LUIS4CONT

VIII Bea.

Bea hizo un gesto de fastidio y cerró la tapa de su portátil.

Se había sorprendido tamborileando con los dedos en la mesa y la mirada perdida en el cuadro que tenía colgado en la oficina. Imposible concentrarse después de la llamada de Carol. Decidió adelantar la hora de la comida. A ver si darse un paseo le ayudaba a despejarse un poco.  Cogió el bolso y salió a la calle. Decidió comer en una pequeña cafetería, que tenía menú al mediodía. Normalmente no solía ir allí, porque le pillaba a unos quince minutos andando, pero ahora le vendría bien tener un poco de tiempo para pensar. Y de paso se aireaba.

 

Menuda idea la de Carol. Acudir a un encuentro con Carlos, después de tantos años sin hablarse. Después de cómo acabaron…

 

Tuvo que reconocer que a lo mejor el problema era ése. Que nunca habían acabado. Que no hubo un punto final, una discusión, un dejar las cosas claras… Quizá por eso, no podía quitarse a su exnovio de la cabeza desde que se había enterado que había vuelto a la ciudad. Pero no era culpa suya. Si no habían roto como Dios manda, no sería porque ella no hubiera intentado hablar con él. Fue Carlos el que se marchó sin dar ninguna explicación. El que jamás le dio ninguna razón para haberse acostado con Nerea. El que un día desapareció, sin más, de la ciudad.

 

Y ahora que tenía problemas con Quique, mire usted por dónde, se le abre otro frente apareciendo Carlos… ¿Coincidencia? ¿Por qué se le sumaban los problemas?

 

Mientras caminaba se obligó a pensar de forma positiva. Ella sola se estaba formando una bola difícil de digerir. Su mente se puso en modo analítico y trató de razonar: lo de Quique ya no era un problema. Estaba resuelto. Al revés, debía alegrarse de que lo suyo había terminado y así, ahora, podría enfrentar cualquier cosa que viniera, incluida la aparición de Carlos. Lo único que sucedía, es que después de tanto tiempo había dejado herida. Ella ya era libre pero aún se encontraba convaleciente. Por eso, quizás, estaba tan sensible con las noticias que le acababa de dar Carol.

 

Había hecho bien entonces, en decirle que de ninguna de las maneras iría con ella.

 

Respecto a lo de Carlos, no sabía que pensar, pero era posible que estuvieran sacando las cosas de sitio. Lo más probable, es que fuera cierto que su presencia se debiera a una simple casualidad. A temas de trabajo, como él había manifestado. Se encontró con Carol y es más que seguro que le pudo la curiosidad. Seguramente, solo quisiera satisfacerla, averiguando que había sido de todo el mundo mientras él había estado fuera.

Llegó al local y tomo asiento en una pequeña y apartada mesa. Ecos del pasado volvían a surgir. Se le encogió el estómago al recordar. Supo que no le iba a pasar mucha comida, así que solo se pidió un montadito de pollo y una copa de Ribera del Duero.

Seguía dándole vueltas al pasado. Era inevitable. Se estaban removiendo muchas cosas. Había pasado por aquella mañana en que lo hizo con Quique por primera vez. Por la espera de la vuelta de Carlos, aun ignorante de que algo se había roto. Por su marcha del piso. Por su desesperada búsqueda de respuestas. Por la sospecha y finalmente, por la sorpresa desagradable de ver como su amiga le había robado el novio. Pero ¿Había más? ¿Qué era lo que no sabía?

Bueno, de momento, decidió repasar lo que si conocía: como había acabado en brazos de Quique.

Quique la había estado llamando y enviando mensajes constantemente en los dos días siguientes a ese primer polvo. Pero Bea necesitaba tiempo para asimilarlo, así que le dio largas. Se había acercado tanto al fuego que al final se había quemado.

