MANGER

 

Extracto de la última carta escrita por el señor Delacroix al abad de Saint-Victor de Marseille, encontrada entre sus manos tras su muerte ocurrida en su misma silla de la sacristía:

 

“Mi muy estimado y Reverendísimo Señor:

 

Por la amistad que me une con su Reverendísima, y consciente de que esta confesión que le cedo la mantendrá en el secreto que juzgue conveniente, quiero abrirle a su conocimiento un hecho que quizás le sorprenda, pero cuya realidad no difiere mucho de sus propias convicciones, aunque…, digamos…, algo diferentes.

 

Es cierto que cuantas veces he podido discutir con su respetada persona sobre mis creencias religiosas, muy lejanas a las que siempre me encomendó, a menudo salí ganando ─según creía yo, mísero de mí─ con el socorrido argumento de que lo material es lo único real y verdadero que llega al interior de los hombres a través de sus ojos, sus manos, olfato o gusto, y que el alma es una pura ensoñación de los teólogos.

 

Lo que voy a contarle es lo último que haré en esta vida, lo sé… Pero es necesario que lo sepa porque creo que su Reverendísima también se merece una mecedora desde la que pueda dirigir un tren con la dignidad que se merece. Cualquiera vale a estos efectos. Basta con que se la imagine en los últimos segundos de esa vida que se nos acaba escapando entre suspiros de tristeza  y con la sensación de ese abandono, sin retorno, de los nuestros.

 

Verá…

 

Aún recuerdo con melancolía aquel mes de junio de hace cincuenta y cinco años; por fin acabó el largo curso escolar, y tanto mi hermano como yo estábamos inquietos por disfrutar de la tan esperada estación estival. Nuestros padres no solían complicarse mucho la vida en gastos vacacionales, y desde hacía varios años destinaban dos o tres semanas para visitar un vez más a mi añorado abuelo Damien. La idea nos entusiasmaba, porque tanto Alex, mi hermano gemelo, como yo, sentíamos por nuestro abuelo materno una cariñosa devoción.

 

Lo recuerdo ahora como si lo tuviera frente a mí; nos infundía un profundo respeto sus anticuados anteojos, las arrugas de su cara, su inveterada pipa artesanal de raíz de brezo, siempre encendida y con ese humo picante y empalagoso; y aquellos eternos ropajes que siempre lucía, un pantalón de pana marrón oscuro con tirantes y la típica camisa a cuadros de esforzado leñador. La conjunción de esos personales rasgos y objetos de mi abuelo nos daba la sensación de encontrarnos frente a un venerable sabio despistado, lleno de maravillosas experiencias, listas para contar, con todo lo que eso suponía para dos rapazuelos de once años escasamente cumplidos.

 

El abuelo Damien siempre estaba dispuesto a relatarnos alguna de sus interesantes historias de apariciones y extraños seres inventados, quizá incluso reales para él, nos decíamos, porque los describía con perfectos y espeluznantes detalles.

 

¡Válgame Dios, cómo los describía…! Nos ponía los pelos de punta.

 

Para nosotros era la reencarnación de Jules Verne.

 

En cierta ocasión nos dijo que había tenido varios encuentros con unos extraños  ─pero amigables─ seres de otra dimensión, no sé si la quinta o la sexta, o vete a saber cuál, pero totalmente distintos a nosotros.

