MOISÉS ESTÉVEZ

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, a las ocho
de la tarde, abejas obreras bajo el yugo de su reina, salíamos de aquella
oscura fábrica.
Individuos de semblante serio y miradas perdidas, automatizados por el
trabajo, mileuristas, como no podía ser de otra forma, y gracias, ya que en
pocos meses seguro que seríamos sustituidos por máquinas, también
automatizadas pero inteligentes, algunas más que algunos de los que
dirigíamos nuestros pasos a la parada de metro más cercana, con la cabeza
gacha, buscando en nuestro realquilado ‘hogar’ un momento de desconexión,
que ironía, desconexión…

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