 

El plan era jugar, forzar una situación morbosa, ponerse cachonda y luego echar el polvo del siglo con Carlos, apenas llegara. Le contaría todo lo sucedido. Bueno quizás se ahorraría algún detalle. Al fin y al cabo, había ido un poco más lejos de lo aconsejable con Quique. Era normal. Una vez puesta en faena, no podía decirle que no a todo y ella tampoco era de piedra. ¿Cómo tener a ese macho y a esa verga en la cama, verla tan cerca, sin traspasar un poquito los límites? Bien sabía Bea el trabajo que le había costado resistir los asaltos de un Quique empleándose a fondo, durante varias horas a solas con ella en la habitación.

 

Pero tampoco tenía que entrar en detalles ni contárselo todo a Carlos. Bastaba con un relato morboso de cómo durante un par de horas habían compartido cama ella y Quique, sin llegar a consumar, después de haber follado éste con Carol. Suficiente morbo para poner a su novio cardiaco perdido.

 

Cuando se fueron todos suspiró aliviada. Había estado a punto de ceder. Ahora sólo quedaba preparar el apartamento para cuando llegara Carlos. Estaba encendida. Tanto que apenas podía controlarse. Deseaba correrse. Estaba chorreando y con su clítoris muy sensible. Cada roce, era una invitación a desahogarse. Pero decidió esperar a su novio, en el convencimiento que las ganas acumuladas le proporcionarían a los dos un polvo épico. Ojalá hubiera cedido a la tentación de masturbarse.  Quizás entonces hubiera resistido lo que se venía encima.

 

Porque no fue Carlos el que apareció, sino de nuevo Quique, con la excusa de recoger su reloj. Cuando la abrazó, desnuda bajo la toalla y sintió su cuerpo y el bulto de su entrepierna contra ella, ya no fue necesario que insistiera, ni que disimulara sus intenciones.

 

Allí, en el rellano, con sus manos apretándole las nalgas y comiéndole la boca, ya supo que se la iba a follar. Porque ella no podía luchar más contra el deseo.

 

Creyó morir cuando por fin recibió aquella polla dentro. Las ganas le salieron por cada poro de su piel. Igual que su leche caliente y espesa, que se derramó dentro de su vagina cuando Quique se corrió. Y ella se dejó ir porque tomaba la píldora. Fue cómo estar en un sueño dónde no había límites al deseo ni a placer.

 

Luego, tuvo que echarlo porque llegaba Carlos, pero hubiera deseado no moverse de la cama y quedarse allí abierta y llena. Cerrar los ojos y despertarse con su verga de nuevo dentro, tras haber dormido un par de horas. Trató de reorganizar sus sentimientos y sus pensamientos. Y entonces llegó la llamada de Carlos diciéndole que se tenía que dar la vuelta.

 

Qué tonta. En un principio le provocó alivio porque aún no estaba preparada para presentarse ante él, después de lo que había sucedido. No sospechó nada de lo pasaba hasta que volvió. Incluso pensó en llamar a Quique para aclarar las cosas aprovechando que Carlos iba a estar un par de días más fuera, pero rápidamente lo desechó. Bien sabía ella en que se iba a convertir ese “aclarar las cosas”.

Estás loca, pensó. Esto se te ha ido de las manos y en vez de arreglarlo estás pensando en complicarlo todavía más. Pero es que nunca se había sentido así de encoñada con alguien. La tentación era muy fuerte.

 

Si, definitivamente la cosa se le había ido de las manos. Lo que había empezado como una noche de juerga y morbo para calentarse y rematar al día siguiente con su novio, había acabado en una infidelidad en toda regla. Si la idea era contarle a Carlos el juego que se había traído, para hacer coincidir su calentura con la suya, ahora ya tenía claro que era mejor no decir nada.

 

Mejor que no supiera siquiera que sus amigas habían estado en casa.

 

Cuando Carlos volvió, pensó que era mejor tener cerrada la boca. Venía cansado, irritable y nervioso.

