SIGRID

VI.- ÉL- flores.

Nuestra relación se iba consolidando a pasos agigantados, mi amor por ella no tenía límites, seguro que habrá alguien que se ría de mis ocurrencias pero os puedo asegurar que si en algún momento fuera posible, preferiría tener yo el dolor de la regla antes de que lo tuviera ella, jejej… Hasta los wasa que escribí se convertían en pura poesía, era el hombre más feliz del mundo y sin embargo esa felicidad no podía meterla en una botella mágica              para ir bebiendo de ella cuando necesitara su apoyo y su presencia, cuando por la distancia no la tenía. Eso era algo que llevaba mal, la ausencia.

En fin, el trabajo es lo que es. Yo tenía que pasar muchos días, a veces hasta semanas fuera de mi casa, aunque allí tumbado en la cama de cualquier hotel, no me cansaba de llamarla, de escribirle, de verla en pantalla y cuando eso no era posible recurría a mi botellita de la nostalgia y me regodeaba imaginándola en cualquiera de las situaciones más sorprendentes e increíbles, más inverosímiles o increíbles.

Aquella semana era larga, demasiado larga. Era miércoles y hasta el sábado no volvería a casa, entretenía el tiempo en recordar lo vivido y en imaginar nuestro mañana; jugaba a desear estar con ella, a volar por encima de la distancia y ser capaz en décimas de segundo de estar a su lado velando el descanso y su sueño. Mañana jueves se cumplen años de cuando la conocí, aquel día en el instituto cuando quedé deslumbrado ante aquella chiquilla que llevaba una trenza que la aniñaba pero que la hacía más dulce y tierna, con los libros en sus brazos, riendo y hablando de forma confidente con su amiga del alma. Hacemos años y aunque a ella siempre se le olvida, yo siempre le doy un beso y un gracias por estar ahí, por haber aparecido en mi vida. Y sin embargo mañana tendré que felicitarla en la distancia, ¡qué le vamos a hacer!

Suena el móvil

-Carlos, soy Juan, se ha podido reorganizar el trabajo, me debes una, así que si quieres mañana puedes tomarte el día libre, con la condición de que el viernes te quiero aquí y doblando turno, así que ala.

-Vale, no sabes cómo te lo agradezco.

Por lo inesperado de la situación me quedé casi sin reaccionar, era cómico verme con la boca abierta, hasta que comenzó a dibujarse una enorme sonrisa en mi rostro, ahora sí, por fin las cosas parece que comienzan a cambiar, me voy, me voy a mi casa, al lado de Bea.

Eran las siete de la tarde, no pude, no quise esperar al día siguiente a pesar del cansancio de la larga jornada, sentía la necesidad imperiosa de irme, de estar a su lado, de dormir abrazados y cuando despertara con un beso darle las gracias por estar ahí, junto a mí, por hacerme el hombre más feliz del mundo. Así que tenía frente a mí unas cinco horas de coche, no me importaba, quería sorprenderla, que cuando abriera los ojos, fueran los míos los que viera, así que no le dije nada, sólo paré unos minutos en la floristería que había junto al hotel para comprarle un precioso ramo de rosas rojas, su flor preferida.

VII.- ELLA- fluidos.

Los encuentros con Sara y Alberto se habían intensificado. Así que aprovechando que Carlos estaría esta semana fuera, se presentaron aquella noche de miércoles al jueves en mi casa, con dos botellas de vino y unas fiambreras con comida.

-Sorpresa!!!!!!!!!!!!!!!

-¿Pero qué hacéis aquí?

-Nos apetecía estar contigo –dijo Alberto, quien acercándose a mí rodeó mi cuello con su fuerte brazo, llevando mi cara a la suya y nuestros labios se pegaron.

-Pasad, pero  podíais haber avisado  que tengo el piso que da asco.

-Peor te lo dejaremos, jajajaj….

-Que no, que ya verás como cuando nos vayamos parecerá que nadie ha pasado por aquí.

