, con el pié derecho estirazado, el que aún conservaba el zapato, empujaba la tranca de la puerta, agachado a medio palmo de su mierda y con la mano restante sujetando los perniles de sus calzones, todo, como en un equilibrio de circo, componía una grotesca figura de cristo mal crucificado.

Presa de un terror indescriptible, sus ojos recorrian el espacio de su cocina imaginando vuelos rasantes de zopilotes que hubiesen entrado por alguna rendija de la casa. Pinchofrito apagó el quinqué, imaginando no ser visto. Se sosegó y en algun momento de la noche se quedó traspuesto.

Se habia sentado en el piso, apoyaba la espalda a la pared y con la mano y el pié seguia empujando la tranca de la puerta y el pincho que sujetaba el poncho que taponaba la chimenea.

La oscuridad que le envolvia le hizo dormir y roncar de forma acompasada.

No supo cuando ocurrió.

Un aleteo nervioso y un gorgoteo cercano, muy cercano, de pájaros hambrientos le despertó. La tranca de la puerta se habia caido al suelo y por las hojas ligeramente entreabiertas, una raya estrecha de cielo azul se colaba en la cocina.

Habia amanecido.

Sintió un terror que sacudió su espina dorsal, su cerebro volvió a descompensarse. Se avalanzó a la puerta para cerrarla, el poncho atascado en el tiro de la chimenea se habia caido y por el hueco tambien entraba luz.

Se dirigió a la puerta con pasos quedos, se imaginó que al acercarse a sus hojas, los grajos se abalanzarían sobre el.

Queria y no queria acercarse. Sus manos en un zoom interminable recorrieron los escasos centímetros que le separaban de la entrada.

Llegó y al ir a cerrarla, se quedó atónito, casi cae fulminado.

Los granos de maiz del saco que habia perdido la noche anterior estaban esparcidos delante de la piedra rebolonda de la fachada de su casa y unos pájaros blancos, grandes, lo engullian y picoteaban con gran avidez.

-¡Eran palomas!, un centenar de palomas blancas ocupaban la pequeña explanada.

Salió de su asombro, entrabrió la puerta de par en par, dió unos pasos fuera de la casa y comprobó que no eran zopilotes,sino palomas.

Algunas se asustaron, levantaron un vuelo leve, inócuo y se posaron de nuevo en la explanada. Las mas jóvenes , pichones, retozaban y jugaban con los granos de maiz.

El mismo sol que la tarde anterior se escondió en las espaldas de los montes, despuntaba ahora reluciente, robusto, llenando de calor la mañana .

Pinchofrito se sentó en la piedra rebolonda de su puerta, miró las palomas fijamente, a la par que su cerebro exhausto, profundamente debilitado pero aliviado formulaba una pregunta ya repetida en esta historia: -¿Y los grajos, adonde habran ido los grajos?.

-Fin-

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