AKUARIES

Cap. I

Víctor, abogado de profesión, treinta y nueve años, casado con Samanta, estaba en la cinta de correr en el gimnasio en la planta nueve del edificio que había delante de las oficinas donde trabajaba, miraba por el ventanal la ciudad sin demasiado interés acompasando la respiración con el ritmo de sus piernas, se puso en la cinta de al lado una chica bastante más joven que él, ojos de color entre ceniza y azules con un top y unas mallas de licra, bien trabajada en el gimnasio, abdominales planos, piernas fibradas y ágiles, con el pelo recogido en una cola de caballo que le iba de lado a lado mientras corría, unas tetas operadas de no hacía mucho tiempo con el tamaño justo para resaltar en su cuerpo sin parecer demasiado tetona, se le marcaban los pezones lo suficiente para insinuar sin ser hortera, sus caderas bien formadas iniciaban la forma de un culo redondo que remataba una figura esplendida.

Víctor intentaba no mirarla pero le era muy difícil controlarse, alguna mirada furtiva se le escapó a las tetas y sus caderas mientras se movían de manera natural con el ejercicio de la chica.

Cuando acabó su tiempo de carrera bajó de la cinta quitándose los auriculares pudiendo observar desde atrás con más detalle el culo de aquel portento de mujer, al levantar la mirada se dio cuenta que lo habían pillado por el reflejo del cristal. Ella paró la cinta girándose.

CHICA: Ya me has repasado bien, ¿o vas a seguir un rato más?

Víctor notó como le subía el calor a la cara por la vergüenza, pocas veces se había mirado a una mujer como lo hizo con aquella, se consideraba un hombre fiel a su esposa y su familia huyendo de situaciones comprometidas, en aquella situación lo engancharon con las manos en la masa y no sabía cómo reaccionar.

La chica dio un par de pasos para bajar de la cinta y se puso delante de él mirándolo fijamente a los ojos.

VICTOR: No, no, yo, perdona, no me he dado cuenta. Lo siento si te he molestado, la verdad es que este gimnasio es muy pequeño y no lo conoce mucha gente, solo venimos los que trabajamos cerca y no te había visto nunca, chicas como tú no hay muchas por aquí, me llamo Víctor.

La chica colocó una pierna en alto para hacer estiramientos alargando un brazo ofreciéndole la mano, Víctor se la estrechó.

CHICA: No hacía falta que te disculparas, yo me llamo Cloe.
VICTOR: ¿Cloe?
CLOE: Si Cloe, ¿qué pasa?
VICTOR: Nada, que eres la primera que conozco con ese nombre. Bueno Cloe espero verte por aquí, tengo prisa por llegar al trabajo, hoy puede ser un buen día para mí.
CLOE: Espero que así sea.

Samanta, bióloga, treinta y siete años, casada con Víctor, cuando empezó a trabajar de nuevo después de tener a sus hijos hacía media jornada para dedicarse a ellos, en ese mismo instante estaba sudando encima de la bicicleta estática, lo hacía en una habitación que habían habilitado en su casa con vistas al jardín y la piscina, una casa que era de su padre y se la había regalado al hacerse mayor antes de morir unos años atrás. Ellos la remodelaron a su gusto dejando un hogar moderno y cómodo para la familia, bajó de la bicicleta y se miró en un espejo que ocupaba toda la pared que Víctor hizo instalar para mirar su postura cuando levantaba pesas o estiraba.

En ese momento Víctor se estaba secando el pelo y peinándose en el espejo del gimnasio, Samanta giró un poco la cintura para mirarse el culo pasándose la mano por encima, después de tener dos criaturas y amamantarlas no se podía quejar del cuerpo que tenía, lo cuidaba con esmero desde que conoció a Víctor, un deportista incansable que la convenció para empezar a ir al gimnasio con él, estaba segura que gracias a eso podía mantener una figura estilizada manteniendo a raya la celulitis.

Víctor se acababa de anudar bien la corbata repasando su imagen en el espejo, una camisa perfectamente ajustada a sus anchos hombros, se las compraba a mida porque las que vendían en las tiendas sino le apretaban los hombros le venían muy grandes del cuello, era un abogado de prestigio y hacía años que se ganaba muy bien la vida, se puso la chaqueta de su mejor traje dándose un último vistazo de aprobación en el espejo y salió del vestuario.

