TANATOS12

Capítulo 19

—¿En serio te dijo eso? —pregunté, impactado, deteniendo aquella caricia.

Por la forma de mirarme de María supe que me daba a entender que así había sido.

—Perdona, sigue. No te corto más —dije, reiniciando aquel movimiento de mis dedos sobre su camisa y diciéndome a mí mismo que debía intentar no interrumpirla.

—Y… No sé… Es que era tan… raro —dijo y yo a punto estuve de preguntarle sobre el porqué de aquella rareza, pero estaba decidido a contenerme— es que es… otro tacto, otro olor… otro todo… hasta otra temperatura, es difícil de explicar… Para colmo es que… me parece un idiota y en ningún momento me lo dejó de parecer… y estás ahí… vamos, que te está follando un… eso… pero… sigues… Es que no sé explicarlo. Además te habías ido, con lo cual todo tenía aún menos sentido, si es que eso es posible.

Yo la miraba atento, su pezón se erizaba… Conseguía no socorrerla. Hasta que ella prosiguió:

—Y… qué más… así estuvimos un rato… él encima de mí. Me… me follaba bien, la verdad… No es que me lo hubiera imaginado haciéndolo… solo me faltaba, pero sí que… que vamos, no digo sorprenderme porque nunca lo había imaginado, pero, no sé, que bien, que se veía que sabía lo que hacía… lo que sí… como que… quería llegar… como muy al fondo, meterla entera, siempre, y recrearse al… penetrarme bien… Ya sabes que está enamorado de su polla…

—Normal —dije entonces, sin poder contenerme.

—Sí… bueno, de hecho, algo me decía… —María hablaba entre susurros, morbosísima, haciendo memoria, pero nunca desviaba la mirada de mis ojos al buscar las palabras adecuadas— Me decía, no sé, no me acuerdo, pero todo muy en plan… “te gusta lo que te estoy metiendo…” “qué ganas tenías” “seguro que te encantaban mis fotos aunque no me lo decías”… todo en plan… ya sabes… pollacéntrico —dijo tan encantadora como ruborizada.

—¿Y tú que le decías? —pregunté intentando fingir tranquilidad, pero tenía la polla a punto de explotar desde hacía rato, y bebía de aquella ginebra como si fuera agua, pues la boca se me secaba con cada palabra suya.

—Pues… no sé… supongo que le seguía un poco el juego.

Yo me imaginé a Álvaro tumbado sobre ella, en la postura del misionero, follándola… y besándose, entregados, y susurrándole que si le gustaba la polla que le estaba metiendo, y María respondiéndole que sí, que en el fondo le encantaba su polla y como se la metía… y sentía que mi corazón se me salía del pecho.

—Y… —continuó— también me habló de ti, bueno, preguntó por ti… No sé si en aquel momento o después. Supongo que en aquel momento, sí. Me dijo que… que donde estabas… que si te habías ido.

—¿Sí? ¿En ese momento?

—Sí, no sé. Es que no me acuerdo. Quizás fue después que me dijo o no sé cómo él se tumbó y yo me subí sobre él. En el momento en el que cambiábamos, creo. Me dijo algo como “dónde está tu amigo” o “tu amiguito”, algo así dijo alguna vez.

—¿Y qué le decías?

—Pues… supongo que nada. O que no lo sabía.

A punto estuve de preguntarle si en aquel momento a ella le importaba donde estuviera yo, pero me contuve.

—La primera vez que volví tú estabas sobre él… dándole la espalda, él tumbado boca arriba. ¿Pasasteis de misionero a eso?

—Sí… vamos, creo que sí… bueno ahí… no. Ya en misionero él… como que me acariciaba el culo… y ya… intentaba meter un dedo donde no debía… Pero… yo le decía que parara o le apartaba un poco… Y, después, eso, yo encima… Ahí… joder… ahí sí que la sentí mucho… aquello fue… y fue cuando apareciste tú.

—Aquello fue, ¿qué?

—Pues… uff… ¿por qué no vamos a casa? —dijo una María, no solo acalorada, sino cachonda… y con no solo el pezón de la teta que acariciaba sublevado… sino con los dos pezones erizados marcando la camisa negra.

—¿Te pone recordarlo? —pregunté.

—¿Quieres que me ponga? —respondió, con parte de la melena tapando su cara, con aquella mirada encendida… y con aquellos pezones permanentemente duros, delatándola.

