ROSA LIÑARES

El sábado tres de enero, tal y como habían quedado, Charo y Susana estaban esperando a Isabel en el aeropuerto. Ella venía un poco triste en el viaje, por dejar atrás a Lola y Pablo y unos días tan maravillosos con ellos, pero al ver a sus amigas se le quitaron todas las penas. En el coche parecían pájaros revoloteando, hablando sin cesar, interrumpiéndose las unas a las otras. Acribillaron a Isabel a preguntas. Querían que les contase todo con pelos y señales, como si pudiese resumir dos semanas en cinco minutos. Ni ella misma sabía por dónde empezar.
Llegaron a casa de Isabel, dejó la maleta y antes de que pudiese deshacerla ni descansar, ya la estaban apremiando para ir a tomar el café a su rincón de siempre. No le quedó más remedio que aceptar. Charo era de lo más persuasiva.
Las calles estaban todavía iluminadas y llenas de decoraciones navideñas. Todavía faltaba el día de Reyes. En París ya se habían acabado las fiestas, pues allí celebraban Papa Noel y no los Reyes Magos, así que todo había vuelto a la normalidad ya antes de que ella regresase.
Mientras estaba en la cafetería con sus amigas, recibió una llamada de Sandra
-Mamá ¿dónde estás?
-Tomando algo con Charo y Susana
-¿Ya has llegado? Nos tenías preocupados. Podías haber llamado – le reprochó.
-Sí, ya llegué hace más de una hora. Tienes razón, hija, tenía que haber llamado, pero estas dos locas me han secuestrado nada más llegar.
Charo y Susana se miraron divertidas
-¿Vienes mañana a comer a casa? Prepararé tu guiso de carne favorito. Raúl tiene muchas ganas de verte.
-Iré encantada. Yo también me muero de ganas de verle
Ciertamente, tenía muchas ganas de ver a Raúl. A él era a quien más había echado de menos.
Al día siguiente, cuando entró por la puerta de su casa, el pequeño corrió a abrazarla y colgarse de su cuello. La llenó de besos que le supieron a gloria. Isabel le entregó el paquete con el regalo que le había traído de París. Lo abrió entusiasmado. Era un carrusel navideño con música. Un Papa Noel sonreía y se movía al ritmo de la música, mientras entregaba regalos a unos pequeños ositos que subían y bajaban montados en el carrusel. Raúl lo observaba alucinado. A su madre le costó conseguir que se sentase a la mesa; no quería separarse del carrusel. A Isabel le produjo mucha alegría ver que a su nieto le gustaba el regalo que le había traído. Aunque tenía que reconocer que si al principio le encantaba la música que producía, después de más de dos horas escuchándola sin parar, empezaba a resultarle empalagosa.
Tras su regreso de París, al principio, se sentía extraña. Echaba de menos a Lola y Pablo y aquella maravillosa ciudad. Era como una permanente sensación de resaca; aunque al cabo de unos días se le pasaría, con la vuelta a la rutina.
El día de Reyes por la mañana se acercó a casa de Sandra para ver cómo disfrutaba Raúl en un día tan especial. Ella le había llevado también un pequeño regalo que le había comprado antes del carrusel de París.
-Mira, Raúl, los Reyes Magos han dejado un paquete con tu nombre en mi casa.
-¿A tu casa? – preguntó con esa vocecilla tan dulce, arrastrando las palabras. Estaba empezando a hablar y a construir alguna pequeña frase con sentido.
-Sí, en mi carta había pedido también algo para ti.
Los ojos de Raúl se iluminaron y corrió a coger el paquete que le ofrecía su abuela. Rasgó el papel de regalo con ansia y se encontró con una pequeña caja con bloques de madera pintados de colores para hacer construcciones. Era lo que más le gustaba:
hacer construcciones. Cada vez que se quedaba en casa de Isabel, jugaban con unos bloques de plástico que ella le había comprado cuando aún no sabía ni caminar.

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