LOIS SANS

Capítulo 3 – Electroencefalografía

Por el popurrí de aromas que percibo sé que ha llegado la doctora con sus alumnos, escucho como se colocan a mi alrededor, como siempre y, en unos minutos, la doctora ordena con su potente timbre de voz:

  • Iván, cuéntanos cómo va el caso de la chica sin nombre.
  • De acuerdo, mañana estudiaremos los resultados y deduciremos si sigue en coma o hay muerte cerebral – explica la doctora.
  • ¿Qué le espera si es muerte cerebral? – pregunta Ruth.
  • Debido a que no hay ningún familiar a quién preguntar, deberemos decidir si la dejamos conectada a la máquina o la desconectamos y dejamos que la naturaleza siga su curso – responde con dureza.
  • Pobrecita, sola, sin familia ni amigos que la cuiden – suspira Sara.
  • Son decisiones que deberéis tomar en vuestra profesión, por lo que os aconsejo no encariñaros con los pacientes, porque si os lo tomáis como algo personal os costará mucho ser imparciales a la hora de tomar las decisiones correctas – concreta con dureza.

Un silencio sepulcral envuelve la habitación hasta que alguien abre la puerta y, mientras me los imagino saliendo en silencio, las palabras de la doctora resuenan en mi cabeza.  Un aroma nuevo me distrae de mis pensamientos, es una mezcla dulzona de mandarina, menta y canela que impregna la estancia anulando por completo el típico olor de desinfectante típico en los hospitales. Una voz sexy, muy masculina me habla:

  • ¡Vaya! Me habían dicho que eras muy guapa, pero se han quedado cortos, porque eres preciosa. Seguramente no sabes que eres famosa en el hospital, todos hablan de la chica guapa que no tiene nombre. He venido para llevarte de paseo porque tienes programada una prueba en el ala norte del edificio, así pues, voy a desconectarte y nos pondremos en marcha.

Siento como me desconecta de la máquina dejándome un poco atemorizada por la reacción que puede tener mi cerebro y mi cuerpo. Siento vergüenza pensando que estamos paseando por el hospital, me siento vulnerable, como si todo el mundo estuviese pendiente de mí, observándome cuando paso, inmóvil y con los ojos cerrados. Me distraigo intentando adivinar los diferentes olores de la gente con la que nos cruzamos. Cuando entramos en el ascensor reconozco un aroma que me es muy conocido, el perfume oriental de la mujer que viene últimamente a curarme los pies. Deduzco que hemos salido del ascensor cuando el chico me empuja más fuerte y rápido, imaginándome que juega a hacer carreras por un largo pasillo pintado en color blanco. Sé que hemos llegado cuando frena y escucho una voz aguda de mujer diciendo:

  • Ya puedes entrar, lo tenemos todo a punto.

Me colocan varios electrodos por toda la cabeza mientras miles de imágenes pasan delante de mí, como si se tratase de una película, primero veo una mujer muy guapa con una larga cabellera pelirroja besando a una niña con coletas también pelirrojas. A continuación, observo como las dos bailan descalzas en un prado, bajo una fina lluvia hasta que un arco iris las envuelve. Siento el deseo de ser esa niña, de encontrar a mi madre y abrazarla fuertemente. De repente, todo está oscuro, solamente puedo oler el gel con el que han untado los electrodos mezclado con una suave fragancia a cerezas.

Supongo que se ha terminado la prueba cuando percibo que me empuja por los pasillos del hospital hasta el ascensor y luego de vuelta a la habitación donde me quedo de nuevo sola.