Samanta se había quedado embelesada mirándose en el espejo el cuerpo dentro de las mayas por debajo de la rodilla y la camiseta ajustada, se lo había comprado el día anterior al salir del laboratorio, con el sudor y el poco fresco que hacía los pezones se le habían endurecido, levantó lentamente una mano acariciándose el pecho suavemente sin poder dejar de mirarse al espejo, sus dedos rodearon uno de sus pezones apretándoselo cerrando un momento los ojos, sin darse cuenta la otra mano se introducía por dentro de la licra de las mallas levantando con los dedos el tanga llegando a su perfectamente depilado coño dando varias vueltas presionándose con los dedos encima de la rajita.

Víctor había atravesado la calle y bajado al parking a dejar la bolsa de deporte en el coche antes de subir al bufete, repasó uno de los casos en el que estaba trabajando antes que lo llamaran para la reunión de todo el bufete que había aquella tarde.

La mano que tenía en el pecho Samanta había bajado para meterse por dentro de la camiseta subiéndola por encima de las tetas, dos buenas tetas con los pezones duros y salidos que ella se miraba reflejados a la vez que se los acariciaba, soplaba un poco con la boca entreabierta mientras sus dedos ya estaban dándole vueltas a su clítoris que notaba como se endurecía, gimió de placer y se dejó caer en la colchoneta para abdominales estirando de las mallas bajándoselas junto con él tanga, giraba la cabeza en el suelo para poder ver su imagen en el espejo, las piernas abiertas unidas por los talones que los mantenía juntos las mallas y el tanga arrugadas, se abrió con dos dedos el coño para mirárselo, los labios menores le sobresalían que ella se apartaba uno a cada lado para dejar el agujero a la vista, estaba toda mojada pasándose dos dedos de una punta a la otra del coño, cerró los ojos y pensó en la polla de Víctor, no era un gran pollón, pero cuando lo excitaba le ponía muy cachonda verlo desnudo con su cuerpo musculoso esculpido y aquella polla dura que le sobresalía amenazándola con follarla, sus dedos se habían juntado y se los metía en el coño hasta no poder más moviéndolos dentro, los sacaba y los volvía a meter follándose dejando ir gemidos suaves.

Víctor entró en la biblioteca, era el espacio más grande del bufete donde cabían todos en las reuniones importantes, se quedó en la parte de atrás de pie. El propietario se levantó de un sillón acercándose a un micrófono que habían colocado para la ocasión y dio un pequeño discurso agradeciendo a todos su trabajo.

Samanta bajó la mano de sus tetas para poner los dedos encima de su clítoris frotándolo de lado sin dejar de follarse con los otros dos de la otra mano que entraban y salían de su coño a más velocidad, el cuerpo se le empezaba a descontrolar moviéndose a su discreción.

Víctor escuchaba atentamente, el propietario hizo un silencio dando suspense a las palabras que seguirían, Gabriel, su mejor amigo le puso una mano en el hombro animándolo, tenían bastante claro que el elegido sería él.

PROPIETARIO: Les comunico que el nuevo socio del bufete es…

Víctor estaba a punto de dar un paso adelante empujado por la mano de su amigo.

PROPIETARIO: ¡Cloe …!

Samanta se retorcía de placer y se corrió con unos gemidos tremendos sin dejar de mover sus dedos notando como sus flujos resbalaban entre sus dedos cayendo a la colchoneta, quitó la vista del espejo y miró al techo respirando profundamente relajándose.

Se pudo escuchar un murmullo, Cloe se levantó de una silla de la primera fila que Víctor no alcanzaba a ver vestida impecable con una chaqueta corta oscura ajustada al cuerpo y una falda de tubo larga a juego enseñando a todos su envidiable figura, con el pelo que le caía por los hombros y la carita guapísima de niña inocente se acercó al jefe dándole dos besos, miró a los presentes y agradeció ser ella la escogida mirando al fondo de la sala donde sabía que estaba él, se cruzaron las miradas y Víctor salió de la sala con su amigo Gabriel detrás.

