SIGRID

I.-  Él y ELLA- semblanza.

Bea, 29 años; Carlos, 31, son pareja de recién casados aunque hace tiempo que compartían casa, cama y un futuro lleno de ilusión. Sara, 31 y Alberto, 35, matrimonio muy bien compenetrado y consolidado. Ellas son compañeras de trabajo.

No hacía mucho tiempo que Bea había entrado a trabajar en el supermercado, era su primer trabajo como asalariada y eso le llenó de alegría e ilusión, esperanza y seguridad, deseo de independencia. Y así fue, al poquito de comenzar se casó con Carlos, un apuesto muchacho con cuerpo pequeño pero con miras y coraje de sobra. Sí, con un fuerte carácter que marcaba su personalidad y tremendamente enamorado de ella.

Bea, llegaba a su hogar muy cansada pero nunca desaparecía de su cara un gesto de alegría por poder regresar a su casa, por estar con su marido. Aquella palabra mágica, marido, le llenaba la boca hasta paladearla, soñó con ella y conseguirlo con la persona que tanto quería le llevó a un paraíso de felicidad, un mundo de dicha y de fortuna, el que tantas veces había leído  de pequeña en los cuentos de enamorados, aquellos deliciosos cuentos de príncipes y princesas, hadas, un mundo envolvente de sueños y fantasías, con la salvedad de que esto era real.

Pero Carlos no se quedaba atrás, no había detalle o gesto que se le escapara, siempre atento y entregado a ella y por los ojos de ella él era tremendamente feliz. Se complementaban, si uno era los ojos, el otro era las manos, si uno era los pies, el otro los labios, si uno… el otro…., si uno… el otro….  y así hasta el infinito, como infinita era la ilusión, el empeño y el deseo por crear un futuro común; bueno, que ya lo estaban creando desde el día en que dieron el paso de comenzar a salir.

Risas, carantoñas, caricias, besos, mimos… ¡si aquel sofá pudiera hablar!, jejejej… Bueno, supongo que como tantos sofás, como tantos rincones, como tantos escondites, como tantos sitios que en el fondo siempre han sido el abrigo y refugio perfecto para los enamorados.

Sara, aun siendo tan joven, ya era la encargada del supermercado, valorada por su enérgica y resuelta defensa de la empresa. Era alta, delgada, de rostro duro aunque quien la conocía en la cercanía no respondía a tal parámetro, sabía mandar y sabía ser distante, no digo que llegara a dar miedo pero sí que mucho respeto, por eso todo el mundo estaba en su puesto, aunque siempre hay algún/a adulador/a, más conocido como pelota, que supongo que son necesarios para que esto funcione, jejej…

Bea, se mantenía en su sitio, no quería hacerse notar, no era charlatana ni habladora, no entraba en disputas, no se acercaba demasiado aunque tampoco buscaba la distancia. Era madura y prudente para su edad. Sin embargo no le duró mucho ese deseo suyo de mantenerse al margen pues Sara, poquito a poco, fue centrando su atención en Bea, no sabría decir si por ser buena trabajadora, por ver o conseguir algo de ella, como por ejemplo su confianza, nada claro aparentaba ese disimulado interés pero lo había.

Era cuestión de tiempo, un día quedaron todos los compañeros del trabajo a tomar una cerveza; otro lunes, el día más tranquilo, se volvió a repetir la escena y como si de una obra de teatro se tratara, iban pasando los actos, aunque se repitieran las escenas, la trama seguía su curso, los actores representaban su función cual figurantes de papel. ¿Y quién dirigía tan magna representación? Supongo que el deseo.

A veces las casualidades existen, otras son dudosas pero se dan y así ocurrió que las dos parejitas se encontraron en un pub y de ese primer encuentro nació una copa, a la que se añadió otras muchas que hicieron nacer una amistad. ¡Qué bonito! ¿Verdad? Pues no sé si es bonito o feo pero fue lo que ocurrió como tampoco sé cómo definir la relación que surgió de ahí, ¿amistad? Lo dudo, pero definámosla así, al menos por la ilusión de Bea.

