ROSA LIÑARES

Pasaron el resto de la tarde juntos, sentados en el sofá, charlando como hacía años que no hacían. Y, a pesar de que Isabel veía a su hijo triste, ella se sentía feliz. Quizá no fuese justo, pero así lo sentía. Era como si, de pronto, hubiese recuperado a un hijo perdido. Y, siendo un poco egoísta, quería disfrutar de él una larga temporada.
Mientras cenaban, Sergio le preguntó por sus navidades en París. Ya le había preguntado a su regreso, pero había sido un simple formalismo, una pregunta casi por obligación o educación. Ahora era curiosidad. Quería que le contase todo. E Isabel encantada, claro. Le habló de su prima Lola, de su hermoso apartamento, de Pablo, de la ciudad, de los croissants, del Louvre… Habló sin parar hasta la una de la madrugada. A lo largo de la velada, poco a poco, el rictus serio de Sergio fue transformándose en una cara relajada y sonriente. Escuchaba a su madre, atento, embelesado, y sus ojos comenzaron a brillar de nuevo. Ella parecía traer felicidad a su vida. Era su tabla de salvación, su oasis. Ella siempre había estado y seguía allí. Y en ese momento se dio cuenta de cuánto la quería (y lo poco que se lo decía)
Esa noche no durmieron mucho ninguno de los dos. Por la mañana Sergio fue a trabajar y por la tarde, como era viernes y ya no trabajaba, aprovecharon para ir a su casa a buscar algunas de sus cosas. Natalia estaba en el trabajo, así que no tuvieron que encontrarse con ella, lo cual agradeció Isabel, pues no tenía especial interés en encontrársela. Vaciaron el armario de su ropa y los cajones de su mesilla. Del resto, poco quería llevarse. Algunos CD’s de música que eran suyos y poco más. Los libros tendría que volver otro día a buscarlos, pues no podía llevar todo de una sola vez. Aun así, tuvieron que hacer tres viajes al coche y se marcharon con él casi lleno. De los enseres de casa no quiso llevarse nada. No le hacía falta. Salvo un juego de toallas con sus iniciales bordadas que le había regalado su madre cuando se fue de casa.
-¿Aún las conservas? – preguntó Isabel
-Pues claro… – respondió Sergio, orgulloso.
Aprovecharon el fin de semana para reorganizar la habitación de Sergio. Estaba casi igual que cuando él vivía allí. Aunque Isabel había ocupado gran parte del armario, todavía quedaba espacio libre para la ropa de Sergio. Podría ocupar su dormitorio todo el tiempo que quisiese, indefinidamente. No sabía cuánto tiempo sería, pero allí era “casa”. Se sentía tranquilo. Quizá no estaría mal estar una temporada con su madre. Desde que había muerto su padre habían pasado poco tiempo juntos. Realmente,
desde que vivía con Natalia, se veían poco (menos de lo que quisiera). Era consciente de que entre su madre y su chica no fluía el buen rollo. Y eso era una espinita que tenía clavada. Quizá Isabel había sido más lista que él y había descubierto antes qué tipo de mujer era Natalia. No es que fuera mala persona. Y él la quería. Pero era un poco superficial. Vivía de las apariencias y eso no iba con él. Seguramente se había estado engañando a sí mismo todos esos años. Seis años juntos, para ser exactos. Pero sin un proyecto en común. Cada uno con un concepto de futuro diferente. En realidad, ahora se daba cuenta de que no tenía ni idea de lo que quería Natalia. Sus únicas aspiraciones parecían ser no engordar ni un gramo e intentar parecer cada día más joven. A él le parecía ridículo. No se puede luchar contra el tiempo.
Cuando la conoció, pensó que era una mujer bella e inteligente. No se había equivocado. El error fue pensar que las dos cosas iban unidas, pero Natalia sólo se molestó en alimentar una de ellas; justo la que él consideraba menos importante. ¿De qué servía una cara bonita si no estaba en una cabeza bien amueblada? Que no quería decir que fuese tonta; más bien, se hacía la tonta. Tenía estudios y un trabajo que la mantenía. Desde hacía un par de años trabajaba en la recepción de una consulta médica. No podía decirse que el trabajo la matase. Abrir la puerta, dar citas y cobrar a los clientes. Sin agobios. Siempre con su mejor sonrisa. Pero él no podía dejar de pensar que allí era, simplemente, una mujer florero. Obvio que no se lo decía, pero muchas veces lo pensaba. Ahora, tras unos días de separación, empezaba a verla de otra manera. Comenzaba a sacarle defectos que hasta ahora no le veía. Y empezó a pensar que era una egoísta; egoísta por preferir mantener su esbelta figura antes que tener un hijo. Aunque quizá el egoísta fuese él. Porque quería tener hijos sólo por su propia satisfacción, porque quería vivir la experiencia de ser padre, porque quería dejar un pedacito de él en este mundo, un legado de carne y hueso… ¿Quién de los dos era el egoísta?
Tenía que reconocer que estaban siendo unos días duros, porque no había dejado de amarla. Pero sabía que la decisión que había tomado era la correcta y no había vuelta atrás. Ahora no valía arrepentirse. Debía comenzar una nueva vida sin mirar atrás.
http://www.lallavedelaspalabras.wordpress.com

Un comentario sobre “Otra vida (14)

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