TANATOS12

Capítulo 16

María se recolocaba el pelo y tanto ponía las manos en jarra como se apoyaba en mi pecho. Sin duda no era una conversación sencilla de tener y yo me preguntaba cuánto tiempo hacía que había llegado a aquellas conclusiones, y me daba la impresión de que no demasiado.

Mi miembro lagrimeaba, flácido, enroscándose, mínimo, sobre mi vello púbico. Ambos debimos de fijarnos en él a la vez pues María llevo una mano allí y cortó con maestría el hilillo transparente que goteaba, con la punta de uno de sus dedos. Echó la piel atrás y adelante, una vez, y solo con eso hizo mi polla palpitar. Me miró. Ladeó un poco la cabeza. Entrecerró un poco los ojos y comenzó a masturbarme lentamente. Como si quisiera compensar su franqueza con un orgasmo. Lo cierto era que, al igual que muchas cosas que me estaban pasando últimamente, no tenía claro si aquella confesión revelaba buenas o malas noticias.

Miré hacia abajo y María, sentada sobre mí, mantenía su mano izquierda en jarra, apoyada en su cadera, mientras me masturbaba con dos dedos de su mano derecha. Al ver como pajeaba aquella ridiculez de miembro recordé el origen de todo, pues con tantas cosas que habían pasado ya casi había olvidado que el origen y el motivo de todo era aquella minúscula polla. Y, de nuevo aquella fortuna de haber encontrado a dos amantes con dos miembros como los de Edu y Álvaro. Recordé también aquel castigo cuando había preguntado por la polla de Guille y aquella respuesta: ·”Una polla normal, de hombre”, buscando hacerme daño en aquel momento, pero diciendo una verdad.

—¿Te gusta… así? —preguntó ella, masturbándome lentísimamente, en una pregunta ya respondida. María sabía exactamente donde apretar para buscar mi orgasmo y donde hacerlo para retrasarlo, por ahora, por donde apretaba y por la velocidad de sus dedos, solo estaba jugando.

Era como un sueño tenerla allí, completamente desnuda; nunca me acostumbraría, con aquella belleza tan natural, y con aquellos pechos colosales, impunes, desvergonzados, como un don injusto para sus amigas, conocidas y cualquiera que se la encontrara en la playa o en los vestuarios del gimnasio.

Al cabo de unos instantes aceleró un poco y apretó un poco más arriba. Aquello lo cambiaba todo: así no duraría más de dos minutos. Y ella lo sabía con precisión. Quise abstraerme, disfrutar, mirarla… pero mi mente fue irremediablemente a todo lo que me acababa de decir y comencé a atar cabos a tanta velocidad como iba su mano: recordé como, tras su encuentro sexual con Edu, había intentado buscar en mí el amante que no era y después hubo un periodo en el que yo me sentí rechazado, en el que parecía que evitaba incluso tocarme, como si sintiera repulsión por mí y por mi miembro. Había pensado entonces que no se sentía con deseo, con líbido, y sucedía, según su reciente confesión, lo contrario. Era al revés. En aquellas semanas había estado tan excitada que, al ver que el amante que tenía en casa no podía calmar esa excitación, se frustraba, y esa frustración acabó derivando en rechazo.

El brazo de María que estaba en su cadera fue a acariciar mis huevos, a apretarlos un poco, y su otra mano dio un último acelerón. Menos de medio minuto duraría así. Los dos lo sabíamos. Cerré los ojos, no quise pensar en nada, solo dejarme llevar. Solo se oía el ruido de la piel de mi polla adelante y atrás. Solo quería sentir, no quería mirar hacia aquellos tres dedos que cubrían casi por completo mi diminuta polla, quería correrme sin sentirme culpable.

