QUISPIAM

Capítulo 13: Una nueva vida.

Cuando salí del que había sido mi hogar durante los últimos años tan solo con lo puesto, al contrario de lo que pudiera parecer, me sentía lleno de vida y con ganas de afrontar los retos que se me planteaban por delante.

Buscar trabajo, quizás mudarme a otra ciudad, conocer gente nueva que nada tuviera que ver con aquel ambiente tóxico del que me había rodeado… sabía que iba a ser difícil, era consciente de ello y, antes de todo, tenía que acabar con mi recuperación y recibir el alta médica definitiva pero, tal como iban las cosas, tenía claro que iba a ser más pronto que tarde…

Pero lo primero, era ir a un hospital a que me examinaran las heridas por los golpes recibidos. El dolor era atroz y temía tener alguna costilla rota. Por suerte, no fue así. Solo contusiones por los golpes sufridos, nada que unos calmantes y un buen descanso no remediaran.

Y para ello, era necesario encontrar un sitio donde vivir. Aunque Sonia cumpliera lo que le había ordenado y abandonara el piso esa misma tarde, por nada del mundo pensaba volver a vivir allí. Aquellas paredes eran un recuerdo constante de todo el daño que Sonia me había infringido y no estaba dispuesto a revivir aquello cada vez que cruzase la puerta de mi casa.

No había llegado a la esquina cuando entró la primera llamada de Sonia. Lógicamente, no respondí. Y luego una y otra y otra… apagué el teléfono y me deshice de él en la primera papelera que encontré. Cambio de planes, lo primero era hacerme con un teléfono nuevo. Entré en la primera tienda de móviles que encontré y al poco salía con uno nuevo donde nadie iba a molestarme. Vida nueva, contactos nuevos.

Sentado en un banco del parque, me bastó una rápida búsqueda por internet para encontrar unos apartamentos donde instalarme, aunque fuera de forma provisional, hasta encontrar algo más duradero. Animado como hacía tiempo que no estaba, me dirigí allí en taxi. Unas pocas gestiones y ya me hice con un pequeño apartamento donde me instalaría para convertirlo en mi hogar. No era gran cosa: un pequeño salón con la cocina integrada y un pasillo que llevaba al baño y al único dormitorio que tenía, más que suficiente para mí.

Aquella misma tarde, salí a explorar un poco los alrededores para reconocer la zona donde iba a vivir las próximas semanas, conocer los servicios que iba a necesitar para cubrir mis necesidades básicas.

Restaurantes, bares, supermercados, farmacias e incluso un pequeño centro comercial había cerca… satisfecho, y después de haber aprovechado para hacer algunas compras ya que había salido de casa sin nada, decidí regresar a mi apartamento cuando algo llamó mi atención. Era una simple señal de tráfico, una señal que anunciaba que, siguiendo aquella carretera junto a la que me encontraba, se llegaba a un mirador, un mirador que recordaba perfectamente porque, cerca de él era donde había decidido lanzarme al vacío con el coche, donde decidí quitarme la vida.

Aquello no podía ser una coincidencia. No conocía de nada aquella zona pero, aun así, había alquilado un apartamento junto a la carretera que había recorrido aquella noche en que descubrí la infidelidad y la traición de Sonia.

Empezaba a anochecer y no tenía forma de ir hasta allí pero supe que debía ir hasta a aquel lugar donde se me había dado una segunda oportunidad, una posibilidad de comenzar de nuevo. Así que lo primero que iba a hacer al día siguiente, era alquilar un coche para poder desplazarme sin depender de nadie y subir hasta el lugar donde había vuelto a nacer. Resuelto, volví al apartamento donde piqué algo de lo que había comprado. El cansancio por el largo día vivido, intenso a más no poder, el dolor de la paliza recibida y los efectos sedantes del calmante que me tomé hicieron el resto y caí profundamente dormido. Mañana empezaba una nueva etapa en mi vida.

Al día siguiente hice lo que había planeado y alquilé un coche. Conduje hasta el mirador, al lugar donde había ocurrido el accidente, al lugar donde había decidido acabar con todo y donde el destino había decidido darme una nueva oportunidad. Allí de pie, junto a la pendiente donde me había arrojado de forma voluntaria queriendo acabar con el dolor provocado por la persona a la que amaba, fui consciente de la suerte que tenía de seguir vivo y que, por nada del mundo, pensaba volver a cometer una locura como aquella de nuevo.