Copas, baile, confidencias y revelaciones, lo inevitable cuando el contacto humano se hace intenso, cuando la juventud queda deslumbrada, fascinada por lo que desconoce, por lo que los demás nos venden como atractivo. Y era inevitable, llegó la invitación a una cena de parejitas en casa de Sara.

En casa de Bea se palpaba la excitación, el nerviosismo y el entusiasmo por la cena, qué ponerme, qué llevar, qué decir, qué opinar…

-¿Esto me queda bien?

-Que siiiiiiiiii, Bea, ¡que estás preciosa!

-Pues no sé, parece que me hace muy gorda.

-No pasa nada, ponte lo que quieras, hay tiempo.

…….

-Vamos que se nos hace tarde, que llevas una hora probándote ropa.

-Ya termino, me pongo este vestido, quede como quede.

Os puedo asegurar que estaba preciosa, era un vestido algo veraniego no obstante ya estábamos a finales de septiembre, seguro que luego le dará frío, pero bueno, ¿quién le dice eso?, lo que faltaba para que no saliéramos nunca, jejej…

Aún recuerdo esa imagen, me estremezco y emociono. Yo, narrador de una historia, al fin y al cabo tengo el poder de entrar en su mente, veo las imágenes como si me hiciera invisible. Transito alrededor de ellos, los huelo, soplo los vaporosos tules. Bea llevaba una luminosidad, un destello especial alrededor de sus ojos, Carlos se sonreía pero era tremendamente feliz de verla, casi se le caía la baba al mirarla como en más de una ocasión le había dicho su abuela.

-Carlos, hijo mío, que no se te note tanto.

-¿Y qué tiene de malo, abuela?

-Las mujeres somos quienes movemos el mundo y como marionetas a los hombres. Ten cuidado, ve poco a poco.

Pero es que no lo podía evitar, igual es que tampoco quería. Yo era feliz y me resistía a que el universo no fuera testigo de ello.

II.-  ELLA- shock.

 

Me sentía inquieta, agitada y a la vez  ilusionada por la cita, por nada del mundo me gusta quedar mal, no quiero destacar ni ser el centro de atención pero sí que al menos reconozcan mi pequeña aportación.  Así que como suele ocurrir en estos casos, no me decidía por lo que debía ponerme, sin embargo Carlos, que estoicamente aguantaba mis dudas, quejas y lamentos, estaba guapísimo, era consciente que terminaría por deslumbrar e impresionar a nuestros anfitriones. Llevábamos como presente un tiramisú para el postre, algo que me sale genial, además de que ¿qué  podíamos llevar si no conocíamos vinos buenos y otra cosa no se nos ocurría?, sería por nuestra falta de experiencia en cuanto a relaciones sociales, jejejej…. Es lo malo de ser tan hogareños.

-Bea, ¡por Dios, estás preciosa! Carlos, que tienes en tu casa un auténtico bombón.

-Ya lo sé, -mi sonrisa recorría toda mi cara, abarcaba todo mi cuerpo.

Me puse roja como un tomate, tampoco era para tanto, digo yo; no podía evitar el ruborizarme ante situaciones parecidas, mi timidez me la volvía a jugar. A quien se le iban los ojos, desde el primer momento hasta que terminó la cena era a Alberto, no terminaba de entenderlo con la mujer que él tenía en casa, todos los hombres son iguales. Y para colmo me resultaba embarazoso por pensar que Carlos se pudiera sentir incómodo aunque también es verdad que no dio muestras de ello.

La cena transcurrió con total normalidad, ellos hablando de futbol y nosotras del trabajo y de la gente del mismo, de nuestras vidas, de nuestras motivaciones en el día a día. Y me sentí tremendamente orgullosa cuando del postre no dejaron nada, vamos el recipiente de cristal aunque temí que en algún momento hasta terminaran con él, jejejej…

Y luego vinieron las copas, madre mía, con lo mal que las tolero. Yo soy como una amiga mía que siempre está con las bromas y dice “que ella no puede tomar alcohol por lo de las piernas, a lo que siempre hay alguien que le dice, ¿qué pasa que se te doblan? Noooooo, que vaaaaaa, que se me abren, jejejej….” 

