QUISPIAM

 Capítulo 15: El reencuentro.

Las cosas no siempre salen como uno espera, quiere y desea. Un año después de aquella visita al hospital, donde dejé atrás definitivamente mi pasado, pedí la mano de Sandra que aceptó encantada mi proposición. Un mero formalismo ya que desde nuestro reencuentro hacíamos vida de pareja. Nos casamos bajo el auspicio de una Celia que siempre había estado a nuestro lado y que fue nuestro mayor apoyo.

Vivimos años felices juntos, los mejores de mi existencia. Cada día que pasaba, más me convencía que Sandra era la mujer de mi vida y más, cuando me dio lo mejor que me había pasado nunca, una preciosa niña a la que pusimos de nombre Sofía. Su nacimiento fue el culmen de nuestra felicidad, el fruto del amor de dos personas que se amaban con locura.

Pero siempre dicen que la felicidad no es eterna y la nuestra empezó a llegar a su fin diez años después de aquel accidente que había cambiado mi vida. Tras un tiempo de no encontrarse bien, Sandra fue diagnosticada con un cáncer terminal que en pocos meses terminaría con su vida.

Fueron momentos duros para todos. Saber que se iba a morir, que ya no volvería a verla, a tenerla entre mis brazos, a oír su voz… lloré desgarradoramente sabiendo que, cuando aquello ocurriera, una parte de mí moriría con ella. Ella era mi guía, mi luz, mi todo…

Sandra demostró mayor entereza que yo, reconfortándome, arrullándome entre sus brazos, dándome parte de su fuerza que la maldita enfermedad se estaba llevando por delante. Irónico ¿Verdad? Ella, la que se estaba muriendo, sufriendo, consolándome a mí.

No tuve más remedio que reponerme, crecerme ante la adversidad. Tenía que ser fuerte ante lo que estaba por venir, por ella y por nuestra hija. Bastante tenía Sandra con su enfermedad y su aciago destino como, para encima, preocuparla más con mi debilidad. No, ella necesitaba a alguien fuerte a su lado, alguien que la apoyara en aquellos duros momentos, alguien que le diera la tranquilidad que, cuando todo ocurriera, tomara las riendas y cuidara su ser más preciado, nuestra hija.

Eso hice. Siempre a su lado, llevándola a los médicos a revisiones inútiles que no hicieron más que confirmar que el fin se acercaba, abrazándola en aquellos momentos de bajón, ofreciéndole mi hombro para que llorara cuando necesitaba hacerlo, dándole todo mi apoyo, todo mi amor. Que supiera que no estaba sola, que nunca lo había estado y que nunca lo iba a estar, que aquello lo íbamos a pasar los dos juntos hasta el fatídico final.

Pero a nuestro alrededor, la vida continuaba, ajena a nuestro dolor y al sufrimiento por el que estábamos pasando. Y así, pocas semanas después del diagnóstico terminal de Sandra,  la pequeña Sofía con sus tres añitos recién cumplidos, empezó el colegio. Los nervios del primer día, el temor de separarse de sus padres, ir a un sitio desconocido y con gente desconocida para ella…

Fue duro separarse de Sofía, tanto para ella como para nosotros pero, por suerte, la maestra se hizo cargo de ella, consolándola, haciéndole bromas y enseguida ya la tenía camino del aula y sonriendo cogida de su mano. Aunque tristes pero también algo aliviados porque la cosa hubiera acabado bien, regresamos más tranquilos a casa. Ya no la volveríamos a ver hasta la tarde.

Cuando fuimos a buscarla, el cambio fue drástico. De la niña llorosa de la mañana a la alegre de la tarde, que no quería irse y que, cuando lo hizo cogida de la mano de su madre, no hacía nada más que contarnos a su manera todo lo que había hecho y lo bien que se lo había pasado. Y, sobre todo, hablar de su maestra “Soña”.

Y esa fue la tónica de los siguientes días. Siempre que la recogíamos nos explicaba las hazañas de su día, los amigos que había hecho y lo bien que se lo pasaba con “Soña”. A mí, la verdad, me empezó a intrigar y a sentir curiosidad por aquella mujer por la que mi hija sentía tanto cariño. Y Sandra, a decir verdad, parecía hasta tener mejor aspecto contagiada por la profunda felicidad de nuestra hija.

Así que, varios días después, mientras veía a Sofía correr a su encuentro para un nuevo día de escuela, acompañada por su madre que quería hablar con la tan famosa maestra, me fijé en ella. Alta, piel morena, cabello corto color negro, un rostro bello donde lucía unas gafas, un cuerpo que, aunque se apreciaban unos buenos pechos y un más que generoso culo, era evidente que no cuidaba demasiado y que le sobraba algún kilo. Aun así, se podía considerar una mujer atractiva que, no sabía porque, me era familiar.

Su actitud, jovial y alegre con los niños, había mudado a una pose algo tensa e incómoda ante la presencia de Sandra que también parecía algo alterada, en su caso más bien parecía sorprendida por algo referente a la maestra. Yo no entendía que estaba ocurriendo cuando, supongo que consciente de mi escrutinio, ella me miró fijamente viendo un rostro triste que no tardó en huir de mi reconocimiento.