 

─«Su morfología ─nos decía─ es de carbono puro, con diferentes formas de una especie rebuscada de romboedro de color gris azulado, y su torrente sanguíneo se alimenta de un cristal frío y líquido que bombea un doble corazón de diamante vivo. Son asexuados, sabéis ─nos aclaraba─; se reproducen por división voluntaria cuando su densidad de población baja de un número concreto de individuos. Cuando ya han cumplido varios siglos de existencia y sus corazones están preparados, ellos mismos se inmolan sin dolor en las grandes cavidades de su planeta natal haciendo parar voluntariamente sus latidos, y allí pierden el grafito exterior y sus adiamantados corazones se depositan en las grutas creándose con ellos enormes geodas de piedras preciosas…»

 

Como es lógico, nuestros ojos de rapaces febrilmente imaginativos se abrían como platos escuchando esas increíbles historias de fantasía ficción, e incluso llegábamos a creérnoslas. Después, por la noche, en nuestros lechos, comentábamos entusiasmados esas historias entre nosotros hasta bien entrada la madrugada; y hacíamos cábalas y juegos irreales con aquellos pétreos seres sacados de su mágica chistera, hasta que por fin caíamos agotados y soñábamos con ellos tapados con las mantas hasta la cabeza.

 

Nuestro abuelo vivía en la campiña desde hacía muchos años, en un pequeño pueblecito del sur de Francia; allí se casó con Angélique, nacieron sus tres hijos y fueron felices mientras duró su recíproca compañía. Nosotros nunca llegamos a conocer a nuestra abuela, pues falleció mucho antes de que alcanzáramos uso de razón.

 

A menudo le preguntábamos por ella… Él no podía evitar que alguna lágrima asomara por entre los párpados de aquellos cansados ojos; sacaba del bolsillo con mucha dignidad su arrugado pañuelo rojo y después nos pasaba a describir con gran entusiasmo y todo lujo de detalles cómo se conocieron y llegó a conquistar finalmente su corazón:

 

─«Sus delicados movimientos y sus largas trenzas ─nos decía─ siguen produciendo en mi alma un sentimiento de plenitud. Gozar de su compañía y mezclar las delicadas chispas de su alma con la mía es ahora mi único deseo… Angélique, hijos míos, es un ser estupendo, insuperable… Pero nuestra mutua compañía física se acabó en esta vida, y ahora nos toca vivir otras nuevas experiencias, cada uno por separado, con otras almas, para seguir conociéndonos los unos a los otros, superarnos y completar nuestra formación para después reencontrarnos definitivamente…»

 

A mi hermano y a mí nos extrañaba mucho esa etérea y enigmática forma de hablar que apenas entendíamos; y “en tiempo presente”, como si la abuela aún viviera y se la pudiera visitar. Eso nos dejaba a ambos sumamente consternados y con unas ganas locas de seguir preguntando; pero nuestro abuelo sabía cortar en ese momento tan preciso que te dejaba alelado con la palabra en la boca:

 

─«Venga, venga… a jugar. Ya seguiremos hablando mañana…» ─nos decía─, y seguidamente nos empujaba con sus manos por el trasero para que saliéramos inmediatamente de su porche.

 

En eso nos parecía algo cruel y nos retirábamos con cierto resquemor de su persona, aunque ese enfado siempre era momentáneo y se nos pasaba en unos pocos minutos.

 

….

 

Su morada era una casa rústica construida con bloques de piedra berroqueña y madera, pobremente enyesada por dentro, pero espaciosa, limpia y bien distribuida, lo suficientemente amplia como para instalarnos también los cuatro en ella y ofrecernos un buen servicio durante esas semanas de veraneo.

 

Tengo que confesar que mi abuelo hacía poca vida bajo techo; aunque parezca mentira, su vieja silla mecedora siempre estaba ocupando el mismo metro cuadrado de siempre, apoyada sobre aquellos mismos dos puntos en el suelo que siempre la sustentaron, a la sombra, bajo el porche, y era la más completa de sus dedicaciones diarias. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo. Jamás se separaba de ella; yo me quedaba ensimismado muchas veces, observándole tras la ventana, a escondidas, mecerse en silencio con la vista perdida, y admiraba aquel negro sombrero de ala americano medio sobrepuesto sobre su ancha frente que casi llegaba a ocultar su larga y blanca cabellera.