Y así iba transcurriendo la noche hasta que ellos dijeron de bajar al bar a tomar una última copa, cosa que sé que nunca ocurre, porque detrás de una viene otra, y además, para poder ver el partido de futbol que estaban echando por la tele de pago. Y nosotras nos quedamos en la casa, charlando como si se nos fuera a acabar el mundo, como si no hubiera mañana, y es que el alcohol es lo que tiene, que suelta la lengua, libera las palabras, afloja los prejuicios, arroja los impulsos… Y así llegó el momento de ponernos más cómodas, sentarnos en el sofá pero como aún estaba todo sobre la mesa decidimos primero quitarlo. Ay, Dios, que sobreesfuerzo para controlar el equilibrio y la risa.

III.- ELLA- bragas.

 

Y de la misma forma desapareció de mi rostro de forma fulminante la sonrisa.

No sé cómo ni por qué ocurrió, no lo vi venir de ninguna de las formas y maneras, fue algo tan desconcertante hasta el punto que me quedé paralizada, en estado de shock. Llevaba las dos manos ocupadas con platos, cubiertos o vasos y además intentaba guardar el equilibrio sin que se me notara un cierto mareo, Sara me cogió  con sus manos los pechos desde atrás, al mismo tiempo que posó sus labios sobre mi cuello, su húmeda lengua sobre mi piel. Sentí una punzada fulminante de placer intenso que iba desde mi coño hasta mis tetas pero antes de eso, intenté, al mismo tiempo que no tirar las cosas, ser consciente de lo que estaba ocurriendo.

Nunca imaginé que eso se pudiera dar en la realidad, que el sexo fuera de la pareja existía, que en los videos porno que veíamos sucedía pero claro era algo creado o inventado sin embargo esto es real. Son décimas de segundo y sin embargo parece imposible que pueda dar tiempo a tanto.

Poco a poco me hizo girar sobre mi misma

-Deja las cosas sobre la mesa.

Le obedecí de forma mecánica, ella no dejó de amasar mi pecho, de sentir su cuerpo sobre el mío como si se hiciera único, de mí surgió una leve resistencia, en ella nunca pareció que forzase nada. Una mano la posó sobre la parte delantera de mis muslos, por debajo de mi vestido, con la otra atrajo mi cara hacia sus labios. Yo aún no era capaz de reaccionar, salvo mi cuerpo que comenzó a sentir como todas las terminaciones nerviosas del mismo reaccionaban ante sus dedos, ante sus labios, ante sus palabras. Poco a poco volvió a darme la vuelta, ahora una frente a la otra, se apoderó de mis labios que mordía con los suyos, yo con los ojos cerrados, su mano abría mis piernas, atrapaba mi coño con sus dedos, un suspiro se escapó de mi boca, su lengua aprovechó para entrar como reptando por una madriguera.

Yo me dejaba llevar, no sé si porque lo deseaba o porque era incapaz de reaccionar, ni tan siquiera era consciente de que mis pies posaban sobre el suelo; lo único cierto es que me llevó por un pasillo largo y oscuro hasta su dormitorio, la luz que nos iluminaba era la de la calle pues no estaba bajada la persiana. Rodeó mi cuello y atrajo mi boca a la suya como amantes incontrolados. Mis ojos eran incapaces de abrirse al mundo, estaba sumida en la más densa de las nieblas, cubierta por una manta de dulce pelo.