La conversación llegó a su fin de forma abrupta, volviendo Sandra conmigo y la maestra a sus quehaceres habituales, recuperando de nuevo su alegría y jovialidad al volcarse de nuevo en sus pequeños alumnos.

-¿Qué ha pasado? –le pregunté a Sandra cuando llegó a mi lado.

-Nada –dijo cogiéndome de la mano- es que está un poco saturada en estos momentos y no podía hablar mucho…

No le di mayor importancia y emprendimos el camino de regreso a casa aunque, no sé si por lo sucedido con la maestra o debido a su enfermedad, Sandra pasó el resto del día meditabunda y sumida en sus pensamientos, llegándome a preocupar pensando que le sucedía algo.

Por suerte no fue así. Aquello duró hasta la vuelta a recoger de nuevo a Sofía, volviendo a ir decidida Sandra en busca de su hija y a abordar a la maestra que la recibió con estupefacción y sorpresa, cosa que me extrañó. Departieron durante unos minutos hasta que, por fin, se separaron y volvieron conmigo que no entendía nada de lo que estaba pasando allí.

Los siguientes días siguieron con la misma tónica. Sandra acompañaba a la pequeña hasta la puerta de su clase donde conversaba cada vez con mayor soltura con la maestra, una maestra que parecía haber dejado atrás sus reticencias e incomodidad ante la presencia de mi mujer, mostrándose más tranquila y relajada con ella. Aunque eso sí, no se me escapaba que, de vez en cuando, lanzaba miradas nerviosas hacía mi posición, desviando enseguida la vista al sentirse pillada haciéndolo.

No sabía qué estaba sucediendo allí y, cada vez que intentaba sonsacarle algo a Sandra, ella intentaba quitarle hierro al asunto para tranquilizarme, alegando que solo sentía interés por aquella mujer y que, por algún motivo, se sentía cómoda con ella y con ganas de conocerla en mayor profundidad.

Ante esa respuesta, decidí darle cancha y que ella siguiera afianzando aquella extraña relación que estaba forjando con la maestra de nuestra pequeña. Si ella era feliz con ello, ¿quién era yo para llevarla la contraria y más en el estado en que estaba? No, a esas alturas y con el fin cada vez más cerca era incapaz de negarle nada a Sandra.

Por eso no dije nada cuando, aquel viernes por la tarde, me dijo que iría ella sola a buscar a nuestra hija. Por lo visto, había decidido invitar a su nueva amiga a tomar un café y, sorprendentemente, ella había aceptado. Tarde de chicas, me dijo entre bromas. Y yo encantado de verla feliz, alegre, con ilusión por compartir un rato con su nueva amiga.

Lo que no intuía era lo que iba a deparar ese café y que descubrí esa noche, ya acostados y con nuestra hija ya durmiendo.

-David, tengo que hablar contigo –me dijo de forma seria.

-Pues tú dirás –le dije abandonando el libro que había abierto- ¿Qué ocurre?

-Quiero hablarte de Sonia –dijo sin yo entender nada.

-¿Sonia? ¿Qué Sonia? –le contesté sin saber en aquel momento de quién me estaba hablando.

-“Soña”, la maestra de Sofía –siguió insistiendo.

-Ah esa Sonia –dije cayendo entonces en la cuenta que nunca me había parado en pensar en cual debía ser su verdadero nombre- ¿Qué pasa con ella?

-La he invitado a comer mañana –me anunció cogiéndome totalmente por sorpresa- creo que tenemos que hablar los tres y he creído que era una buena forma de hacerlo…

-¿Hablar? –Estaba cada vez más confuso con todo aquello- ¿De qué? No entiendo nada, Sandra…

-¿No la has reconocido, verdad? –me preguntó.

-Ah ¿es que nos conocíamos de antes? –pregunté estupefacto y bullendo mi cabeza tratando de situar aquel rostro en algún lugar de mi pasado. Todo en vano.

-Esa Sonia es tu ex… -me soltó de sopetón dejándome boca abierto y no dando crédito a lo que me decía.

¿Sonia? ¿Esa mujer era Sonia, mi ex? No podía ser… físicamente, poco quedaba de aquella mujer de la que me había enamorado y con la que había compartido años de mi vida. Había ganado peso, había cambiado el corte de pelo y su color, ahora usaba gafas y, lo principal, ¿qué hacía trabajando de profesora cuando ni siquiera había acabado la universidad para dedicarse a su carrera de modelo?

Y por otro lado, aquella Sonia de mi pasado era una mujer fuerte, decidida, nada que ver con aquella maestra que, al menos esa impresión me había dado, parecía apagada, reservada, hasta tímida diría yo… al menos, en el trato con los adultos. Con los niños se veía a otra mujer, más dulce y cariñosa, como si llevara una coraza para protegerse y solo se sintiera segura entre los pequeños.

-No puede ser… -solo conseguí balbucear.

