MOISÉS ESTÉVEZ
Tarjeta en mano me planté delante de la hilera de escalones que
jalonaban el imponente pórtico que presidía vetusto el edificio que aquel
curioso personaje me había incitado a visitar.
Levanté con esfuerzo el gran aldabón que colgaba de la puerta a una
altura que casi no alcanzaba y con solo dejarlo caer sonó como un trueno,
seguido de un suave y misterioso eco. Esperé pacientemente antes de repetir
la operación, pero no hizo falta, unos inconfundibles sonidos de cerrojos
abriéndose se oían desde el otro lado. Se abrió una mirilla relativamente
grande por la que se podía ver casi la mitad del rostro de la persona que con
un solo ojo me empezó a estudiar detenidamente.
– Qué desea. –
– Buenas tardes. Mi nombre es Javier, y un amigo mío me dio esta
tarjeta diciéndome que con ella podía visitar este lugar. –
– ¿Le dijo algo más? –
– No, bueno sí, que no me arrepentiría y que fuera discreto. –
– Está bien, pase. Espero no ser yo el que me arrepienta. – dijo aquella
media cara mientras cerraba la pequeña compuerta. El comentario, sonó un
tanto áspero, pero lejos de tenerlo en cuenta, me lo tomé como otro signo más
hacia donde me estaba llevando mi curiosidad…

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