QUISPIAM

Capítulo 14: La compañera de piso.

 Durante los siguientes días, o bien en su apartamento o bien en el mío, Celia y yo compartimos sexo y cama. Para mí era mi primera mujer después de muchos años entregado en cuerpo y alma a Sonia y para ella, disfrutar de un buen amante justo al lado de su casa. Los dos teníamos claro que aquello era  sexo y solo sexo, ninguno de los dos buscaba algo distinto y aceptábamos como buena aquella situación.

Fue durante esas semanas que llevaba durando nuestra particular relación, que conocí la historia de su compañera de trabajo, historia que Celia me contó en aquellos ratos entre polvo y polvo, cuando relajados y satisfechos hablábamos de cualquier cosa de nuestras vidas.

Ausente aquel primer día y los siguientes, supe por boca de Celia que había regresado con su marido por un tiempo con la intención de resolver los problemas que tenían en su relación.

Me contó que eran amigas desde la adolescencia. Las dos habían estudiado juntas y luego, cada una en su especialidad, habían encontrado trabajo en el mismo hospital, afianzando y estrechando aún más su buena relación. Y eso, a pesar de ser completamente diferentes la una de la otra.

Mientras Celia era una mujer abierta y extrovertida Sandy, su amiga, era tímida y algo retraída. La una soltera y orgullosa de serlo y la otra casada con el primer hombre con el que había estado. Fue en ese tema donde más se explayó Celia, contándome las vicisitudes de un matrimonio que, por lo visto, no iba nada bien.

Se casaron jóvenes, para ella él era el primer hombre que había conocido, del que creía estar enamorada pero, dándose  cuenta con el tiempo, que no tenían nada en común y que al final pocas cosas les unían. Aun así, se resistía a acabar con su relación. Cuando les salió aquel traslado, Celia convenció a su amiga para que la acompañara y así, estando separada de él, ver si realmente lo quería o no, ver con cierta distancia si valía la pena seguir intentándolo o daba por terminada la relación.

Y por lo visto, durante esa separación ella había conocido a otro hombre, sintiendo cosas por él que no había sentido nunca, dándose cuenta lo que era el amor por primera vez en su vida, descubriendo que lo que la había unido a su marido no era amor ni por asomo, solo cariño.

Pero las cosas nunca son sencillas y para muestra, mi propia vida. El hombre del que se había enamorado tenía pareja y ella también, entrando en conflicto esa situación con su educación conservadora y sus principios morales. Al final, confundida e indecisa, había decidido volver a su hogar e intentar arreglar las cosas con su marido. Y, aunque las cosas no habían mejorado entre ellos, su ausencia ya se alargaba un mes y, de momento, no daba señales de ir a volver pronto.

A pesar de no conocerla, establecí con ella un vínculo anímico, sintiéndome identificado con su historia y profesando lástima por aquella mujer que tan mal lo estaba pasando y cierta empatía con ella, atrapada emocionalmente como estaba con una pareja que no se merecía.

Los días y semanas fueron pasando. Yo estaba totalmente amoldado a mi nueva rutina: trabajo, ejercicio y sexo desenfrenado con Celia. Atrás habían quedado los recuerdos de Sonia y de todo lo que había sucedido entre nosotros, como algo lejano y que no valía la pena rememorar. Excepto Sandra. Aun la seguía teniendo presente, imposible de olvidar, volviendo a mi mente de forma cada vez más recurrente aquel encuentro en la cama del hospital. Pero seguía resistiéndome a salir a buscarla, temeroso de lo que pudiera encontrar.

Había pasado un mes desde nuestro primer encuentro, estaba en la cama de Celia, después de otra noche de sexo desenfrenado, cuando escuché un ruido al otro lado de la pared. Me removí algo confuso y desorientado, sin acabar de situarme donde estaba. Un gemido a mi lado me hizo ser consciente que no estaba solo en aquella cama y, con solo un vistazo, se hizo la luz en mi cabeza.

A mi lado, desnuda y dándome la espalda, dormía Celia. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras rememoraba el polvo que habíamos echado la noche anterior en el salón aprovechando tener el apartamento a nuestra disposición debido a la ausencia de su amiga y compañera.

Un nuevo ruido llegó de la habitación de al lado y me acabé de despertar del todo. Celia no me había dicho nada que fuera a volver su amiga Sandy… Acaricié la espalda desnuda de mi compañera de cama y ella gimió de gusto con aquella sutil caricia.