No, por mucho dolor y mucho daño que me hicieran pasar, siempre me levantaría y buscaría fuerzas para seguir adelante. Jamás volvería a caer en la tentación del camino fácil y afrontaría los retos hasta conseguir mis objetivos y ser feliz con mi vida. Renovado, abandoné definitivamente al antiguo David en aquel mirador y volví sonriente y satisfecho a mi apartamento.

Los siguientes días transcurrieron en una cómoda rutina. Acudía al hospital a seguir mi recuperación, buscaba trabajo, salía a caminar para reforzar mi condición física y acelerar mi recuperación. Eso no quiere decir que fuera todo fácil, todo lo contrario. A veces, en la soledad del pequeño apartamento, recordaba la traición de Sonia y todo por lo que había tenido que pasar y me derrumbaba, cayendo mi ánimo bajo mínimos y hundiéndome en la autocompasión. Pero si de algo había servido todo aquello, era que el nuevo David era más fuerte que antes, más seguro de sí mismo y aquellos bajones solo servían para reforzarme, recordarme que debía seguir luchando.

¿Y Sandra? Seguro que os preguntareis… si buena parte de lo soñado, por no decir casi todo, había resultado ser real… ¿qué pasaba con Sandra? La respuesta era sencilla. Ni tuve valor ni fuerzas para buscarla. Me daba un miedo atroz confirmar que solo había existido en mi mente, que nada de aquello había sucedido. No estaba preparado para recibir otro golpe de ese calibre,  no podría soportar otra brutal decepción en tan poco tiempo y por eso opté por la solución más fácil para mí en ese momento, aparcar su búsqueda, dejar pasar el tiempo para recuperarme del todo…

Tardé una semana en volver a mi piso donde comprobé que, efectivamente, Sonia había abandonado el lugar aunque era evidente que algo había sucedido después de mi marcha.

Había objetos por el suelo, manchas de sangre por doquier y estaba todo desordenado como si allí se hubiera producido una pelea o algo similar. Me daba igual, lo importante era que se hubiera ido. Recogí mis cosas, al menos las que pensaba conservar, y las cargué en el coche. Del resto pensaba deshacerme y poner en venda el piso.

Me costó unos días vaciar el piso y adecentarlo pero, al fin, conseguí dejarlo listo para deshacerme de él. Aquel mismo día lo puse en venda por una agencia y ya no volví a poner un pie en aquel lugar. No me dio pena, la verdad. Sentía que todo lo vivido allí había sido una mentira, una farsa. Así que casi fue un alivio poder desprenderme de aquel piso, casi como cortar el único hilo que me unía a mi anterior vida y a Sonia.

Las cosas iban viento en popa. Había recibido el alta, la semana siguiente empezaba en mi nuevo trabajo, el piso pronto se vendería y recibiría un buen dinero y se podía decir que era feliz con mi nueva vida.

Contento por cómo me iban las cosas, decidí entrar en el pub que había justo enfrente de mi apartamento, dispuesto a brindar por mi nueva vida. Pedí una cerveza y fui a sentarme en una de las mesas que estaban libres a esa hora casi de la noche.

Mientras lo hacía, inmerso en mis propios planes, noté que alguien me miraba. Cuando busqué el origen de aquella sensación, descubrí a una chica sentada en otra mesa que me miraba con atención. La observé con detenimiento, rebuscando en mi mente por si la conocía de algo.

Era una chica menuda, apenas 1,60, con pelo corto y oscuro, delgada, con formas poco generosas: poco pecho, poca cintura y poco culo. Pero aun así, se la podía considerar atractiva. No, definitivamente no la conocía de nada.

Ella, viendo que la miraba, no dudó en levantarse y venir a mi encuentro, sonriendo abiertamente, provocando que mi sistema nervioso se alterara al desconocer las intenciones de aquella chica. Mis últimas experiencias con el género femenino no habían sido muy positivas que digamos así que enseguida me puse en alerta.

