ROSA LIÑARES

-¿Te has pensado ya lo de venirte? – le preguntó Lola, a bocajarro, en cuanto descolgó el teléfono. Ni siquiera le había dicho hola. Lola era así. Impulsiva. Alocada.
Llevaba meses insistiendo para que Isabel fuese a visitarla a París y se quedase con ella una temporada. Pero aún no le había dicho que sí.
-¡Qué pesada eres!- replicó.
-La pesada eres tú, que hace meses que te hago la misma pregunta y aún no me has respondido.
-Es que aún no lo sé.
-Vamos, ¿qué tienes que perder? No tienes un trabajo que te ate ni un marido que te espere. Uy… perdón por ser tan brusca.
-No te preocupes. En el fondo tienes razón. ¿Qué se me pierde aquí? Nada. Bueno, ahora sí, que he empezado, por fin, las clases de francés.
-Pues razón de más… aquí puedes aprender francés sin ir a clase… ¡y gratis!
Las dos se rieron. Lola siempre la hacía reír. Y es que era la alegría personificada. La verdad es que estaba pensando seriamente en aceptar la proposición de su prima. Le apetecía. Sobre todo le apetecía viajar, cambiar de aires, hacer algo distinto. Y París le parecía un lugar maravilloso. Sólo había estado allí una vez, hacía ya muchos años, con Ramón, cuando aún estaban solteros. Había sido un viaje romántico que había organizado Ramón por sorpresa. Y se había enamorado de la ciudad. Le encantaría volver, pero se sentía triste por hacerlo sin el hombre de su vida.
-Además, estas Navidades, por primera vez en muchos años, tengo dos semanas de vacaciones y podemos aprovecharlas. ¿Sabes qué bonita está la ciudad en esas fechas? No te lo puedes perder. Y hace tanto que no pasamos una nochebuena o un fin de año juntas… Venga, Isa… dime que sí…
-Está bien, lo pensaré. Pero no te prometo nada.
Su prima sabía que esa respuesta era prácticamente un sí.
Cuando Sandra llegó el domingo por la mañana a recoger a Raúl ya lo tenía decidido.
-Este año me voy a pasar las navidades a París, con Lola – le dijo a su hija mientras ésta le intentaba poner el abrigo a Raúl.
-¿Te has vuelto loca, mamá? ¿A qué viene eso?
-Me apetece.
-¿Te apetece pasar las navidades lejos de tu familia? – Sandra parecía molesta.
-Lola también es mi familia
-Ya, claro… sabes a qué me refiero
-¿Y a ti qué más te da si en nochebuena cenas con tus suegros y en fin de año sales por ahí?
-Pero siempre comemos contigo el día de año nuevo…
-Claro, porque yo cocino. Y ahora, además, me quedo con Raúl para que vosotros disfrutéis la noche. Soy vuestra salvación.
-Estás siendo injusta, mamá.
-¿Ah, sí? ¿acaso no tengo razón?
Sandra no contestó. Seguía afanada en abrochar el abrigo a su hijo, pero sus mejillas habían adquirido un tono rojizo que antes no tenían. Se sentía molesta y ofendida. “El que calla otorga”, pensó Isabel.
Cuando su hija se marchó, se sintió un poco culpable. Quizá había tenido poco tacto. Pero ya estaba cansada de callarse todo.
Sandra le había preguntado que por qué no iba a cenar a casa de su hermano Sergio, pero esa era una opción que ni siquiera quería contemplar. Sólo pensar en pasar un par de horas bajo el mismo techo que la novia estirada de su hijo, le producía dolor de cabeza. No la soportaba. Y no quería hacer el papel de suegra-bruja, que la culpaba de haberse llevado a su hijo y separarlo de ella. No, claro que no. Sergio nunca había sido un niño pegado a las faldas de su mamá, así que menos lo iba a ser ahora. Pero se había vuelto un calzonazos. Todo lo que esa rubia de bote que tiene por mujer dice, es sagrado. Ella propone y él dispone. Un perrito faldero. Y ella sólo vive para su imagen; todo el día de compras y acicalándose. Que a Isabel no le importaba que se gastase el sueldo de su hijo en trapitos (que para eso tenía un buen sueldo), si le hiciese feliz. Pero ella veía que no era así. Que él se había vuelto un amargado. Ya no era de risa fácil, como cuando era un niño. Su rostro se había vuelto serio y distante. Incluso a ella le parecía que últimamente empezaba a ahogar sus penas en el alcohol. Pero no, eso sí que no le permitiría ella. Si veía que llegaba a ese extremo delicado, no dudaría en salvarlo, aunque para ello fuese necesario atacar a esa mujerzuela. No quería pensar en ello. Ahora lo único en lo que quería pensar era en su viaje a París. Aún faltaban un par de meses, pero ya empezaba a estar emocionada.

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