 

Aunque ella al principio lo achacó al trabajo, aprovechó la primera oportunidad que acudió a clases de baile para marcar distancia con Quique. Le advirtió que nada de llamadas y mensajes. Aunque él se volvió a sentir molesto y le reiteró que no le había contado nada Carlos ni a nadie, Bea insistió en que lo sucedido había sido un error que no debería volver a repetirse. Sea lo que fuere que le pasaba a Carlos, le había servido para ver las orejas al lobo.

 

Luego pasó lo de Nerea con Javi. La marcha de Carlos… Y posteriormente, los dos acabaron viviendo juntos para sorpresa de Bea, que al final acabó atando cabos: la pelea en el parque, su novio que no intentó negar nada…

 

Había perdido a Carlos y todo se desmoronaba a su alrededor, eso era lo único que entendía.

Seguía convencida de que su chico, no podía saber lo que había sucedido con Quique. De que si alguien le hubiera ido con el cuento, habría hablado con ella. No había nadie que tuviera tanta confianza con él, como para que lo creyera a pies juntillas. La única explicación posible, seguía siendo que él tuviera algún rollo previo ya con Nerea. Por eso los increpó con furia. Por eso le echó en cara todo a Carlos. Si, ella había sido infiel, pero él no podía saberlo. Se habían liado a sus espaldas.

 

Aún tardo una semana más en asimilarlo. Esperando una llamada de Carlos que le aclara algo. Un intento de reconciliación una disculpa o al menos una explicación. Pero no hubo nada de eso. Solo silencio. Finalmente Carol la hizo reaccionar.

 

– Vístete que voy a recogerte.

 

– Carol, no estoy de humor.

 

– Precisamente por eso. ¿Te vas a quedar en casa escondida? Salimos, tomamos unas copas, nos divertimos y celebramos el inicio de tu nueva vida.

 

– No me apetece nada de eso.

 

– En media hora estoy en tu puerta.

 

Carol apareció vestida para matar. Decidida a llevarse a su amiga de juerga. Imposible negarse. Prácticamente, la arrastró a una fiesta en la agencia de modelos. Alcohol, coca y chicos macizos. Allí había todo lo necesario para que Bea olvidara, aunque solo fuera por unas horas. Y ella se dejó llevar. Toda la tensión acumulada, todo el enfado, toda la angustia, se convirtieron en combustible para una noche de locura. Y el alcohol y la coca, que ella apenas había probado hasta ese día, en los catalizadores.

 

No faltaron quienes la invitaron a las dos cosas, y más, yendo de la mano de Carol, que parecía conocer a todo el mundo y relacionarse con todos y todas. Ella la empujaba, convencida de que era la terapia que requería la situación.

 

– Tía, lígate a alguno de estos y vete a echar un polvo, que es lo que necesitas…

 

Sí claro, por que no. Total ya no había nadie que la esperara en la cama. Nadie a quien guardar fidelidad. Fidelidad, que extraña sonaba esa palabra en sus labios.

Sobre el papel no era mal plan. Allí estaba Bea, sola y sin compromiso, rodeada de guapos modelos. Ya no le debía lealtad a nadie. Podía hacer lo que quisiera, sentirse atractiva, deseada…podría enrollarse con quién ella quisiera; echar un polvo que le quitara todos los malos humos de la cabeza y del corazón.

 

Y a eso se dedicó, jaleada por su amiga. Se mostró provocativa, descarada; se rozó con unos y con otros en la euforia que le provocaba el alcohol y las sustancias que se habían metido. En el fondo, ella, sabía que era todo impostura, que la procesión iba por dentro y que un buen colocón y un polvo, no le iban a quitar todos los males que la rondaban.

 

Pero ¿que importaba?

 

Esta no era una noche para analizar, para purgar ni para redimirse. Era noche de desfasar, aturdirse y desconectar de lo que le hacía daño. Así que adelante… se propuso.

 

Y lo cierto es que una chica como ella no tenía que poner mucho empeño y, menos aún, escoltada por una Carol que se movía como pez en el agua en este tipo de eventos. Entre los claroscuros que podía recordar, vio a su amiga morrearse con uno de los chicos de la agencia, que por cierto tenía fama de gay… Carol siempre provocando.

