MOISÉS ESTÉVEZ
Un amigo de un amigo con el que coincidí en una de esas esporádicas
tertulias literarias que teníamos en una agradable cafetería del SOHO me la
había pasado. Mi curiosidad era doble. Por un lado, descubrir el lugar, me dijo
que no vería algo parecido nunca, y por otro, la sibilina y silenciosa forma en la
que me la dio.
Un encuentro extraño, acababa de conocerlo, y una vez visitado aquel
impresionante lugar, todavía me sigo preguntando por qué me eligió a mí.
Guardé la tarjeta en la que solo figuraba el nombre de la avenida junto
con una especie de símbolo bastante enigmático, prometiéndole que no
terminaría la semana sin que fuera a visitar aquel sitio que con tanto misterio y
discreción me hablaba este peculiar personaje.
Pues bien, no dejé pasar ni un solo día, la curiosidad me venció como
mató al gato, y la tarde siguiente al encuentro, una vez hube terminado el café
que plácidamente tomaba en la terraza de un Starbucks de Broadway, apuré el
cigarrillo y me aventuré.
– No me cabe la menor duda de que hará un buen uso de ella. – Me dijo
guiñándome un ojo. – Tengo la sensación de que es usted un hombre de fiar. –
Concluyó en su despedida aquella literaria tarde…

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