-Déjame dormir… -murmuró- ¿es que no tuviste bastante anoche?

-Es que me he despertado al escuchar un ruido –le dije repitiendo el roce con su piel.

-Debe ser Sandy… -siguió diciendo en voz baja- me llamó ayer para decirme que volvía… anda, duérmete de nuevo… y no hagas ruido, que aquí se oye todo…

-Lo podemos hacer en silencio… -le dije en tono cariñoso.

-Para… -me dijo con voz adormilada- y no quiero hacerlo estando ella en el apartamento… la pobre está pasando un mal momento…

-Ya… -dije yo recordando lo que me había explicado.

-Sí… -dijo tratando de volver a dormirse- la pobre lleva meses sin follar y me da cosa hacerlo con ella al otro lado de la pared… es mi amiga y no quiero que pase un mal rato escuchándome mientras ella está a dos velas…

– Pero oye, ¿al final ha arreglado lo suyo con su marido? –pregunté siguiendo con mis caricias.

-No… -dijo suspirando quedamente- por lo que me dijo, creo que ha decidido dejarlo definitivamente… por eso ha vuelto, no tenía sentido continuar con algo que no tenía futuro… y estate quieto, por favor, que aún me duele todo de ayer noche…

-Vale… le dije besándole el cuello por última vez y acomodándome a su espalda- me portaré bien…

-Gracias… -dijo casi en un susurro- ahora a dormir un poquito más…

Celia se durmió casi al instante y a mí me costó un poco más pero, al final, conseguí volver a dormirme, abrazado a ella y envuelto en el silencio en el que se había sumido el apartamento.

Cuando me desperté, el sol ya entraba por la ventana y la cama estaba vacía. No tenía ni idea que hora era ni donde estaba Celia y no tenía forma de saberlo ya que mi ropa y mis cosas estaban en el salón que era donde me había quedado desnudo. Allí tumbado en aquella cama, esperé un rato a ver si aparecía Celia pero, no haciéndolo, decidí arriesgarme a salir con el temor de  ser pillado en pelota picada por su amiga.

Abrí la puerta de la habitación procurando no hacer ruido alguno y asomé la cabeza, asomándome al pasillo y no viendo nada, no escuchando nada. Eso me dio ánimos para seguir con mi plan y salí decidido camino al salón donde debía estar mi ropa con la que ocultar mi desnudez y volver a mi apartamento.

Llegué al salón donde reinaba un silencio sepulcral y busqué por el suelo los restos de la batalla que Celia y yo habíamos mantenido la noche anterior. Pero nada, ni rastro de mis pertenencias.

-Tu cosas están encima de la mesita de la esquina –dijo una voz femenina a mi espalda, una voz que me sonaba de algo pero que, de ninguna manera, correspondía a Celia.

Me giré buscando el origen de aquella voz, encontrándome con una mujer situada en la entrada de la cocina, vestida con una camiseta de tirantes y unas braguitas, mirándome risueña a través de sus gafas de pasta, cambiando su rostro cuando reconoció el mío, pasando de divertida por la situación tan cómica al encontrarse a un tío desnudo en su piso a sorprendida por mi aparición, apartándose algo nerviosa un mechón de cabello pelirrojo que caía sobre su rostro.

-¿David? –dijo ella con extremo desconcierto.

-¿Sandra? –dije yo totalmente turbado por la sorpresa.

Sí, la mujer que me miraba con atención y totalmente desorientada mientras sostenía una taza de café en su mano, que escrutaba mi cuerpo completamente desnudo, era Sandra. Aquella Sandra que no existía. Aquella Sandra que era fruto de mis alucinaciones. Aquella Sandra que había desaparecido de mi vida al operarme y que pensaba que no iba a volver a ver porque me habían hecho creer que era producto de mi fantasía. Aquella Sandra que me había follado en mis sueños y por la que sentía algo más que una simple atracción física.

Y allí estaba, en carne y hueso, dejándome completamente paralizado y sin poder de reacción, anonadado por su presencia.

-Buenos días, Sandy. No sabía que os conocíais… –preguntó Celia que, por lo visto, lo había visto todo.

¿Sandy? ¿La amiga y compañera de piso de Celia siempre había sido ella, Sandra? Mi cabeza funcionaba a mil por hora, encajando todas las cosas que me había contado Celia sobre ella: su matrimonio fracasado, sus dudas al haberse enamorado de otro hombre que también tenía pareja, su huida en busca de respuestas… ¿Acaso era yo ese hombre? ¿Ese hombre que la había hecho conocer el amor?