Sus hábiles manos desnudaron mi cuerpo, sus húmedos labios acudieron a mi pecho,  sus diestros dedos no dejaban de rozar mi sexo. Cogió mi mano y la llevó bajo su falda, me pidió que le quitara la bragas y cuando lo hice me empujó a llevarlas a mi nariz y a mi boca. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué sentía tanto placer en dejarme llevar, en obedecer y en hacer cosas tan guarras y repugnantes, nunca antes imaginadas? Al final, los dos cuerpos se fundieron en uno sobre la cama, juntamos nuestros flujos, llenamos  nuestros cuerpos de besos, encadenamos infinidad de placer, un cúmulo de sensaciones indescriptibles. Llenaba mis oídos de palabras que engarzaban al mismo tiempo orden, cariño y placer, deleite, rigor, firmeza, castigo… Era la dueña de mi voluntad y eso me complacía. Entramos en la ducha juntas, ahí ya no estaba mareada por el vino sino por el morbo y el deseo, no había fingimiento pues la entrega era total y deseada, por eso sus caricias me supieron a gloria, como sus besos. Sólo un hecho más antes de volver a la normalidad hizo que despertara en mí una sonrisa al mismo tiempo que el desconcierto, cuando estábamos vistiéndonos cogió mis bragas y me dio las suyas

-Ahora tú te pondrás las mías y yo las tuyas y no quiero que te laves ni te las quites hasta que mañana nos volvamos a ver en el trabajo.

Y su orden se cumplió.

Aunque bien es cierto que cuando salimos de su casa mi borrachera era inexistente, yo seguí en mi papel. Mi disfrute fue máximo, mi desconcierto total y ahora ¿qué? Nos despedimos sin atreverme a mirar a Sara a la cara, de la misma forma que Alberto me seguía desnudando con los ojos, Carlos o disimulaba o no se enteraba.

Al llegar a casa Carlos iba cargadito de copas y con el dique a punto de desbordarse, jejejej…. Ya sé que es una metáfora, pero me habéis entendido, que iba tan salido, rebosaba lujuria por todos sus poros tanto que no había forma de controlar el pulpo en el que se había convertido y de que pararan sus manos, fiel reflejo de sus imaginados tentáculos, yo por el contrario iba saciada y al mismo tiempo la sensación de desasosiego, conmoción, inquietud porque pensaba que en cualquier momento se daría cuenta, que me iba a descubrir. No quería ni desnudarme con luz frente a él por si sorprendía en mi cuerpo alguna señal de la batalla que había librado en casa de Sara, y qué decir de sus bragas. Así que con mucha dificultad conseguí que se conformara con una paja, eso sí, una señora paja. Me estremezco al recordar cómo la cogí al mismo tiempo que le chupaba los huevos, cómo succionaba como si fuera un chupete, como bajaba y subía mi mano sobre ella, presionando lo justo, al sentir cómo temblaba como si estuviera a la puerta de la muerte. Mi mente se debatía entre los recuerdos tan recientes con ella y el placer que era capaz de provocar en ese momento a él. Qué extraño es a veces nuestro destino, nervios por una comida con unos amigos, infinidad de interrogantes después de tan sólo unas horas. Y ahora, ¿qué?

IV.-  ÉL- guarro.

 

Jooooooooo, estaba tan guapa, estaba tan buena Bea y no te quiero decir Sara, jejej…., que cuando volvimos a casa no podía dejar de pensar en mi mujer, de follarla. Pero ella, como yo, veníamos algo tomados por las copas y por más que lo intenté no había forma de conseguir nada, menos mal que la convencí para que al menos me hiciera una paja, y qué paja Diosssssssssssss. Nunca me expliqué como era capaz de provocar ese placer tan inmenso con sus manos y su boca, pero lo era. ¿Quién le enseñó? Siempre me dio igual, lo cierto es que era yo quien lo disfrutaba. Cuando sus labios o su boca cubrían mi polla, como además no quiso hacerlo con la luz encendida, me fue muy fácil imaginar que tenía a Sara enganchada a ella. Y fue ella precisamente la que me dijo, jooooooooo, igual es que mi cara manifestó algo o dije su nombre sin pensarlo o sin ser consciente de ello, lo cierto es que de golpe y sin esperarlo, me suelta

-¿Te gustaría que fuera Sara quien te la estuviera haciendo?