-Sí, ya veo yo que venís con el trapo para limpiar el polvo

Todos nos reímos de la ocurrencia, así que improvisamos una deliciosa velada y como siempre el vino ayudó y mucho a ello. No dio tiempo a quitar la mesa, Alberto, sentado entre las dos, nos comía con ansia, con un deseo desaforado, desmedido. En un instante los tres estábamos desnudos sin saber a ciencia cierta qué manos te recorrían, que labios estaban cerca. Mis ojos, como para aprehender hasta la última señal, permanecían por más tiempo cerrados mientras mi cuerpo degustaba el placer de sentirme tan deseada.

-Vámonos a la cama que estaremos más cómodas para ser folladas, -dijo Sara. Joder cómo me estremecía aquella mujer, aquellas palabras tan desvergonzadas que salían de su boca.

-Esperad que llamo a Carlos. –pero no cogió el móvil ni llegó a devolverme la llamada en toda la noche. Bueno estaría tomando algo por ahí, quizá cenando con algún amigo, no pasa nada porque un día no hablemos, me decía a mí misma.

Al poco de llegar a la habitación el olor a sexo ya era intensísimo así que cerré un poquito la puerta por un extraño e incomprensible pudor pero la dejé entreabierta con el fin de que entrara algo de aire porque era consciente de que allí se iba a librar una intensísima batalla de desnudos cuerpos, de arrogancia sobre las sensaciones, de desprecio al pudor, jactancia por el presente, insolencia ante las desdichas. Y no me hice de rogar cuando Alberto me llamó moviendo un dedo. ¡Cómo me fascinaba esa polla tan grande, tiesa como una efigie de piedra, mullida como una lengua cuando te taladra! Y fui reptando hasta alcanzarla, me prohibió con un simple movimiento de cabeza que la cogiera con las manos, tenía que utilizar sólo mi boca, me estaba convirtiendo en una auténtica maestra de la felación. Bueno, en eso y en muchas cosas más porque entrelazar mi cuerpo con el de Sara, en eso tampoco me quedaba atrás pero realmente era Alberto el que sabía manejarnos, como al poco tiempo descubrí. Nos puso a las dos  de rodillas en el suelo, bueno, de rodillas en la alfombra que había en el suelo, y apoyadas sobre la cama, totalmente juntas, besándonos mientras él nos follaba por detrás. Ufffffffffffffff, que sensación más extraña y placentera, tremendamente placentera, extraño y misterioso sentir como salía del coño de una y entraba en el de la otra, como con la polla llena de los flujos de una entraba en el coño de la otra y así hasta llegar a sentir que jugabas a la ruleta rusa, no sabías quién recibiría el disparo de su verga con todo el cargador lleno de leche. Ufffffffffffffffffffff

VIII.- ÉL- rezo.

Serían algo más de las doce de la noche, llegué, con franqueza, agotado pero de igual forma tremendamente feliz por estar en mi casa, al lado de mi mujer. Cuando entré lo primero que me sorprendió fue el desorden que se adivinaba desde nada más cruzar la puerta. Dejé el ramo de flores sobre la mesa de la cocina y, tan sorprendido como anonadado, vi  envases  y restos de comida sin recoger y ropa tirada por el suelo, ropa de hombre y de mujer, ropa que identifiqué como suya y ropa que desconocía a quién pudiera pertenecer. Al fondo la luz de nuestra habitación aparecía encendida.

Mis pasos me llevaban a ella aunque me resistía, en el fondo me daba un miedo atroz el dolor, y era dolor lo que se aventuraba tras aquella puerta, si al menos no hubiera llegado a ver ropa de ella pero es que su pijama estaba en el suelo. ¡Por favor, que no esté ella, que le haya dejado la casa a alguna amiga y que todo sea un mal sueño…! Así rezaba mi alma, a veces las plegarias son escuchadas.

