SIGRID

XI.- Él- descreído.

¿Volveré a creer alguna vez en el amor? ¿Qué necesidad tenía de hacerme eso? ¿Qué pretendía conseguir? ¿Alguna vez me quiso? ¿Era consciente de lo que estaba haciendo y del daño que me ha provocado?…………….. Infinidad de preguntas que no abandonaban mi cabeza, mi torturada, angustiada y maltrecha cabeza.

Cuando aquella noche entré en mi casa lo hice con la mayor de las satisfacciones, cuando la abandoné era la persona más desgraciada del mundo y así anduve vagando por la ciudad como sonámbulo, hasta que el agotamiento me pudo. Aquel banco de un parque al que nunca había ido fue testigo de mi dolor y de mi amargura. Estaba cansado, a veces me daba igual todo, otras la ira me dominaba, las más no era capaz de reaccionar a nada, ni tan siquiera al frío de la madrugada.

Cuando fui capaz de hacerlo, la bloqueé en el móvil y pedí a un desconcertado Jesús que fuera a por mi ropa, a por mis escasas pertenencias, como el poeta, quería irme ligero de equipaje aun siendo consciente de que ella se resistiría, pero necesitaba lo mío y más cuando me propuse no volver a pisar nunca más aquella casa.

Me instalé en casa de mi amigo del alma, Jesús, quien no hizo pregunta alguna; dejó que el espacio y el silencio me inundaran, sabía que en ese momento necesitaba sentir en plenitud mi dolor y mi  sufrimiento para renacer con fuerza cuando despertara de mi letargo. Me quedé sólo a la espera de mis cosas, mientras, hablé con mi empresa alegando la verdad, fueron humanos, entendieron mi pesar y al fin me concedieron el traslado casi a la velocidad del vértigo, y cuando pude volví a la ciudad donde ahora me encontraba, necesitaba alejarme de ella, no podía respirar el aire que la envolvía, estar tan cerca hacía de mí casi un pelele y no sé si hubiera sido capaz de negarle una mirada.

Y así me vi viviendo en una ciudad extraña, sin conocidos y sin tener que llamar a la puerta de nadie, sin tener que pensar en nadie y sin embargo no dejaba de hacerlo. Ella había sido siempre mi vida, todo giraba alrededor de ella, era un imán que me atraía de forma casi irracional. Pero las horas se me hacían eternas, su imagen estaba permanentemente en mi cabeza y las palabras no dejaban de martillearla: amar ¿para qué?

Jesús me dijo que cuando la vio ese primer día, estaba tremendamente seria y con los ojos muy perjudicados, seguramente por haber estado llorando. Me transmitió sus deseos, lógicamente, deseos  que no podía cumplir. Nunca le respondí, nunca hubo quince minutos para ella.

Cuando volvió a ir con los papeles del divorcio, pasados ya algunos días, me dijo que la vio totalmente demacrada, que su belleza había desaparecido de forma brutal, que era increíble como en tan poco tiempo había llegado a dar un cambio tan radical en su cara, en su pelo, en su vestir. Me dijo que no quiso leer los papeles, que lo yo hubiera decidido lo aceptaba sin objeción alguna, que volvieron a aparecer sus lágrimas, que miraba a Jesús suplicándole por verme un instante, que le facilitó la entrada al dormitorio, que con voz tremendamente apagada le pidió que por favor le dejara algo mío, que necesitaba sentirme de alguna manera, entre otras cosas se quedó con mi pijama que llevó a su cara para aspirar con fuerza mi ya lejano aroma. Jesús no le puso objeción alguna. Cuando él me lo contó lloré, lloré con fuerza, con amargura, con desconsuelo…, no lo pude evitar, éramos casi niños cuando nos conocimos y crecimos juntos en todos los sentidos, creí que la conocía como a mí mismo y sin embargo me equivoqué.

