ROSA LIÑARES

Los siguientes días fueron una montaña rusa. Quería enseñarle tantos sitios; había tantos lugares y cosas interesantes que ver, que parecía volverse loca.
Pasaron un día casi entero en el Museo del Louvre, pero hubiese necesitado otro día para verlo todo entero con calma. A Isabel todo le parecía hermoso y grandioso. Acostumbrada a la calma del pueblo, aquella ciudad le parecía “lo más”; y disfrutaba de cualquier rincón de la misma, por simple que fuese. Le encantaba pasear tranquilamente por sus calles, simplemente observando. La ciudad era un hervidero de gente de lo más variopinta. Distintas razas, distintas religiones, distintas lenguas…
Tras una semana de trajín, yendo de un lado a otro como una buena turista, Isabel recibió una llamada de Charo.
-Nos tienes olvidadas – le recriminó su amiga.
-No digas tonterías. Sólo llevo aquí una semana. ¿Ya me echáis de menos?
-No, pero es que hoy te tocaba a ti pagar los cafés…
Isabel se rio. Solían turnarse todas las semanas para pagar en la cafetería. Tampoco lo llevaban tan a rajatabla, pero Charo tenía razón; le tocaba a ella, aunque, obviamente, no la llamaba por eso.
-¿Estás con Susana?
-Sí
-Pues dale saludos. Y dile que tiene que venir a París, que hay muy buenos mozos para ella.
-¿Y para mí no hay?
-Lo tuyo es más complicado.
-Tampoco soy tan exigente. Con que tenga un par de ojos que me vean guapa, un par de oídos que me hagan caso, una boca para llenarme de besos, un par de piernas para venir a mí y un par de brazos para abrazarme ya me conformo.
-Jajaja… Eres incorregible.
Charlaron otro rato y quedaron en que volvería a recogerla al aeropuerto el día de su llegada. La verdad era que Isabel se lo estaba pasando tan bien que no tenía ganas de volver a su rutina. Había pasado la mejor Nochebuena de los últimos años. Aunque Lola y Pablo no tenían familia en Francia, sí tenían grandes amigos y eran realmente como una familia. Se habían juntado y preparado la cena en el bar de un amigo suyo. En total, eran once o doce personas. Rieron, cenaron, bebieron, charlaron e incluso cantaron y bailaron.
El día de Navidad comieron los tres solos en casa. Isabel casi lo agradeció, después de la noche anterior estaba cansada; ya no estaba acostumbrada a esas fiestas. Su prima la sorprendió siendo una estupenda cocinera. Desconocía esa faceta suya. Preparó un menú digno del mejor restaurante. Pablo resultó ser también un gran conversador. Hasta ahora había tenido poco trato con él y no había tenido oportunidad de hablar con él largo y tendido. Siempre le había parecido un buen chaval. Muy tímido, eso sí; pero buena gente. Estos últimos días, conviviendo con él había descubierto a un hombre encantador. Educado, inteligente, divertido, amable, cariñoso. Y aún encima, guapo. Ahora entendía realmente cómo su prima se había enamorado de él. Si es que era el hombre ideal, con el que cualquier mujer soñaría. Habían tenido mucha suerte al encontrarse, porque Lola también era una gran mujer. Y verlos así juntos, tan felices, le provocaba cierta envidia. Ella también había encontrado a su hombre ideal, Ramón, pero se había quedado sin él y no creía que volviese a encontrarse con alguien así nunca más. Tampoco pensaba en ello, la verdad.
Las vacaciones llegaban a su fin. Le iba a dar mucha pena despedirse de Lola y Pablo. Aquellos días con ellos habían sido estupendos y habían forjado una verdadera amistad. En realidad, con Lola ya la tenía, pero añadir a Pablo al círculo, parecía reforzar esa amistad.

Un comentario sobre “Otra vida (9)

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