-Hola, ¿te importa si me siento contigo? –Me preguntó- es que eso de beber sola…

-No, claro –le dije indicándole con la mano la silla vacía que había enfrente, más por cortesía que porque me apeteciera que lo hiciera- toda tuya…

-Gracias –dijo tomando asiento- por cierto, me llamo Celia…

-David –dije yo alargando mi mano que ella rechazó, acercándose para darme dos besos.

-Perdona la confianza –dijo ella viendo mi cara de sorpresa- pero he pensado que como íbamos a ser vecinos, mejor presentarnos como dios manda ¿no crees?

-¿Vecinos? –Pregunté no entendiendo nada- ¿vives en los apartamentos de ahí enfrente?

-Exacto –dijo ella sonriendo ampliamente- te he visto estos días entrar y salir y he supuesto que eras de los fijos, no de los que van y vienen…y que quieres que te diga, siempre es de agradecer tener cerca a un vecino soltero y guapo…

Me ruboricé con sus palabras y me puse aún más nervioso si cabe. ¿Eran imaginaciones mías o acababa de flirtear conmigo aquella chica?

-¿Acaso he fallado en algo? –me preguntó ante mi silencio.

-Bueno –dije dudando si ser franco con aquella desconocida pero, al final, opté por serlo- has acertado en casi todo…

-Joder… -dijo ella desanimada- si es que lo sabía… era imposible que estuvieras soltero… si es que tengo un ojo…

-Jajaja –le contesté riendo con ganas- no, no… he venido a quedarme una temporada porque acabo de romper con mi novia… en lo que has fallado es en lo de ser guapo…

-Jajaja –se unió ella a las risas- pues menudo peso me has quitado de encima… estos apartamentos suelen llenarse de gente de paso, viajantes y gente que viene a la ciudad a ferias y congresos, ya sabes… tíos en su mayor parte que aprovechan el estar lejos y solos para poner los cuernos a sus mujeres y novias… no veas la de veces que me he dejado engatusar y he acabado en la cama con uno de esos… si es que soy de un ingenuo…

-Pues por mi parte puedes estar tranquila porque aquí el único que lleva cuernos soy yo –le dije confesando el motivo de mi ruptura.

-Vaya, lo siento –dijo poniéndose seria de golpe- aunque, en el fondo me alegro… muy estúpida tiene que ser tu novia para ponerle los cuernos a un tío como tú, guapo y con pinta de buena gente… y si no lo hubiera hecho, no estarías aquí sentado conmigo…

Lo dijo mientras ponía su mano sobre la mía, no sabiendo si pretendía darme consuelo por el mal momento que se suponía debía estar pasando o bien, mostrando el interés que creía que sentía por mí. En todo caso, yo no hice ademán de apartar la mía.

-¿Y tú qué clase de vecina eres? –Le pregunté- ¿de las que están de paso o de las que viven aquí?

-Más bien lo segundo –me confirmó- trabajo de enfermera en un hospital de aquí. Nos trasladaron hace unos meses y, como no nos salía a cuenta alquilar un piso mientras esperábamos una plaza fija en nuestra ciudad, pues optamos por estos apartamentos como medida provisional que ya dura medio año…

-Vaya… ¿nos? –Le dije yo- parece que la que está pillada eres tú…

-Jajaja –rió de nuevo Celia- te equivocas, estoy libre… muy libre… -dijo ella mientras su mano recorría la mía en una caricia que delataba que sí, que estaba interesada en algo más que entablar una buena relación vecinal- ese nos se refiere a mi compañera de apartamento, amiga y compañera de trabajo…

-Ah vale –le contesté- al menos así tienes compañía mientras estés lejos de casa…

-Sí, está bien –replicó ella- aunque por la compañía, si no la tengo, me la busco…

Si aquello no era una insinuación en toda regla… la caricia de su mano que ya llegaba casi a mi antebrazo, su mirada de deseo, su torso algo inclinado intentando darme una mejor visión del canalillo que formaba su pequeño pecho… así lo entendí yo y, evidentemente, mi compañero de abajo que empezó a mostrar síntomas de alegría.