 

Bea fue picoteando de unos y otros, la mayoría conocidos del ambiente, hasta que finalmente dio con un chico nuevo y desconocido para ella.

 

Fue como una especie de premonición: se sentía observada. Y efectivamente así era. El chaval no le quitaba ojo. Cuando las miradas se encontraron, él la mantuvo, taladrándola y enviándole un mensaje claro. Me gustas; aquí estoy; devuélveme la mirada e iré a por ti.

 

Y eso fue exactamente lo que pasó. Alto, con hombros anchos y musculado. Con más pinta de motero que de modelo. Expresión dura y afilada. El interés pintado en la cara, aunque escondiendo el deseo para que no pareciera muy evidente.

 

Le gustó. Era lo que necesitaba: alguien directo y contundente.

 

Apenas una presentación, la copa de rigor y ya estaba Bea comiéndole la boca. De nuevo cierta neblina cubría sus recuerdos. La pérdida de voluntad, la lengua trabada, el no ser consciente de dónde estaba, ni lo que hacía…Solo quería ser follada, amada, centro de atención de nuevo, que la vida volviera a girar alrededor de ella…

 

De repente, un fogonazo y se vio en un sofá, sentada a horcajadas. El vestido subido hasta las caderas por sus movimientos, que simulaban estar follándoselo. Con sus bragas a la vista de todos. Con dos manazas acariciándole los pechos. Uno de ellos fuera del sostén. Intercambiando saliva con largos y húmedos besos, que duraban lo que ella aguantaba sin respirar.

 

Debían estar dando el espectáculo a base de bien. Pero descubrió que la traía sin cuidado. Otro chupito, otra vez las lenguas entrelazadas oliendo a alcohol. Ella presionando sobre la entrepierna con su sexo. Si él se la hubiera sacado en ese momento, Bea habría apartado sin más a un lado su braguita y se la habría metido para cabalgarlo, hasta dejarlo seco.

 

Ella ya no estaba en este mundo, sino que flotaba como el humo por encima de él. Como si se viera a sí misma desde fuera; como si ella dirigiera su propia marioneta; complaciéndose en provocar a todos los que miraban; disfrutando del placer sin ninguna barrera…

 

– Joder tía, iros a un puto hotel a follar ya de una vez… Le espetó Carol.

 

A él le pareció bien. La deseaba y necesitaba intimidad para satisfacer sus ganas. La tomó del brazo y se dirigieron hacia la puerta, entre miradas de envidia por parte del personal masculino.

 

Los recuerdos seguían confusos. El tipo no solo tenía la estética, es que realmente era un motero. Una Harley aparcada abajo le esperaba. Miguel, que así se llamaba, la llevó a lomos de su caballo de hierro, hasta casi la otra punta de la ciudad. Bea, sin casco, con el pelo alborotado y a aferrada a su jinete para no caerse, no tenía ni idea de a dónde iban. Solo breves destellos cuando abría los ojos. Luces que pasaban muy rápido a los lados, calles desiertas y desconocidas.

 

Finalmente llegaron a una especie de polígono y pararon en la puerta de un bar. El aspecto era sórdido y la zona no parecía muy recomendable para andar a esas horas. Aparentemente estaba cerrado. Pero él golpeó la persiana metálica y alguien la subió desde dentro.

 

– ¿Dónde estamos?

 

– En el bar de un colega. No te preocupes que es un sitio discreto, aquí podemos tomar la última copa y estar tranquilos sin necesidad de ir a un hotel.

 

Ella se agarró su cuello y se dejó llevar. Realmente no le importaba dónde se encontraran. Solo quería esa copa y que por fin alguien le echara un buen polvo. La cancela volvió a bajar y la puerta quedó cerrada.

 

Efectivamente el bar estaba casi desierto. Solo el dueño, que era quien les había abierto y otro chaval también joven, conocidos ambos de su nueva pareja.