Mientras mi cabeza bullía con todos esos pensamientos, me giré buscando a Celia, descubriéndola junto a la puerta y envuelta en una toalla. Eso explicaba porque no estaba en la cama y porque no la había encontrado, estaba en la ducha.

-Sí –dijo Sandra- es el chico del accidente…

-No jodas… -dijo Celia avanzando hacia ella- ¿el que sacaste del coche? ¿El que estuviste tratando esas semanas? El tío del que estás….

-El mismo… -dijo ella interrumpiéndola, algo ruborizada y dando un sorbo a su taza- lo que no entiendo es que hace aquí…

-¿Te acuerdas que te dije que llevaba un tiempo acostándome con un chico? -dijo nerviosa Celia- no sabía quién era… te juro que…

-Tranquila –le contestó ella cogiendo su mano- no podías saberlo…

Y a todo esto, yo seguía atónito aquella conversación sin entender nada y sin ser consciente que seguía completamente desnudo.

-¿Y qué tal? –le preguntó Sandra a Celia.

-Uff… genial… -le contestó con una sonrisa- es guapo y está bueno eh…

-Ya te digo… -dijo Sandra y notando el escrutinio de las dos mujeres, despertando de mi letargo y dándome cuenta de mi desnudez.

Me cubrí mis partes con rapidez y me apresuré a ir en busca de mi ropa, poniéndome el bóxer y tapando en parte mi desnudez antes de intentar averiguar de qué iba todo aquello, qué estaba pasando.

-No entiendo nada –le dije a Sandra- tú se suponía que no existías…

Las dos se miraron y estallaron a reír, acrecentando mi malestar.

-Pues a mí me parece bien real… -dijo Celia dándole una palmada en el culo de Sandra.

-Oye… -protestó alegremente Sandra- esas manos…

-No sé porque dices eso –dijo Celia- pero Sandra fue la que vio tu accidente, la que llamó a la ambulancia y la que, mientras llegaban, te dio los primeros auxilios… gracias a ella estás vivo…

-Tampoco es para tanto… -intentó restarle importancia Sandra.

-Sabes que es verdad lo que digo –contestó con seriedad Celia- y después, te estuvo tratando en el hospital, intentando ayudarte a recuperar la memoria… al menos, hasta que tu novia le prohibió que lo hiciera…

-¿Qué? –Dije totalmente confundido- ¿Sonia? ¿Ella sabía que eras real? ¿Qué no eran alucinaciones mías?

-¿Alucinaciones? –preguntó Sandra.

-Sí… -dije yo- después de despertar del coma… del segundo… pregunté por ti, por mi sicóloga o la que yo creía que era mi sicóloga… y me dijeron que nunca habías existido, que había tenido alucinaciones provocadas por un hematoma en la cabeza… que todo lo que creía haber visto, escuchado no era real, todo una alucinación que, al operarme, iba a desaparecer de mi mente…

Sandra y Celia se miraron sorprendidas e impresionadas por mis palabras.

-Bueno… -dijo Sandra- pues es evidente que eso no es cierto. Como sicóloga tuya cada mañana te visitaba, me contabas todo lo que ibas recordando, todo lo que ibas recuperando de tu mente, de tu pasado… fragmentos de memoria, me decías…

-¿Entonces no recuerdas nada más? –Preguntó Celia- ¿Nada de lo que pasó entre vosotros?

-¡Celia! –le recriminó ella.

-¿Entre nosotros? –Dije confundido- no sé…

Lo dije mientras por mi mente pasaban las imágenes de lo que pensaba que nunca había ocurrido aquella mañana, cuando besé a Sandra, cuando toqué sus pechos, sus muslos, su sexo… ¿acaso sí había sucedido? ¿Podía ser que sí hubiera pasado todo aquello? ¿Qué todo hubiera sido real?

Ellas me miraban curiosas y con claros signos de ansiedad mientras yo hacía como que trataba de recordar, poner en orden mis pensamientos, mis recuerdos. ¿Sería aquello de lo que estaban hablando o acaso se referían a algo más mundano, algo menos erótico?

-Ahora mismo no se me ocurre nada… -le mentí- ¿qué es lo que debería recordar?

-Nada –se apresuró a contestar Sandra- no hay nada que recordar…

¿Parecía defraudada con que no hubiera recordado lo que fuera que había pasado? Celia, sin embargo, me escrutaba con detenimiento, buscando cualquier indicio que me delatara, sonriendo al final.

