SUSANA R. GARRIDO

            Desperté; dí un sobresalto. ¿Qué era ese peso que le robaba a mi cuerpo la estabilidad del colchón? Volví la vista; allí estabas. Un mullido edredón de plumas contrastaba con los músculos de aquella espalda desnuda que sólo podía ser tuya. Tú… «¿cómo era tu nombre? No lo recuerdo». Es más, por aquel entonces no tenía ni idea de lo que había estado haciendo en las últimas 12 horas; ¡cosas de viajes! Sólo unos ojos azul hielo daban fogonazos en mi mente: los tuyos, sí ¿de quién si no? Me deslicé entre las sábanas; quería dejarte dormir; je, je, je… por ahora. La moqueta daba caricias rosadas en las plantas de mis pies. Ahí estaban tus zapatos, enredados en los jirones de mis medias, el jersey de rallas marinas daba la mano a una blusa de seda rosa formando un rastro que no daba pie a equívocos. Tabaco en la mesita de noche orientalizante, un vestigio ceniciento del olvido; ese olor dulzón a sudor y perfume de hombre; todo  iba componiendo un caos de orden perfecto, y más aún una sensación corpórea que brotaba de mi ombligo y daba cuentas en la punta de los dedos de los pies, una relajación absoluta: « ¿Yoga?… ¡Je!, ¡qué va! Ésto sí que trae paz interior».

Me costaba salir de aquella habitación donde los rallos grises del sol invernal aún no se atrevían a penetrar. «Un té; eso será estupendo. Ya despertarás y me dirás cómo te llamas… ¡Ah, espera!; ya me acuerdo: Arkadiy, ¡eso es!; tus amigos te llamaban Arkasha. Un nombre espantoso, pero, a estas alturas, ¿qué más da?». Entonces recordé la primera vez que te vi. Sobresalías entre todos ellos: eras el más alto, el más guapo; una mole de hombre de casi dos metros, tenías el rostro ovalado de un niño y los ojos azules como la luz de neón que eyaculaba sobre nuestras cabezas. Fue mirarte y supe que mi depresión distímica haría las maletas para siempre.

El crack del pomo fue inevitable y eso que me esforzaba por no hacer ningún ruido, ¿qué pensarían mis compañeras al verme desnuda en mitad del pasillo? Quizás se alegrarían por mí, o tal vez suspirarían aliviadas; cuando todos somos iguales no hay nada de qué preocuparse. «Un viaje a Moscú: debemos cerrar un contrato millonario para la empresa. ¿Te apuntas?», me dijo Encarni. Dibujaba una sonrisa jocosa en los labios, acompañada de esa mirada torva que sobresalía por la montura de sus Vogue mariposa. Como de costumbre, no la entendí de primeras, pero cuando andaba de puntillas por el pasillo me vino a la mente la explicación más evidente; «sí, todos iguales». Al principio no quería ir, la apatía, socarrona, había tomado la mala costumbre de retenerme en estos tiempos tan recios; cualquier impulso vital me hastiaba. «¡Yo no sé ruso!». «Pero yo sí… ¡Vamos! ¡No seas tonta! … Verás qué bien nos lo vamos a pasar…». Accedí y allí estaba, intentando contener una maliciosa risita mientras mis pensamientos vagaban por asuntos más excitantes que el trabajo, la casa, los niños o  esa pesada caja de fluoxetina que, después de haberte conocido, pensaba sacar del bolso y mandar directamente al cubo de la basura: «Dasvidania Prozac; priviet vida nueva».