Un sudor frío comenzó a atenazar mi cuerpo, una fuerte opresión empujaba  mi sien con la maldita intención de juntarse una contra la otra, temí que pudiera llegar a estallar mi cabeza. Mis ojos se veían incapaces de permitir que los párpados cerraran esa mezquina  imagen cual telón del fin de una  mala obra de teatro. Lo que se vivía en aquella habitación era difícil de describir si, además, una de las protagonistas es tu mujer, si hubieran sido todos extraños sería la mejor de las películas eróticas pero que fuera tu mujer una de las protagonistas y por ende tú el cornudo, maldita la gracia que tenía. Una terrible sensación de vómito estuvo a punto de dar al traste con mi secreta presencia, con mi anonimato para una escena a la que no había sido invitado.

Comencé a sentir un profundo mareo, mis piernas apenas si eran capaces de mantener mi cuerpo erguido, poco a poco fui cayendo hasta ponerme de rodillas sin que mis ojos fueran capaces de abandonar la imagen que recogían. Una cortina formada por mis lágrimas era lo único que me hacía abandonar esa realidad. Y ahora, ¿qué? Había tres opciones: seguir mirando, entrar y al menos estropearles el polvo o huir de allí.

Cuando recuperé la cordura perdida, esa sensatez de la que siempre había hecho gala, me negué en rotundo a seguir mirando, me asqueaba ella y me repugnaba a mí mismo por no haber sido capaz de verlo, de saber qué estaba ocurriendo, lo que ocurría. Entrar y liarme a puñetazos sólo hubiera acrecentado mi humillación pues lo más seguro es que aquel hombre que era muchísimo más fornido que yo no tuviera dificultad en noquearme, así que lo único que faltaba era que además de cornudo, apaleado. Y por último huir. A eso me resistía, me resistía porque yo nunca había huido de los problemas, sin embargo éste me sobrepasaba. Claro esto lo hablo hoy como narrador  etéreo de esta historia pero en aquel momento, enfrentarme a aquella situación, traicionado por la persona que más quería, con el ánimo por los suelos me veía incapaz de nada.

Tenía los puños cerrados con tanta fuerza que me estaba haciendo daño en mis manos, la mandíbula encajada amenazaba con hacer saltar los dientes, la rabia y el odio nublaban mi razón, cerré los ojos con desesperanza. Retrocedí procurando no hacer ruido cual ladrón en mi propia casa, y ya en la calle, respiré hondo, con tanta intensidad que hasta me hizo daño el frío aire de la pre-madrugada o igual es que no podía pasar porque mi garganta estaba cerrada. Volví la vista atrás buscando lo que había sido hasta hacía tan pocos minutos mi hogar y con mi mano en alto hice la señal de la cruz.

-NUNCA MÁS VOLVERÉ A PONER UN PIÉ EN ESTA CASA.

IX.- ELLA- doma.

 

Sometida, entregada, rendida y domada a/por sus deseos, eran incalculables las oleadas de placer que a mí acudían. Alberto sabía cómo llevar a una mujer, al menos del cielo a la desesperación. Sí, a la desesperación porque cuando estaba a punto de culminar en la máxima explosión de placer eran infinitas las ocasiones en las que cortaba de raíz mi orgasmo. Le suplicaba con los ojos, le imploraba con la mirada, clamaba al cielo para que me permitiera llegar. Y terminó, terminó dentro de mí y ahora fue Sara quién ocupó su lugar sólo que en esta ocasión era su lengua la que entraba, se desvivía por limpiar la gruta que en ese momento me hacía sentir mujer, hembra rendida a un macho.

La noche continuó con apenas descansos, sería alrededor de las dos de la madrugada cuando decidieron irse. Recogimos el comedor aunque les pedí que ya llevaría yo las cosas a la cocina y limpiaría un poco. En la puerta de la casa nueva despedida, primero Sara, como broma me dio un pequeño tortazo.

-Por ser mala.

Luego Alberto que acarició con extrema dulzura mi sonrojada mejilla.

No pude limpiar de forma inmediata por eso me senté en el sofá, estaba como en una nube de algodón. Había sido tanto lo que disfruté esa noche y ahora sola en la casa vino a mi memoria Carlos con el que no había podido hablar esa noche. Haciendo un pequeño sacrificio busqué  el móvil, qué extraño Carlos había tenido movimiento pero no me había dicho nada. Yo envié un “buenas noches, cariño. TE QUIERO”.