A más de quinientos kilómetros de distancia, tuve la esperanza de comenzar a olvidarla pronto, de hacer realidad una nueva vida, eso me repetía de forma constante y cansina, no dar un paso atrás ni para tomar impulso. Pero lo que se aventuraba como sencillo se me hacía eterno, yo no era así, yo cuando quiero me vuelco con toda mi alma y mi alma estaba rota y no encontraba la forma de pegar sus trocitos. Mis compañeros de trabajo se empeñaron en que fuéramos a discotecas y pub donde el ambiente de leonas es lo que predomina y aunque lo intenté con todas mis fuerzas, inicié relaciones que no llegaron a nada, sólo sexo, y además me sorprendía a mí mismo cuando en más de una ocasión ese sexo era violento.

¿Por qué lo hacía? ¿Qué pretendía? ¿Hacia dónde iba en mi deriva?

Qué fácil es plantear las cuestiones pero qué difícil es dar con respuestas convincentes. No las encontré, me desvivía por encontrarme a mí mismo, por salir de lo absurdo, de lo incierto, de lo irracional y disparatado. Quería ser feliz y no sabía cómo hacerlo.

XII.-ELLA- soledad.

Sara y Alberto se volcaron en mí, no me dejaban ni a sol ni a sombra, hasta el punto de que llegaron a agobiarme, por eso les di las gracias y les pedí que dejaran libre mi espacio, lo necesitaba como el respirar. En un primer momento rechacé el sexo con ellos, sin embargo el embrujo que ejercía Sara sobre mí era demasiado fuerte como para rechazarlo por mucho más tiempo y así fue como poco a poco volví a entrar en su cama y ellos en la mía.

Acostada, echa un ovillo, abrazando mis piernas era feliz recordando cómo hacía el amor con Carlos, cómo me pedía que le contara con pelos y señales cómo provocaba a los hombres en el trabajo, en el bar pero muy especialmente a Alberto. Y me sonreí evocando uno de esos momentos.

Estábamos una noche de copas con Sara y Alberto, lo saqué a bailar y recuerdo cómo restregaba mi cuerpo en su pecho hasta el punto de notar cómo se empalmaba. Luego se lo contaba a Carlos, mil preguntas me hacía, yo le ponía algo más de pimienta hasta que conseguía que el viviera en su mente todas las imágenes que recreaba nuestra conversación.  Y aunque era feliz recordando, al final lo que conseguía era entrar en un profundo letargo de nostalgia, añoranza y pena.

El sexo como dije volvió a centrar mi vida en aquella cama o en la  que estuviera y por primera vez experimenté de manos de Sara lo que fue el sado suave, el dolor que llevaba al placer, pero un placer que no podía compartir aunque fuera de forma callada con nadie, no estaba Carlos para compartirlo con él aunque fuera en forma de historia inventada. Fui tremendamente feliz a su lado y ahora no encontraba la felicidad con nadie. Por eso un día de forma sorpresiva les dije que ya nunca más volvería a entrar en su cama ni ellos en la mía. Sara y especialmente Alberto intentaron convencerme, sin conseguirlo. Es más lo que provocaron fue irritarme cuando Alberto intentó humillar  la figura de Carlos.

Ya habían pasado tres años desde la ruptura, tres años en los que de forma extraña no buscó un nuevo amor pero echaba en falta un compañero con el que poder hablar, con el que poder romper la soledad, con el que compartir miedos y dudas, tristezas y alegrías, problemas y temores, la ilusión, la esperanza, el deseo… La sonrisa rara vez volvió a esa preciosa cara, los moscones se los tenía que quitar casi a pedradas, su vida era el trabajo y su casa. Comenzó a participar en una ONG que trabajaba con niños, sus horas pasaban lentas, el apetito apenas si lo recuperó lo que la llevó a una delgadez extrema. Así que fueron tantas las voces que se preocuparon por ella que le aconsejaron, casi le suplicaron que cambiara de mentalidad, que comenzara si acaso por un nuevo look y que se fuera de viaje, que conociera nuevos sitios y a nueva gente y que por favor se diera alguna alegría, lo que otros llamaban, un homenaje.

  

Su cambio fue aún más radical, decidió dejar su trabajo y comenzar nuevas andaduras cambiando hasta de ciudad. Se apoyó en la ONG para encontrar nuevos caminos en una ciudad lejos de todas partes. Allí no conocía a nadie, allí intentaría borrar su pasado, comenzar desde cero o al menos intentarlo en tantos otros órdenes de su vida.