-Mientes –me dijo con decisión- sí que recuerdas algo…

-Déjalo ya, Celia… -le pidió su amiga- ya te ha dicho que no recuerda nada…

-¿Ah sí? ¿Y si no recuerda nada porque se le ha puesto la polla morcillona? –dijo Celia haciendo que los tres nos fijáramos en mi entrepierna.

Me puse rojo al descubrir que era verdad e, inútilmente, traté de cubrirme con mis manos, tratando de ocultar mi estado de semierección. Celia sonreía triunfante y Sandra me contemplaba con un brillo en sus ojos mientras, casi como sin querer, daba un par de pasos en mi dirección.

-¿Qué es lo que recuerdas, David? –Me preguntó Sandra- ¿qué recuerdas de aquella mañana, la última que estuvimos juntos?

-¿La última mañana? –dije con nerviosismo recordando. ¿Sería posible que sí fuera cierto?- recuerdo algo pero, no sé si sucedió o no…

-¿El qué? –Preguntó a su vez Sandra avanzando un poco más- dímelo, sin miedo… y yo te diré si pasó o no…

-Pero no te enfades con lo que voy a decirte –le pedí mientras tragaba saliva nervioso por la situación- recuerdo besarte…

-¿Y qué más? –Me preguntó ella con una sonrisa en su boca- ¿Qué pasó además de ese beso?

-Toqué y besé tus pechos –dije con mayor seguridad al ver aquella sonrisa, como si mis palabras le hubieran proporcionado una gran alegría- recuerdo acariciar tu cuerpo hasta llegar a tus braguitas húmedas donde, al final, te echaste atrás, parando todo aquello, alegando que estabas casada y que no estaba bien aquello…

-Entonces lo recuerdas… -me dijo ella satisfecha y acortando hasta la nada la distancia entre los dos cuerpos- no podía hacerlo, no entonces… estaba echa un mar de dudas, me sentía atraída hacia ti pero aún no tenía las cosas claras con mi matrimonio, si seguir luchando o darlo por acabado… por eso me fui de aquella manera…

Alargó su mano y tocó mi mejilla, notando un estremecimiento en mi piel a su contacto. Volví a rememorar aquellas imágenes pero ahora con total nitidez, como si se estuvieran produciendo en aquel mismo instante en aquella estancia.

-Y justo al salir de la habitación, totalmente confundida con lo que sentía, me topé con tu novia… -me dijo Sandra- lo había visto todo, me prohibió que me acercara a ti, me acusó de aprovecharme de tu estado mental para embaucarte y me amenazó con denunciarme… y por eso decidí apartarme, desaparecer por un tiempo… no tenía opción …

Sandra me miraba de una forma que nunca había visto, los ojos empañados en lágrimas que no tardaron en empezar a caer mejilla abajo, lágrimas cuyo avance detuve yo con el dorso de mi mano acariciando su rostro.

-Pese a todo, fui a verte una última vez, a despedirme de ti, a decirte que te quería pero que lo nuestro no podía ser, que ambos teníamos pareja y que aquello que habíamos hecho no estaba bien… -recordó con amargura- al verte allí, de aquella manera… se me cayó el mundo encima… me enteré que llevabas en coma desde el día que nos habíamos despedido de aquella manera tan repentina y brusca…lloré sintiéndome en parte responsable de tu estado… allí a tu lado lloré como nunca lo había hecho… no podía creer que la vida fuera tan injusta… tú, en coma y atado a una mujer que te era infiel… yo, atada a un hombre al que no quería mientras el que quería y deseaba se debatía entre la vida y la muerte, sin saber si volvería a despertar alguna vez…

Sandra lloraba amargamente, la acogí entre mis brazos, consolándola y reconfortándola.

-Pensaba que te había perdido, que no volvería a verte nunca más… -dijo entre sollozos- por eso me fui, volví a casa a intentar arreglar mi relación con mi marido… no quería sufrir más, hacerte sufrir más…

-Ese mismo día desperté –le confesé- sentí desde donde estaba como me llamabas y por eso volví… para volver a estar a tu lado…

-¿Pero y tu novia? –me preguntó ella con ansiedad y su rostro mojado por sus lágrimas.