Su imagen aparecía empañada por lo acaecido hacia sólo unos momentos, como otros tantos momentos vividos en otros instantes pero sola, sin Carlos, qué feliz sería de poder compartirlo con él, de explorar nuevos mundos, de dejarse querer por otros labios, otras manos, de mirarlo a los ojos viéndolo disfrutar pero siendo consciente de que el final siempre sería volver a su cuerpo y a su alma. Paro no podía dar ese paso, él estaba en otra órbita del querer.

Al final me quedé dormida en el sofá, fueron los primeros rayos de sol los que me devolvieron a la vida aunque totalmente dolorida por lo tarde que me dormí y por el lugar dónde lo hice. Con los ojos aún pegados me fui al baño y adormilada como seguía entré en la ducha donde me puse a orinar, se me había olvidado hacerlo en la taza del wáter, al terminar tuve la extraña necesidad de acariciarme, aún estaban hinchados mis labios, el olor a sexo inundaba la estancia. A mi llegaron los recuerdos cercanos en el tiempo de lo vivido aquella noche, en mi cama.

Y volvió a mi mente Carlos y el profundo deseo que se estaba convirtiendo en necesidad  o quizá en obsesión de/por tenerlo siempre cerca, de poder hacer los dos lo que hasta ahora me veía obligada a vivir sola. Pero él no tenía las mismas necesidades que yo, que con sólo tenerme cerca le bastaba, ¡qué extraño, él único hombre que no pensaba sólo en el sexo y me había tocado a mí! Jjjjj…  Al salir del baño, desnuda pues ya me había acostumbrado a estarlo, entré en mi habitación para ventilarla y cambiar las sábanas. También recogí las botellas vacías que había sobre la mesa, platos sucios… y hasta mis bragas estaban allí. Cuando entré en la cocina para dejarlo me sorprendí de encontrar un ramo de rosas rojas, preciosas. Pero qué hacían allí, ¿Alberto? No me di cuenta de que trajeran nada, en fin, las pondré en agua, ya les preguntaré. ¡Ah, pero si traen hasta una tarjeta. Una inmensa satisfacción, una sonrisa de oreja a oreja, una enorme felicidad se apoderó de mí. Metí las flores en un jarrón precioso que me regaló Carlos y me dispuse a leer aquella nota que cambiaría para siempre mi vida.

Aquel papel tenía la letra de Carlos, aquella nota tenía escrito un poema, un poema de amor. Desapareció de forma fulminante mi sonrisa y en mí se instauró el dolor y la pena, la tristeza y  una profundísima amargura. Apenas si pude leerla pues mis manos no dejaban de  temblar:

Privilegiado el viento

que puede cubrir siempre tus ojos,

acariciar tus pensamientos,

elevar tus deseos.

Desgraciados mis labios

que sólo pueden tocar,

en la distancia,

tu sutil recuerdo.

No, basta, te quiero a ti,

quiero tenerte siempre

frente a mis ojos

para que puedas ver

en ellos, escrito,

TE QUIERO

X.- ELLA- adiós.

Desde el momento en el que vio la nota y conoció la letra de Carlos, fue consciente de que él había estado allí. Sus ojos eran manantiales de lágrimas, la mayor sutiliza para darse cuenta de su desgracia,  con total seguridad él tuvo que ser testigo de lo que se había vivido en aquella habitación. Fue el momento de explotar, de romper con todos los cánones de lindeza, fue entonces cuando gritó, gritó hasta hacerse daño, el nombre de Carlos. Era consciente de que aquello pasaría una dura factura a su vida, la más simple, la más que posible ruptura. Desde el primer momento fue consciente del daño que le había hecho, de lo que estaría sufriendo en la soledad de cualquier rincón al que hubiese ido a llorar, porque los hombres también lloran y más él que siempre se había definido como de lágrima fácil como muy bien sabía Bea.

