ALMUTAMID

En primavera había cumplido 18 pero entre los exámenes, la selectivodad y los nervios casi ni me había enterado. El verano fue de nervios. Me había decidido a estudiar fuera de casa y mis padres habían accedido. Me sentía maduro y responsable hasta que mi madre puso freno a mis ansias de libertad. “Si estudias fuera, nada de pisos de esos de estudiantes que se pasan todoel día de fiesta. No me gasto mi dinero en juergas, vas a estudiar…te vas a una residencia” Así sentenció y así se cumplió.

En julio echamos varias solicitudes en las más cercanas a mi facultad y a pesar de estar en lista de espera a primero de septiembre me confirmaron una plaza en una de ellas. Era mixta, pero como mi madre me veía tan pavo tampoco vió peligro. Y admito que yo tampoco.

La palabra era esa, pavo. Con 18 años cumplidos mi experiencia con las chicas no era demasiado amplia. Hasta los 16 las gafas de pasta no ayudaban mucho. Aunque al cumplirlos, las lentillas y un cambio de peinado me hicieron ganar algo de imagen aunque mi desconfianza y mi carácter tímido no colaboraron demasiado. Salí con una chica que me dejó a los pocos días por no atreverme ni a besarla. En verano me enteré que una compañera de clase del instituto suspiraba por mí y me dejé querer a pesar de que no me gustaba. Cuando acepté salir con ella, más por poder utlizar la expresión “tengo novia” que por otros pensamientos no conté conque ella sí los tenía. El día que se lanzó a besarme le hice una cobra de manual. Ahí se veía que yo tenía más dignidad que deseo. Tras quejarse a sus amigas de que yo no tuvera quizá clara mi tendencia sexual la fama pudo más que mi dignidad y nos dimos un revolcón. Afortunadamente me iba al día siguiente de vacaciones a la playa y me aseguré de cortar con ella por si acaso…

Y ni acaso ni nada. Todo el verano pegado a mis padres, eso sí, no podía evitar algún recuerdo de mi revolcón y terminé dejando restos de mi excitación en la taza del water cuando me encerraba en el baño.

Y no es que yo fuera feo. Para nada. Ojos vivos, labios carnositos, la escasa barba ya empezaba a cerrar y un pelo castaño que engominaba a la moda. Además estaba delgado de hacer deporte, corría mucho y jugaba al fútbol, por lo que marcaba abdominales y algo de pectoral a pesar de mi delgadez, o quizá por ella. A mí me fallaba mi falta de confianza y recursos. No te podías quedar callado con las chicas que no conocías, y yo lo hacía. Quien mejor me aconsejaba era una amiga que llevaba dos años con su novio que era lo opuesto a mí, de los que hay que atar, ya me entendéis.

El último curso de instituto lo pasé en blanco. Qué lastima. Y casi sin darme cuenta tenía 18 y nula experiancia con chicas. Y para colmo de males me metían en una residencia mixta. Acabaría siendo el tontito, el sosito o algo parecido. O me espabilaba. La cuestión es que las chicas me gustaban, y mucho, se me iban los ojos en la playa mirando los bikinis y ni os digo las señoras en topless aunque tuvieran la edad de mi madre. Y claro al final acababa dándole al manubrio en el cuarto de baño rememorando con los ojos cerrados las formasde las chicas e imaginándome alguna escena subida.

Pero el curso empezaba un 15 de septiembre y el día anterior mis padres me dejaban en la residencia instalado con toda mi ropita en el armario, marcada y planchada, mi nuevo ordenador portatil y la ilusión transformada en miedo. Para colmo la habitación era compartida. Mi compañero se llamaba Oscar y estaba ya en 3º de su carrera. Llegó por la noche y se presentó, eso sí, inmediatamente eligió cama y armario y la mesa de estudio. Prerrogativas de veterano. Me dejó la cama de arriba de la litera y la mesa que no tenía ventana al lado. Como compensación se ofreció a enseñarme la residencia, a presentarme compañeros y darme consejo.

Desde luego era opuesto a mí. Más alto, más fuerte, pelo corto y carácter decidido. Por el pasadillo saludaba a todos y particularmente a todas presentándome y preguntandose por el verano mientras yo escuchaba en silencio. La residencia no era muy grande pero albergaba a casi 200 residentes, mitad de cada sexo. Era mixta pero los dormitorios estaban separados. Se accedía desde la calle a un amplio vestíbulo con escalera y una pequeña recepción. En la planta baja estaban las cocinas, el comedor y baños comunes por un lado y la biblioteca y la sala de estar con sofás y televisión en por el otro. El esquema se repetía en las 3 plantas del edificio quedando en un ala los dormitorios masculinos y en el otro los femeninos. Sin embargo los baños y duchas de cada planta estaban frente a la escalera sobre el vestíbulo de la planta baja. Eran separados pero las puertas estaban una al lado de la otra, por lo que veías entrar y salir al personal con sus toallas y neceseres.

A las 11 había toque de queda, nada de música o radio en los dormitorios. Los fines de semana se podía entrar hasta las 2 de la madrugada o si no ya había que esperar a que el portero abriera a las 7. ¿Me acostumbraría yo a esta nueva vida?

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