ALFONSO DÍAZ DE LA CRUZ

Supongamos, por ejemplo, que un buen día, no sabemos bien de dónde, aparece un pequeño Dios que toma un poco de barro y, tras amasarlo durante algunos días, forma a los primeros seres humanos.

Supongamos que también crea los planetas, el agua, el café y hasta los ornitorrincos.

Supongamos que después, el Dios, del que nunca supimos su nombre, se marcha dejando atrás al mundo y a los humanos a su suerte.

Supongamos que esos humanos se las arreglan para sobrevivir como especie durante miles de años y consiguen someter a todo el planeta, incluidos el café y los ornitorrincos, a su disposición. Hacen guerras, desarrollan tecnologías, erigen ciudades con rascacielos, destilan vino, inventan deportes y religiones, delinean fronteras y, tras varios siglos de dimes y diretes, establecen la jornada laboral de ocho horas, salvo por los días en que la junta directiva se quedará horas extras en los pisos superiores de los rascacielos, para tomar decisiones cruciales para las empresas a las cuáles representan. Para sobrellevar dichas juntas de manera adecuada, servirán café, mismo que con el pasar de los años han aprendido a refinar y al cual se han hecho adictos.

Supongamos pues, que te encuentras en una junta directiva en lo alto de un rascacielos y que eres adicto al café, pero que por alguna falla de planeación, en dicha junta no se sirvió café.

Supongamos también que el jefe directivo arremete contra ti y tu trabajo, y que Godínez, el compañero que siempre quiere quedar bien, no deja de hacer ruidos golpeando insistentemente el bolígrafo contra la mesa de juntas y, en consecuencia y ante la falta de café, tu estrés y tu enojo comienzan a crecer de manera vertiginosa.

Y de pronto estallas, contra tu jefe y contra Godínez, y les dices (y gritas) todo lo que durante años has callado y reprimido, pero que siempre has pensado de ellos.

Supongamos que ante esta reacción, los demás miembros de la Junta, incluido Godínez, callan y te miran asombrados a la par que asustados porque nunca te habían visto proceder así. Tú tampoco, y también estás sorprendido ─tal vez si hubiesen servido café ─, pero no puedes ni quieres detenerte pues, de cierta manera, es liberador.

Supongamos que te pones de pie, amenazante, y caminas hacia tu jefe increpándolo y poco a poco cubres la distancia que te separa de su silla hasta quedar a unos pocos centímetros de él. Y entonces comienza a temblar como nunca antes había temblado en la ciudad y, por lo tanto, la discusión de súbito se detiene.

Supongamos que antes de que cualquiera de los presentes pueda reaccionar, el techo del rascacielos se rompe, a manera de cascarón, y una gigantesca mano entra a la sala de juntas y te toma a ti, a tu jefe, a Godínez y al resto de los miembros de la Junta, apretándolos unos contra otros, como si de plastilina se tratase.

Antes de amalgamarte con ellos en una masa completamente amorfa alcanzas a escuchar que el pequeño Dios, creador del café y de los ornitorrincos y del cual nunca sabremos su nombre, grita con voz enérgica que le esperen unos instantes en lo que recoge y guarda el barro, que ha sido la mar de divertido y que mañana formará figuras nuevas…

Un comentario sobre “Figuras de barro

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