No me lo esperaba, así que no hice caso a la interrogante por si era una pregunta trampa aunque ella insistió en el tema. Pero es que la imagen de Sara también entraba en mi entregada mente, rendido al recuerdo de tantos momentos como se presentaron a lo largo de la noche, donde mis ojos siempre descansaban sobres sus pechos que ella tenía a bien mostrarlos cuando era consciente de que había atraído mi atención

-Qué guarro eres, seguro que sí, igual que Alberto no me quitaba ojo de las tetas, lo único que le faltó es pedirme que se las mostrara jejej….

Sería por mi extrema excitación o por lo que fuera, la realidad es que entré en su juego y le dije

-Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Y ese fue el maravilloso inicio de una nueva etapa en nuestras ya de por sí buenas relaciones sexuales, el meter en nuestra cama la imagen de otras personas, especialmente conocidos. Si morboso era imaginar que Alberto o que Sara eran los que nos follaban, no quiero decir el punto de excitación que suponía que esas personas luego, en un momento determinado, estuvieran a tu lado, estuvieran hablando contigo, era imaginar que ellos sabían lo que tú habías imaginado y que participaran de lo que tú hacías con ellos. En cierta manera ese principio de nervios te llevaba a un punto de excitación increíble y no fue una sino muchas las ocasiones en las que estando con ellos, tuve que ir al servicio a masturbarme. Eso lo sabía Bea puesto que entre nosotros no había secretos, siempre había sido una de las premisas fundamentales en las que basamos nuestra relación, la sinceridad absoluta, era algo que, al menos yo, llevaba a rajatabla. Y pienso que ella también pues no dejaba de contarme sus sensaciones cuando estábamos en la cama, así que también era consciente de que muchas de las veces, cuando estábamos con ellos e iba al servicio me preguntaba con una sonrisa, si me había tocado, de mí escapaba un gesto que era un guiño a la dulzura del momento.

-Guarro!!!!!!

De ese primer momento de excitación imaginando lo que vivíamos con otros en nuestros sueños y fantasías pasamos a un peldaño más elevado, le pedí que les enseñara algo de carne y por supuesto que me lo contara con pelos y señales.

V.- ELLA- vergüenza.

Aquella mañana, cuando llegué al trabajo, ya sin los efectos del alcohol o del morbo de la cena, me quería morir por la vergüenza que sentía. Sara, cuando fue consciente de que había llegado me llamó de forma inmediata a su despacho. El estómago lo sentía revuelto, los nervios no me dejaban ni respirar, la boca la notaba tremendamente seca, escalofríos recorrían mi espalda,  excesiva sudoración de las manos, hasta el pipí parecía que se quería escapar… Cuando entré no sabía dónde posar mis ojos, ella con una sonrisa en la cara me ordenó que cerrara la puerta y me acercara.

-Ven, más cerca y súbete la falda.

Indecisa en un principio, al final lo hice mirando a la pared, sintiéndome ausente de aquel momento, de aquella escena, pero en el fondo deseando que el director gritase CORTEN. Pero nada de eso estaba ocurriendo, la escena seguía y así llegaría la siguiente orden

-Mírame a la cara cuando te hablo. Así me gusta, que hayas cumplido mi deseo de llevar mis bragas durante todo este tiempo, porque ¿no te las habrás quitado, verdad?

-No, te doy mi palabra.

Y es verdad, aunque ella no estaba presente, sin embargo no fui capaz de desobedecer su mandato, es más, había un punto más de excitación permanente por el mero hecho de estar obedeciendo una orden de Sara.

-Bien, entra en el cuarto de baño y límpiate el coño, aunque sea con toallitas húmedas y vuelves.

Y salí de aquel despacho con la cara roja como un tomate y con la sensación de sentirme  humillada hasta extremos no conocidos nunca por mí. Vale, todo eso, pero sobre todo excitada, de la misma forma que se me escapó un pequeño suspiro al limpiarme.