-Han roto –le aclaró Celia hablando por primera vez desde que habíamos empezado nuestra confesión- por eso está viviendo aquí…

-¿En serio? –Dijo ella con una exultante alegría- me alegro que hayas dejado a esa zorra infiel…

-¿Y tu marido? –le pregunté a mi vez- ya te has aclarado y sabes lo que quieres…

-Lo supe desde el momento en que pisé el que había sido mi hogar aunque quisiera engañarme… -dijo con ternura- ni un solo momento dejé de pensar en ti, de acordarme de ti, de lo que me hiciste sentir en aquellos breves momentos que compartimos… no lo quiero y sé que nunca lo he querido, te quiero a ti… solo a ti… nunca más volveré a alejarme de ti…

Sobraban las palabras. Acerqué mis labios a los suyos, fundiéndonos en un beso como aquella mañana en la cama de ese hospital donde tanto tiempo pasé. Con la diferencia que ahora sabía que aquello era real, muy real y que nadie ni nada nos iba a interrumpir ni a detener.

El beso, cariñoso y tierno al principio, fue intensificándose por momentos, convirtiéndose en una intensa batalla donde no había ni vencidos ni vencedores, solo una ardiente lucha entre nuestros labios y lenguas buscando conocer cada recoveco de la boca del otro.

Nuestros cuerpos pegados y casi desnudos, se rozaban a cada mínimo movimiento, subiendo nuestra temperatura hasta niveles inaguantables.

-Será mejor que os vayáis a una habitación –dijo Celia aguantándose la risa- que al final me vais a poner a mi cachonda también… y no respondo de mí…

Sandra le sonrió, me cogió de la mano y me guió pasillo adentro camino de su dormitorio donde íbamos a culminar lo que acabábamos de empezar.

-Gracias –le dijo al pasar junto a su amiga- por devolvérmelo y haberme apoyado este tiempo… y lo siento, pero ya puedes irte olvidando de él que ahora es mío y solo mío…

-Lo sé –dijo Celia riendo- anda y pasa un buen rato, que te lo mereces… os lo merecéis…

Le dio una cachetada a su amiga, que rió y continuó guiándome hasta su cama, sonriendo yo a mi vez a Celia agradeciéndole lo que hacía y su comprensión.

Entramos en el dormitorio y enseguida tuve encima a una desatada Sandra, que no cejaba en besarme con pasión, con sus manos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Lo mismo estaban en mi nuca, apretando mi cabeza contra la suya, estrechando el choque de nuestros labios que bajaban por mi espalda desnuda hasta alcanzar mi culo aun cubierto por el bóxer, colándose dentro en su avidez por culminar lo que tanto deseaba.

Y yo, contagiado por su calentura, no tardé en posar mis manos en aquellos pechos que se adivinaban desnudos debajo de la camiseta que llevaba, palpando su carne firme y generosa, notando los dos bultos que se alzaban en el centro de ellos, delatando su excitación.

-¿Te gustan? –Dijo ella separándose levemente, cogiendo la parte inferior de la camiseta y alzándola por su cabeza, desprendiéndose de ella- son todo tuyas…

Me abalancé sobre ellas, acariciándolas ahora sin ropa de por medio, haciendo míos aquel par de senos que no podía cubrir con mis manos, llevándolas a mi boca que saboreé como si me fuera la vida en ello, recorriéndolas con mis labios, con mi lengua.

Sandra, disfrutando de la atención que le daba a sus tetas, solo acariciaba mi cabeza y la apretaba contra ellas, animándome a seguir disfrutando, animándome a seguir dándole placer.

-Sigue así, David… sigue comiéndolas… joder, sí… qué gusto

Espoleado por sus palabras, chupaba una teta y lamía su pezón mientras la otra recibía la atención de mi mano que la amasaba con devoción, gozando casi hasta el delirio con aquel par de pechos que nunca pensé volvería a tener a mi disposición.

Pero quería más, necesitaba más. Y ella también. Mi otra mano bajó y se coló sin miramientos bajo su braguita, acariciando su rajita mientras esperaba, expectante, alguna reacción por su parte, recordando que fue en ese instante cuando la otra vez lo paró todo.

Pero eso no sucedió. De su boca solo salió un largo gemido cuando mis dedos recorrieron sus labios, ladeando levemente su cabeza y entrecerrando sus ojos, abriendo levemente sus piernas para facilitarme aún más mi acceso a su sexo, sexo que notaba húmedo y caliente a rabiar.

-Sigue por dios… no pares… -me rogó ella ante mis dudas.