 

Miguel la paseó ante sus ojos, cómo quién exhibía un trofeo.

 

– Joder, ¿quién es tu amiga? preguntó el que parecía el dueño del garito.

 

– Se llama Bea.

 

– Yo puedo presentarme sola… balbuceó mientras se le trababa la lengua.

– Me llamo Bea y he venido a follarme a Miguel…aseveró provocadora. A estas alturas ya había perdido totalmente el norte. Ni necesitaba, ni quería disimular. Al contrario. Haría lo que le diera la gana. Follarse a su nuevo amigo, convertirse en la estrella de la noche, hacerlo delante de los otros, para que supieran qué pedazo de mujer acababa de honrar con su presencia, aquel oscuro antro perdido de la mano de Dios, demostrarles hasta dónde era capaz de llegar…

 

¡Vaya juego peligroso! Pero ella no veía nada. Iría hasta el final porque podía, porque quería y porque lo necesitaba.

 

Esa última copa la hizo perder del todo los papeles. Rodeada de tres chicos duros, cuero sobre la piel tatuada, mirada de lobos hambrientos… Y ella jugando a provocarlos aún más. Mirada lasciva, sacando su lengua a pasear y deslizándola por los labios. Cruce de piernas con el vestido muy subido y enseñando tanga. Inclinándose para que pudieran contemplar a placer sus grandes pechos, apenas contenidos por el sujetador.

 

Arrastró a Miguel hasta un rincón dónde había unos sofás. Se puso a bailar con él, muy pegada, restregándose, dejando que él le acariciara los muslos y fuera subiendo las manos poco a poco hasta el nacimiento de su culo, mientras le recorría el cuello con los labios.

 

Ella buscó su boca y lanzo su lengua a buscar la de su amante. En cuanto se entrelazaron, Bea la retiró para provocar que la siguiera hasta su boca, cosa que él hizo. Era lo primero que le metía y le gustó. Seguía flotando como en un sueño. Se sentía muy perra. Quería más, mucho más. Necesitaba desquitarse de todo y de todos.

 

Se separó un poco y sin dejar de mirarlo a los ojos se subió el vestido. Metió ambos dedos por la tira del tanga a la altura de la cintura y con toda la sensualidad de que fue capaz, se lo bajó hasta medio muslo, dejándolo luego caer hasta sus pies.

 

Levantando ligeramente uno cada vez, se deshizo de su prenda íntima que quedó tirada en el suelo. El vestido bajó de nuevo volviendo a ocultar a la vista su culo perfecto y su rajita. Ni Miguel ni sus dos compinches daban crédito a lo que veían. Era como si les hubiera tocado la lotería. El sujetador siguió el mismo camino. Las dos tetazas de Bea, apuntaron temblorosas y erguidas a la cara de Miguel, antes de volver a subirse sensualmente los tirantes del vestido. Bea sabía que provocaba mas así. Éste, pudo meterle mano a placer, ya desnuda totalmente bajo la fina tela del vestido.

Más lagunas. La siguiente imagen recordada era ella en el sofá, echada de lado sobre la bragueta. Sus labios recorriendo un falo. Pensó que no era ni muy grande ni muy pequeño. Normal. Pero duro y preparado, a juzgar por las gota de líquido preseminal que brotó de su glande cuando ella presionó con la boca. Más que suficiente, se dijo para sí misma. Luego, él se estiró un poco, llegando con su brazo hasta el culo de Bea. Ella notó como los dedos recorrían su raja y separaban los cachetes, buscando desde atrás la entrada a su coñito. Se notó mojada. No obstante, una punzada de dolor hizo despegar los labios, cuando le introdujo casi de golpe un par en la vagina. Un breve grito que enseguida quedó sofocado, ya que Miguel aprovechó que había despegado los labios, para introducirle buena parte de su polla en la boca.

Se sintió sofocada e intentó retirarse, pero él le cogió el pelo y la obligó a mantener la cabeza abajo, mientras en una pinza feroz, con la otra mano seguía moviendo los dedos en su coño.