XIII.- ELLA- casualidad.

Era muy joven aunque se sintiera cansada, se volcó en los niños a los que dedicó todas las horas del día, hasta en su casa, hasta en su cama seguía pensando en ellos, seguía sufriendo y disfrutando con ellos. Aquellos niños que transmitían tanto amor, aquellos niños que con muy poquito eran tremendamente felices, y ella se lo daba.

Llevaba tres meses en aquella nueva ciudad y sin embargo apenas si había salido, apenas si conocía gente y menos aún su entorno y eso que sus compañeros se volcaron con ella y por ella. Una noche decidió ir al teatro, desde hacía algún tiempo comenzó a mostrar cierto interés por los temas culturales, acudía a visitas guiadas para conocer la historia de los lugares, visitaba museos, asistía a exposiciones…

Su look había cambiado de forma drástica, radical se podría decir pues ella que era rubia se tiñó totalmente morena, ella que siempre llevaba lentillas no dejó de llevarlas pero las sustituyó por gafas en la mayoría de los casos; de ropa juvenil, alegre y hasta algo atrevida pasó a llevar ropas como mucho por la rodilla, entre otras cosas para ocultar su extrema delgadez; ella que era amante de adornos y abalorios, dejó de forma radical de hacerlo, y lo peor de todo, ella que era una auténtica crítica con el tabaco, llevaba algo más de dos años fumando de forma compulsiva, hasta la voz le había cambiado, de dulce y aterciopelada pasó  a ser áspera y en cierta medida agria. Esa noche iba vestida como en ella era ya habitual, de forma muy discreta y mesurada.

¿Las casualidades existen? Define el diccionario como casualidad la combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables.

“Así la casualidad sería el momento en el que suceden las cosas de una manera imprevista, por lo general con la combinación de circunstancias en que la sucesión de hechos es inexplicablemente coincidente, extraña e inesperada.”

Aquella noche había acudido sola al teatro y algo impropio de ella, llegó tarde, acababan de anunciar que iba a comenzar la función y que se apagarían las luces por lo que en la penumbra buscó su butaca. Sintiéndose tremendamente incómoda por el hecho de molestar y de ser observada, intentó pasar desapercibida salvo para quien estaba a su lado.

XIV.- ÉL- teatro.

Poco a poco el tiempo iba poniendo las cosas en su lugar, se iba difuminando la imagen de ella. Al final se iba convirtiendo en un poso, en el fondo de su alma aún permanecía su persona aunque apenas si conseguía recordar su voz, ni los pequeños detalles de su rostro. Él rehízo su vida de la mejor forma que pudo y supo, sus relaciones personales no llegan a fructificar y por ello se volcó, quizá en exceso, en el trabajo. De ella le queda un profundo amor y un odio visceral,  era algo que no podía evitar. En ningún momento sucumbió a la tentación de darle la oportunidad a ella de esos quince minutos, cambió de número de teléfono y apenas si tuvo contacto con los amigos comunes, de los que poco a poco se fue distanciando hasta  casi olvidarlos. En una ciudad tan distante es fácil llevar a cabo algunas cosas, en otras supongo que te gustaría coger el mapa y doblarlo para estar cerquita.

Últimamente lo que hacía de forma voluntaria es hacer todos los viajes posibles de la empresa, era uno de los pocos que no tenía cargas familiares ni problemas para ausentarse largas temporadas, motivo por el que todos sus compañeros agradecían enormemente su predisposición, y de esa forma lo mismo estaba una semana en Las Palmas que en Bilbao, en Ibiza o en A Coruña o en Almería, al único sitio al que se negaba a volver era a su antigua ciudad, lo peor de esa vida itinerante o errante, era la soledad. Las interminables horas en hoteles, inacabables los momentos en la habitación, eternos paseos por los alrededores, innumerables las copas en pub o bares para buscar el cansancio… La soledad se había instaurado en su alma, aunque estuviera en medio de la algarabía, él seguía absorto y embelesado por los recuerdos, por los malos y los buenos recuerdos de un pasado tan reciente y tan lejano.