 

Todo lo permitía, excepto que nadie usara su querida mecedora…

 

─«Nunca os sentéis en ella mientras yo viva; ni siquiera la toquéis si no estoy yo, o “El Revisor” cuestionará vuestras almas y ya no podréis viajar jamás hacia futuras perfecciones. Cuando yo fallezca, uno se quedará con ella y, más tarde o más temprano,  se hará cargo de ese trabajo…» ─nos decía enigmáticamente con estudiados aires docentes y cara de seria advertencia.

 

El Revisor”… “El Revisor”…

 

Mil veces nos mencionó ese misterioso nombre en sus continuas exhortaciones, y nunca nos quiso explicar quién o qué era; tan sólo se limitaba a advertirnos, y esas filípicas aumentaban de tono a medida que nosotros nos poníamos cabezones y exigíamos más explicaciones. Cuando consultábamos a nuestros padres sobre el misterio de aquél personaje de extraño nombre, ellos nos decían que no hiciéramos caso de las cosas del abuelo, que ya era muy mayor y desvariaba.

 

 

Pero todo lo bueno se acaba mucho de antes de darte tiempo a deleitarlo…

 

Llegó el final de esa vacación y con gran pena tuvimos que dejar la casa de mi abuelo Damien y prepararnos para volver al nuevo curso escolar, ésta vez desconociendo que sería la última que lo veríamos vivo. Seis meses más tarde tuvimos la desgracia de perderlo a causa de una apoplejía, algo por lo demás previsible debido al avanzado estado de su edad. Nos dijeron que murió sentado en el porche, en su vieja silla. Cuando acudimos a su entierro junto con nuestros padres no pudimos dejar de admirar una vez más aquella misteriosa mecedora que ahora aparecía quieta e inmutable en el mismo sitio de siempre, a la sombra, bajo el porche… Y quizás no me crea, pero acaso pude entrever su velada figura diciéndonos con sus manos, no un adiós definitivo, sino un alegre y enigmático “hasta luego, hijos míos”…

 

No sé; quizás ese flash fuera sólo el efecto lupa que las lágrimas hicieron en mis ojos al contemplar una vez más aquel enigmático objeto que tanto tuvo que ver con mi ya desaparecido abuelo.

 

 

Pasaron los años y el transcurrir de la vida hizo sus naturales estragos entre mis seres queridos; no hace mucho que fallecieron también mis padres, y mi hermano Alex fue víctima de un accidente de moto que le dejó impedido de por vida. Yo, aunque amores tuve, he permanecido soltero desde siempre por miedo a no ser capaz de hacer feliz a mi supuesta pareja, y ello me ha hecho libre de toda responsabilidad.

 

Ahora, que ya tengo setenta y seis años, nadie me espera en el camino. La verdad es que la vida se me ha hecho muy corta y la retrospectiva me grita con amarga tristeza que no he aprendido aún lo suficiente para analizarla. ¡Todo es tan corto…!

 

 

Esta pasada mañana me ha dado por repasar los documentos de mis padres y he encontrado sus respectivos testamentos. En el de mi madre he revisado que me dejó en propiedad la casa de mi abuelo Damien, que a su vez había heredado de él. Hoy, los lejanos recuerdos de su grata persona y esos papeles me han impelido a tomar compulsivamente una decisión, y sin meditarlo más he tomado el autobús de línea para revivirlos más directamente en ese mismo lugar, como si necesitara ahora de su compañía, de sus fantásticos cuentos, oler aquellos dulzones vapores de su curiosa pipa de brezo e imaginarlo mecerse en su silla con la mirada perdida y con el sombrero de ala americano casi tapando la blanca cabellera…

 

¡Bellos y añorados momentos!

 

 

Cuando llegué, la silla no estaba en el porche…

 

Tengo que confesar que quedé furiosamente alarmado; en ese momento me di cuenta de que casi era el único objeto de mi viaje, por lo que me sentí frustrado y perdido al no encontrarla allí, pensando que la habrían sustraído o quizás algo peor, destruido.