Volví al despacho mirando el suelo pero en el fondo deseándolo, ahora era ella la que estaba de pie, en medio de la habitación, esperándome. Se arrimó a mí y cogiendo mi cara con sus manos, acercó sus labios a los míos para darme las gracias por hacerla tan feliz respondiendo a sus deseos.

-Ahora quítate esas bragas sucias, dámelas, volvemos a intercambiar, toma las tuyas y vuelve a ponértelas. Cuando esta tarde llegues a tu casa, cuando te las quites, quiero dos cosas: una, que te masturbes mientras las hueles pensando en mí y otra que te las inventes esta noche para que él las huela mientras te lo follas pero pensando en nosotras.

Y me despidió con un morreo en toda regla, metiendo incluso sus manos debajo de mi falda para acariciar mi encharcado coño. Sus manos parece que tenían vida propia pues igual estaban abajo que arriba pellizcando mis endurecidos pezones, y de mi boca se encadenaban continuos suspiros mientras mis piernas apenas si eran capaces de sostenerme, lo que era mi ánimo no sabía dónde se sustentaba .

Aquel día fue duro, además de todo lo que en las últimas horas estaba viviendo, había que añadir la presencia dura y distante, áspera y fría de Sara cerca de mí. Cuando por fin terminó la jornada sí que se me escapó un suspiro, no de placer sino de liberación o de redención de esa cárcel sin barrotes que fue para mí ese día el trabajo y el deseo. Por fin podría volver al refugio de mi casa, de mi hogar; por fin podría quitarme esas bragas sucias que además llevaban impregnadas todo el aroma y la esencia de ella, ahora no estaba excitada, ahora eso pegado a mí, me quemaba.

No estaba Carlos en casa, mejor, necesitaba mi momento de intimidad. Qué liberación cuando poco a poco fui quitándome las bragas, por fin podía emanciparme de lo que me ligaba a ella, esa lucha interior igual me destrozaba que me envolvía en la lujuria

-Uffffffffffffffffffffffffffffffff

Y sin embargo no era algo tan simple pues entre quitármelas y llevarlas a mi nariz fueron décimas de segundo lo transcurrido y de un rictus de asco a otro de placer no hubo tiempo para poder contar. Me dejé caer sobre la cama sin haberlas retirado aún de mi nariz, no me abandonaba su orden, “Cuando esta tarde llegues a tu casa, cuando te las quites, quiero dos cosas: una, que te masturbes mientras las hueles pensando en mí y otra que te las inventes esta noche para que él las huela mientras te lo follas”

Mis dedos reptaron buscando mi húmeda vagina, mi mente recreó la escena del despacho y por fin resonó en mi pecho que el auténtico deseo es que Carlos hubiera estado a mi lado, que fuera capaz de acompañar mis deseos con sus manos, que sus ojos escudriñasen hasta el último poro de mi piel al erizarse con el aliento de Sara… Al final fue una intensísima explosión de placer, al final fue una intensísima sensación de frustración, ¿adónde me llevaba aquello? ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Acaso no era un engaño a Carlos? Y de mis ojos por vez primera escaparon lágrimas amargas.

Fueron unos besos, unos dulces besos los que me despertaron. Había llegado Carlos y me encontró dormida. Como siempre, sus palabras fueron dulces susurros, su aliento acariciaba mi rostro, sus besos desperezaban mis ojos

-Qué cansada debes de estar, mi niña. Y además qué regalo me tienes, con  las bragas en la mano, jejejej… Ummmmmmmmmmmmmmmmmm y qué bien huelen. Joooooo, qué olor más intenso y enloquecedor. Me cautiva y me seduce hasta no reconocerme. Te deseo Bea, quiero hacerlo, necesito hacerlo, hacértelo porque me enloqueces.

