MIRZA MENDOZA

El sonido de las cadenas chocando contra el suelo me perturbaba. Hubiera dado hasta lo que no tenía para que parasen de sonar.
***
Una tarde de verano de gran brillo solar con el fondo de niños jugando en la calle, fue el escenario del comienzo de mi tortura. Había aparcado mi carro frente a la casa de mi amante, su marido era un “millonetas” que paraba siempre trabajando, Dios sabe dónde. Yo estaba ahí dispuesto a pasar una deliciosa tarde con ella, bebiendo buen licor, comiendo de la riquísima y además cara comida que había en aquella casa y claro que sí, disfrutando de su compañía en la gran cama de agua de la alcoba nupcial. Además si se daba la oportunidad de hurtar algo de valor del lugar, lo haría sin remilgos.

Fueron varias veces que fui a esa casa. Mi amante, desconectaba las cámaras de vigilancia de afuera y del circuito cerrado. Ella me llamaba y yo presto acudía a aplacar sus ansias de carne. Era yo su capricho y ella el mío. Ese día sucedió lo de siempre, hasta que, por el inclemente calor que nos tostaba en su patio, luego de saciar nuestros deseos, decidí zambullirme en su piscina. Ella entró a la casa y hasta el día de hoy no la volví a ver jamás. No hubo gritos, no hubo ruidos. El agua de la piscina me relajaba y al comienzo solo pensé que ella estaba en su sala viendo alguna película, o que había caído rendida en un profundo sueño en su gran sillón.
El sol empezaba a descender. Mi piel arrugada me animó a salir del agua. Me puse la gran bata del dueño de casa y entré directo a la cocina. Todo estaba en silencio. Busqué algún control remoto para prender la radio o el gigantesco televisor que yacía en el salón principal, pero no los hallé. Fui recorriendo cada rincón de la casa con una manzana en la mano que había sacado de la despensa. Al pasar los minutos empecé a preocuparme. Alcé la voz en búsqueda de ella y no recibía respuesta. La conocía poco, pero intuía que su personalidad no encajaba con el acto de hacer bromas pesadas. Pensé en todos los escenarios posibles: pudo ir a comprar algo de urgencia o recibió una llamada de emergencia.

Timbré su celular y no entraba la llamada. Escuche unos pasos acelerados cerca de mí. No vi a nadie. Me pareció ver una pequeña sombra cruzar en un pasillo. Tenía que irme pronto, el lugar vacío ejercía una presión en mi sentimiento de culpa. Fui a la habitación donde horas antes, ella y yo, nos habíamos entregado en un frenesí de pasión. Empecé a ponerme mi ropa, mis manos empezaron a temblar, me sentí ridículo. Siempre me salía con la mía, ahora era diferente, la ausencia de aquella mujer me tenía preocupado. Solo me faltaba ponerme los zapatos. Me senté en la cama para poder amarrarme los pasadores. Sentí que alguien saltó, volteé esperando verla a ella. Nadie, no había nadie…saltando sobre la cama. De repente un gran sonido me aturdió y todo se apagó.

Un fuerte dolor en la boca del estómago, olor rancio en el ambiente y ofuscación en mi mente fue lo que sentí cuando desperté. Estaba en un habitáculo oscuro. Mis manos, apoyadas en el suelo, envueltas en cadenas que se sujetaban a un gran clavo perforado en el cemento frío. Mis pies con grilletes, gruesos grilletes. Empecé a gritar. El silencio me respondió. Al rato nuevamente esos pasos, eran diminutos, como pasitos de bebé. Mi intuición me dictó que debía quedarme callado, hacerme el muerto.
Ahí estaban, eran unos pequeños seres: arrugados y horribles. Los vi porque con sus toscas manitas abrieron mis parpados a la fuerza. Con un candelabro de velas se acercaron a mí. Eran varios. Ya no seguí fingiendo y los miré directamente a todos enmudecido por la impresión.

Definitivamente eran duendes. Empezaron a tocarme primero y a apretarme después, hasta que con sus fuertes dedos deshilacharon mis ropas. Quedé desnudo, intentaba zafarme, el sonido de las cadenas era tenebroso. Pasaron sus lenguas por mis brazos y piernas. Se me salían las lágrimas. Les hablé tartamudeando: “u-u-ustedes de-de-déjenme en pa-pa-paz”. Ellos se hacían los sordos. Hablaban entre sí en un idioma que se asemejaba al latín. Luego se fueron. Me quedé ahí encadenado sin entender qué pasaba, volví a gritar pidiendo auxilio hasta que mi garganta se rasgó. Ya no tenía lágrimas para llorar y mi cuerpo fatigado por el estrés y el esfuerzo me pidió rendirme ante el sueño.

Desperté, seguía encadenado, desnudo, la habitación en silencio, los hierros en eslabón apretando mis brazos, haciéndome heridas, mis pies helados unidos aún con grilletes. Nuevamente esos pasos, esos pasitos que llegaban a mí. Venían con velas prendidas, se me acercaban, me olían, hablaban entre ellos. Yo les hice preguntas, todas las que se me ocurrían, consulté por ella, indagué los motivos por los cuales me tenían ahí. No me hacían caso. Tenía hambre, frío, ganas de orinar. Ellos danzaban hasta que la luz de las velas se lo permitía. Pasaron así muchos días, a veces me lamían, otras me ignoraban. Yo me arrepentía cada segundo el haber ido a la cita con mi amante.

Desfallecía cada día, solo me daban un trapo mojado a la altura de la boca, lo chupaba. Era su acto misericorde para alargar mi vida, mi agonía. Las cadenas sonaban cada vez que quería incorporarme, no podía moverme mucho. Cuando pensé que no lo iba a soportar más y moriría, el más viejo y arrugado me habló al oído en perfecto castellano: ¿quieres vivir o morir? Yo no lo podía creer, había una esperanza para mí, luego de pasar por toda esa tortura. “Quiero vivir” dije casi sin aliento y me desmayé.

Luego me sentí raro, mis miembros se sentían libres de ataduras. Vi flashes en mi mente con imágenes de mi vida de excesos y pecados; más sonido de cánticos que me aturdían. El no saber dónde estaba ni con quienes, me tenía preocupado, me sobé los ojos, no fue nada agradable, mi piel era diferente, extraña, como una lija. Vi borroso luces de velas. Muchas vocecillas hablando en latín galopaban en mi cabeza. Respiré lo más hondo que pude y afiné mi visión. Los cánticos del coro a mi alrededor ya no me molestaban tanto. Vi mi cuerpo y casi grito, pero ya no tenía esas cadenas. Había rogado tanto para sacármelas de encima a cualquier costo que ya no me importó verme diferente. En ese momento entendí que era ya uno de ellos. Ahora yo era un duende, me lo merecía. Empecé a entender su lenguaje como si nunca hubiese sido un humano, sino que mi esencia siempre hubiese sido ser un ser diferente y maligno. Reí, reí mucho. Me había salido con la mía.

Vivo ahora en cavernas subterráneas con todos mis hermanos. Hacemos travesuras juntos, nos lamemos entre todos, no saben lo satisfactorio que es sentir la aspereza de nuestras pieles en la lengua, nunca lo entenderían. Soy macabramente feliz. Actualmente, cuando nos toca atormentar a otra persona, yo danzo con todas mis fuerzas mientras sostengo mi vela implorando en mi nuevo idioma que resista, que resista hasta el final. Quiero recibir a otro como yo para nuestra hermandad. El nacimiento de un duende es algo muy digno de apreciar.

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