Comencé a sentir un torrente de calor por todo mi cuerpo y ella paró su mano en seco y, cuando vio la primera gota blanca brotar, reinició la paja de nuevo, matándome del gusto, sabiendo lo que hacía; pajeándome, exprimiéndome, a un ritmo constante mientras me corría. Se escuchaba aquella piel ir y venir y mi respiración agitada y desvergonzada. Sentí un placer tremendo, con la mente tan en blanco como el semen que seguía brotando de aquella punta oscura y dura. María supo justo cuando parar, y sin hacerlo repentinamente, sino aminorando el ritmo hasta detenerse completamente.

Me mantuve con los ojos cerrados unos segundos más. Hasta que miré hacia abajo y vi todo mi miembro embadurnado, así como sus dedos y mi vello púbico; algo de aquel líquido caliente había llegado también casi a mi ombligo. Y recordé los tremendos disparos, los tremendos chorros, largos y espesos, que había soltado Edu sobre el torso de María, a pesar de que aquella misma noche se había corrido varias veces y a pesar de que yo llevaba días sin eyacular. Hasta en eso querría mostrarle a María una masculinidad que no le podía dar.

—Espera que te limpio —dijo yendo hacia el cuarto de baño.

Cuando volvió empezó a limpiarme, pero después continué yo, desenmarañando aquella pringosidad de mi vello recortado.

Mientras se ponía el pijama me habló un poco de su gimnasio y yo le pregunté por lo de las cervezas de los jueves, a las que ya no iba nunca, y me dijo que ya no estaba tan bien como antes, que ya no iba la gente con la que tenía más trato. Como casi todas mis preguntas durante aquel último año había un componente de interés relacionado con Edu y ella.

Pasó esa noche de jueves y el viernes, y otro fin de semana, y más y más días. Otra vez con aquellos momentos clave, por la mañana y por la noche. Yo me frustraba un poco cada vez que no veía nada nuevo en su teléfono y también me frustraba pues la frecuencia en la que teníamos sexo fue disminuyendo. Solo hubo una novedad en su móvil, una mañana, en la que Guille le había escrito: “Álvaro está saliendo con Sofía, pero yo me he quedado solito”. María no le había respondido.

Sin duda Guille le planteaba implícitamente algo en aquel mensaje. Y quizás aquello explicaba por qué Álvaro no le había escrito y llamado más. Pero lo que más me llamaba la atención era que Edu no le mandara más mensajes con aquellas órdenes. Tanto que empezaba a plantearme si se las diría de palabra en el despacho. María a veces iba en falda y a veces en pantalón, a veces con la camisa rosa rancia de Víctor, la nueva a veces, y a veces la vieja, y a veces con aquellas medias, bautizadas como “de zorrón” por Edu. Una vez incluso fue a trabajar con ambas, con esa camisa y las medias. Pero nada en su móvil. Cuando tenía juicio con Edu me lo decía, pero no pasaba nada más.

Alguna vez, cuando María ya se había metido en la cama, me quedaba en el salón y me masturbaba, haciendo uso de aquella nota de voz de Edu follándose a Begoña. Me preguntaba si María escuchaba aquello de vez en cuando. Otras veces también me había masturbado recordando a Álvaro y a Guille follándose a María… e imaginándome qué habría pasado aquellas horas que yo no había visto, horas que faltaban por desvelárseme, pero que, cada vez que sacaba el tema, escuchaba evasivas.

Llegó un miércoles por la noche en el que María me dijo que se iba a la cama y yo estaba con mi portátil en el sofá, por lo que empezaba a sobrevolar la idea de volver a masturbarme con una de aquellas dos opciones, pero aquella noche mi novia fue especialmente insistente para que me fuera a dormir a la vez que ella.

—Es que no sé qué haces ahí con el portátil. Venga, vamos.

—Pues… nada… Vete yendo. Yo veré un poco de porno y ya voy —dije, medio en broma medio en serio, también como una indirecta referente a nuestra pobre cadencia de encuentros sexuales.

—Ya… venga —dijo sin creerme, desde el marco de la puerta.

—Que sí, en serio, me hago una paja y voy.

—¿Con qué? ¿Con aquel vídeo?

—¿Qué video?