Me sorprendo al sentir un leve hormigueo en el pie derecho, lo que me permite deducir que me está haciendo la cura diaria, aunque, hasta ahora, nunca había notado nada, por lo que me permito sentir una brizna de esperanza pensando que, quizás, ese leve cosquilleo sea el principio de mi despertar. Mientras ordeno mis ideas, la mujer empieza a hablar:

  • Cuando naciste enseguida notamos que eras especial, habías heredado las facultades de tu abuela Carolina, una mujer tierna y enérgica a la vez, con unas habilidades que pocas mujeres poseen. Desde muy pequeña demostraste tener una sensibilidad especial porque eras una niña de cristal. Tu madre te quiso salvaguardar de la mala gente y la dureza del mundo, por lo que te sobre protegió demasiado, consiguiendo que esta protección se girase en su contra haciéndote  más vulnerable. Por suerte siempre habéis tenido una relación muy especial, más que madre e hija, habéis convivido como un solo ser. A medida que crecías, demostrabas tener una gran inteligencia, volviéndote desconfiada y esquiva, por lo que se nos hacía difícil guiar tu camino. Cuando te enamoraste todo se complicó mucho más. Ni tu madre ni tu abuela lo han tenido fácil.

Termina con la cura, se acerca a mi lado y, mientras me besa en la frente, susurra:

  • Estoy segura de que pronto despertareis las dos y todo volverá a la normalidad, al menos eso deseo con toda mi alma.

No tengo tiempo de ordenar todo lo que acabo de escuchar cuando distingo el ruido del carrito de la limpieza acompañado de los peculiares olores a café, tabaco y caramelos de fresa.

  • Por fin hemos llegado a la habitación trescientos tres, ahora podrás explicarme todo lo que ha pasado con Sebas y Toni. Me tienes intrigada con tanto misterio – apremia Andrea.
  • ¡Ay chiquilla! – suspira Juani – Menudo susto me dio Sebas ayer. Me esperaba a la salida del Hospital, escondido detrás de un árbol y, de repente, saltó a mi lado, cogiéndome por sorpresa, me arrastró detrás de unos matorrales y, gritando como un loco, intentó matarme.
  • Te ha dejado un buen morado en la cara ese animal – responde Andrea en voz más baja.
  • Y mira, en las costillas, creí que me rompía algún hueso, el muy bruto. Menos mal que, en aquel momento pasó Tomás, el guarda de seguridad, escuchó los gritos y saltó encima de él, golpeándole para que yo pudiera escapar. Enseguida vino la policía y se lo llevaron a Comisaria y el juez ha dictado una orden de alejamiento, por lo que no puede acercarse a mí menos de 500 metros, pero tengo miedo, porque si quiere volverá y me matará cuando menos me lo espere – explica Juani con voz temblorosa.
  • Deberías ir siempre acompañada, así lo tendrá más difícil – propone la chica.
  • Lo que te quería contar es que a Toni le han ofrecido un trabajo en Andorra y me ha pedido que me vaya con él y, aunque, por una parte, me duele dejar a toda la gente que quiero, tal vez sea lo mejor, hasta que todo se calme – sigue explicando la mujer.
  • Te voy a echar muchísimo de menos, con lo bien que nos compenetramos, a ver a quién me ponen ahora de compañera – suspira Andrea.
  • Ven aquí, déjame que te abrace, chiquilla – ordena Juani entretanto las escucho sollozar.

No sé cuánto tiempo pasa, supongo que han hecho su trabajo en silencio, hasta que escucho como, sin decir nada, recogen sus cosas y salen de la habitación en compañía del leve rechinar de una rueda del carrito de los utensilios, dejándome, una vez más, inmersa en mis pensamientos, intentando ordenar todo lo que se ha revelado en esta habitación en las últimas horas o días o semanas, no sé determinar el periodo de tiempo que pasa.

Parece ser que me he dormido enfrascada en digerir toda la información que recibo con los visitantes, sin embargo, tengo la sensación de despertarme más relajada que de costumbre, como si hubiese dormido días, semanas o meses, aunque, en realidad, no sé cuánto tiempo ha pasado. Enseguida pruebo a abrir los ojos, sin conseguirlo, intento mover un dedo, pero nada, continúo pegada a la cama.  No puedo evitar preguntarme qué habré hecho para merecer este castigo, por qué me ha tocado a mí. De repente siento ganas de llorar, me siento fatigada del esfuerzo. Quiero abrir los ojos, vivir y mientras me torturo con estos pensamientos siento un escalofrío que recorre mi cuerpo por el contacto de una mano fría sobre de la mía, lo que me da una brizna de esperanza. Emocionada escucho la suave voz de Sara diciendo:

  • ¡Hola! Estoy muy contenta porque ayer Iván me pidió que hablásemos sobre lo ocurrido en nuestra cita. Al principio me negué, no quería escuchar excusas y estaba ofuscada decidida en que no me convenía, sin embargo, me convenció cuando me dijo que siente algo muy especial por mí. Quedamos en la plaza de la estación, cuando estaba a punto de llegar, desde la calle donde está la pizzería, pude observarlo, caminando de un lado a otro, se notaba que estaba nervioso, mirando al suelo, como si buscase algo. Me acerqué lentamente y cuando estuvimos uno delante del otro, me miró a los ojos mientas cogía mis manos, suavemente, como si temiese tocarlas, a continuación, me pidió disculpas confesando que estaba muy nervioso porque para él no soy una más, al contrario, desea que tengamos una relación profunda y duradera.

Suspira largamente y me la imagino con una sonrisa en los labios y los ojos brillantes por la emoción, a continuación, se sienta, coge mi mano caliente entre las suyas, muy frías y siento un escalofrío que no me deja indiferente, mientras ella sigue explicando:

  • Me quedé muda por la satisfacción que me produjo su confesión, entretanto observé que me miraba con preocupación, esperando que aceptase sus disculpas, así que me esforcé y, riendo, le dije que le perdonaba y que me encantaría intentar tener una relación como la que me acababa de proponer.

Suelta otro suspiro y sigue relatando:

  • Entonces se acercó y nos abrazamos, estuvimos así un buen rato hasta que me besó en la mejilla y luego, nuestros labios se buscaron para fundirse en un dulce beso. Después me invitó a cenar, fuimos a una pizzería que hay cerca de mi casa. Compartimos una ensalada, una pizza barbacoa y un trozo de pastel de chocolate. Al salir, paseamos por las calles del barrio cogidos de la mano hasta que me acompañó al portal y nos despedimos con un abrazo y un tierno beso en la boca.

Se levanta presurosa de la cama y luego me comenta:

  • Es muy tarde, la doctora debe estar esperándome. Nos vemos luego. Gracias por escucharme.

Escucho como se marcha y al poco rato, percibo un murmullo de voces, que me esfuerzo en comprender que dicen, aunque no lo consigo. Se abre la puerta, entran varias personas con sus aromas peculiares que se mezclan en el ambiente, se van colocando a mi alrededor. Desde los pies de mi cama se escucha la voz potente de la doctora preguntando:

  • ¿Qué novedades tenemos hoy, Iván?
  • Tengo el resultado de la EEG, doctora – contesta el chico.

Me imagino a Iván entregándole el resultado a la doctora, mientras yo, nerviosa, espero impaciente el veredicto.

  • Explícanos qué has interpretado – ordena ella.

Después de un breve espacio de tiempo se escucha la voz masculina y sexi del chico explicando:

  • Que hay actividad neuronal en su cerebro, lo que significa que puede despertar en cualquier momento.
  • ¡Qué bien! – exclama Sara manifestando una gran satisfacción.

Siento ganas de reír, llorar, gritar, aunque sigo sin poder moverme, aunque, por lo menos,  siento las emociones, me siento feliz y decido que me esforzaré más que nunca en salir de este retiro.

  • Si, pero no debemos olvidar, que si no consigue despertar en un plazo próximo podría acabar en estado vegetativo – resuelve la doctora.
  • Tal vez podríamos estimularla para que reaccione – propone Sara.
  • La estimulación es aconsejable cuando los familiares pueden hacerse cargo para hablarle, relatarle anécdotas de su vida, sin embargo, aquí no hay nadie que la conozca, ni siquiera sabemos su nombre – explica la doctora.

Por supuesto que no tiene ni idea de que cada día recibo varias visitas que estimulan mi cerebro y que consiguen que tenga muchas ganas de salir de este estado que tanto me abruma. Siento como si tuviese una sonrisa en mis labios cuando recuerdo mi nombre, Sabrina, aunque ellos no tienen ni idea.