VICTOR: Que hijos de puta, sabían que me he estado dejando los huevos por este bufete desde hace mucho tiempo buscando esto, y se lo dan a, a, ¿pero quién coño es esta tía joder?

Gabriel lo escuchaba con su mano en el hombro consolando a Víctor.

GABRIEL: Se llama Cloe, por lo visto estaba en el bufete de Paris. Lo que nadie sabía es que era ella la nueva socia.

VICTOR: Unos hijos de puta es lo que son, que les den por culo, me voy.

Samanta había abierto el agua de la bañera para que se llenara, se quitó las zapatillas poniéndose las pantuflas, se paró delante del cesto de la ropa sucia quitándose la camiseta, los calcetines y las mallas, se metió los dedos por los lados del tanga bajándoselo, vio que lo tenía mojado de flujo, una mancha blanca resaltaba sobre la tela negra, se lo quitó y lo metió entre la ropa que ya había escondiéndolo un poco, paró el agua de la bañera y se metió estirada respirando profundamente.

Víctor conducía saliendo de la ciudad, un viernes aquella hora el tráfico era denso, la gente perdía el culo por salir de fin de semana harta de los inconvenientes de vivir en una gran urbe, intentaba no recordar lo sucedido en su trabajo ocupando la cabeza pensando en la suerte que tenía de poder vivir en las afueras, en una casa situada en una montaña con grandes vistas sobre la ciudad, tardaba media hora o más en llegar pero valía la pena por la calidad de vida que podían disfrutar él y su familia.

Samanta se había relajado y salió de la bañera secándose con una toalla mirándose en el espejo, se sonrió a ella misma pensando en la paja que se acababa de hacer. Se metió en el vestidor de su habitación y buscó en el armario una camiseta que se puso sin sujetador, unas bragas que siempre le parecieron más cómodas que los tangas, que solo los utilizaba cuando se vestía con según que prendas para que no se le marcaran las líneas o cuando hacía bicicleta estática para que no le rozaran con la piel, se puso unos pantalones cómodos para estar por casa.

Víctor entró al garaje el coche grande y elegante de una gran marca alemana, se quitó la americana aflojándose la corbata recogiendo del maletero el maletín de trabajo entrando en casa, dejó el maletín en su despacho y salió al salón encontrándose con Samanta que había bajado del piso superior donde estaba su habitación.

Cuando Samanta vio a su marido se le iluminaron los ojos, se enamoró de él muy rápidamente cuando una amiga en común los presentó, salieron un par de días y ella se hubiera ido con él donde le hubiera pedido, habían pasado casi quince años juntos con dos niños y seguía queriéndolo con locura. Se acercó a él dando un par de saltitos y se le tiró al cuello besándole los labios.

Víctor la rodeó con sus brazos por la espalda apretando su cuerpo contra el de su mujer devolviéndole el beso, si estaba orgulloso y contento de poder vivir en aquella casa, sabía que sin el gran amor que le demostraba Samanta no sería lo mismo, ella era el motor de su vida.

SAMANTA: ¿Cómo ha ido amor?
VICTOR: Una mierda cariño, una mierda enorme, se han portado como unos cabrones conmigo.
SAMANTA: Tanto tiempo para nada, que injusto, con todo lo que has trabajado para llegar a conseguirlo.
VICTOR: Prefiero no pensar demasiado, quiero relajarme el fin de semana y el lunes ya veremos.
SAMANTA: ¿Y quién es el nuevo socio?
VICTOR: Una tía que han traído expresamente de Paris. Me voy a dar un buen baño para relajarme.
SAMANTA: ¿No has ido al gimnasio?
VICTOR: Si, pero necesito relajarme después de la reunión y quitarme la mala leche de encima.

Subió las escaleras con agilidad, dejó el traje y la corbata colgado en el armario y entró al cuarto de baño todavía caliente al hacer poco tiempo que lo utilizó su mujer y puso el agua de la bañera para que saliera y la llenara, se acabó de desnudar, tiró la ropa al cubo de la ropa sucia y se metió dentro cerrando los ojos.

Samanta preparó un par de vermuts rojos en unas copas y los subió al cuarto de baño de su habitación para tomarlos juntos, Víctor abrió los ojos al entrar su mujer sonriéndole, Samanta acercó un taburete para dejar las copas encima cerca de la bañera y se sentó en el borde acariciándole la cara a Víctor.

