ROSA LIÑARES

Después de la resaca navideña volvió la rutina de las clases de francés y los cafés con sus amigas. Eso sí lo había echado de menos.
El primer día de vuelta a clase, ella fue la absoluta protagonista. El profesor se interesó por su estancia en París y le pidió que contase a sus compañeros su experiencia con el idioma y las costumbres del país vecino. Lo hizo de buen gusto, pero no exenta de nervios. No le gustaba hablar en público; se ruborizaba fácilmente. Era cierto que la experiencia había sido maravillosa y totalmente recomendable, pero también era cierto que había practicado poco el idioma, porque la mayor parte del tiempo estaba con Lola y Pablo y ellos hablaban español. Aun así, en lugares públicos intentaba hacerse entender en francés. Practicaba cuando iba a una cafetería, un restaurante o un museo. Pero tenía que admitir que lo había hecho mucho menos de lo que debería y quisiera. Se lo tomaba como una asignatura pendiente. La excusa perfecta para volver a París. Estaba segura de que no tardaría mucho en hacerlo. Se lo había pasado tan bien que estaba deseando volver. A Charo y a Susana les tenía comida la cabeza con tanta historia parisina y ya casi las tenía convencidas para ir las tres juntas en verano. Sería un viaje de chicas. Nunca había hecho nada así. La mayor parte de su vida la había compartido con Ramón y aunque no había perdido a sus amistades, la mayor parte de las cosas que hacía eran con él. Y las había disfrutado, desde luego.
Últimamente estaba un poco ñoña. Pensaba mucho en el pasado y en su amado marido. Ahora podrían estar disfrutando de una vida tranquila. Él a punto de jubilarse y ella, como siempre, a su lado. Podrían viajar juntos a la ciudad del amor y volver a sentirse adolescentes.
A principios de febrero, una fría tarde de invierno en la que Isabel aprovechaba a leer acurrucada en el sofá con una manta, llamaron al timbre. Se sorprendió al abrir la puerta y encontrarse allí de pie a Sergio, cabizbajo, con los ojos rojos de haber llorado.
-¿Puedo pasar?- dijo con la voz temblorosa
-Claro, hijo, pasa, pasa…
Sergio entró en la sala y se sentó en el sofá (más bien se dejó caer) al lado de donde había estado Isabel hasta ese momento.
-¿Quieres un café? – preguntó Isa – acabo de hacerlo
-Si, perfecto. Gracias.
Enseguida volvió con dos tazas humeantes. Se sentó al lado de Sergio y le preguntó:
-¿Qué ha pasado?
-Lo he dejado con Natalia – respondió él, y acto seguido apoyó su cabeza en el hombro de su madre y se echó a llorar como un niño pequeño.
Isabel le abrazó y besó su frente como cuando era niño y se daba un golpe. Uno de esos besos que lo curan todo. No preguntó; dejó que derramase sus lágrimas, mientras ella le ofrecía su apoyo tan solo con su presencia y su cálido abrazo.
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