¿Necesitaba algo más? Mis dedos recorrieron con avidez su raja mientras mi boca se daba un festín con sus tetas y ella no paraba de gemir y suplicar que siguiera, que no parara, que le diera más y más…

Sutilmente la fui guiando hasta la cama, dejándola caer sobre ella y yo observándola desde arriba, viendo su rostro encendido por la felicidad, la excitación y su cara de deseo. Me arrodillé ante ella, cogí los bordes de su braguita y la fui bajando hasta quitárselos por completo, quedando ante mí su sexo cubierto por una fina capa de vello rojizo que me hizo encender aún más.

-Ábrete cielo –le pedí ansioso.

Ella obedeció y abrió sus piernas al máximo, descubriendo como su sexo se abría ante mí, ofreciéndomelo. De nuevo, me abalancé sobre ella, hundiendo mi rostro en su entrepierna. Mi lengua recorriendo sus labios húmedos y cálidos, mis manos sus muslos firmes y generosos, sus manos aferrando mi cabeza mientras empezaban a escucharse los primeros suspiros que su boca dejaba escapar.

Apenas llevaba un par de minutos disfrutando de su sexo cuando noté como se agitaba su cuerpo y un gemido agónico salía del fondo de su garganta, indicándome que se había corrido por primera vez. Pero no por eso dejé de atacar su sexo, de seguir lamiendo y chupando, de seguir alargando su placer y su agonía.

Y no satisfecho con ello, añadí a su particular tortura dos de mis dedos colándose en su interior, penetrándola con avidez mientras mi boca se dedicaba ahora a martillear contra su inflamado clítoris, llevándola a un cúmulo de sensaciones que la hicieron gritar, suplicar, gemir y, al fin, aullar su segundo orgasmo, mucho más intenso que el primero. Su cuerpo se arqueó, sus piernas se cerraron detrás de mi cabeza, sus ojos se cerraron y su boca abierta buscaba aire mientras exhalaba aquel grito que debió escuchar Celia en su habitación.

Viéndola en ese estado, ahora sí decidí darle una tregua y me subí a la cama, acostándome a su lado, acariciándola con ternura mientras la veía, poco a poco, recuperándose del placer extremo que acababa de sentir.

-¿Estás bien? –le pregunté.

-Mejor que nunca… -me dijo girándose hacía mí- pero ahora me toca a mí…

De rodillas en la cama, empezó a besar mi pecho mientras iba descendiendo de forma lenta pero sin pausa en busca de su objetivo que no tardó en alcanzar, primero con su mano que cogió mi verga medio empalmada y que empezó a pajear, y luego con su boca que empezó a lamer el tronco de mi miembro, consiguiendo que casi al instante se pusiera dura y firme, lista para hacerla gozar.

En aquella postura, dejándome al alcance su espalda y su trasero apetecible, no dudé en alargar mi mano y acariciar la parte baja de su espalda y, en especial, su culo que se agitaba fruto de sus movimientos sobre mi polla, incitándome a tocarlo, acariciarlo, besarlo y lamerlo.

Sandra, después de lamer todo mi miembro, se metió buena parte de él en su boca, empezando un vaivén que me hizo ver las estrellas. Desde mi posición veía perfectamente como su boca engullía con gula mi polla mientras con su mano pajeaba la parte que era incapaz de tragar, su rostro de pura lujuria parcialmente oculto por su cabellera rojiza que le caía sobre su cara, sus grandes pechos bamboleantes rozando mi muslo y mi vientre… una visión sublime…

Con mis manos en sus nalgas, acariciándolas, y mi boca buscando sus dos orificios, chupándolos y lamiéndolos, busqué devolverle parte del placer que me estaba dando aunque claramente ella estaba ganando aquella partida.

-Como sigas así voy a correrme… -le avisé anunciándole lo inevitable.

-De eso nada –dijo abandonando su tarea- necesito sentirla dentro…

Se dio la vuelta, quedando frente a mí, subiéndose a horcajadas y encarando mi dura verga a la entrada de su sexo. Con sus manos en mi pecho y las mías en los suyos, se fue dejando caer tragando poco a poco toda mi polla hasta enterrarla por completo en su interior.

Los dos exhalamos un suspiro de placer al sentirnos unidos de aquella manera, mirándonos con cariño y buscando nuestros labios que se volvieron a enzarzar en una nueva batalla. Mientras lo hacíamos, Sandra empezó a moverse de forma lenta y cadenciosa, haciéndome notar cada centímetro de su estrecha vagina, extasiándonos a ambos con aquel roce martirizador.