Me las había arrebatado de mis manos, su nariz era ahora quien las disfrutaba. Sentí el profundo deseo de sentirme pegada a su cuerpo por lo que comencé a acariciar sus muslos, su pecho, su cuello…, comencé a sentir sus besos, sus manos subiendo mi falda, sus dedos entrando en mí, su cuerpo presionando mi pecho, su descarga y todo eso sin apartar casi en ningún momento mis bragas de su nariz.

Los días fueron pasando, las escenas se repitieron en muchas, quizá, en demasiadas ocasiones. El poder que tenía aquella mujer hacia mí era inmenso y el placer que sentía por dejarme dominar carecía de nombre, igual por lo difícil que era de entender. Lo único malo, la frustración por no saber compartir con Carlos mis extrañas sensaciones y mis ateridos deseos.

Los encuentros en su casa se multiplicaron, aprovechando que Carlos era representante de una empresa que tenía una pequeña delegación en nuestra ciudad pero cuya central estaba a más de quinientos kilómetros de distancia, por tal motivo eran numerosísimas las ausencias, separación que cada día nos costaba más trabajo llevar, siempre teníamos la esperanza de que aquello terminase, de que no hubiera ninguna noche en la que su lado de la cama estuviera frío. Carlos lo llevaba mal no tanto por él como por dejarme sola, por no estar junto a mí todos los minutos del día, por eso nuestras despedidas estaban llenas de amor, de besos, de caricias interminables. Es difícil entender por qué no ponía remedio a aquella extraña situación aunque yo me autoconvencía de que como no era con un hombre no había infidelidad. De todas formas aquello me servía para crear escenas imaginarias que luego le contaba a Carlos, que por cierto se encendía. Él seguía insistiéndome que me mostrara más a los compañeros o incluso a los clientes, con preferencia por los viejecitos, se ponía como loco. Como el día que fui a desayunar con unas amigas y en la mesa de enfrente había un señor bastante mayor tomando café. Desde el primer momento en el que lo vi lo consideré mi presa, sus ojos fueron de forma instintiva a mis piernas, por lo que aproveché para abrirlas como si fuera de forma descuidada, para separarlas a base de bien, jejejej…. No sé si el viejo tendría fuerzas para hacerse una paja pero cuando se lo conté a Carlos, Diossssssssss que polvo me echó, parecía que aquello no tenía fin. Y así innumerables situaciones con conocidos y desconocidos, especialmente con Alberto, que cada vez disimulaba menos cuando me comía con la mirada.

Sara, sólo con decir su nombre me estremecía, y así lo mismo que me hacía llevar sus bragas, me pinzaba los pezones con pinzas de la ropa cuando estaba en su casa o me obligaba a hacerlo en la mía, desnuda, sólo con los tacones, todo lo más algún tanga. Por supuesto comenzó a ensanchar mi ano, por si acaso, me decía; la depilación total, me regalaba ropa interior tremendamente insinuante y de color rojo, decía que era el color de las putas y que era el que mejor me iba. Y tanto fue el cántaro a la fuente que al final una tarde de jueves, tarde en la que librábamos las dos, comí en su casa, nos excedimos en las copas y terminamos en la cama pues Alberto no debería de volver hasta la noche. Me estaba haciendo el amor de forma tremendamente extraña, lo mismo era el ser más dulce como se transformaba en la más sádica de las amas, lo mismo me llevaba al placer por el placer como al placer por el dolor. Me sentía borracha tanto por el vino como por sus manos, por sus besos, por sus palabras, y lo que menos me esperaba es que en un momento indeterminado Alberto fuera actor secundario, pero actor real pues su mirada me taladraba desde la puerta de la habitación. Mi impulso fue automático, cogí la sábana y cubrí mi cuerpo y mi cara que teñida por un rojo intenso amenazaba con perder el conocimiento por la vergüenza que sentía por el asombro, el aturdimiento por la inmensa confusión.