Le estaban follando la boca y la vagina. Y empezó a gustarle. Poco a poco el dolor se fue convirtiendo en molestia, y la molestia en gusto, y el gusto…en placer…estaba mareada pero por fin placer… ¡ostia como lo necesitaba! ¡Como la ponía además saber que los otros dos estaban mirando!

Las formas y lo sórdido de la situación no le acababan de agradar. En circunstancias normales jamás habría consentido que la trataran así. Pero no era ni mucho menos una situación normal. Su vida ya no lo era. Quizá dentro de unos días o unos meses se tranquilizaría todo y alcanzaría algún tipo de estabilidad, pero no ahora. Ahora lo que necesitaba era terapia de choque. Algo tan extremo que le impidiera pensar en todo lo sucedido. Algo que la llevara a otra realidad donde no existiera el dolor, solo el placer. Y decidió que ese era el lugar donde estaba en este momento. Un sitio donde no le importaba lo que pensaran de ella, donde no había que comportarse o seguir reglas, donde solo tenía que tomar lo que necesitara.

Si no estaba de acuerdo con lo que le pedía su confusa mente, hace mucho rato que debería haberse levantado y haber cogido la puerta. El que no lo hiciera, fue correctamente interpretado por Miguel, que ya sabía que tenía vía libre para continuar.

Bea estuvo a punto del primer orgasmo, pero como si él lo presintiera, tiró de su pelo hacia atrás obligándola a sacársela de la boca. Saliva y babas le resbalaron por la barbilla, cayendo sobre la polla y los huevos de él.

Un vacío de nuevo en su memoria y luego, ella cabalgando a pelo al motero, el vestido enrollado en la cintura y sus tetas botando libres. No le preocupaba que él se derramara dentro. Aun tomaba la pastilla. Ni ningún posible contagio. De hecho, no le preocupaba nada más que correrse, si era posible una y otra vez. No había reglas. No había límites…

Llegó al orgasmo unos segundos antes que Miguel. Cuando la sintió gritar y retorcerse encima suya, este no se pudo contener y se corrió también.

Apenas necesito un par de culeadas, metiéndosela hasta el fondo, sintiendo su coñito sobre sus huevos y como ese hierro candente le entraba hasta el fondo, para correrse… arañando el pecho del tipo con sus dedos con cada espasmo de placer que sentía, mientras él, le sobaba las tetas, apretándole los pezones y tirando de ellos, cosa que la volvió aún más loca. El placer mezclado con el dolor, en el momento del clímax.

No dejo de acariciarla, está vez más suavemente, mientras ella se recuperaba del orgasmo. Con el pene hinchado y duro aún dentro, le acaricio el culo, los muslos… Mientras, su boca recorría los pechos y lamía suavemente los pezones.

Llevaba mucho tiempo insatisfecha, así que no hubo parón en su deseo.  Apenas un par de minutos después, volvía a sentir el fuego en su entrepierna.

Sombras a su alrededor. Los otros dos tíos moviéndose cerca. Ella lo percibía como algo lejano. Estaba ausente, aun concentrada en su propio placer, mareada y sin apenas voluntad.

Reclamó agua. Se estaba deshidratando. Alguien le acercó un vaso que apuró de un tirón, aun con la polla de Miguel dentro.

Un rato más sin memoria. Luego se ve de rodillas, con el culo en pompa, apoyada en el sofá.

Nota como Miguel ¿o no es él? le separa las piernas. La punta de la verga, resbalando entre sus labios vaginales, intenta abrirse paso y Bea se moja otra vez.

Al principio fue despacio, recreándose en la visión de su culazo, permitiendo que su falo patinara lentamente hasta que sus huevos hicieron tope con su coño. Luego fue aumentando el ritmo hasta que, sin importarle ya nada, el chulo empezó a darle unas embestidas brutales, agarrándola de las caderas y el culo. De reojo ve un tatuaje en un antebrazo…cree recordar que es del dueño del bar, pero no está segura. El placer comenzó de nuevo a inundar su vagina, a subirle por el pubis y hacerla perder la noción de todo lo que la rodeaba.