—Pues aquel que vimos, ¿cuál va a ser?

—Ah, pues… sí, lo voy a buscar —dije, como si tal cosa, mientras ella se iba hacia el dormitorio.

Me puse a buscar aquel vídeo, casi con más curiosidad de si lo encontraría, que por interés en sí por aquel vídeo del que María hablaba como si no hubiera miles mejores en internet.

Aún no lo había encontrado cuando apareció María con un pijama de seda blanco de chaqueta y pantalón, cuando justo saltó un video de una rubia de rizos, que me recordaba a la chica del vestido azul de la azotea aquella de la noche de aniversario de su Máster, pero mayor que ella, y con unas tetas operadas, fuera de lugar.

—Pff, ¿Te gusta eso? —preguntó.

Cerré la ventana, un poco como si hubiera hecho algo malo, y vi que en la pantalla recomendaban uno similar al que había visto con María. Clickeé en el video y María y yo pudimos ver como dos chicos se besaban con una chica, en una cama bastante cutre, en un video muy muy casero.

—Vaya… —dije— aquí hay… un buen trío… ¿Te recuerda a algo?

—Sí, al otro video que habíamos visto.

—Ya… ¿y a nada más? —le pregunté con malicia, mirándole de reojo.

María negó con la cabeza, pero con una media sonrisa, como esbozando un “No tienes remedio”.

—Mira, este tiene que ser Álvaro —dije cuando la chica le bajó un calzoncillo negro a uno de los chicos y apareció una polla más que imponente.

—Venga, va… —dijo ella, fingiendo una desesperación que no era tal, para que me fuera con ella a dormir.

—¿Qué? ¿No está bien el vídeo?

—Venga, vámonos a la cama… El… viernes si quieres vamos a cenar. Piensa un sitio bueno.

Aquel “si quieres vamos a cenar” era una frase que llevaba esperando semanas. Era un eufemismo de “te contaré por fin todo lo que no sabes… de cómo me follaron esos dos”. Si hubiera maquinado una forma sutil de volver a pedirle que me confesara lo sucedido con Álvaro y Guille no me habría salido mejor.

—Vale, pensaré en un sitio —dije mientras la chica se ponía de rodillas e intentaba abarcar con su pequeña boca el tremendo instrumento del crío que representaba a Álvaro, mientras el otro chico del video se masturbaba.

—No te habrás olvidado de cosas —continué.

—Mmm… no, creo que no. Venga… —volvió a insistir en que nos fuéramos. María no quería hacerlo aquella noche, pero tampoco quería que me quedara solo viendo aquel vídeo en el salón.

Acabé por cerrar el portátil y, mientras me ponía en pie, le dije:

—Bueno, tienes mañana y pasado para hacer memoria y yo para reservar en un sitio.

—Sí, sí… me voy a poner a hacer memoria día y noche…—dijo sarcástica, con prisa por irnos a dormir.

Me lavé los dientes. Me puse el pijama. Y me fui a la cama, donde ya estaba María.

De pronto y por sorpresa comencé a asustarme con la idea de que todo acabase. María pasaba de Guille. Álvaro, al estar con Sofía, ya no le escribía. Edu lo mismo aparecía que desaparecía; quizás había desistido al ver que si metía a Víctor en la ecuación María se negaba a jugar.

Llegué a pensar que con la confesión de María de lo sucedido en casa de Álvaro se podría acabar todo. Cerrar el círculo de prácticamente un año exacto con aquel juego. La boda se acercaba y veía a María realmente convencida de que aquello era el cambio necesario. Y, convencida de que, de llegar en algún momento a ese nivel de excitación en el que ni yo ni nuestras fantasías le eran suficientes, simplemente se reprimiría.

Sí, todo parecía indicar que aquel próximo viernes se acabaría todo.

Me quedaba dormido aquella noche con esa sensación…

…pero entonces aún no sabía que, no solo no sería así, sino que aquella noche de viernes tomaríamos un camino aún más arriesgado. Muchísimo más arriesgado.

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