En aquella postura sus pechos se rozaban con el mío, notando sus erectos pezones arañar mi torso, dándome un extra de placer. Mis manos buscaron su culo, que aferraron con decisión, ayudando en su tarea de subir y bajar sobre mi enhiesto falo.

De forma lenta pero inexorable, la cadencia de la cabalgada fue subiendo de intensidad a la vez que la pasión y la lujuria volvía a tomar el control de nuestros cuerpos y mentes, convirtiéndose al poco tiempo en una frenética montada donde ella literalmente saltaba sobre mi cuerpo, clavándose sin piedad sobre mi dura verga.

No tardó en correrse de nuevo Sandra, de nuevo otra vez gritando su éxtasis, su cuerpo contorsionándose y su rostro demudándose fruto del intenso placer que estaba recorriéndola entera, cayendo sobre mi cuerpo que la recibió en un abrazo caluroso pero aún lejos de mi orgasmo.

Completamente a mi merced, la volteé quedando ella bajo de mí y todavía ensartada en mi miembro, empezando un lento mete saca que hizo que Sandra poco a poco fuera recuperándose, volviendo a entregarse por completo a aquel polvo que estábamos disfrutando, enlazando sus manos y piernas con mi cuerpo, convirtiéndonos en uno.

De nuevo poseídos por el placer, los movimientos se fueron acelerando y ganando en intensidad, estando al poco tiempo ya arremetiendo con vigor contra su encharcado coño que se deshacía bajo mis intensos esfuerzos por complacerla.

Sandra, completamente desatada, gemía sin parar, suplicaba que no parara, rogaba que siguiera, anhelaba que aquello no acabara nunca. Yo, bufando como un toro y sin dejar de empujar una y otra vez, cada vez más cerca de mi orgasmo e intuyendo que llevando a Sandra al suyo, hice un último esfuerzo apoyando mis brazos en sus costados para ganar ímpetu y profundidad, ayudado por sus manos que estrujaban mis nalgas deseando aquel último cambio de ritmo, el definitivo.

Y así fue. Apenas un minuto después ambos estallábamos al unísono en un orgasmo liberador, el primero mío y el cuarto suyo, unidos por aquel abrazo carnal que impidió que pudiera salirme de ella, derramando mi esencia a borbotones en su interior.

Abrazados, exhaustos pero completamente satisfechos nos quedamos dormidos ambos, juntos en aquella cama, sellando el principio de algo que solo el tiempo diría si nos llevaría a algo.

Después de aquel día, muchas cosas cambiaron en mi vida. Lo primero, Sandra prácticamente se mudó a mi apartamento donde compartíamos todo, conociéndonos, sentando las bases de nuestra relación, de nuestra vida en común. Porque ambos sabíamos que queríamos seguir con aquello y a fe que lo estábamos consiguiendo.

Apenas llevábamos una semana viviendo juntos cuando ella volvió seria del trabajo, diciéndome que teníamos que hablar.

-¿Ha pasado algo? –le pregunté preocupado por su seriedad.

Ella me miró, sopesando como decirme aquello tan importante que tenía en mente, cómo hacerlo para no causarme daño.

-Sí –dijo atenta a mi reacción- hoy he visto a Sonia en el hospital…

Otra vez ella. Sonia de nuevo. Cuando todo parecía haber quedado atrás, ser un mero recuerdo del pasado, volvía a hacer acto de presencia. Frente a mi sorpresa y desconcierto inicial, intenté reponer mi ánimo, por nada del mundo estaba dispuesto a que esa figura no deseada incidiera de alguna manera en nuestras vidas.

-¿Cómo? –Dije empezando a cabrearme- Como se ha haya atrevido a…

-No es eso, David –me cortó en seco – ella no me ha dicho nada porque acababa de despertarse… por lo visto llevaba en coma desde el día de vuestra ruptura y hoy, por fin, parece que ha salido de él… y ha preguntado por ti de forma insistente, por eso me he enterado que estaba en el hospital. Una compañera ha recordado que yo te visitaba y creía que yo podía conocer tu paradero…

-No le habrás dicho nada… -le pregunté.