El corazón daba brincos en mi pecho, igual que anoche, cuando clavaste tus ojos en los míos; una exhibición de sonrisa —¡creía que los rusos no sabíais hacer eso!— y te acercaste a mí. Me invitaste a un Cosmopolitan. Suspiré; desconfiaba, pero había bebido lo suficiente como para darme el permiso de quitarme la máscara de Doña Perfecta que me desfiguraba día tras día entre obligaciones y excelencia profesional. Devolví tu sonrisa, impregnada con el aroma de una hembra recién despierta. Aprovechaste un descuido para guardar algo incómodo en tu bolsillo; ¿una alianza? ¡Je!, ¿creíste que soy idiota? «Todos iguales; seguro que mi marido hace lo mismo en sus viajes de empresa». Aunque ese gesto mostraba algo valioso: no habías ido a aquel club buscando guerra. Nada planeado; sólo te gusté, te sentiste atraído por mi mirada de gata desentrenada, y no te lo pensaste dos veces: «Siempre he oído hablar de la temeridad eslava; al parecer es cierta…». ¿Hablamos? A decir verdad, no lo sé. Si intento hacer una secuencia cronológica, lo siguiente fue la visión de las cúpulas bulbosas de San Basilio desde la ventanilla de un taxi cuando tu mano ardía como metal fundido en la cara interna de mi muslo, bajo el fuelle de un falda roja valentino; «todavía siento el temblor que me trepaba enloquecido por la garganta» y ni siquiera las frías losas de la cocina bajo mis pies podían mitigarlo cuando esas imágenes se estampaban contra mi mente. «¡Ufff! … Aguanta, puta… ¡haz el té por lo menos!».

Puse el agua a calentar, no entendía muy bien aquellas teteras rusas que imitan al famoso samovar, pese a ser eléctricas. Preparé dos tazas. «¿Cómo le gustará: dulce o amargo? ¡Fuerte! Sí, le gusta fuerte…», me dejé poseer por una sonrisa; nadie la entendería salvo tú y yo. El incipiente borboteo del agua hacía sudar el metal de la tetera; parecía ternerla incrustada ante el sacro cuando mi mente recomponía las piezas de aquel puzzle. El tintineo de las llaves, justo antes de impactar contra el suelo. «Sí; me acuerdo: ¡cómo olvidarlo!». Fue al entrar en el apartamento, ni siquiera me dejaste guardarlas en el bolso. Tus brazos se enroscaron en mi cintura; me hundiste en tu pecho, creo que se me cayeron del mismo sobresalto. Me besaste; había más ternura de la que había imaginado: «no son tan fríos, después de todo». ¡Qué va! Esos labios empapados en alcohol se iban derritiendo en un fuego que estrangulaba mi estómago. El ataque, constante y brutal, de tu corazón golpeaba mis pulmones hasta jadear una neblina confusa. La locura de tus dedos revolviendo mi blusa: «Querías arrancármela de cuajo, ¿verdad que sí?»

Me disolvía en tu piel, podías conducirme hasta donde quisieras; y así hiciste: «¿El baño? Nunca lo he hecho en…». El lavabo clavó su porcelana en mi ombligo, vi mi cara en el espejo y a ti levantando mi falda mientras enseñándome una mueca de niño malo que contrastaba con el etéreo azul de tus ojos; ahora entornados. Las medias; me encantó cuando las desgarraste como piel muerta, lo confieso.  A Santi jamás le dejé hacerme algo así, me parecía zafio, de mal gusto… No sé qué tenías; contigo fue distinto: brutal, incorrecto y tan sexy que mi frente empañó el espejo helado. «¿Sería porque estaba borracha?». Una cremallera apresurada rasgó el silencio de la noche, la hebilla de tu cinturón estaba congelada cuando presionó mi piel erecta. Y entonces, los dos cruzamos expresiones lascivas a través del cristal, cuando, cuando… «¡Ohhh!», gemimos al unísono, el uno en el otro. Tú cerraste los ojos; yo no te perdía de vista.

No sé cómo fuimos de ahí a la cama; la ropa tirada por el suelo me parece ahora un camino de miguitas de pan. Recordé la sangre latiendo como lava bajo mis mejillas, tu frente amenazaba con golpear el cabecero de la cama una y otra vez —¡lo deseaba!— presa de una fuerza oscura. Incluso desde arriba se te veía como a un majestuoso tigre de Siberia; pasabas la lengua hambrienta por los labios; entreabiertos, agrietados, los triturabas entre tus dientes una y otra vez hasta sentir el metal de la sangre. La piel tan nívea, que refulgía bajo la tenue lámpara, como pelaje de luz y sombras. Tus manos apretaban las mías, hundías fuerte las garras; dolían con furioso placer; rugidos retumbaban en mi pecho cuando hacías vibrar las cuerdas vocales; hasta que un espasmo me sacudió cargado de violencia: me deshizo, me rompió; me acuchilló un placer absoluto. Arranqué surcos rojos de tu cuello, un gemido profundo explotó tus labios, que se recomponían enredados en un susurro:

Pomogi mnie!!