-Pues lo es –me aseguró Sandra- ya me lo pareció el primer día y, cuando la abordé, ella me lo confirmó. Y antes que preguntes, no te he dicho nada porque ella misma me lo pidió… no quería volver a inmiscuirse en tu vida y reabrir viejas heridas del pasado…

-¿Eso te dijo? –pregunté asombrado por la madurez que demostraba aquella petición, tan lejos de la forma de ser de la Sonia que conocía- pues menuda tontería… ha pasado mucho tiempo y está completamente superado…

-Lo sé y eso es lo que le he dicho durante todos estos días en que he estado hablando con ella –continuó explicándome Sandra- y hoy se lo he vuelto a repetir, corroborado por Celia que también ha venido… entre las dos, bueno las tres que Sofía también ha jugado su papel, hemos conseguido convencerla para que venga mañana a comer y así podamos hablar los cuatro de lo que está por venir…

-¿A qué te refieres? –pregunté intrigado por lo que acababa de decir.

-A mi muerte, David… -dijo de forma serena- ella sabe lo que me pasa, que me estoy muriendo… tampoco es un secreto, es evidente… cada vez estoy peor, más desmejorada, me canso con mayor facilidad y los calmantes empiezan a perder sus efectos antes… no me queda mucho y lo sé…

-Sandra… -dije mientras las lágrimas empezaban a correr por mis mejillas y la abrazaba de forma sentida, sintiendo como ella también lloraba contra mi pecho- de acuerdo, que venga… por mí no hay ningún problema… pero no entiendo que tiene ella que ver con lo que estás pasando…

-Gracias, David –dijo besándome- tú confía en mí… mañana lo entenderás… yo no haría nada que te lastimara, que te hiciera daño ¿lo sabes, verdad?

-Lo sé, cielo –le dije besándola de nuevo. La volví a abrazar y ya no hubo más palabras. De esa guisa, unidos por ese abrazo, nos dormimos los dos.

El día siguiente fue un ajetreo constante. Sabiendo de la visita de Sonia a comer, entre las compras y preparativos para dicha comida, la presencia de una siempre dicharachera Celia y los nervios de una Sofía que no paraba de preguntar que cuando iba a llegar su maestra, la mañana pasó volando.

Antes que quisiera darme cuenta, sonó el timbre de la puerta y, como si estuviera pactado, nadie hizo además de ir a abrir la puerta. Estaba claro que querían que fuera yo quien lo hiciera y así lo hice. Decidido, fui hacía allí y abrí la puerta, encontrándome frente a frente con la mujer con la que una vez había pensado casarme y que me había pagado traicionándome de forma vil.

Ella me miró de forma tímida, incapaz de aguantar mi mirada, dejando escapar un leve murmullo que interpreté como un hola David mientras yo, ahora más cerca de ella de lo que había estado nunca, la escudriñé con atención. Sí, no había duda, era ella. Sus rasgos faciales, aunque algo cambiados por el aumento de peso, eran suyos como algún pequeño tic que identifiqué enseguida… aquel pequeño temblor de la comisura de sus labios sabía muy bien que significa que estaba nerviosa, muy nerviosa…

-Hola Sonia –dije acercándome y dándole dos besos, sorprendiéndola con aquel acto- me alegro de volver a verte. Pasa, las chicas están en la cocina…

Ella entró en la casa, algo desconcertada con aquel recibimiento, pero no tuvo tiempo para mucho más ya que, para mi sorpresa, Sandra nos estaba observando desde la puerta de acceso al salón, sonriéndome de forma cálida como agradecimiento por lo que había hecho y llevándose consigo a nuestra invitada que no tardó en ser acaparada por la pequeña, ansiosa por jugar con ella.

Aunque algo incómoda al principio, enseguida Sonia se fue soltando y disfrutamos de una comida placentera y agradable, riendo divertidos con las ocurrencias de la pequeña Sofía, las bromas jocosas de Celia que siempre sabía cómo alegrar cualquier encuentro y la conversación siempre amena de una Sandra que no estaba dispuesta a que su invitada se sintiera fuera de lugar.

Quizás el único algo distante era yo, no por su presencia, sino más bien por la multitud de preguntas que me avasallaban para saber qué había pasado con ella para acabar como había acabado y, también, por lo que tenía en mente Sandra de lo que tenía que hablar con todos nosotros respecto a su muerte. Eso me intrigaba y mucho, tanto como para no dejarme disfrutar como debiera de, quizás, una de nuestras últimas comidas juntos.

Después de comer y ante la insistencia de Sofía, fuimos a un parque para que ella pudiera jugar con la compañía de su maestra que no dudaba en implicarse en aquellos juegos al igual que Celia. Sandra y yo, sentados juntos en un banco y abrazados, observábamos divertidos todo aquello.

Como era de prever, tanto juego, excitación y nerviosismo, acabó por pasar factura a la pobre Sofía que, rendida, se durmió de camino a casa. Mientras la llevaba a su habitación a acostarla, sabía que en el salón se estaba preparando aquella conversación que ya me había avisado Sandra que iba a tener lugar.

Cuando regresé, ellas ya me estaban esperando. Sandra y Celia en un sofá, Sonia en el otro y no dejándome más alternativa que sentarme a su lado.

-Como te dije anoche, David –empezó a decir Sandra sin irse por las ramas- quiero hablar con vosotros de una cosa que tengo en mente desde hace algún tiempo pero antes, me imagino que tendrás muchas preguntas sobre la vida de Sonia y que ha sido de ella durante todo este tiempo…

-Sí… bueno, alguna tengo, claro… -dije yo.