Últimamente buscaba a prostitutas, y de las prostitutas, en su aparente alegría, buscaba  lo que a él le faltaba,  vida. Era consciente de la falsedad del momento, de las palabras, de las caricias, de las sonrisas, de la atención, de los halagos y de los besos,  pero él necesitaba aunque fuera pagando, que fuera especial para alguien, aunque sólo fuera por breves momentos. Pagaba y recibía, recibía e intentaba dar, al final, en muchas ocasiones, se desahogaba más hablando que follando.

Mirando a través de la ventana se dio cuenta que cuando volvía a una ciudad buscaba a las mismas putas que ya conocía, era más fácil romper el hielo del momento, al final, quizás, lo que buscaba era una amiga más que una mujer en la cama.

El 20 de junio de 2019 se encontraba en Granada, quizá no fuera la mejor semana para visitar la ciudad con intención de trabajo puesto que eran las fiestas de la capital pero en este caso lo buscó de forma intencionada, siempre era agradable ir a Granada, ciudad que le enamoraba, y si estaba en fiestas quizá fuera más fácil pasar desapercibido entre la gente, quería evadirse y escapar entre la multitud, perderse en su soledad sin llegar a estar nunca solo, quizá todo eran facilidades por el momento que se vivía, fiestas y algarabía. Recorrió sus calles, sus plazas, paseó alrededor de la Alhambra, se encontró con dificultad para tomar una copa por el gentío tan enorme que había por todos lados, pero lo bueno, no se sentía extraño, forastero, no experimentó el sentido de ajeno. Estuvo en los toros, el ferial, los tablaos…, estaba  francamente  agotado, menos mal que sacó por internet entrada para el teatro. Inicialmente compró dos pues tenía previsto invitar,  ir con Luisa, una prostituta preciosa con la que de tantos días juntos ya se había establecido una amistad intensa, ya no era la relación con un cliente, pero él no tuvo en cuenta que en esos días ella tenía una actividad más que intensa por lo que se vio obligado  a cancelar una de ellas. Era frecuente que paseara largos ratos en compañía de ella, que la invitara al cine, que le acompañara en actos, no había atracción fuera de llenar el espacio que estaba vacío, ella al principio lo hacía por un interés económico, al final se convirtió en una persona especial, un solitario que le permitía acercarse con su luz, pero nada más, ella hacía tiempo que se había impuesto una máxima, no sacar los sentimientos y aunque a veces era difícil parece que lo había conseguido, en el fondo era sólo trabajo.

Llegó al teatro con tiempo más que suficiente, quizá tuvo la culpa el cansancio, a veces los ojos parece que ni le quieren responder  por lo que, al relajarse, se estaba durmiendo mientras esperaba el inicio de la representación. Bajó la intensidad de las luces cuando anunciaron que dentro de cinco minutos comenzaría la función, la butaca que cancelé estaba vacía, parece que no se había ocupado, cuando en ese momento llegó una señora disculpándose por llegar cuando todos estaban acomodados, la miré y me sonreí, se disculpó por llegar tarde, yo le dije que no se preocupara que aún no había comenzado, en ese momento ella me miró sólo un instante y observé que la cara se le quedó en blanco. Yo quise observar que ocurría a mi alrededor por si había algo extraño, no vi nada que llamara la atención, supuse que habría visto a alguien que no esperaba, pero claro yo no era de esa ciudad, y aunque lo fuera tampoco podría conocer a todo el mundo, jejeje…  Su cara me resultaba tremendamente agradable a pesar de su extrema seriedad, me hizo gracia y aunque no fuera algo habitual en mí, me atreví a dirigirle unas palabras puesto que aún no había comenzado la función.

-Disculpe, ¿la he molestado en algo?

-En absoluto, no sé por qué lo dice -pero me lo dijo sin mirarme.

-De verdad que no muerdo. Parece como si hubiera visto cerca al diablo.