  • ¡Mirad, parece que sonríe! – exclama Ruth.
  • Es verdad, su semblante parece ahora más relajado y sonriente – confirma Iván.
  • Tal vez nos está escuchando – plantea Sara.
  • Bien, deberemos esperar el desenlace. Ahora toca pasar por la habitación trescientos siete – ordena la doctora.
  • Luego volveré – susurra Sara a mi oído, envolviéndome con su agradable aroma infantil.

Se marchan en silencio, dejándome más tranquila, sobre todo después de conocer el resultado de la prueba y de que confían en mi posible recuperación, incluso parece ser que he sonreído y, realmente, así lo he notado yo. Mi felicidad interior se ha reflejado en mi cara. Sé que me queda mucho, intentar despertar del todo para trabajar a fondo en la recuperación de los recuerdos de mi vida anterior.

Gracias al agradable perfume a rosas sé que Carmen está aquí, aunque no dice nada. Noto como me pone el termómetro bajo el brazo, me parece escuchar un suave sollozo. Espero impaciente a que siga con su relato, aunque, de momento, hace su trabajo en silencio. Me sobresalto cuando, de repente, comenta:

  • Hoy he hablado con mamá, le he contado todo lo ocurrido, mis sospechas de que Mateo me ponía los cuernos y el horrible descubrimiento de que la “otra” es mi hermana. Me ha abrazado con fuerza mientras me llenaba de pequeños besos como cuando era pequeña. Me ha dejado llorar y cuando me ha visto más tranquila me ha confesado que sospechaba algo, porque últimamente ha observado una conducta muy sospechosa por parte de Rocío, aunque, no quiso alertarme. Por un lado, está contenta porque va a ser abuela, pero está muy dolida con esta situación que, por ahora, dividirá a la familia. Me ha animado a que prepare los documentos para el divorcio y me aconseja que me marche de vacaciones, y tal vez tenga razón, pero me pregunto ¿con quién? Si ya no tengo amigas, bueno si tú que no tienes más remedio que escucharme y Marta, aunque llevo tanto tiempo sin verla que no sé si podría explicarle la horrible situación que estoy viviendo.

Se levanta, escucho como prepara el aparato para medir la tensión y, mientras me lo coloca, sigue hablando:

  • Me siento tan sola que no creo que pueda seguir adelante con mi vida. No tengo ganas de nada, ni siquiera de levantarme por la mañana.

Escucho como anota en el historial los resultados y, a continuación, sin decir nada, recoge el material y se marcha tan silenciosamente como ha venido, dejándome preocupada.

Escucho como se abre la puerta de repente y, por el inconfundible aroma a almizcle, sé que ha entrado Iván. Aunque no dice nada puedo escuchar cómo se pasea de un lado a otro de la habitación, como un león enjaulado. De repente, se acerca, me coge la mano y la besa con dulzura, consiguiendo que se me ponga la piel de gallina. Aún no me he recuperado de la sorpresa que me ha producido su gesto, cuando le oigo decir:

  • Estoy muy contento, parece que todo empieza a encarrilarse. Por un lado, tu prueba nos indica que tienes actividad en el cerebro, por lo que estoy convencido de que pronto vas a despertar.

Deja mi mano encima de la cama, coge aire y sigue explicando:

  • Estaba atemorizado pensando que había perdido a Sara para siempre, pero me he disculpado y he logrado que me de otra oportunidad. Menos mal que reaccioné a tiempo, porque me he dado cuenta de que es muy especial para mí. Me esforzaré en no volver a estropearlo, quiero que salga bien.

Me besa en la mejilla y luego dice:

  • Estás sonriendo. Sé que te alegras por nosotros. Ahora solo falta que nos des una alegría despertando. Vamos, esfuérzate un poco, tenemos mucho que compartir.

Mientras Iván sigue con su monólogo, se abre de nuevo la puerta, escucho el chirriar del carrito de la limpieza, aunque el olor que desprenden es diferente, ya no huelo a café y tabaco. Me pregunto que le habrá pasado a Juani.

  • Lo siento, si quiere podemos volver más tarde – dice una voz nueva que huele a vainilla.
  • No, no. Yo ya me iba, puedes seguir con tu trabajo – responde Iván.