Había roto con Sonia así que era un hombre libre, sin ataduras y, contando con todo el tiempo que había estado ingresado y en coma, debía llevar meses sin sexo. Lo único que se le aproximaba era la intentona que había hecho con Sonia aquella tarde y que no había acabado muy bien y claro, lo ocurrido con sus amigas pero eso no contaba ya que yo no había tenido ni voz ni voto en lo ocurrido. Ahora se me presentaba una oportunidad para probar si podía mantener una relación normal con otra mujer, si lo que me había ocurrido con Sonia, aquel gatillazo, había sido algo fortuito o tenía un serio problema ahí abajo.

-¿Y ya has encontrado a alguien para que te haga compañía? –seguí su juego.

-Puede ser… -dijo con voz melosa- he conocido a un chico guapo y que, por suerte, está soltero…

-Menuda suerte… -seguí jugando- ¿y él que opina? ¿Crees que estará interesado en hacerte un poco de compañía?

-Mmmm… déjame un momento para que lo averigüe… -dijo mientras casi al instante notaba su pie subir por mi muslo y tocar el incipiente bulto que había crecido durante aquella excitante situación- sí… creo que sí… algo me dice que sí está interesado… algo duro y grande…

Su pie pequeño apretó mi empalmada y, si aún tenía alguna duda, acabé por decidirme.

-¿En tú apartamento o el mío? –solo le pregunté mientras me levantaba de la mesa.

-El mío –decidió ella levantándose a su vez, comprobando cómo sus pezones se marcaban con fuerza en la camiseta.

Pagué las consumiciones y salimos de aquel pub con prisas, cogidos de la mano, deseosos de llegar a su apartamento para culminar lo que acabábamos de empezar de aquella forma tan peculiar, tan especial pero al mismo tiempo tan excitante.

Ella delante guiándome y yo detrás dejándome llevar, subimos hasta el mismo piso en que residía yo, avanzando por el pasillo hasta llegar al apartamento que había justo al lado del mío. Ella metió la llave y abrió la puerta, franqueándome el paso e invitándome a entrar.

Lo hice sin dudar, sin tener tiempo ni para echar un rápido vistazo a su interior ya que enseguida escuché cerrar la puerta tras de mí y unas manos agarrarme para atraerme hasta su dueña que, ni corta ni perezosa, estampó sus labios sobre los míos, besándome con pasión desbordada.

Yo correspondí aquel beso intenso mientras la empujaba hasta apoyarla contra la puerta que acababa de cerrar, convirtiéndome en un pulpo que recorría cada milímetro de su cuerpo. Acaricié su cara de rostro bello, su fino cuello, sus pequeños pero firmes pechos coronados por aquellas dos duricias que levantaban su camiseta, su vientre plano, su espalda, su culo duro y respingón…

Y ella tampoco se quedaba atrás en su exploración pero enseguida me quedó claro que lo que realmente le interesaba estaba pegado a su bajo vientre. Su mano enseguida alcanzó mi erección y se dedicó a masajear mi polla por encima del pantalón, volviéndome loco de excitación. De momento, la cosa funcionaba…

-¿Y tú compañera? –me acordé en aquel instante que no vivía sola.

-No está… ha vuelto unos días a su casa, con su marido… -susurró- tenemos el apartamento para nosotros solos…

No necesité más y ella tampoco. Mientras me afanaba en deshacerme del pantalón y del bóxer, ella entendió mis intenciones y coló su mano bajo su falda, quitándose el tanga que llevaba y apoyándose contra la puerta, esperando que la penetrara.

Desnudo de cintura para abajo, me pegué a ella y alcé su pierna que enroscó en mi cadera, mientras me miraba con una cara de deseo que me encendía y me ponía a mil. Mi mano se coló bajo su falda y acarició su sexo, buscando comprobar cómo de preparada estaba, encontrando que aquello estaba húmedo y caliente, listo para recibir a mi ariete.

Ayudado por mi mano, rocé sus labios, empapando mi miembro con los abundantes fluidos que se escapaban de su interior, sintiendo como gemía con cada roce que le daba, notando como su pelvis se movía buscando que aquello que notaba la penetrara de una vez.

No la hice esperar ni me hice de rogar más. Mi glande junto a su orificio y fue ella misma que, con su movimiento de caderas, hizo que entrara parte de mi miembro en su interior. Y mientras ella gemía al sentir como mi polla empezaba a rellenarla yo, de un solo empujón y sin darle tregua, acabé de clavársela por completo.