– Lo siento, de verdad, es que me he sentido mal, no sé qué me habrá ocurrido, pero no se preocupe. –Seguía sin mirarme, jajajaj… qué extrañas son las mujeres, de verdad, si no muerdo, jejejej…

Por fin comenzó la representación, yo la miraba de vez en cuando, no lo entendía pero la realidad era que me seguía resultando tremendamente agradable su cara, es como si en el fondo la conociera, supongo que más bien me recordaba a alguien pero no conseguía identificar el motivo. Ella por el contrario no me miró en toda la hora y media que duró la obra de teatro. Aquello ya parecía amor propio, estaba hasta algo molesto y enfadado, ¿qué demonios le había hecho yo a aquella mujer para que estuviera tan tensa? Intenté algún mínimo acercamiento en los intermedios pero no conseguía nada. Así que haciendo gala de todo mi encanto, que no es que fuera mucho, jajajaj…, volví a insistir

-¿Se encuentra mejor?

-Sí, sí, no se preocupe.

 -No sé si la espera alguien a la salida pero si no es el caso, ya hay motivo más que suficiente como para que la invite a una cerveza, no me perdonaría no haberla acompañado si no se encuentra bien.

 -Sí, sí, ya me encuentro bien.

-Para mí ya ha terminado el día, estoy de paso por Granada y no conozco a nadie, yo sí deseo tomar esa cerveza y se lo digo con todo el respeto, me encantaría invitarla a una copa.

Me miró de forma intensa, penetrante. Transmitía una profunda dulzura y al mismo tiempo miedo, era recelo y turbación. Bajó la mirada al suelo, en sus pómulos se dibujó ternura y un extraño afecto.

-De acuerdo, lo difícil será encontrar un sitio que no esté lleno pero lo buscaremos.

Entramos en un bar de la calle Ganivet, tuvimos suerte de que en ese momento quedara libre una mesa, nos sentamos, pedimos, aunque las palabras apenas si fluían de nuestras bocas. Se tomó la cerveza de un solo trago, me quedé con la boca abierta.

-Es que tenía mucha sed.

-No hay problema, pedimos otra.

-No, prefiero una copa de vino.

-Como quieras. Por cierto, me llamo Carlos.

-Encantada, Carlos.

Fui a darle dos besos, con la mala suerte de que al acercarme tiré mi copa, revuelo, limpiar la mesa y mis pantalones que parecía que me había orinado encima, agobio y risas. Con todo eso olvidé preguntarle el suyo, más si cabe porque comenzamos una amena conversación, y conforme iba pasando la noche, las copas que se sucedían, mi admiración por aquella mujer crecía y crecía hasta límites insospechados.

-La noche nos está empujando al final de nuestro encuentro, estaré durante toda la semana en Granada, me encantaría, volver a tomar alguna copa más contigo, no sé si podrás o querrás, toma una tarjeta, verás que no te he mentido, me llamo Carlos…. y trabajo para……, me he sentido tan a gusto contigo, hacía tanto tiempo que no tenía esta sensación tan agradable con nadie, ya lo necesitaba, no quiero que te molestes pero me has fascinado como persona.

Ella me miraba de forma extraña, se puso seria, muy seria, su mirada aún era más penetrante, no digo que me diera miedo pero sí que no sabía en qué podría haberla molestado, si es que en algo había errado.

-Carlos, en toda la noche no me has preguntado por mi nombre, ¿hay algún motivo para ello?

-Llevas toda la razón del mundo, hemos comenzado a hablar y hablar y no sé qué ha pasado, la verdad, no he caído, no me he dado cuenta. La verdad es que la comunicación contigo ha sido tan fácil, me lo has hecho tan agradable que no he sentido la falta, disculpa, la verdad, no he pretendido ser descortés ni mucho menos molestarte. –Era ahora cuando quería percibir que me recordaba a alguien, pero ¿a quién?

 -No me has molestado, Carlos, todo lo contrario, el problema es que igual cuando te diga mi nombre, cuando te lo diga ya no quieras volver a hablar conmigo. ¿No me has reconocido? ¿Tan distinta me ves? Sé que no estoy guapa, que he envejecido, seguro que hasta pueda darte pena, pero quiero que sepas que sigo siendo la misma,

-Soy Bea.