¿Qué disculpa cabía en estos momentos? ¿Qué explicación podría dar? No tenía sentido pero era consciente que tenía que dar la cara y para ello, de entrada, llamarlo por teléfono. Pero cuando lo hizo Carlos ya la había bloqueado así que la pelota de la soledad había rebotado hacia ella misma, ahora se desesperaba, lloraba con rabia y coraje pensando que era la única culpable por su egoísmo, ahora se encontraba sola y sin saber cómo solucionar el problema que se había planteado. Aún no había sido capaz de controlar su pulso, de enjugar sus lágrimas cuando sonó el telefonillo de la entrada. El corazón parecía que terminaría por salirse por la boca, ¿sería Carlos? Se puso una bata para cubrir su desnudo cuerpo y corrió como desesperada a abrir la puerta, lo que se encontró aún más la descolocó, era un amigo de él, se llamaba Jesús.

-Hola Bea, lamento estar en medio en estos delicados momentos. Esta madrugada me llamó Carlos para decirme que viniera a vuestra casa a recoger sus cosas, a por todo lo que tenía aquí.

-Por Dios, Jesús, dime dónde está Carlos, tengo que hablar con él.

-No puedo hacerlo, me lo ha prohibido de forma rotunda.

-Pues entonces, de aquí no sale nada, salvo que venga él.

-Bea, yo no voy a entrar en ninguna guerra, además de que también me lo ha prohibido. Yo he intentado ser amigo de los dos, desconozco los motivos que le han llevado a tomar esta decisión, no quiero cuestionarme nada para en la medida de lo posible ser lo más justo y objetivo posible. Si no me dejas entrar, lo entenderé.

-Jesús, por el amor de Dios, dile que me deje verle aunque sólo sean 15 minutos. Luego me iré, me iré para siempre de su vida aunque sepa que él no abandonará nunca la mía, por favor, dile que como a cualquier condenado a muerte me conceda ese último deseo, hablar con él.

-No te preocupes, se lo diré, aunque no te garantizo nada.

Mi cara se desencajó desde el primer momento en que vi a Jesús, sabía, en el fondo, lo que eso podía significar, como al final se confirmó. Cerré la puerta cuando se fue, mi mundo se había desmoronado en un segundo y era consciente de que tenía que pagar por ello, fui camino de mi habitación, bajé las persianas y me eché sobre aquel lecho que había sido testigo del amor más profundo y de mis luchas internas frente al placer. Allí, en la soledad, en el silencio, en la obscuridad mis ojos, cansados ya por el paso de las horas, se negaban a descansar, eran incapaces de entrar en el mundo de Morfeo,  se resistían a abandonar la realidad para entrar en el terreno de los sueños. Sin embargo la tristeza comenzó a ganar espacio, tuve que levantarme corriendo a vomitar lo poquito que tenía mi cuerpo, al volver nuevamente a la cama miré el móvil la número mil o quizá me quedaba corta, ninguna llamada, ningún wasa. Bueno, miento, Sara me había escrito infinidad de veces; en condiciones normales debería de estar trabajando pero me negaba a salir a la calle, y la tristeza seguía en aumento.

Sería mediodía cuando se presentó Sara en la casa, ni le abrí ni respondí a los wasas ni a las llamadas. Alberto fue más sutil y consiguió arrancarme un “Carlos me ha dejado”. A partir de ahí fueron innumerables las llamadas, wasas… recibidos de ellos, a ninguno más contesté, deseaba estar sola dentro de mi soledad, en ese pozo de la conciencia, de la tristeza, del dolor…, angustiada por el presente y por el futuro.

Conforme iban pasando las horas, los días mi desesperación se acrecentaba, demacrada en exceso por la ausencia de descanso y de comida, recibí una nueva visita, era Jesús que venía acompañado por una mujer, cuando les abrí y les franqueé la entrada me sorprendí al ver que me entregaban los papeles del divorcio. Lloré, ni los quise leer, los firmé y permití que Jesús llenara las maletas y algunas cajas con las cosas de Carlos. Cuando abandonaron mi casa, cuando cerré la puerta, fui consciente por primera vez que estaba sola y que debería de enfrentarme a la realidad o dejarme morir. En pocas horas tomé la decisión.

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