-Mira David –empezó Sonia- antes de todo quiero pedirte perdón por lo que pasó…

-No hace falta –la corté yo- te dije que necesitaba tiempo y era cierto… hace mucho que te perdoné lo ocurrido y no vale la pena seguir fustigándose por lo sucedido… y aunque me hiciste daño y mucho, si no fuera por aquello nunca habría encontrado a Sandra y no tendría a Sofía a mi lado… además, creo que bastante castigo has tenido tú o, al menos, esa es la impresión que me da…

-Me alegro que no me guardes rencor, no sabes lo mucho que eso significa para mí –dijo con el gesto apesadumbrado por mis palabras- y no voy a negar que ha sido difícil salir del pozo en que me sumí después de nuestra ruptura…

-Imagino que debió ser difícil y, sinceramente, siento curiosidad por saber cómo acabaste como maestra… -le confesé.

-A ver por dónde empiezo… -dijo ordenando sus pensamientos- después de tu visita al hospital, cuando me recuperé,  me fui a vivir con mis padres de nuevo, para que me ayudaran mientras me recuperaba. Lo pasé muy mal, me culpaba y con razón, de todo lo ocurrido y no entendía como había podido ser tan estúpida para hacer lo que hice. Me costó superar esa fase pero, al final, decidí seguir tu consejo y empezar de nuevo…

Hizo una pausa y me miró, viendo que tenía toda mi atención y, en menor medida, la de Sandra y Celia que, algo me decía, ya conocían aquella historia.

-Decidí cambiar radicalmente de vida –prosiguió- dejé mi trabajo de modelo, cambié de look y volví a estudiar pero ahora cambiando de carrera, optando por magisterio… sabes que siempre me han gustado los niños y se me han dado bien…

-Me alegro que encontraras tu verdadera vocación… -le dije yo- sinceramente, nunca me gustó tu trabajo como modelo y te veo realmente feliz ejerciendo de maestra…

-Sí, la verdad es que me encanta mi trabajo –por primera vez su rostro se iluminó pero enseguida volvió a apagarse- es la única manera de estar cerca de ellos… después de la paliza de Fran pues… de las heridas… ya no puedo quedarme embarazada…

Su rostro amenazaba con ponerse a llorar y yo, controlando el acceso de ira que amenazaba con brotar en contra del maldito Fran, cogí su mano y la estreché contra la mía. Ella agradeció el gesto con una tímida sonrisa y Sandra aprobó con otra lo que acababa de hacer.

-Lo siento –le dije sinceramente- espero que, al menos, el muy imbécil pagara por lo que te hizo…

-Murió –dijo con frialdad- acabó en la cárcel y cuando salió, con sus antecedentes y el rostro desfigurado, volvió a su país ya que aquí ya no tenía futuro. Allí, por lo que me contó Marta, se lió con quien no debía… ya sabes su afición por acostarse con las mujeres de otro… apareció muerto en un callejón y con su miembro cortado dentro de su boca…

Yo asentí lentamente. Era mucho el dolor que había causado y, al final, el karma se había cobrado su precio.

-¿Y qué hay de los demás? –dije queriendo cambiar de tercio y aprovechando el que sacara a Marta en la conversación.

-Pues Marta sentó la cabeza, se casó y tiene dos críos –dijo recobrando la sonrisa por un instante- Miriam rompió con Manu, conoció a un tío forrado, se casó con él y se fue a vivir al extranjero… hace mucho que no sé nada de ella… y, bueno, respecto a Manu… sigue igual… se casó con una mujer que comparte su afición y, por lo que sé, sigue disfrutando viendo cómo se acuestan con su mujer…

-Vaya –dije riendo- está claro que algunos no cambian por mucho que pasen los años…

-No, está claro que no… -respondió uniéndose a mis risas.

-¿Y tú? ¿Estás con alguien? –le pregunté sin segunda intención.

-No… -dijo ella volviendo a entristecerse- ya te dije que había rehecho mi vida a medias… yo te quería aunque te cueste de creer y sabía que iba a ser difícil, por no decir imposible, encontrar a alguien que estuviera a tu altura… lo intenté al principio, tuve algunas citas pero no resultó… al final, desistí, me dejé un poco y, bueno, ya ves el resultado… -dijo señalando su cuerpo.

-Pues yo te veo bien… -le dije sinceramente- el nuevo look te sienta bien y, bueno, tu figura ahora te hace parecer más mujer… a mí me gusta…

Ella me miró sonrojada y yo, en ese instante, fui consciente de lo que acababa de decir. Me apresuré a mirar a Sandra pero no vi reproche ni enfado por lo que acababa de decir sino todo lo contrario, parecía contenta y feliz por el devenir de aquella conversación.

-Gracias… -titubeó Sonia y se giró buscando con la mirada a Sandra que decidió tomar las riendas de nuevo.