XV.- ELLA- Granada.

Llegué tarde al teatro no por culpa mía, tampoco de nadie, fue algo tan simplemente como que  llamó mi madre casi cuando estaba a punto de entrar y pasó lo que en ella es habitual, no dejaba de hablar, de preguntarme y de recomendarme. Cuando por fin pude cortar, entré corriendo, en ese momento las luces comenzaban a perder la intensidad propia del lugar, esa luminosidad que empuja a imaginar que se está haciendo la noche. Es un momento especial, siempre que estoy en el cine o en el teatro, cuando percibo que baja la intensidad de la luz, me transporto, cierro los ojos, sueño que vuelo hacia la eternidad, los abro, los cierro, así como si el telón estuviera en mis ojos como si yo tuviera el don de manejar mi imaginaria obra de teatro. Mil perdones pedí porque para colmo mi sitio estaba en el centro de la fila y al levantar la mirada, lo vi.

El corazón quería salir por mi boca, las pulsaciones se me aceleraron de tal manera que presentía que todo el mundo las podía escuchar, la boca se quedó seca de forma instantánea, mis mejillas pasaron del blanco al rojo de forma inmediata…  Él me miraba, yo intentaba evitar sus ojos, estaba guapo, muy guapo, ¡por Diossssss, por qué me has puesto esta prueba! Me sonrió, yo no sabía qué hacer si volverme e irme, si seguir hacia adelante;  ni qué decir, pero él no dejaba de observarme. Me recibió con un hola, ningún atisbo de rencor ni resentimiento, intenté decir dos palabras, sencillamente porque no era capaz de sacar nada más de mi garganta, y a las dos palabras me di cuenta de que no me había reconocido, al menos esa era la impresión que me daba. Quizá eso aumentó mi rubor y mi desconcierto y por ello procuré mantenerme al margen, sólo al final, cuando se empeñó en que tomáramos algo no tuve más remedio que aceptar, o igual es que me apetecía.

Al principio los cigarrillos caían uno tras otro, me bebí la cerveza como si fuera agua, como si estuviera sedienta, poco a poco comencé a tranquilizarme y eso me llevó, junto con el alcohol,  a un estado de ensueño, estaba con la persona que más había querido, con la única persona por la que hubiera sido capaz de dar mi vida, siendo consciente de que igual él, si supiera quién soy dejaría de hablarme. Yo no quería que ese momento se acabara nunca, deseaba prolongar en el tiempo el sonido de su voz, su aliento, su olor corporal, su dulce mirada… Cuando llegó el momento de la despedida, mi alma volvió a su lugar de partida, el suelo, en los últimos tres años, era la primera vez que salía del sótano de los sentimientos, otra vez volvió la luz a mi cara, la paz interior, los sueños y los deseos. Estaba con el hombre al que amaba.

Cuando le dije mi nombre, quedó en estado de shock, uno frente al otro, interminable momento en el que él miraba a mis ojos y yo miraba a los suyos e incluso quise entrar dentro. Infinito tormento el del silencio, ver que la vida me había dado la oportunidad de estar junto a él nuevamente y ser consciente de que aquello se acababa para seguramente no volver nunca más. Cuando por fin fue consciente de que con la persona que según él había estado tan a gusto era yo y que debería de tomar una decisión, sonó su móvil. Seguramente a todos nos salvó

-Anda, cógelo.- Y lo hizo de forma casi automática, como un robot, la mirada perdida, ni tan siquiera miró quién le llamaba. La voz apagada, rasposa, como si algo le impidiera sacar las palabras.

-Sí, dígame

-Perdona, no Luisa, no te había conocido.

-No puedo ahora, luego te llamo.

-No te preocupes, si has quedado con alguna amiga, por mí no lo hagas. Ve, con ella, son fiestas, yo me voy dando un paseo a mi casa, necesito ese paseo, alejarme de la realidad, soñar despierta, imaginar e intentar cerrar puertas.

-No, Bea, ese paseo lo necesitamos los dos, nos lo debemos los dos, déjame que te acompañe, por favor.

