ROSA LIÑARES

El apartamento en el que vivían Lola y Pablo le pareció a Isabel simplemente maravilloso. Era un último piso abuhardillado, con una fantástica terraza desde la que se divisaba a lo lejos la Torre Eiffel. A aquellas horas estaba iluminada, pues ya había oscurecido y era una imagen espectacular. La verdad es que Lola vivía en un lugar privilegiado. Disfrutar cada día de aquellas vistas era todo un lujo.
El apartamento constaba de una pequeña cocina y el comedor y la zona de estar todo junto en un espacio abierto, dos dormitorios, un baño y un pequeño aseo. Pero, sin duda, lo mejor de todo era la terraza, a la que se accedía desde la zona de estar. Era muy amplia y tenía unas vistas realmente envidiables. A Isabel le habían preparado su habitación en el cuarto que Lola usaba como estudio. Allí solía pintar y estaba lleno de lienzos, pinturas y demás utensilios de la artista. Pero había una cómoda cama individual, un burro para colgar ropa y un par de estantes para colocar algunas pertenencias. Reinaba la paz en aquel caos. Una puerta de madera pintada de blanco daba a un pequeño balcón desde el que podía disfrutar de las mismas vistas que desde la terraza. Isabel se sentía como en un cuento. Ni por un momento se hubiese imaginado que su prima viviese en un lugar así.
Cenaron en casa, los tres, tranquilamente, entre copas de vino y risas. Isabel se sentía muy a gusto con ellos y disfrutó de la velada mucho más de lo que esperaba. Pero al retirarse a dormir, en la soledad de su cuarto, sintió la falta de Ramón y las lágrimas quisieron asomar a sus ojos. Pero no se lo permitió. Pensaba que le resultaría muy difícil conciliar el sueño en una cama que no fuese la suya, pero no había sido así (para su sorpresa). Se despertó con los rayos de sol que atravesaban los cristales de la puerta que daba al balcón. No había cerrado la persiana porque le gustaba que se filtrase la luz y no sentirse completamente a oscuras. París amanecía soleado, a pesar del frío invernal. Cuando se asomó a la zona de estar, la invadió el olor a café. Lola estaba ya sentada ante una taza humeante.
-Buenos días, ¿te sirvo un café? – le preguntó, sonriente.
-Sí, por favor. Lo necesito.
Lola se levantó para ir a la cocina a coger otra taza y al pasar a su lado la besó en la mejilla.
-¿Qué tal has dormido? – le preguntó mientras le servía un café.
-Como una reina – respondió Isabel.
-Pablo ha salido a buscar unos <<croissants>> para desayunar. Aquí cerca hay un lugar donde los hacen espectaculares. Te van a encantar, ya verás.
-No se me ocurre lugar mejor para comer buenos cruasanes… – rio Isabel
Pablo no tardó en llegar con los cruasanes recién hechos y aún calientes. Su prima tenía razón. Estaban deliciosos. Empezaba a pensar que su dieta se iba a ir al garete en las próximas semanas. Pero le daba igual; no se iba a privar de nada. Y menos estando rodeada de <<boulangeries>>…
Parte de la mañana la pasaron en casa, poniéndose al día, entre cafés y cruasanes. Pablo compartió un café con ellas, les hizo compañía unos minutos y luego se fue a dar una vuelta para que pudiesen charlar solas. Lola había reservado mesa para comer los tres en un restaurante cercano a su trabajo, al que solía ir a menudo. Luego pasaría a enseñarle la galería de arte donde trabajaba, aunque estuviese de vacaciones; así podría disfrutar de las obras sin la presión de tener que trabajar.
A Isabel le encantó todo: el restaurante, la comida, la galería, la ciudad… Se pasó el día embelesada. No dejaba de observar todo con la mirada de una niña curiosa. Le parecía una ciudad mágica. Y ni siquiera le importaba el frío que hacía. Iba bien abrigada, con su abrigo de lana, su enorme bufanda y sus guantes de piel (los que casi pierde en el aeropuerto). Le contó a Lola el percance que tuvo y la sensación que le había producido aquel desconocido.
-Te ha hecho tilín… – rio Lola
-Ni tilín ni tolón… no digas tonterías – respondió Isabel, un poco incómoda
-¿Ah, no? Entonces ¿cómo le llamarías a eso?
-Una tontería…
Isabel no quería reconocer que le había hecho tilín. Tampoco encontraba explicación a las sensaciones que le había provocado aquel hombre tan apuesto. Pero no quiso pensar más en ello.

Un comentario sobre “Otra vida (8)

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