-Bueno, creo que ahora me toca a mí… -dijo poniéndose seria- el fin de esta reunión es hablar sobre el futuro, el de David y Sofía… sois conscientes, como yo, que me queda poco de vida y hay algo que me ha estado reconcomiendo desde que esto empezó y no es otra que el porvenir  de mi familia…

-Sabes que a Sofía la cuidaré como si me fuera la vida en ello –empecé a decir yo pero enseguida fui interrumpido por ella.

-Lo sé, David –me dijo de forma tajante- lo que me preocupa es quien cuidará de ti… Eres fuerte, lo sé, pero lo que te espera… es algo que no le deseo al peor de mis enemigos… yo misma no sé si sería capaz de pasar por todo lo que estás pasando, lo que estás aguantando… solo de pensar en perderte, se me sale el corazón del pecho David…

Yo callé y el silencio se adueñó del salón. Tenía razón y era consciente de ello. Había veces, en mi soledad, que arrancaba a llorar solo de pensar que, en cualquier momento, iba a perderla, que no volvería a sentirla a mi lado.

-Va a ser muy duro por lo que vas a pasar, David –dijo levantándose, cambiándose de lugar con Sonia y sentándose a mi lado, cogiendo mi mano- como te he dicho, yo no podría pasar por esto y estoy segura que tú tampoco… tampoco quiero que lo hagas… por eso están ellas aquí, quiero que me prometáis una cosa antes de morir…

Yo miré a Sandra sin entender qué pretendía y, a tenor de la mirada de Sonia, ella tampoco. No así Celia, que parecía saber qué tenía en mente mi mujer.

-Celia ya se ha comprometido pero ahora quiero que lo hagáis vosotros dos –dijo en referencia a nosotros- pero sobretodo tú, Sonia… quiero que me prometas que, cuando no esté, cuidarás de David como he hecho yo hasta ahora, que no le dejaras pasar por esto solo, que serás su apoyo…

-Sandra… -dijo una Sonia pálida y atónita, que para nada se esperaba una propuesta así- no puedo… no debo… no soy la persona más adecuada para eso…

-En eso te equivocas… -le respondió enseguida Sandra- eres la más indicada para ello. Porque una vez le quisiste, porque o mucho me equivoco o aun sigues queriéndole, porque después de todo el daño que le hiciste sé qué harás lo imposible por evitar que pase por algo aun infinitamente peor… Sí, eres la idónea para ello, lo supe desde el instante en que te reconocí en la puerta de la clase, en que te vi dándole cariño a mi hija, en que vi como no podías soportar mirar a David por la vergüenza que sentías por lo que le habías hecho…

-Pero Celia… -intentó replicar Sonia.

-Celia quiere mucho a David –la cortó en seco Sandra- pero nunca podrá darle lo que yo le he dado, lo que tú le diste una vez… amor… no, ella te ayudará en todo lo que necesites pero, la que preciso, la que quiero para esa tarea es a ti…

-Yo pienso igual –aseveró Celia- él va a necesitar a alguien fuerte a su lado, alguien que le dé todo su amor y cariño, alguien que entienda el dolor por el que va a pasar… y para eso nadie mejor que tú, que ya perdiste lo que más querías en la vida… ¿me equivoco?

Yo observaba boquiabierto aquel cruce de argumentos entre las tres, no dando crédito a lo que escuchaba y a cómo, al menos de momento, me mantenían aparte de aquella discusión como si aquello no fuera conmigo. Pero claro, aún faltaba lo peor por venir…

-Te lo prometo… -dijo casi en un susurro Sonia- cuidaré de David como se merece…

Yo me giré al instante, mirando a una Sonia que hablaba con la cabeza gacha, estupefacto por el compromiso al que había llegado con mi mujer que sonreía satisfecha con las palabras de mi ex novia y maestra de nuestra hija.

-¿Pero os habéis vuelto locas? –Dije elevando la voz- sé cuidarme solito… no necesito a nadie para que me cuide…

-Eso crees ahora –me dijo con calma Sandra- pero, cuando llegue el momento, necesitaras todo el apoyo posible… y, sinceramente, yo necesito esa tranquilidad para afrontar lo que queda por delante… David, necesito que me prometas que, cuando ocurra, no te cerraras en banda renegando de la ayuda que tanto me ha costado encontrar… Júramelo, por favor…

Sus ojos suplicantes me hicieron ser consciente de lo importante que era aquello para ella, que necesitaba de ese compromiso para centrarse en lo importante que era su enfermedad y claudiqué, sí, no tenía otra opción.

-Te lo prometo… -dije complaciéndola- pero con una condición… sé que soy lo suficientemente fuerte como para salir adelante solo pero acepto a no negarme a recibir ayuda pero solo en caso de necesitarlo… no quiero que nadie me obligue ni fuerce a nada ¿queda claro?

Las tres afirmaron y con ese gesto quedó sellado el acuerdo que tanto parecía necesitar Sandra y para el que había montado aquella encerrona. Desgraciadamente, no tardé en comprobar lo mucho que me equivocaba y la razón que había tenido Sandra en idear aquel plan de contingencia.

Varias semanas después, Sandra empeoró de forma ostensible. La enfermedad progresaba sin descanso, destrozándola, haciendo inútil la medicación que recibía, haciendo evidente que lo que tanto temía se acercaba de forma inexorable.

