Mª DEL CARMEN MÚRTULA

¿Puedo preguntarte una cosa, aunque sea un poco personal?

—Por supuesto. ¡Adelante!

Para ti, ¿qué es el amor?

—Pues para mí, la comprensión del amor pasa por la expe­riencia de haberse sentido amado.

¿Me puedes explicarme?

—Pues sencillamente, primero descubrimos el amor al saber­nos amados por aquellos que nos han dado la vida, y a partir de esta experiencia somos capaces de ir conectando con empatía con las demás personas con las que nos relacionamos a través de nuestra historia personal, hasta llegar a dar una respuesta de entrega a la amistad o a un amor en exclusividad.

¿Y si no se tenía esa primera experiencia?

—Por supuesto que existen niños huérfanos o abandonados, incluso los hay que tienen que soportar el vivir entre peleas y odios de sus adultos, pero yo creo que el don del amor forma parte de nuestra existencia y aunque lo tengas difícil, la naturaleza se cobra esta carencia social y tarde o temprano tienes que tener esta vivencia, por muy pequeña que sea, de ser estimada por al­guien para poder abrirte al verdadero sentido del amor que es en­tregarte a la persona amada rompiendo las cadenas del egoísmo.

Y esto… yo… no entiendo mucho.

—Mira, el amor es una entrega gratuita. Esto quiere decir que es una fuerza que impulsa a darte por encima de cualquier res­puesta de la persona amada.

Pues cuesta entender.

—Vamos a ver, si te lo sé explicar. Porque ya te he dicho que esto se aprende experimentándolo. Pero te diré que, para mí, hay gestos que reflejan su significado. Ama de verdad, el que no exige ser correspondido. Es la gratuidad de una madre, que se desvive por su hijo, a pesar de que éste le falle, y mil veces que le nece­site estará disponible para acogerle, aunque no le corresponda. Es la respuesta de una fidelidad conyugal que sabe comprender, tolerar, disculpar, perdonar… que vuelve a confiar sin retornar a la herida abierta, ni guarda rencores mal curados. Es la gratuidad del que entrega todo cuanto es, por crear una sociedad armónica donde reine la comprensión y la justicia. Y yo hago de la justicia sinónima del amor, porque nadie que ama es injusto con la per­sona amada y ningún justo manipula el amor.

Amar así… ¿Es fácil?

—Creo que el hombre es primeramente egoísta y posesivo, el amor requiere madurez, el niño sólo quiere poseer a los demás por su seguridad personal. Pero a medida que vas creciendo, que vas adquiriendo seguridad y autonomía, vas ganando la batalla a estas malas inclinaciones. La derrota de estos instintos es un signo de madurez. Sólo el adulto puede llegar a conquistar estos niveles, pues son metas de nuestra naturaleza humana.

¿Y cómo se conoce esos niveles?

—Mira, está escrito que:

“El verdadero amor es paciente, sufrido y servicial, es condescendiente, es tolerante, no es envidioso, no presume, no busca quedar por encima;

no ofende, no busca su propio interés, no se irrita, no piensa mal;

no se alegra de la injusticia, pero se complace en la verdad. Todo lo disculpa, a todo se acomoda, siempre se fía, siempre espera, y lo soporta todo”

¿Es esto como vosotros hacéis aquí?

—Esta es la norma de nuestra convivencia. Y aunque no siempre sale, hacia ahí queremos caminar. Entre luces y sombras personales y colectivas, queremos ser coherentes y nos esforza­mos por ayudarnos para hacer realidad en cada uno lo que aspi­ramos como grupo. ¿Qué colectivo humano no tiene fallos? Por lo menos somos conscientes de que este es el camino, y estamos abiertos a colaborar y compartir estas inquietudes con todo aquél y aquélla que pretenda hacer de la justicia-amor la causa primera en la construcción de una historia de gentes felices.

¿Cualquiera persona?

—Toda la que sea capaz de trabajar convencida y gratuita­mente por transformar la sociedad a fin de dejar a las futuras generaciones una existencia más digna de llamarse humana.

Parece este plan tuyo muy difícil.

—Fácil no es, ya que te arriesgas a sufrir incomprensiones, mal entendidos, abandono incluso de los que más has pretendido ayu­dar… Por eso te he querido subrayar desde un principio que es una cuestión de amor gratuito y esto no todo el mundo lo entiende.

¿Y qué pasa cuando no entienden o no responden a vosotros?

—Entonces se pasa por la prueba de fuego del amor gratuito. Es uno de los sufrimientos más grandes. Sobre todo, si se vive la experiencia en soledad.

Explícame.

—Mira. El fracaso, el conflicto, la incomprensión, el desalien­to, el desengaño… Todo se supera si se tiene al lado el apoyo de un amigo sincero, de un hermano que te ayuda a llevar ese peso, que se acerca para compartir contigo esa carga, aunque sólo sea psicológicamente. ¿No lo has experimentado tú alguna vez? Se­ guro que en alguna ocasión has pasado por esta experiencia de soledad o de apoyo ¿no?