—Quiero que sigas un poco más, contándome aquí.

—Vale… quieres entonces que te diga el gusto que me daba follarme… aquella polla… porque en esa postura lo que hacía era follármela yo… y no te imaginas qué gusto… Y le aguantaba todas las tonterías que decía y cuando me daba en el culo… azotes en el culo, que no sé si eso lo viste… reconozco que me daba todo igual, mientras su pollón siguiera duro… ¿Es eso lo que quieres que te diga?

—Sí…

—Y quieres que te diga entonces que por mucho que subiera mi cuerpo aquella polla no se acababa nunca… por mucho que subiera yo al… eso, al estar subida a él… aquel pollón no se salía de mí… y… que me llegó a azotar tan fuerte en el culo… y a insultarme… a llamarme guarra… que llegué a enfadarme… mucho… pero que no le dije que parara… ni me salí… sino que…

—Qué…

—Nada… te lo digo en casa… venga.

—Me lo dices en casa y hacemos qué —pregunté, tendiéndole una trampa.

—Venga, ya lo sabes.

—No, dímelo tú —dije insistiendo en el señuelo, sabiendo que desde hacía días no estaba en aquel punto de hacerlo conmigo sin más, en un polvo tranquilo.

—Pues… vamos a casa… y te pones eso… Ya lo sabes. No sé por qué me lo quieres oír decir.

—Ponerme la polla de plástico. Dices. Y fingimos que soy Álvaro… que te vuelve a follar.

—¿Acaso no quieres eso tú también?

—Sí… pero acaba la frase, acaba lo que estabas diciendo.

—Pues… él se estaba pasando… pero no le dije nada… no le paré… sino que… joder… me… me corrí… me corrí de una manera… tremenda… sin tocarme… solo por… solo por tenerla dentro, solo por subir y bajar de ese pollón que madre mía… qué polla tiene el muy… eso…

Tragué saliva. Retiré un poco mi mano. Su escote, su cara ardiendo, su pelo tapando algo su cara. Sus pezones marcando la seda negra.

—¿Contento? ¿Vamos a casa ya?

Nos quedamos un momento en silencio. El restaurante se vaciaba, así como nuestras copas. Habíamos olvidado el resto del mundo por completo.

Sabía que no debía hacerlo, pero no pude evitar volver a forzar un poco las cosas:

—María.

—¿Qué?

—Que tenemos que repetirlo.

—Uff… Pablo, por favor… no lo estropees.

—¿Por qué?

—Me gusta contártelo. No puedo negar que es morboso contártelo. Y es morboso llegar a casa ahora y jugar. Pero es eso y ya. Vamos a pagar, por favor.

Llamamos al camarero, pagamos y salíamos de aquel lugar, volviendo al mundo real, pero a la vez aún estábamos los dos en la cama de Álvaro. Los dos estábamos aún en el orgasmo de María, siendo follada por aquel crío diez años más joven que ella. Podía sentir que mi novia seguía allí.

Salimos a la calle y yo reparé en que María no se había ausentado para ir al cuarto de baño a volver a ponerse el sujetador, sino que salía de allí con sus pechos libres bajo la camisa. Sin alardes pero sin cubrirse. Quizás gustándose, otra vez.

Tenía el alcohol que dilataba sus pupilas, tenía a aquella María que llevaba días en los que yo le era insuficiente, tenía a aquella María que seguía con aquella confesión a medias, con su mente aún en ella… aún en el orgasmo con Álvaro… y tenía al pub en el que habíamos conocido a ese crío a no mucha distancia de donde había aparcado.

Le propuse una copa allí. Solo una. Y la ocurrencia fue rechazada. Insistí. Le pregunté por el por qué. Al fin y al cabo era viernes por la noche.

—Solo me faltaba encontrármelo… además vestida igual que el día en el que… eso.

—¿Tanto te intimida encontrártelo?

—No digas chorradas. Sabes que no es eso.

Parados frente a un portal, a medio camino entre el aparcamiento y el pub. María imponente, con sus pechos libres bajo la camisa, con sus mejillas que no descendían de temperatura. Se acercó más a mí. Sus labios fueron a los míos. Quería convencerme así de irnos rápidamente a casa. Mi lengua, dentro de su boca, no se movió precisamente en un alarde de técnica, y, además, yo sabía que aquello a ella no le llegaba, que yo no le excitaba una vez ella estaba en aquellos niveles de excitación, solo buscaba en mí que suplantara a Álvaro con aquel arnés que teníamos. Aquel beso no la encendía.