SAMANTA: Vamos a tomarnos esto que nos sentará bien.

Cogieron una copa cada uno brindando antes de darle el primer trago, Samanta volvió a acariciar la cara de Víctor, él cerró los ojos relajándose intentando dejar los problemas del trabajo para el lunes y disfrutar del aquel fin de semana, Samanta fue bajando la mano de la cara al pecho metiéndola dentro del agua, recorriendo la forma de los pectorales bien formados, pasó la mano por encima de los pezones y la paró en medio de los abultados pectorales de Víctor fruto de su trabajo con las pesas, la fue bajando recorriendo con sus dedos los músculos abdominales, subiendo y bajando por cada uno de los músculos sintiéndolos y disfrutando de ello, se mordió el labio inferior al pasar la mano por encima del pubis, Víctor hacía un rato que en su mente solo sentía el tacto de la mano de su mujer recorriéndole el torso, Samanta levantó la mano para no tocarle la polla y pasó al interior de los muslos, Víctor los separó dejándole espacio para que pudiera subir entre ellos la mano, le apretó el muslo justo debajo de los huevos y se los agarró con toda la mano apretándoselos, él levantó de la bañera el culo gimiendo suavemente, Samanta con la boca entreabierta de la excitación se los amasaba viendo a través del agua como le crecía la polla, no aguantó más y se la agarró moviendo la mano arriba y abajo haciéndole una paja a su marido, Víctor abrió los ojos jadeando de gusto.

SAMANTA: Te relaja cariño.

Víctor la miró con deseo, estirando de los pantalones que Samanta ayudó a quitarse sin levantarse, se sonrieron y su marido le pasó un brazo por la cintura estirando de ella para meterla dentro de la bañera, se tiraron a comerse la boca con voracidad, con pasión, una pasión que no habían perdido en todos los años que llevaban juntos. Samanta apoyó sus manos en los fuertes abdominales de Víctor para impulsarse y subir su cabeza por encima de la de él besándolo desde arriba, metiéndole la lengua en la boca para que pudiera chuparla, él la agarraba por el culo bajando la mano buscándole el chochete que apretó con dos dedos por encima de las bragas sacándole un suspiro. Samanta separó los labios mirando con lascivia los ojos de su pareja, Víctor le agarró las bragas pegando un tirón hacía abajo quitándoselas, su mujer abrió las piernas y se le sentó encima de la polla, él le agarraba con una mano una teta y con sus labios el pezón de la otra a la vez que ella frotaba su coño lentamente por encima del cipote, Víctor escuchaba los gemidos de su mujer, unos gemidos que lo ponían a cien cada vez que los oía, Samanta levantó el culo para agarrar la polla de su marido y metérsela despacio hasta el fondo, los dos gimieron y empezó el baile de movimientos que tan bien se conocían, ella se movía arriba y abajo cambiando con adelante y atrás con las caderas de él siguiendo el ritmo, se miraron fijamente a los ojos porque sabían que estaban a punto de explotar, ella empezó primero y él la siguió descargando su semen dentro acabando los dos en una buena corrida.

Samanta apoyó la cabeza encima de la Víctor jadeando.

SAMANTA: Buff, que bueno, y es el segundo hoy.

Víctor abrió los ojos de sorpresa.

VICTOR: ¿El segundo?, ¿Qué has hecho marranilla mientras no estaba?

Su mujer reía.

SAMANTA: Cariño pensaba que llegarías tarde y me he hecho un autoservicio.

Víctor le tocó el chocho moviendo los dedos.

VICTOR: ¿Te has estado tocando aquí sin mí?

Samanta movía el cuerpo de la impresión.

SAMANTA: Siiiii.

Se moría de risa abrazándose a su marido.

Se besaron y miraron a los ojos traspasándose con la mirada el amor que sentían uno por el otro.

SAMANTA: Sabes que estaba pensando, que podría llamar a mi madre para que vaya a recoger a los niños al colegio y se los quedé hasta el domingo. Podríamos organizar una cena en casa esta noche con Gabriel y Marga.
VICTOR: Desde luego contigo no tengo tiempo de aburrirme, me encanta tú idea.

Un comentario sobre “El bufete de abogados (1)

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