Fuimos un buen trecho, callados, el uno junto al otro, y qué curioso, para nada se hizo incómodo. Las palabras aparecían en el sendero de la noche, casi sin luz, las estrellas casi ocultas en el firmamento. Sólo fui consciente de que estábamos junto al río, el fresquito de la madrugada, la luna que apenas si ya se dejaba ver, muchos chicos jóvenes con algarabía, bullicio propio del alcohol y de los pocos años, quizá sólo sea falsa felicidad, felicidad encubierta, felicidad velada. Yo, en ese momento era feliz. Por nada en el mundo  hubiera podido imaginar que volvería a pasear a su lado, pero lo estaba. Nuestros cuerpos se rozaban de forma tan efímera, breve y fugaz y sin embargo eran generadores de dicha y felicidad, la que tanto había echado en falta, la que tanto me dio en su momento y ahora no encontraba en ningún lugar.

-No tuve la oportunidad de pedirte perdón, no fui consciente del daño que te podía hacer y del que al final te hice. No tengo justificación alguna, pero por nada del mundo quería perderte porque quiero que te quede muy, muy claro que  eras lo único y el único a quien quería. Supongo que me has odiado hasta límites inconcebibles, perdóname, de verdad, necesito tu perdón. No sé cómo entré en ese mundo vacío ni tampoco supe salir, lo que es peor es que ni tan siquiera sabía si quería hacerlo. Lo único, lo único cierto es que te quería con locura. Cuando miraba a aquel hombre ajeno, Alberto, que con sus dedos y sus labios me transportaba a quien realmente quería ver era a ti, cuánto hubiera dado porque estuvieras conmigo, siempre a mi lado, y yo al tuyo, siempre contigo, que fuéramos uno, no quería nada más, no necesitaba a nada ni a nadie más. Yo a tu lado, tú junto al mío y si ese no era nuestro camino, desandarlo, volvernos al inicio de partida pero siempre juntos, juntos y de la mano.

-Te pedí lo imposible, soñé siempre contigo, te quise hasta lo indecible. Lo hice mal, muy mal pero te puedo asegurar que me faltabas tú para ser feliz. Cuando te fuiste, cuando me rechazaste, lo entendí perfectamente pero te puedo asegurar que nunca fue mi intención herir tu orgullo, matar tu amor por mí. Te quise con locura.

-Bea, en aquel momento no pude darte esos  quince minutos que me pedías. No encontraba la fuerza ni la justificación para hacerlo. Ha pasado el tiempo pero aún no lo he superado, el odio tan visceral que de forma incomprensible llegué a sentir por ti me impedía cualquier acercamiento.

He de reconocer que te quise de forma casi enfermiza, la traición con la que yo vi tus actos ha creado en mí un poso de recelo hacia ti, y lo que es peor, hacia todos. No quiero perderte, me gustaría poder ser tu amigo, no sé si tú serás capaz de aceptarme como el hombre en el que hoy me he convertido con el paso del tiempo y con el odio acumulado. Vivimos a muchos kilómetros de distancia, tú harás tu vida en esta preciosa ciudad yo la estoy malhaciendo en otra, no sé qué queda en ti, de la Bea que conocí antes de esa noche ni tampoco de la otra, lo que si tengo muy seguro en estos momentos, con toda mi alma, con todo mi corazón

– ¿Quieres ser mi amiga?

-Carlos…

No pude seguir hablando, mi garganta se cerró, mis ojos se inundaron, la luna no iluminaba, las farolas se apagaron, el silencio sólo roto por el continuo paso del agua en una ciudad que la adora.

-No sé si volveremos a juntar nuestros cuerpos, nuestros labios, entrelazar nuestras manos, vivir juntos, soñar con un futuro, romper con los secretos, tener confianza en nosotros cuando no estemos en el mismo lugar… Hoy soy tremendamente feliz, con ser tu amiga y que tú seas lo mismo para mí.

Y nos fundimos en un fuerte e intenso abrazo, que como la buena comida, en este caso era regado por el llanto.

Por el agua de Granada, sólo reman los suspiros.

Federico García Lorca

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