Me vi superado por todo aquello. El ingreso de Sandra en el hospital de donde ya no saldría más, viendo cómo se consumía por momentos, cómo se apagaba minuto a minuto y el cuidado de una niña de tres años que no hacía más que preguntar que donde estaba su madre… tuve la suerte que, cumpliendo su promesa, Sonia se hizo cargo de la pequeña Sofía trasladándose a vivir a nuestra casa, cuidando de ella y haciendo que todo aquel proceso fuera lo menos traumático para ella. Celia, por su parte, colaboró dándome un respiro en las largas estancias en el hospital de donde no quería separarme, casi obligándome a ir a casa a darme una ducha y cambiarme la ropa.

Sí, era fuerte pero no lo suficiente. Ver a la mujer que amas morir de esa manera, verla alejarse de esa forma, saber que nunca más volverás a estar con ella… demasiado dolor, demasiado sufrimiento…

Un mes duró aquel calvario. Un largo mes duró la agonía de una Sandra hasta que, extenuada y demacrada, dejó de respirar cogida de mi mano. Fue ahí cuando me rompí y perdí la noción de todo, consumido por el dolor de la pérdida del amor de mi vida, de mi alma gemela.

Todo lo que vino a continuación transcurrió como en una nube, apenas siendo consciente del paso por el tanatorio donde pasaba gente a darme el pésame sin darme cuenta ni importarme quienes eran, el entierro donde tuve que despedirme de forma definitiva de lo que quedaba del cuerpo de mi amada, la vuelta a casa donde todo eran recuerdos del amor que nos habíamos profesado.

De todo ese periplo solo recuerdo una cosa con nitidez y era la sombra que siempre me acompañaba, que nunca me abandonaba, siempre a mi vera, preocupándose que siguiera comiendo, respirando, viviendo… sí, Sonia cumplió a la perfección la promesa que le había hecho a mi esposa, cuidándome como si le fuera la vida en ello aunque fuera a expensas de su propia salud. Pero de eso me daría cuenta un tiempo después.

Fueron ella y Celia las que nos sacaron adelante a mí y a Sofía, las que se encargaron de todo el papeleo que una situación así conlleva, forzándonos a seguir luchando, consolándonos cuando nos veníamos abajo cosa que a mí me sucedía, sobretodo, en la noche.

Estar en la misma cama que tantos instantes había compartido con Sandra me destrozaba y no podía evitar romper a llorar, recordando todos los momentos que habíamos compartido, tantas confidencias…pero ahí también colaboró Sonia en socorrerme, en darme su apoyo, acostándose cada noche en aquella cama que se me antojaba ahora tan vacía, abrazándome y haciéndome saber con su sola presencia que no estaba solo, dejándome llorar hasta que caía dormido en sus brazos.

Fueron los meses más duros de mi vida, no me cuesta reconocerlo, como tampoco que sin la previsión de Sandra y la colaboración de Celia y, sobretodo, Sonia, no habría conseguido superar aquel trago tan amargo que la vida me había dado a probar. Pero, por suerte, poco a poco fui remontando el vuelo, mitigando mi dolor y recuperando mi vida, siendo entonces plenamente consciente de la inestimable ayuda que había tenido.

Aun así, pese a ir encontrándome mejor, el ritual de Sonia acostándose en mi cama y abrazándome no se alteró ni yo pretendía que lo hiciera. Me producía alivio saber que ella estaría en aquella cama cuando me acostara, que no estaría solo y que con solo su presencia alcanzaría la calma que me permitiría alcanzar el sueño.

En mi egoísmo, no me di cuenta del precio que ella estaba pagando por ello. El esfuerzo de aquellos meses volcándose tanto conmigo como con Sofía, además de su trabajo, el cuidado de la casa y, sobretodo, el enorme estrés emocional que aquello estaba suponiendo para ella me quedó patente aquella mañana cuando me levanté.

Celia se había llevado el día anterior a Sofía para que pasara el fin de semana con ella y solo estábamos Sonia y yo en aquella casa. Me levanté y la cama estaba vacía pero se oían ruidos provenientes de la cocina. Hacía allí me dirigí donde me encontré a Sonia fregando los restos de la cena de la noche anterior.

Ella, sin ser consciente de mi presencia, fregaba con brío los platos moviendo ligeramente aquel culo embutido en aquellos tejanos. Había perdido peso, su rostro delataba los estragos del cansancio acumulado y algunas arrugas habían aparecido desde nuestro reencuentro. Pero, sobre todo, aquellos ojos, apagados, tristes, sin ilusión…

Como si un destello iluminara mi mente, fui consciente de lo duro que debía haber sido para ella compartir cama con  el hombre que quería, consolándole por el dolor de la muerte de otra mujer y sin ninguna esperanza de conseguir nada más que aquello, sentir mi cuerpo noche tras noche pero sin protestar por ello, sabiendo que no tenía derecho alguno a nada más y que, es más, se merecía aquello por lo que me había hecho en el pasado… el precio a pagar por su traición.

La observé desde la distancia, recreándome en su rostro y en su cuerpo. No sabía cómo podía decir que no era atractiva cuando, para mi gusto, estaba ahora mejor que antes. Y para mi sorpresa, noté como a mi miembro también le gustaba aquella visión. Fue en ese instante cuando tomé la decisión.

