ROSA LIÑARES

El día de Reyes era un día especial. Isabel aún recordaba aquellas noches cuando Sandra y Sergio eran pequeños. Se ponían tan nerviosos ante la inminente llegada de los Reyes Magos, que no había quien consiguiese hacerles dormir pronto. Ramón y ella tenían que esperar hasta entrada la madrugada para poder poner los regalos bajo el árbol sin ser descubiertos. Cada cinco minutos uno de los niños se levantaba con algún pretexto: que si tenía ganas de ir al baño, que si tenía sed, que si le dolía la barriga… Durante al menos una hora era un continuo desfile. Finalmente caían rendidos en un sueño profundo. Aunque por la mañana se despertaban más temprano de lo habitual (y deseable, al menos para Isabel, que no lograba dormir lo suficiente). Pero para Sandra y Sergio la ilusión pesaba más que el sueño.
Aquellas caras emocionadas, con los ojos brillantes y la sonrisa permanente se repetían cada año la mañana de Reyes. Era un día muy feliz. Ramón y ella se sentaban en el sofá, abrazados y sonrientes, observando la fiesta que montaban sus hijos abriendo los regalos. Era todo alboroto.
A medida que iban pasando los años, la emoción iba siendo más pausada, pero la ilusión seguía intacta. Y el día de Reyes seguía siendo un día especial. Ya de adultos, y viviendo cada uno en su casa, seguían cumpliendo la tradición de abrir sus regalos en casa de sus padres. Y ahora, con Raúl, volvían a disfrutarlo como cuando eran niños. Qué pena que Ramón no pudiese disfrutarlo. En momentos como ése era cuando más lo echaba de menos. En realidad, cada día lo echaba de menos, pero en ocasiones no podía dejar de pensar en él. Sobre todo cuando se trataba de reuniones familiares. Le faltaba. Eran tan felices… No era justo que se hubiese ido tan pronto.
Empezaba a ponerse triste y melancólica y no quería. Ese era un día feliz y quería disfrutarlo con su nieto.
Recordaba un año, cuando Sandra y Sergio tendrían seis y siete años, que Isabel se quedó dormida y no puso los regalos bajo el árbol. Los niños se despertaron antes que
ella y cuando fueron corriendo a abrir los paquetes y vieron que no había nada comenzaron a llorar desconsoladamente. Aquello era un drama. Menos mal que Ramón fue rápido y enseguida apareció en el salón con los regalos, diciendo que ese año los Reyes se habían despistado y los habían dejado, por equivocación, junto a un pequeño arbolito de decoración que tenían sobre el mueble de la entrada. Al menos consiguió que dejasen de llorar e incluso les sacó alguna sonrisa al vacilar con los despistes de los Reyes. Pero ya no fue lo mismo. Luego se rieron de todo aquello y muchos años después seguían recordándolo. Pero aquel día Isabel se sintió mal; se sentía culpable, a pesar de que Ramón insistía en restarle importancia. Ella pensaba que les había fallado; que era una mala madre. Tardaría mucho tiempo en perdonarse a sí misma, aun cuando todos lo habían olvidado y no quedaba más rastro que una anécdota divertida. Era absurdo sentirse mal por ello, lo sabía, pero no podía evitarlo. Ahora lo recordaba, mientras observaba a Raúl, y le hacía gracia. Las vueltas que da la cabeza y las absurdeces que llegamos a pensar.
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