En medio del subidón, una verga se pasea frente a su cara. Busca su boca. Es el otro chico…pero ¿Dónde está miguel? Seguramente mirando desde otro sitio. Le da igual. Lo va a hacer. Se los follará a los tres. Para eso está allí ¿no?

Una noche loca y luego a pasar página…

El chico nota su indecisión.

– ¿Oye, no quieres? Si es demasiado para ti…

Ella apenas puede responder. Se le está removiendo el estómago con tanto meneo. La cabeza se le va, mientras el placer le va llegando de nuevo. Por toda contestación, le coge la verga y se la mete en la boca. Intenta chupar, mantenerla dentro, aunque con las embestidas que está recibiendo, se le sale una y otra vez.

Un nuevo orgasmo le viene desde muy dentro. Se corre chillando, mientras la siguen penetrando. Agarra con la mano el falo y lo masturba frenéticamente mientras trata de lamer la punta. Demasiado para el chico más joven, que eyacula interminablemente en su dirección. Ella ve los chorros salir como a cámara lenta. Siente caer cada goterón de semen caliente en sus tetas, su cara y sospecha que también en el pelo.

Más retazos inconexos. No recuerda como se ha corrido el dueño del local, pero supone que dándole a cuatro y también dentro de ella. Se despierta con el movimiento. Alguien la penetra de lado. Siente una molestia que se va transformando en dolor, a pesar de estar anestesiada por el alcohol y todo lo que ha tomado. Tarda en comprender que la están sodomizando.

– Me duele…me…duele…sácala…consigue articular…

Mira hacia atrás y ve a Miguel. Tiene que insistir, pero él obedece…la introduce entre sus muslos y ella los cierra apretando el falo. Nota como se derrama, dejándola perdida de semen. Se siente pegajosa cuando él se retira. Sabe que hubo más, pero no lo recuerda. Todo le hizo efecto de golpe: el alcohol, la droga y el sexo. Ya solo era una muñeca lacia y deslavazada, sin voluntad.

Bea se despertó aterida de frio. Estaba totalmente desnuda, en posición fetal sobre dos módulos de sofá, apenas cubierta por la chaqueta de cuero de miguel.

Notaba algo viscoso en la mejilla y un olor agrio y penetrante, que le provocó un acceso de arcada. Tardó en comprender que se trataba de su propio vomito.  Sintió una punzada en la entrepierna. Tenía que orinar. La vejiga necesitaba descargar, más aun con la sensación de frio.

Trató de incorporarse, pero un fuerte mareo la hizo tambalear. Tuvo que dejarse resbalar hasta el suelo para evitar caerse. Se quedó sentada, con la cabeza dándole vueltas y con el culo pegado al piso helado. Las ganas de mear eran ya incontrolables. Comenzó a hacérselo encima. No podía contenerse. Abrió las piernas y dejó que el chorro saliera disparado hacia delante, formando un charco entre sus muslos. Joder, se reiría si no fuera por el dolor de cabeza, el frio y lo patético de la situación.

Miró a su alrededor y vio a Miguel tumbado en otro sofá. En un rincón más alejado, distinguió al camarero. Del chico más joven no había ni rastro. Sintió nauseas. Esperó un rato y luego se obligó a ponerse de pie. Tambaleante, se dirigió a lo que parecía el baño. Llegar sin caerse, le supuso todo un esfuerzo. Se apoyó en el lavabo y se mojó la cara con ambas manos, intentando despegar los restos de vomito.