-No, no le he dicho nada pero, sinceramente, creo que deberías ir a verla –me dijo Sandra- tú has rehecho tu vida, los dos estamos en ello… al menos, deja que ella rehaga lo suya…

-¿Y quién se lo impide? –le contesté con rabia- que se vaya con su maldito amante…

-Ni puede ni quiere, nunca lo haría –me dijo- ha estado en coma por culpa suya… por lo visto hubo una pelea después que tú te fueras. Él acabó con su rostro incrustado contra una puerta de cristal, sangrando y con su cara medio desfigurada y Sonia, le culpó de vuestra ruptura. Una cosa llevó a la otra y él empezó a golpearla hasta hacerla perder el sentido… suerte que por lo visto había alguien más en la casa y pudieron evitar que él la matara que si no quizás estaríamos lamentando algo peor…

Yo callé, apesadumbrado por lo que estaba escuchando. Ahora entendía el caos en el que estaba el salón cuando volví al piso. Y me sentí culpable ya que yo fui el detonante de la posterior pelea que llevó a Sonia a su actual estado.

-A Fran lo detuvieron y está en la cárcel –siguió explicándome Sandra- en serio David, debes verla… ella necesita tu presencia para acabar esto… por ti y por ella, necesitáis cerrar una etapa que aún no está cerrada…

Solo asentí. Dos días más tarde, fui al hospital acompañado por Sandra. No quería que Sonia se hiciera ideas raras, quería que le quedara claro que lo nuestro estaba acabado y que ya había rehecho mi vida con otra persona, una persona que por celos, egoísmo o miedo ella había intentado apartar de mi vida.

Cuando entré en la habitación y la vi, algo se removió por dentro. Tumbada en la cama, llena de vendajes, el cuerpo lleno de moratones, extremadamente delgada… era una sombra de la mujer que había sido. Ella me miró, con unos ojos apagados, faltos de su habitual fuerza y viveza. Ojos que brillaron fugazmente al reconocerme.

-¡David! –dijo con alegría cuando me vio entrar pero enseguida su rostro se demudó al ver a mi acompañante, reconociéndola al instante, comprendiendo la realidad.

-Sonia… -dije serio- me alegro que estés mejor… ya me han explicado lo sucedido, me enteré hace tan solo un par de días…

Ella solo asintió y no dijo nada, mirándonos a los dos, como intentando descifrar que tipo de relación había entre ambos.

-Solo he venido a verte porque me han dicho que no hacías más que preguntar por mí… pues bien, aquí estoy… -dije hablando con firmeza- pero no quiero que te confundas, lo que te dije iba en serio… lo nuestro está acabado y, como habrás podido ver, he encontrado a Sandra y estoy muy feliz con ella…

Vi su rostro sumirse en la tristeza y lágrimas empezar a caer por sus mejillas, provocándome una intensa pena al verla en aquel estado desvalido.

-Mira Sonia –le dije cogiendo su maltrecha mano, acariciándola con ternura- no he venido a causarte más daño… bastante te has hecho tú sola… tampoco he venido a perdonarte, no puedo ahora mismo… quizás, con el tiempo, lo haga pero ahora mismo me es imposible… pero no te guardo rencor y deseo que te vayan bien las cosas, por los buenos tiempos que pasamos… por eso, cuando salgas de aquí, quiero que rehagas tu vida y empieces de nuevo como ya he hecho yo…

-No podré David… -dijo entre sollozos- tú eres lo más importante para mí, lo que más quiero… aunque no haya sabido demostrártelo como te mereces…

-Sí podrás, Sonia –le dije dándole ánimos- eres una mujer fuerte y saldrás adelante… estoy seguro de ello… algún día encontrarás a alguien que pueda darte lo que tú necesitas, alguien que te entienda y te comprenda… estoy plenamente convencido que lo harás…

Sonia siguió un rato llorando y yo, allí, a su lado. Cuando consiguió calmarse, me levanté, acaricié por última vez su mano temblorosa y me fui junto a Sandra que no se había movido desde que habíamos entrado,  cogiéndola de la mano, recalcando así el mensaje que quería transmitir que lo nuestro estaba más que acabado.

-Sandra… -dijo Sonia y ambos la miramos expectantes- cuídalo, por favor… cuídalo como yo no he sabido hacer… se merece ser feliz…

-Lo haré –dijo ella apretando aún más mi mano- cuídate Sonia…

-Adiós Sonia –le dije mirándola por última vez- que te vaya todo bien…

Salí de aquella habitación sin saber que no iba a ver a Sonia en muchos años. Cuando llegamos al apartamento, llevé a Sandra a nuestra cama a hacerle el amor, cosa que necesitaba hacer urgentemente. Quería confirmar así, por si tenía alguna duda, que ella era mi mujer ahora y lo sería siempre, la que había escogido para compartir el resto de mis días.

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