 

Saqué de mi bolsillo el juego de llaves y recorrí a oscuras la vieja casona… Pero, gracias a la providencia, allí estaba, tapada con una roída sábana en el rincón más alejado de la poca claridad que entraba por entre las rendijas de las desvencijadas contraventanas. Sin perder más tiempo, la descubrí transportándola entonces sin dilación hasta el porche y me senté con la sana intención de mecerme en ella, de igual manera como había hecho mi abuelo cientos de veces muchos años antes…

 

Cuando lo hice, apenas pude darme cuenta de haber sido transferido a un lugar totalmente desconocido para mí, y de pronto me encontré sentado en el duro asiento de un moderno vagón, en un tren metropolitano que circulaba a través de oscuros subterráneos donde fueron pasando a cierta velocidad en un bucle interminable las sucesivas “estaciones”…

 

Estación “Nacimiento”, leí poco antes de que parara unos breves segundos… Pero nadie se bajó, y sí subieron varias comadronas portando cada una un bebé recién nacido.

 

Tras un suave arranque del tren, una voz angelical surgida de no sé dónde nos sugirió amablemente sentarnos y anunció la próxima parada, Estación “Maduración”; y allí se bajaron varios pasajeros, todos aquellos bebés que en ese breve intervalo de tiempo ahora ya se habían convertido en jovencitos imberbes y gráciles señoritas con grandes carpetas de estudio bajo el brazo.

 

Y así fueron pasando uno tras otro varios de aquellos misteriosos apeaderos…

 

Estación “Muerte”, donde se apearon varios ancianos enfermos y decrépitos…

 

Estación “Arrepentimiento”, donde lo hicieron varios pecadores con malvadas caras de locos presidiarios, subiendo a su vez los que antes bajaron en “Muerte”

 

Estación “Readmisión y Deshecho”, donde también se apearon los que habían salido del arrepentimiento…

 

Estación “Renacimiento”, donde subieron los que venían de readmisión y…

 

La última: Estación “Perfección”, donde… donde ─para mi grata sorpresa─ apareció mi querido abuelo Damien totalmente rejuvenecido y acompañado de una hermosa y esbelta dama de largas trenzas doradas…

 

─«Hola, querido nieto ─se dirigió a mí con una gran sonrisa─; me alegra mucho reencontrarte… Esta es tu abuela, Angélique, y tenía muchas ganas de conocerte» ─me dijo haciéndome un guiño tras los viejos anteojos que aún conservaba…

 

─«Toma ─continuó, entregándome un artilugio para picar billetes─; te va a hacer falta en lo sucesivo, porque ahora eres tú el nuevo Revisor del Tren del Ciclo de la Vida… Yo ya he cumplido, querido nieto; tu abuela y yo hemos pasado la fase de perfección y sobramos ya en este tren; tus padres están en fase de renacimiento; ya te los encontrarás… ¡Y procura no ponerles problemas al picarles el billete…!»

 

Acto seguido, ambos se apearon y se desvanecieron fugazmente cogidos fuertemente de la mano, esbozando con sus tiernas miradas una angelical sonrisa de almas absolutamente libres y puras.

 

Y aquí estoy yo… picando billetes e intentando perfeccionarme.

 

¡Huy… arranca el tren y casi se me cae la gorra!

 

Ahora que ha parado de nuevo en la primera estación y las comadronas se toman su tiempo para tomar asiento con sus churumbeles, me he permitido tomarme un segundo para levantarme de la mecedora y contarle todo esto. Después tomaré de nuevo su movimiento por última vez para cumplir con el encargo que todo buen  “Revisor” viene obligado a cumplir.

 

Ruego a su Reverendísima mil perdones por cuantas veces dudé del sentir de nuestra existencia.

 

Su más sentido amigo.

 

Pierre Delacroix”

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