El espejo, sucio y manchado le devolvió una caricatura de sí misma. Ojeras, parpados hinchados, pelo enmarañado, el rímel corrido…su cuerpo con algún moratón y arañazo, daba cuenta de la batalla pasada. No quiso examinarse más, consciente de que encontraría restos de fluidos. Saliva, semen, orina…

Trató de componerse, pero allí solo había una toalla de mano sucia, de modo que renunció a una limpieza más exhaustiva. Peor sería limpiarse por dentro. Anoche fue consciente que todo aquello no le serviría para resurgir a una nueva vida, como dijo Carol. No era tan ingenua. Las heridas no curaban así como así. Pero creía que le serviría para descargar tensión. Para disfrutar y suavizar el dolor. Y sin embargo se sentía fatal. Había caído muy bajo. No sabía si estos tíos le habían pegado alguna cosa. Al menos estaba segura que no podía quedar embarazada. Pero estaba hecha una mierda. Física y moralmente. Ahora sin el subidón y la euforia de la coca y el alcohol, veía reflejado en el cristal aquello en lo que se había convertido. Y se daba asco. Ni siquiera los orgasmos que tuvo, o creyó tener (que jodidamente confusa estaba), le parecían ya una justa compensación.

Volvió arrastrando los pies al salón. Esos dos seguían durmiendo profundamente. Satisfechos de haberse follado a toda una hermosura. Lo contarían entre risotadas cada vez que se juntaran en aquel antro a beber. No sabía qué hacer, solo que tenía que salir de allí. No soportaría enfrentarse a ellos en ese estado. No aguantaría ni una sola de sus puyas. Y mucho menos otro intento de volver a follársela. Ya no. Un estremecimiento la recorrió ¿Y si trataban de forzar la situación? Después de cómo se comportó anoche, no estaba en condiciones de ponerlos en su sitio. Y estaba allí sola, en un sitio donde nadie podía socorrerla… en sus manos.

Tenía que irse ya. Busco su ropa y encontró el vestido tirado en el suelo. También su chaquetilla y el bolso. Los zapatos y su ropa interior no aparecían. Seguramente estarían alrededor de los sofás donde ellos dormían. No quiso arriesgarse. Se echó el vestido por encima, se puso la chaqueta y salió por la puerta trasera para no hacer ruido con la persiana.

Fuera hacia frio y aún estaba oscuro. No debía faltar mucho para amanecer. Caminó un rato sin saber dónde estaba ni hacia donde debía dirigirse. Aquello parecía estar alejado de cualquier sitio civilizado. Pensó en llamar a un taxi, pero tendría que buscar una referencia o nombre de una calle. No veía ninguno. Rebuscó en su bolso y vio que no tenía dinero ni tarjetas. Las había dejado en casa y la pasta había volado. O se la gastó ella, o se la quitaron. No podía saberlo.

De repente, el ruido de un coche acercándose. Instintivamente se metió en el portal de una nave. Podía pararlo y pedir ayuda, pero aquel lugar, a esas horas y en su estado…joder, era una invitación a que la violaran. Oyó que el coche frenaba al llegar a la esquina. Se oía música bakala y voces. El vehículo era un utilitario abollado y con aspecto cutre. Chavales seguramente puestos, eufóricos y con pinta de ser muy poco considerados. No era buena idea pararlos. ¿Qué pensarían de una chica semidesnuda, con pinta de venir de una orgia? Se hundió aún más contra la pared hasta que el coche hizo el giro y se perdió.

Estaba asustada. Pronto amanecería, pero era domingo y no parecía que aquello fuera a llenarse de gente trabajando. La idea de vagar sola, sin ropa interior, descalza y aterida de frio la espantaba. Y pronto los del bar la echarían de menos y es posible que salieran a buscarla. De repente tuvo mucho miedo. Allí era muy vulnerable ¿Qué mierda había hecho con su vida?

Cogió el móvil y llamó a Carol. Saltó el buzón de voz. Sabe Dios como había acabado ella. No peor que Bea, eso seguro. La angustia la invadía. Se quedó en cuclillas, mirando hacia fuera, intentando obligarse a pensar. Un sollozo brotó de su garganta. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y noto que los mocos le congestionaban la nariz.

Bajó la vista hacia el móvil y marcó el número de la única persona que se le ocurría que podría ayudarla en ese momento.

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