—¡Sliiiiiiiiiii!—chilló la tetera, devolviéndome a un presente que hervía a fuego vivo.

Suspiré. Nadie, nunca, me había follado como tú: eras tierno en tu dureza, tu mirada de hielo dejaba entrever una ilusión pueril que se licuaba como los músculos de tu pecho empapados en sudor; matabas y morías a partes iguales. «¿Qué querría decir con  Pomogi mnie? ¿Tal vez: te amo?  ¡Ni que esta fuese la trama de una novela rosa! ¡Bah! Es lo que se suele decir, la situación lo demanda. Seguro que cuando despierte se marchará, pondrá mil excusas. Sí; son todos iguales: en Rusia, en España, en la China de Mao… ¡Y a mí qué!; al menos cae el de despedida…». Sonreí; es mejor no esperar nada de nadie, así evitamos decepciones. Cogí la bandeja, observé los vasos; el agua humeaba turbia: «Con tanta paja mental se me ha olvidado echar el té». De repente, recordé haber visto algo parecido anoche: un vaso de líquido enturbiado que lanzaba humo. «¿Humo?—pensé— No. Era… ¡polvo!».

El corazón se me desbocó; la bandeja voló en caída libre hasta desgarrar el silencio en un estruendo metálico; los cristales se clavaron en mis pies descalzos, entremezclados con la caliente salpicadura del agua; ni siquiera sentí dolor. Corrí hacia el cuarto, me temblaban las piernas, no podía respirar «No consumir bajo los efectos del alcohol…, lo decía muy claro; ¡no consumir bajo los efectos del alcohol!». Me lancé contra la puerta en la oscuridad del pasillo; seguías durmiendo, bocaabajo, en la misma postura en la que te dejé… ¡ANOCHE!

—¿Arkasha?—balbucí.

Mis manos se retorcían la una a la otra en una lucha contra el miedo. «Si; miedo. Me gustaba, pero tuve miedo. Todo el mundo dice lo mismo de los hombres rusos: “son maleducados, borrachos, violentos, tratan a las mujeres como a perros…”. Tuve miedo y lo hice…».

Pediste disculpas para ir al baño; te marchaste. No me lo pensé; aproveché tu ausencia para sacar una cápsula del bolso y…

—¿¡Arkasha!?—grité.

Salté sobre la cama, zarandeé tu hombro: estaba helado. «¡Lo hice; sí, lo hice! Temía que me hicieses daño, sólo quería relajarte, que pudiese dominarte si te volvías violento. A juzgar por tu tamaño creí que una cápsula no sería suficiente, ¿cómo…? ¿¡cómo pude hacerlo!?…». Las lágrimas surcaban mis mejillas ateridas de terror, mi mano temblaba sobre tu brazo, lo empujé hacia el lado y tus ojos azules me miraron, entornados en una expresión fija que caería sobre mi conciencia como un iceberg. La puerta vecina se abrió:

— ¿Marga? ¿Te encuentras bien?

Unos pasos vacilaban si acercarse y después reinó el silencio de la perplejidad:

— ¡Oh! … Pero …

¿¡Qué me importaba ya su aprobación!?

—Marga—balbucí con un hilo de voz gélida—. ¿Qué significa Pomogoi mnie?

— ¿¡Eh!? … ¡Por Dios! ¿A qué viene eso ahora? ¡Hay que…!

—Dímelo…

—’Ayúdame’…, Pomogoi mnie significa ‘ayúdame’…—Su voz se quebró en un sollozo—.   ¡Necesitamos un médico! ¡Joder! ¡Esto será un escándalo para la empresa!

A mí, sólo me quedaba una realidad: esa mirada tuya, perdida en el horizonte, que jamás desaparecerá de mi memoria.

— ¿La empresa? —Reí a carcajadas—… Arkasha está muerto; yo lo he matado. Somos todos iguales…

Un comentario sobre “Todos iguales

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s