Un hondo gemido se escapó de su garganta mientras entrecerraba sus ojos del placer que empezaba a sentir. Y solo era el principio. Desde el inicio empecé a follarla a un ritmo elevado, empujando dentro de ella como si me fuera la vida en ello, besándonos mientras lo hacía y con mis manos aferradas a su culo que amasaba a mi antojo.

Sus gemidos quedaban ahogados por nuestras bocas unidas, sus manos acariciaban mi culo desnudo y apretaban su carne buscando que empujara más y más, que no dejara de follarla.  No pensaba hacerlo. El interior de su coño era estrecho y apretaba mi miembro de tal forma que me proporcionaba un placer casi desconocido. Si eso lo sumamos a los meses de abstinencia y al hecho que, de momento, todo iba viento en popa con mi erección… no, no pensaba parar ni aunque me suplicara que lo hiciera…

Con golpes secos, duros y profundos enterraba mi verga una y otra vez en su interior. Sus pequeños pechos se movían con cada arremetida mía. Su otra pierna se alzaba y se enroscaba en mi cadera al igual que la otra, quedando apoyada contra la puerta, completamente a mi merced y con mis manos sujetando su cuerpo, agarradas a la piel de su trasero que no me cansaba de acariciar.

-Me corro… me corro… – gritó abandonando brevemente mis labios que volví a atacar, buscando probar de nuevo aquella boca e intentando acallar su griterío.

Se corrió al instante, notando como su cuerpo vibraba y la humedad aumentaba en su sexo, apretando aún más mi miembro que, milagrosamente, evitó estallar en su interior.

Aprovechando su estado de relajación y laxitud fruto del orgasmo y sin sacar mi miembro de su interior, la llevé abrazada hasta el sofá que había en medio de aquella sala, tumbándola en él y aprovechando para sacarle su camiseta y su sujetador, descubriendo por primera vez aquellas tetas pequeñas y aquellos dos botones duros y erguidos en que se habían convertido sus pezones.

Mi boca se apoderó de ellos mientras mi pelvis volvía a la carga, penetrándola de nuevo con fiereza y reanudando otra vez aquel baile de cuerpos moviéndose, de gritos y gemidos resonando por la habitación, de respiraciones entrecortadas buscando un hálito de aire para continuar con nuestra particular batalla.

La segunda vez que se corrió bajo mis fuertes embestidas, con un grito que no pude ni quise reprimir, con su cuerpo agitándose bajo el mío, con su coño tratando de exprimir la polla que la llenaba, no me resistí más y me dejé llevar, explotando en su interior y llenándola con mi leche, alargando su agonía con cada trallazo de mi semen golpeando en su vagina.

No pude más y me dejé caer sobre ella, cuerpo contra cuerpo, fundidos por un  prolongado deseo, respirando ambos agitadamente mientras disfrutábamos de aquel momento tan íntimo después de lo que acabábamos de vivir.

Fui el primero en romper aquel momento que se había creado entre los dos, sentándome a su lado y no sabiendo muy bien qué hacer a continuación. Era la primera vez en muchos años que tenía sexo sin compromiso y no sabía cómo comportarme. Si levantarme e irme, besarla e intentar otro asalto…

-Voy a limpiarme un poco –dijo levantándose y dándome un rápido pico en los labios- ahora vengo…

Se perdió en el interior del apartamento y yo no me moví de aquel sofá. Ese ahora vengo me indicó que no quería que me fuera, al menos, no todavía. Aun así, decidí ponerme de nuevo el bóxer para hacer menos incómoda la situación si ella ya no quería nada más por esa noche.

Celia no tardó en aparecer de nuevo, completamente desnuda y mirándome desde el umbral de la puerta.

-David… -me dijo sensualmente- ¿vienes o qué? –Dijo invitándome a seguirla, invitándome a seguir con lo que habíamos comenzado allí y que íbamos a acabar en su habitación… -ah… y quítate eso… no lo vas a necesitar…

Celia se dio la vuelta y desapareció camino a su dormitorio. Yo me alcé al instante, quitándome en una exhalación mi bóxer y saliendo en su búsqueda, dispuesto a seguir disfrutando de aquella chica que acababa de conocer y que suponía un nuevo paso en mi nueva vida, mi primera mujer después de Sonia…

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