Se retiró.

—Venga. En casa te sigo contando.

—Cuéntamelo en el pub… con una copa.

—No te puedo contar lo que queda… en un pub…

—¿Tan fuerte fue?

María optó por volver a acercarse y besarme. Mientras nuestras lenguas jugaban recogió mis manos con las suyas, para llevarlas a sus pechos, sobre su camisa. Noté entonces la suavidad de la seda de su ropa y la ternura de sus pechos firmes. Cuando percibí sus pezones en las palmas de mis manos mi lengua no pudo evitar moverse con mayor destreza dentro de su boca. Nos besábamos como adolescentes en una escapada furtiva… pues había algo de ilícito en aquella situación, pero yo sabía que aquello no la encendía, que solo era un truco para que yo fuera Álvaro cuanto antes.

Se retiró otra vez y le dije:

—Cuéntame en el pub lo que pasó desde donde te quedaste hasta que os juntasteis, no sé cómo, con Guille y Sofía. Allí me cuentas esa hora… o esas dos horas… es que ni sé el tiempo que pasó… Y… si vemos a Álvaro nos vamos.

—Una copa allí y nos vamos. Veinte minutos —aceptó ella, morbosa, poderosa y, para mi sorpresa, siempre sin mencionar que iba como iba, sin sujetador, cosa que en otra chica de pecho más discreto podría ser casi irrelevante, pero sin duda no lo era en ella.

El camino fue tenso y silencioso. La idea de que Álvaro pudiera estar allí sin duda planeaba sobre los dos. Mi mente volvía a ser una mezcla de pasado y futuro, pues aun resonaba su confesión a la vez que imaginaba como podría ser la continuación de la misma.

No había demasiada gente por la calle, pues era una zona a la que la gente solía ir algo más tarde y sobre todo, mucho más los sábados que los viernes. Quizás María había sido sabedora de eso desde el primer momento y ello había ayudado a que hubiera aceptado.

Efectivamente el local no es que estuviera medio vacío, pero no estaba como la noche del cumpleaños de su prima. Fuimos hacia la barra directamente, a cumplir con lo pactado. La oscuridad y la camisa negra de María solo desvelarían su falta de sujetador a aquellos que se acercaran bastante, si bien ella se movía con soltura, sin ruborizarse ni disimular.

Una vez estuvieron nuestras copas sobre la barra María me dijo al oído, pues la música estaba algo alta:

—¿Por dónde íbamos?

—Pues… estabas subida a él, dándole la espalda… él te… llamaba de todo… y… no solo no le paraste sino que… te corriste…

—Mmm… ya… ¿Te parece mal o qué?

—No, no. Para nada.

—Lo digo porque parece que lo dices con retintín.

—No, no. En serio que no.

Me dio entonces la sensación de que estaba más borracha de lo que pudiera parecer en la cena. Como si la última copa se le estuviera subiendo en aquel momento.

—Vale, pues… Nada, eso. No sé muy bien lo que pasó después… Bueno, sí… que el cabrón se dio cuenta de que… yo acababa de tener un orgasmo… y… joder… ahí sí que se pasó con sus frasecitas. Ahí sí que se le desbordó el ego… Me hizo caer sobre él… con mi espalda en su pecho… pero sin salirse de mí… Y me… no sé qué me dijo… algo en plan… “vaya corrida de guarra te has pegado…” No sé… algo también en plan que estaba muy abierta… No sé… unas imbecilidades de las suyas…

Yo bebía de mi copa e intentaba de nuevo fingir que aquello no me afectaba, o al menos no tanto.

—Y… me siguió follando así… no sé cómo hacía… pero no se salía de mí.

—O sea tú sobre él…

—Sí… a ver, fue algo raro, y como que no fue pensado, ¿sabes? Como que me hizo recostar sobre él, con mi espalda en su pecho, como aplastándole, pero al ser él tan alto… y nada, él se movía y no se salía… me seguía follando… hasta que… sí que se salió… su polla se salió de mí… aunque seguíamos en la misma postura, y… me pidió que le quitara el condón.

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