ROSA LIÑARES

-Esto se tiene que acabar – pensó Isabel en el momento que colgaba el teléfono.
Su hija Sandra la había llamado para que se quedase con el pequeño Raúl esa noche. Su marido Sebastián y ella tenían una cena importante (quizá no lo fuese, pero era lo que siempre solía decir: -un compromiso ineludible…). Era ya la tercera vez en este mes y empezaba a estar harta. No era que no le gustase cuidar a su nieto; al contrario, sentía debilidad por él. Pero últimamente sentía que sólo la quería por el interés. Su hija sólo la llamaba cuando quería pedirle un favor, y que Raúl se quedase a dormir en su casa era el más habitual.
Tampoco era que Isabel tuviese una vida social muy ajetreada, pero también le apetecía salir a cenar o ir al teatro algún sábado por la noche. Ya se había recluido en casa mucho tiempo. Ahora le apetecía vivir. Aunque ya había cumplido los 57, se sentía joven; y a medida que pasaba el tiempo, cada vez tenía más ganas de hacer cosas. Estudiar, por ejemplo. Hacía un par de semanas que se había apuntado con su amiga Charo a clases de francés; y estaba entusiasmada. Ni siquiera se lo había dicho a sus hijos. Al fin y al cabo, a ellos parecía no importarles demasiado las inquietudes de su madre.
Hacía ya tres años que se había quedado viuda. Una jugarreta del destino le había arrebatado a Ramón. Su Ramón. Su hombre. Media vida juntos. Había ido descubriendo el mundo a su lado, los placeres de la vida, las alegrías y las penas. Dos hijos había sido el fruto de su amor. Y aunque la vida no había sido un camino de rosas, habían sido muy felices, hasta que todo se truncó aquella fatídica tarde del accidente.
Ramón se dedicaba a la venta de coches de importación, la mayoría de alta gama, y un coche de ese tipo había sido el culpable de su muerte, como si de una broma macabra se tratase. Un joven veinteañero en un potente BMW invadió el carril contrario empotrándose contra el Audi de Ramón. Cuando llegó la ambulancia aún le quedaba un soplo de vida, pero apenas le duró unos minutos más. El impacto había sido brutal. Isabel no había podido despedirse de él y esa era una pena que le acompañaría el resto de su vida.
Sandra llegó con Raúl a las 8:00. Ya había cenado, así que no tenía más que acostarle, pero antes podría disfrutar un ratito con él. Ese hombrecito de dieciocho meses le hacía pasar muy buenos ratos. Era un niño muy cariñoso y, quitando alguna rabieta, solía ser muy dócil y obediente. Nada más entrar en casa, corrió a abrazarla. Isabel se agachó para recibirlo con los brazos abiertos y al sentir aquellos bracitos rodeando su cuello, dejó de sentirse irritada. Raúl era uno de los motivos más grandes de alegría que había en su vida. Jugó con él un buen rato antes de acostarle en la cuna-cama que había instalado en la antigua habitación de Sandra. Luego se fue al sofá, pero tras ojear todos los canales y comprobar que no había nada interesante, apagó el televisor y
cogió su portátil. Introdujo el CD que le habían dado en el curso de francés. Después de escuchar atentamente cómo se pronunciaban algunas palabras, ella tenía que repetirlas. Según le había dicho su profesor, tenía facilidad para los idiomas. Ella no estaba tan segura; se sentía ridícula intentando imitar el acento francés. Estuvo practicando hasta que el sonido del teléfono la volvió a la realidad. Era su prima Lola. Solía llamarla casi todos los fines de semana. Lola y ella eran como hermanas; tenían la misma edad y se habían criado juntas. Llevaba ya muchos años viviendo en París, pero no habían perdido el contacto. A veces la envidiaba. Se había puesto el mundo por montera y había hecho siempre lo que le había dado la gana, sin importarle lo que nadie pensase. Vivía su vida como ella quería. Había tenido sus altibajos, pero ahora le iba muy bien (en todos los aspectos de su vida). Había estudiado Bellas Artes y, ciertamente, era una artista. Llevaba ya muchos años trabajando en una galería de arte. Le encantaba su trabajo y, además, le pagaban muy bien. Seguía pintando y de vez en cuando vendía alguno de sus cuadros. Vivía feliz y relajada.
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Un comentario sobre “Otra vida (1)

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