Bueno… No sé… ahora, así de pronto… Todo esto es nuevo de pensar en mí. Yo nunca me pienso estas cosas… Pero dime, ¿qué pasa cuando no hay ese amigo y no poder hablar de eso con nadie?

—Entonces llegas a la culminación de tu categoría como per­sona. Si estás por encima de las respuestas humanas, incluso por encima de un consuelo lícito, si ante estas situaciones límites no desfalleces, es porque tus motivaciones se apoyan en el Señor, tu causa está más allá de esta vida, sino, no lo soportas.

¿Más allá de esta vida? ¿Dónde?

—Ya te he dicho que, para nosotros la vida es un tiempo de paso, un camino que recorrer hacia una dimensión de eternidad que intui­mos aquí cuando experimentamos la felicidad que proporciona el ser protagonista de un amor gratuito, porque por encima de respues­tas humanas sabemos que hay un después, una respuesta infinita, eterna y gratuita. Donde reina el AMOR que no fallará porque Él nos amó primero y todo amor humano auténtico nos viene de Él.

Te veo muy convencido.

—Así es. Yo creo firmemente en que el AMOR procede de Dios, que Él me ama incondicionalmente, por encima de mi res­puesta y que su amor lo comparto con toda la humanidad porque todos somos sus hijos y de Él lo recibimos.

“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”

» ¿Cómo no entregar este amor que se me ha dado gratuita­mente, para que ayude a mis hermanos, a reconocer en ellos esta realidad interior que nos dignifica y nos hace tan grato a sus ojos?

¿A todos?

—Pues sí, aunque muchos lo ignoren, todos somos amados por Dios y estamos predestinados a una vida feliz que puede em­pezar aquí, pero por supuesto que tiene su culmen en la otra vida.

Entonces… ¿Tú creer en otra vida después de la muerte?

—Sí, la muerte es una realidad, pero nosotros la esperamos como una transición, aquí todo no acaba, es un paso hacia la auténtica vida, donde nada negativo tiene entrada.

¿Por qué estás muy seguro?

—Porque lo siento en lo más profundo de mi ser. Te lo voy a decir con un poema

Aunque la higuera no eche yemas y la viña no de más fruto, aunque el olivo olvide su aceituna y el campo no de cosecha, aunque se acaben las ovejas del redil y no queden vacas en el establo, yo esperaré en Dios y me gloriaré de que ÉL SEA MI SALVADOR”

¡Esto todo ser muy extraño! Yo soy muy confusa.

—Por supuesto que te puede resultar muy novedoso si no vives convencido de que hay alguien que vela por ti y no deja que sucumbas ante las incoherencias de la existencia humana. Tene­mos fe en el amor gratuito y misericordioso del Señor que nos conduce a un triunfo seguro y definitivo más allá de cualquier problema o dificultad temporal, por eso nuestro amor está por encima de la respuesta humana.

Esto es mirar la vida con otro sentido.

—Pues sí. Ya te he dicho que para nosotros esta vida no tiene la última palabra, es un caminar, más o menos acertados, más o menos convencidos, hacia una meta final. La auténtica vida, por la que vale la pena jugarse todo, está en la otra orilla, al final, después de la muerte.

Todo esto tengo que estudiarlo. Nunca yo pienso así.

—Tal vez no estás tan lejos de entender como crees, pero si nunca te has parado a pensar en este tema, te sugiero que no lo dejes ignorado en tu interior, pues ahí está el sentido auténtico de la existencia humana.

Yo pensé que con la muerte todo se acaba.

—¡Pobre de nosotros si no vivimos con la mirada más allá de la vida terrena!

¿Por qué tienes esa certeza?

—Mira, aunque no creyera por la fe en la revelación, si te paras a pensar en el instinto de conservación, en los sueños de eternidad, si piensas que en este mundo es difícil la justicia… todo esto te hace vivir con la esperanza de un más allá donde celebremos eternamente nuestros anhelos.

Entonces, ¿con la muerte todo no acaba?

—Si te refieres a la experiencia material, a este cuerpo de carne, tal cual es, sí que se acaba. Nuestro cuerpo nos permite mover­nos en esta vida, pero llegado al final de esta etapa habremos de dejarlo. La materia es necesaria para la existencia en este mundo de las formas, pero fuera de este entorno ya no sirve, por eso se transforma, como el gusano que se convierte en mariposa, deja su crisálida, pero es ella misma. La vida fluye como una sucesión de misteriosas transformaciones. Y en el fondo la vida y la muerte no son más que un proceso de mutación.

Me parece que me estoy enterando.

—Me alegro de que vayas cogiendo la idea. Pues hemos de vivir con intensidad cada momento de nuestra existencia terrena, aman­do y disfrutando de todo lo que la vida nos pone en el camino sin temor de concluirlo, porque al final nos espera otra dimensión donde habremos transcendido las fronteras de nuestras

limitaciones. Pero para los creyentes en el Señor, en ese nuevo estado nos convertimos en ciudadanos de pleno derecho de su Reino.

Sí, ya he oído sobre ese Reino. Dime ¿de qué reino habláis?

—Bueno esta lección te la contaré otro día.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

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