Sara empleó las mejores de sus armas, la astucia,  para desarmar a una mujer perdida, confundida y desconcertada, perpleja ante lo que estaba ocurriendo en tiempo de vértigo pues Alberto, ese actor secundario, se convirtió en actor principal entrando con todos los honores en nuestra cama. Sus manos, su boca, su polla me palpaba por todas partes. Y si había algún hueco, éste lo cubría Sara con sus manos, su boca y su coño.

Obnubilada, embelesada y hechizada por aquella enorme polla, mi coño se convirtió en un manantial de lujuria. Mis defensas, si es que en algún momento existieron, estaban desbordadas por lo que estaba viviendo y así me convertí en el centro de aquella escena en la que un Alberto imponderable cubrió mi cuerpo con su cuerpo, mi boca con su boca, mi coño con su polla. Yo creo que llegué a perder el conocimiento y si no fue así apunto estuve de hacerlo pues si existe el cielo, allí estaba.

Volví a mi casa envuelta en una nube de algodón, no fui consciente de que mis pasos me llevaban, del camino que recorrí, de cómo introduje la llave, de cómo me desvestí, de cómo entré en la ducha… Sólo fui consciente, sólo volví a la realidad cuando el frío del agua me despertó de mi letargo, cuando pasé en décimas de segundo de la euforia a la tristeza, del ardor del momento a la angustia por la realidad, del placer a la más grande de las penas.

Sonó el móvil, era Carlos, mi dulce Carlos, mi tierno, sensible, exquisito… Carlos, que con sus palabras me hacía sentir la más dichosa de todas las mujeres por tenerlo junto a mí y la más desgraciada por no ser capaz de hacerlo vivir lo que yo vivía o, en todo caso, de cortar de raíz lo que estaba viviendo. ¿Era todo culpa mía? Sí, de forma rotunda, aunque también es verdad que Carlos me lo ponía difícil por su insistencia en que provocara situaciones que a él y también a mí nos excitara. ¡Cuántas veces me pidió que llevara al límite a Alberto! Y lo hice y lo que no provoqué yo lo hizo el destino ¿Y ahora qué?

Al día siguiente llamé al trabajo para decir que estaba enferma porque no era capaz de enfrentarme a Sara, sabía que con su sola mirada haría nuevamente conmigo lo que quisiera. Lo mismo que era consciente de que aquella situación tenía que terminar, no podía permitir que todo aquello estuviera afectando o comenzara a afectar seriamente a mi relación de pareja. Tenía que poner en orden mis ideas, tenía que sacar coraje, fuerza de donde fuera, tenía que enfrentarme sí o sí a aquel toro tan bravo. A Carlos le dije que me había bajado la regla y que estaba muy mal, motivo por el que no me levanté de la cama y allí me llevó la comida, allí regó mi cara con sus labios, era como decirme: si yo pudiera me quedaría con tu dolor para que tú no lo sufrieras.

Lo que menos me esperaba es que Sara se presentara en mi casa y cuando menos lo esperaba Carlos quiso darme la sorpresa por una supuesta alegría de que mi amiga había venido a verme, él no podía ser consciente de que al verla lo que había entrado en mi cuerpo es un puñal que atravesaba mi corazón.

-Anda Carlos, déjanos solas, que esto es cosa de chicas, jejej…

-¿Quieres tomar algo?

-Nada, si me voy a ir muy pronto para poder comer con Alberto.

-Vale, os dejo.

-Y, ¿a qué se debe esta repentina enfermedad?

-Sara, esto tiene que terminar, no puede ser que…

-Eso son tonterías Bea, ¿acaso no te lo pasaste bien, acaso no disfrutaste, acaso no me dijiste que estabas en el cielo especialmente cuando te montó Alberto? Entonces vamos a dejarnos de tonterías. Te quiero mañana en el trabajo.

Y cuando fui a responder a sus palabras no pude hacerlo porque mi boca estaba sellada por la suya en el más dulce de los besos, en la más embriagadora de las miradas, en la más cautivadora de las caricias, en la más seductora de las sonrisas, en el más hechicero de los alientos…

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