ISA HDEZ

Cada tarde al oscurecer estaba pendiente de la hora en que debía acudir al lugar como repetía cada día. Al llegar aparcaba el auto en la puerta de la morada donde habitaban aquellos seres a los que requería visitar; los necesitaba tanto como el aire que respiraba. No quedaba día de la semana, del mes del año, en que no acudiera, siempre a la misma hora. No sabía que haría el día que ya no fuera necesaria esa visita porque no hubiera a quien visitar. No se lo quería preguntar a sus adentros, prefería no pensarlo porque esa pregunta le ocasionaba zozobra, tristeza y amargura. Entraba con sigilo, avisaba con el sonido habitual, y pisaba casi de puntillas con el cuidado de no incomodar. Solo quería observar y vigilar que todo estuviera en orden; que no hubiera variación alguna que empeorara el escenario; que las horas y los días pasaran sin dejar huella dolorosa. Ansiaba verlos a los dos allí sentados, ante la pantalla, cada uno en su sillón y, que siguiera pasando los años, el tiempo por siempre. No concebía la vida sin ellos, sin su presencia en la estancia; no deseaba nada de ellos, ni esperaba nada, solo quería que estuvieran allí. Su imagen en la sala, su aliento y su vida, era más que una ofrenda, un regalo y un gozo. Deseaba perpetuar los momentos vividos que ya quedaron atrás, como si fueran eternos; como si dependiera de ello que pudiera seguir respirando, latiendo y sonando el pulso de su existencia. Como si la vida no tuviera fin, y se inmortalizara hacia la eternidad. ©

Un comentario sobre “La visita

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