Escucho como trabaja en silencio hasta que se abre la puerta de nuevo, un olor a chicle de fresa delata a Andrea que entra diciendo:

  • Clara, ya he terminado con la habitación trescientos dos. Sabes, esta habitación es la de las confidencias.
  • ¿Qué quieres decir con la habitación de las confidencias? – pregunta la otra chica con una voz aterciopelada que me parece muy sexy.
  • Bueno, aquí mi compañera anterior, Juani, me explicaba sus aventuras amorosas – responde Andrea con un tono intrigante.
  • ¡Caramba! Cuéntame, me gustan mucho las aventuras amorosas, mi vida sexual es más bien aburrida – solicita Clara.
  • Pues ella, con cuarenta años, aburrida de su matrimonio, se enamoró de un hombre más joven que la le regalaba flores, la invitaba a comer y la hacía disfrutar en la cama como nadie lo había hecho antes, hasta que un día le insinúo algo a su marido y este la aporreó hasta casi matarla. Total, que el amante la trajo a urgencias, le obligó a poner una denuncia y han decidido marcharse a vivir a Andorra, porque a él le han ofrecido un buen trabajo allí. ¿No te parece romántico? – pregunta Andrea después de hacerle un resumen.
  • Ya lo creo, es una historia muy tierna, aunque a mí no me van los hombres – explica Clara.
  • ¿Ah no? ¿Y a ti qué te va? – pregunta Andrea con un tono picante.
  • Pues me van las chicas guapas como tú – contesta resuelta y luego se quedan en silencio, lo que me hace pensar que, tal vez, se están besando hasta que, al cabo de un tiempo indefinido para mí, escucho a Andrea susurrar:
  • Esto no me lo esperaba, chica. Este cambio de compañera es de lo más interesante. ¿Qué te parece si cuando acabamos el turno vamos a comer algo y nos conocemos un poco más?
  • Me parece perfecto, lo estoy deseando – responde Clara mientras escucho como le da pequeños besos no sé dónde.
  • Entonces, apresurémonos y terminemos pronto nuestro trabajo, no sea que nos vayan a pillar – dice Andrea riendo mientras me las imagino a las dos felices.
  • ¡Mira! Parece que a ella también le gusta que estemos juntas, porque está sonriendo – exclama Clara.
  • Es verdad, seguro que está contenta por nosotras. Espero que se despierte pronto – responde Andrea mientras escucho como recogen las cosas y se marchan felices.

Sé que llega la hora de conocer más cosas sobre mí por el perfume oriental de Rosario. Me quita la venda de un pie, lo unta con una fría crema dándome un agradable masaje, mientras empieza a hablar:

  • Ya tienes los pies casi bien del todo. Ahora solo falta que despiertes.

Se abre la puerta de golpe, entra Aurora hablando deprisa y sin coordinar demasiado:

  • Es Eulalia, lo ha conseguido. Ha despertado.
  • Por fin llegan buenas noticias – opina Rosario.
  • Bueno, solo ha despertado, no recuerda nada, ni siquiera su nombre – explica Aurora, empezando a sollozar.
  • Dale tiempo, entre todas conseguiremos que recuerde. Como nos dijo Teresa y ella es psicóloga, lo que necesita Eulalia es que la ayudemos a recordar, enseñándole fotografías y explicándole anécdotas importantes – intenta animar Rosario.
  • Pero es que está muy débil, ni siquiera puede caminar – sigue explicando Aurora.
  • Claro, ha estado sin comer más de un mes, por suerte le pude colocar una vía para inyectarle suero, ahora deberá empezar a comer algo sólido y ya verás cómo, poco a poco, volverá a ser la misma de siempre – insiste Rosario.
  • Espero que así sea. Ahora solo faltas tú, pequeña – me dice mientras me besa en la frente envolviéndome con su agradable perfume de manzana.
  • Es posible que pronto recuerde que tiene una hija y seguramente querrá verla, por lo que deberemos convencerla para que, cuando le pregunten donde estaba, explique que ha estado enferma, sin poder moverse de la cama – ratifica Rosario.
  • Es verdad, no había pensado en ello. Madre mía, que complicadas se pueden llegar a poner las cosas – suspira Aurora.
  • No te preocupes, mujer, ya verás como todo se solucionará, aunque debemos ser discretas y actuar sigilosamente. Bueno, chiquilla, tus pies están casi perfectos. Creo que con un par de curas más ya estarán bien del todo, a punto para que puedas levantarte – comenta Rosario, besándome en la frente al tiempo que me impregna con su peculiar perfume.