Avancé hasta colocarme detrás de ella y pasé mis manos rodeando su cuerpo, cerrando el abrazo sobre su vientre. Ella dio un respingo al notar mi presencia pero no se movió. Apoyé mi barbilla sobre su hombro, con mi rostro casi pegado al suyo, notando su nerviosismo y su rubor, como respiraba agitadamente.

-No sé cómo puedes decir que no eres atractiva… -dije ya pegándome del todo a ella- eres preciosa…

Mis manos alzaron su camiseta y subieron sobre su piel desnuda hasta alcanzar sus pechos, acariciándolos por encima del sujetador, dando ella un respingo al notar mis manos sobre ellos.

-¿Qué haces, David? –dijo ella pero sin oponer resistencia.

No contesté, solo seguí acariciando sus tetas mientras mis labios buscaban su cuello, que empecé a besar de forma tierna y cariñosa. Ella exhaló un leve gemido y ladeó su cuello, facilitándome el acceso a él.

Bajé mis manos hasta llegar a la cintura de su pantalón, desabroché su tejano y colé una mano dentro de él, palpando su sexo por encima de la braguita que llevaba mientras la otra volvía a subir hasta posarse de nuevo en su pecho donde su pezón amenazaba con rasgar el sujetador.

-David… -susurró ella no sé con qué intención.

La mano que jugaba con su sexo, apartó la tela de la braguita y se enredó en el frondoso vello que cubría su pubis hasta alcanzar su rajita, húmeda, caliente y anhelante. Un par de caricias y ella gemía entregada, su cuerpo se arqueaba hacia atrás buscando el contacto con el mío, frotando su culo contra mi empalmada que empezaba a doler bajo el pantalón.

Sonia apoyó sus manos en la encimera de la cocina, disfrutando de mis caricias y dejándose llevar por el placer. En cuanto alcancé su clítoris duro, bastó unos cuantos roces para notar como sus fluidos empapaban mi mano y su braguita, soltaba un hondo suspiro y su cuerpo se relajaba al sentir el orgasmo liberador.

La abracé dejándola reposar y disfrutar su clímax, besando su cuello, mejilla y la comisura de sus labios. Fue ella la que, ladeando su cabeza, me ofreció sus labios y nos fundimos en un beso tierno y cariñoso.

-Quiero hacerte el amor… necesito hacerte el amor…-le dije entre beso y beso.

Ella me miró, con una mezcla de deseo y de miedo.

-¿No quieres? –Le pregunté al ver su expresión- podemos dejarlo aquí si quieres…

-Claro que quiero, más que a nada en este mundo…–dijo volviendo a besarme- pero tengo miedo… miedo a que no te guste como soy ahora, miedo a que me apartes de tu vida de nuevo después de usarme, miedo por… bueno, miedo porque no he estado con ningún otro hombre después de aquello…

La miré sorprendido por su confesión y por su sinceridad, sorprendido por su baja autoestima y sorprendido porque sus palabras confirmaban que seguía sintiendo algo por mí. Fue en ese instante cuando supe que debía entregarme en cuerpo y alma en complacerla, en no defraudarla, que ella se merecía que la tratara con sumo cariño para demostrarle que no tenía nada que temer.

Sin mediar palabra, la cogí en brazos y besándonos la llevé a mi dormitorio. Allí dentro, la deposité en el suelo y me la quedé mirando ante su creciente nerviosismo.

-Desnúdate –le pedí.

Ella dudó pero, titubeando, empezó a quitarse la ropa. Primero la camiseta, luego las botas y finalmente el pantalón. Se quedó allí parada, medio cubriendo su cuerpo medio desnudo, avergonzada de él. Yo me acerqué a ella, acaricié la piel de sus brazos y llevé mis manos a su espalda donde desabroché el sujetador. Aparté sus manos, acabé de desprender el sujetador y contemplé sus pechos desnudos.

Parecían aún más grandes que antes y apenas caían. Sus areolas rosadas y sus pezones puntiagudos clamaban por mi atención y allí llevé mis manos, recorriendo aquellos bellos senos con mis manos, sopesándolos, acariciándolos, apretándolos el uno contra el otro. Su rostro delató el gusto que le estaba dando con mis manoseos, expresándole lo mucho que me gustaban sus tetas.

Mis manos bajaron por su vientre, recreándome en la ligera barriguilla que aún conservaba, palpando su cintura algo más ancha que antes, buscando su culo que también había ganado en tamaño pero igual de apetecible o más que antes.

Mis manos agarraron el elástico de sus braguitas y las hice bajar, contemplando su sexo que antes había acariciado, viendo la mata de vello que lo cubría, un vello claro que delataba que el color natural de su pelo era el rubio. No dudé. Me arrodillé y hundí mi rostro en él, sacando mi lengua y lamiendo sus labios, su clítoris… mis dedos buscando con ansia su entrada y penetrándola con mis dedos, follándola con ellos, sintiendo como ella apretaba mi cabeza contra su entrepierna, completamente entregada y habiendo olvidado por completo sus reticencias.