Sé que estoy soñando cuando pasan por delante de mí una serie de imágenes como si estuviese en el cine, mirando una película. Veo a una niña pelirroja, cogida de la mano de una mujer joven, también pelirroja, lo que me hace pensar que son madre e hija, caminan a través de un campo de amapolas, de repente la niña se suelta de la mano, empieza a correr, su madre la sigue, acaban las dos riendo mientras se revuelcan por el prado. A continuación, aparece la niña un poco mayor, a la salida del colegio, su madre está esperándola en la acera de enfrente, pendiente de ella. Después la veo como una adolescente, abrazada a un chico moreno, muy guapo, con una bonita sonrisa, se miran a los ojos y se besan con pasión, entretanto la madre aparece detrás de unos árboles observando la escena. Supongo que soy yo, serán recuerdos que no logro recordar, ni siquiera sé el nombre de ese chico del que parece que estoy enamorada, aunque tengo el presentimiento de que mi madre no aprueba esta relación.

Me despierto con el agradable aroma que desprende Sara que, aunque no ha dicho nada, sé que está en la habitación. No sé cuánto tiempo pasa sin decir nada, luego suspira varias veces y empieza a hablar, con voz trémula:

  • ¿Sabes? Tengo miedo de sentirme feliz. Te extrañaras de que te confiese esto, pero es que ahora que sé que estoy enamorada de Iván tengo miedo de perderle. No es que él me dé motivos para tener miedo, pero no sé si está tan enamorado de mí como yo de él. No sé si me explico.
  • ¡Sara! ¿Qué haces aquí? – pregunta Iván sorprendido.
  • He llegado temprano y me he pasado por aquí para ver cómo está – responde ella atropelladamente, seguramente intentando disimular.
  • Que bien, porque tenía muchas ganas de verte – comenta él besándola sonoramente en algún lugar de la cara, supongo.

Un agradable silencio repentino me hace pensar que, tal vez, están besándose apasionadamente en la boca. Luego escucho como él susurra:

  • Te he echado mucho de menos. Tal vez podríamos hacer algo juntos, al salir de aquí.
  • Tal vez, ya veremos – responde ella dulcemente.
  • ¡Mira! está sonriendo – exclama de repente Iván.
  • Es verdad, que bien, seguro de que es un buen presagio – comenta la chica.
  • Un buen presagio para ella y también para nosotros – comenta él.
  • ¡Es tarde! Debemos irnos, la doctora nos estará esperando… Y Ruth también.

Escucho como se marchan cuchicheando sus secretos, lo que me proporciona sentimientos contradictorios, por una parte, me alegro mucho por ellos, sin embargo, siento un poco de envidia, ya que me gustaría poder estar a su lado, compartiendo su vida, no solo desde esta cama, incluso, por un momento, he pensado que me gustaría ser Sara y vivir con sus dudas, problemas, diversiones y sensaciones. Mientras intento sacarme esta inquietud que me acosa, escucho como se abre la puerta y entra la doctora con los tres compañeros.

Se acomodan alrededor de mi cama y enseguida la doctora pregunta:

  • ¿Alguna novedad, Iván?
  • Nada remarcable, sin embargo, me ha parecido vislumbrar una sonrisa en sus labios – contesta el chico.
  • Bueno, eso no es nada importante si no consigue abrir los ojos o mover algún miembro – responde ella.
  • Pero ¿y si nos está escuchando, pero no puede abrir los ojos? – pregunta Sara.
  • Si no puede abrir los ojos o moverse no sabemos si nos está escuchando – responde ella mientras por los altavoces se escucha una voz ordenándole que se presente en Urgencias.
  • Esperadme aquí, intentaré volver enseguida – se excusa la doctora.
  • ¿Irás a la fiesta de Claudia, Sara? – pregunta Ruth.
  • No tenía intención de ir – responde ella.
  • ¿Y tú, Iván? – sigue investigando.
  • No me ha invitado – responde el chico.
  • ¿Y desde cuando necesitas que te inviten? Si siempre has ido a todas las fiestas, tanto si te invitan como si no – prosigue Ruth.
  • No, todas no – se excusa él.
  • A ver, aquí pasa algo entre vosotros dos. ¿Estáis juntos? Cuéntame, Sara – ordena la chica con un tono un poco enojado.
  • Si, estamos juntos ¿pasa algo? – responde Iván, impidiendo que Ruth se meta con Sara.
  • Supongo que ya sabes dónde te has metido, Sara. Porque Iván es un conquistador, nunca ha tenido una relación seria – la riñe pareciendo disgustada.
  • Y tú que sabrás de mis relaciones – se defiende él.
  • Entonces qué nombre le pones a nuestras historias sexuales o las que has tenido con casi todas las chicas de la Universidad – dice elevando la voz, pareciendo cada vez más enojada.
  • Contigo solo han sido historias sexuales y con alguna otra no te interesa para nada – sigue defendiéndose él.
  • Bueno, tranquilos. A ver Ruth, entiendo que estés molesta porque no te he contado nada, pero no he tenido la ocasión. En cuanto a nuestra relación, creo que soy suficiente mayor para decidir si quiero seguir con él o no, aunque esto tenga un riesgo – explica Sara con una calma que me asombra.

De repente, se abre la puerta y escucho la voz de la doctora, que consigue cortar el mal rollo que se había organizado:

  • Sigamos con la visita. ¿Qué me contabas, Iván?
  • Tiene los pies curados, las constantes vitales perfectas, solo le falta despertar – explica él con un tono más serio de lo habitual.
  • Bien, hoy es jueves. Volveremos el lunes para ver si hay una evolución. Según veo en el historial, la semana que viene hará un mes que ingresó, así que llega el momento de tomar decisiones – expone la mujer, dejándome realmente intranquila.
  • ¿Qué ocurrirá si no despierta? – pregunta Sara, visiblemente preocupada.
  • Bueno, como no tiene ningún familiar que responda por ella, tal vez deberemos cambiarla a una habitación compartida. Me pregunto quién decidió ponerla sola en esta habitación con baño, si no tiene nadie que la visite y ella no puede levantarse – cuestiona sin esperar respuesta.

Mientras salen de la habitación hago esfuerzos para mover la cabeza, las manos o, simplemente, abrir los ojos, aunque sigo con la horrible sensación de que los tengo pegados. Me siento impotente al estar adherida a una cama, impaciente por levantarme, mirar por la ventana, hablar, cantar, caminar, simplemente vivir.

Un leve sollozo y el agradable aroma a rosas anuncian que Carmen está aquí. Deseo que se encuentre mejor, que acepte la situación e intente poner orden en su vida para poder seguir adelante, aunque intento comprender lo dura que es su situación.

Escucho como se suena y, mientras me coloca el termómetro, atina a susurrar:

  • Sabes, estoy aceptando la situación, no es fácil, pero sé que es necesario. Ninguno de los dos se merece una lágrima mía, es más, creía que ya las había derramado todas y estaba seca, pero parece ser que ahora no puedo parar de llorar.

Se sienta, me pone el tensiómetro, luego sigue explicando:

  • Al final le he hecho caso a mi madre y he pedido vacaciones. Me marcharé a Marruecos con Margarita, una compañera y, como dice ella, quien sabe si conoceré algún moreno que me haga olvidar un poco esta horrible experiencia por la que estoy pasando.

Se levanta y, en silencio, sigue con su rutina diaria, colocándome aparatos para comprobar que estoy como siempre. Mientras recoge el material me dice:

  • Bueno, chica. Como ya te he dicho, mañana empezaré vacaciones. Así pues, nos veremos a la vuelta. Ojalá te despiertes y, cuando vuelva podamos hablar. Suerte, cariño.

Me besa en las mejillas y se marcha, dejándome más tranquila y con la esperanza de que, cuando vuelva de vacaciones, tal vez, esté despierta.

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