No tardé en notar de nuevo como su cuerpo se agitaba fruto de un nuevo orgasmo, quedando medio desfallecida y teniendo que sujetarla para que no se desplomara al suelo. La deposité en la cama donde, jadeante, contempló anhelante como me desnudaba yo a mi vez, sin ocultarme, queriendo que ella viera que mi cuerpo también había cambiado y ya no tenía el mismo cuerpo que hacía diez años.

Desnudo y con mi miembro completamente tieso y duro, me coloqué sobre ella besándola y acariciándola con ternura, calentándola de nuevo. Ella abrió sus piernas y yo me coloqué entre ellas, rozando nuestros sexos, frotándolos.

-Con cuidado –me dijo ella volviéndome a recordar que no había tenido otra polla dentro desde nuestra separación.

Apoyé mi miembro junto a su entrada y, con todo el cariño y la precaución posible, empujé hasta traspasar su entrada, notando la estrechez de su coño y no parando de contemplar su rostro en busca de cualquier señal de dolor. Poco a poco y sin ver nada de rechazo o disgusto en su cara, seguí empujando lentamente hasta notar como toda mi polla estaba en su interior.

Me quedé quieto, dejando que ella se acostumbrara y yo tratando de no correrme ya que aquello estaba tan estrecho que parecía que acababa de desvirgarla.

-Muévete, por favor… -me pidió ella.

Viendo que ya estaba preparada, empecé a mover mi pelvis de forma lenta, pausada, cadenciosa. Ella empezó a gemir de gusto, rodeando con sus piernas mi cuerpo, entregándose por completo a mí y dejándose llevar por el placer que empezaba a recorrer todo su cuerpo.

Mientras me movía, buscaba sus labios, su cuello, besándola con cariño y deseo. Mis manos surcaban su cuerpo, tocando sus pechos, su vientre, su cintura, sus nalgas.

Ambos llevábamos mucho tiempo sin estar con nadie y era consciente que no iba a durar mucho y, menos, con la estrechez de su interior que aprisionaba mi miembro cada vez que entraba y salía de ella.

Cuando noté de nuevo sus fluidos salir de su interior y su vagina estrujando mi miembro, supe que no iba a aguantar más. Saqué rápidamente mi polla de su interior y empecé a cubrir su cuerpo con mi leche, bañándola con mi simiente.

Caí a su lado exhausto por el esfuerzo y noté como ella se ladeaba buscando apoyar su cabeza sobre mi vientre, pasando su mano sobre él, abrazándome.

-Gracias –me dijo con ternura- no sabes cuánto tiempo llevaba soñando con esto…

-Ha sido un placer –le dije besando su frente- te lo merecías, sin ti no habría podido salir del pozo en el que estaba…

-Se lo prometí… a Sandra… y te lo debía a ti, David, por todo lo que te hice pasar–Dijo mirándome con algo de tensión- ¿Y ahora qué? ¿Quieres que me vaya?

-No –dije con firmeza- quiero dormir a tu lado y, quizás, volver a follarte cuando me recupere de nuevo… al fin y al cabo, ya no soy el jovencito que era antes…

-Qué tonto eres… -dijo ella, feliz y colocándose a horcajadas sobre mi vientre- eso lo arreglo yo rápido.

Empezó a frotar su cuerpo contra el mío, besándome con pasión desaforada mientras mi polla, atrapada entre nuestros cuerpos, crecía y crecía hasta que ella, notando su dureza, se la clavó sin miramientos en su interior.

-Voy a follarte David y no voy a parar hasta sentir como me llenas con tu leche –dijo antes de empezar a cabalgarme con frenesí mientras yo alzaba mi cuerpo para besar y acariciar sus pechos mientras ella no dejaba de botar sobre mi verga dura.

Nos volvimos a correr los dos, al unísono, volviendo a caer sobre la cama, cansados pero satisfechos, unidos por un abrazo que ya no pensábamos romper.

Con calma, con sosiego, como si empezáramos a salir de nuevo, Sonia y yo reanudamos nuestra relación para alegría de Celia y Sofía. Aunque ahora las cosas eran distintas a como habían sido en el pasado. Sonia me quería, quizás incluso más que antes y yo, pese a que sentía algo por ella, nunca iba a ser lo que sentí por Sandra. Sonia lo sabía, se lo dejé claro desde el principio y ella estuvo conforme con ello. Solo quería tenerme a su lado, hacerme feliz y que la hiciera feliz. Con eso se sentía satisfecha.

Seguimos compartiendo cama como habíamos hecho hasta ese momento pero ahora no solo dormíamos abrazados, también hacíamos el amor, descubriendo lo que ahora nos gustaba, descubriendo nuestros nuevos cuerpos.

Sonia acabó por mudarse definitivamente a nuestra casa, haciendo vida de pareja, moldeando la familia que éramos ahora donde Sonia se volcó en Sofía, queriendo y educando a la hija que nunca tuvo ni nunca tendría, Sofía volcándose en Sonia, la madre que no era pero podría ser.

Y así, los tres juntos, dejamos atrás el pasado y el dolor por el que habíamos pasado, disfrutando del presente y del futuro que nos esperaba por delante.

Fin.

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