TANATOS12

Capítulo 15

—¿Te vas? —preguntó, como si tal cosa, mientras se las acababa de poner y se ponía en pie para dirigirse hacia el armario.

No supe qué hacer. Me quedé allí plantado mientras ella se ponía una camisa azul celeste y me miraba de reojo.

Reaccioné lo justo como para acercarme. En principio para darle un pequeño beso de despedida. Como si decidiera agarrarme a una rutina para que me guiara.

Ella se abotonaba la camisa frente a mí y le di ese beso. Me retiré un poco. Ella no me decía nada. Y yo no sabía si decir todo, no decir nada o plantar un cebo intermedio.

Lo que era innegable era que aquello tenía un componente sexual que me tensaba. Obedecerle a ponerse aquellas medias no era obedecerle a llevar falda o pantalón. Era bastante más. La imagen de María, obediente, pero disimulando, con aquellas medias enfundando sus piernas, era tremendamente erótica… Me acerqué y le di otro beso y este le sorprendió. Hice que el pico fuera más largo. Y las yemas de mis dedos fueron a acariciar el encaje suave de aquellas medias.

Ahí sí que no pude evitar hablar. Ni lo pensé. La frase me salió sola:

—¿Y estas medias?

—¿Qué les pasa?

—¿Son las de… la noche de Álvaro? —pregunté, pues un rayo de lucidez me desveló justo en aquel momento que sí, que debían de ser las mismas.

—Pues… sí, creo que sí, ¿por?

—¿Y trabajas con ellas? —pregunté, los dos frente a frente, ella con la camisa ya abotonada. Con el contorno de sus pechos bien dibujado bajo la fina camisa, con el escote justo para no ir ni recatada ni demasiado sugerente.

—Sí. No tienen nada de especial.

Inconscientemente hice un gesto como diciendo que sí tenían algo de especial y ella me lo recriminó:

—No sé qué ves de especial, en serio…. empiezas pronto hoy…

María buscaba una falda en el armario mientras me decía que se le hacía tarde. Le pregunté si sabía a qué hora saldría del trabajo, más o menos; lo pregunté simplemente para que aquella frase suya no fuera la última de la conversación y me dijo que no lo sabía. Y allí la dejé vistiéndose… vistiéndose para Edu, simulando absoluta normalidad.

Conduciendo hacia el trabajo pensaba en por qué no le había dicho nada. Y llegué a la conclusión, en primer lugar, de que no podía: Si le decía que sabía lo de Edu y las medias la discusión no iría hacia hablar de su obediencia sino hacia el porqué de cogerle el móvil. Y, en segundo lugar también concluía que seguramente no quería decirle que lo sabía, porque decirlo implicaría poner barreras a algo que tenía curiosidad de hasta donde llegaría.

Lo cierto era que ya llevaban meses: empezando por lo de los bikinis en verano, después lo de ir en falda al juzgado, y también lo de la camisa rosa rancia para Víctor. Esto era un paso más. No sabía si solo un paso más. Si era inocente. Si no. Si sería lo último… No tenía ni idea. De nuevo la intriga como parte de aquella excitación. De nuevo el no saberlo todo como una pata más de aquella inestable plataforma que era mi juego con María.

A media mañana me llamó para decirme que iba a pasar por casa a mediodía para coger ropa de deporte, pues a la salida del despacho iba a probar en un nuevo gimnasio al que iban algunas compañeras de trabajo. Que a mediodía no le daba tiempo a ir, así que iría al final de la tarde. No me gustaba la idea porque si ya no nos veíamos en todo el día si llegaba una hora más tarde a casa nos veríamos aún menos. Intenté disuadirla diciendo una verdad, y era que no le hacía falta, pues ya fuera por metabolismo o genética estaba perfecta sin necesidad de hacer demasiado ejercicio. Ella me dijo que no era por adelgazar ni por nada en especial, sino por, al menos, despejarse y sudar un poco. A mí se me ocurrían otras formas de sudar, ya que, sin ir más lejos, no teníamos sexo desde hacía una semana, pero no le dije nada.

No me lo había planteado, pero seguramente mi subconsciente había pensado que volvería a casa aquella noche vestida con ropa de deporte, y es que me sorprendió cuando entró en casa con aquel traje de chaqueta con el que había ido a trabajar y el pelo algo mojado. También llevaba las medias puestas. Me dio un morbo tremendo. No dejaba de alucinar con que, a pesar de que pasasen los años, me seguía dando tanto o más morbo que los primeros meses.

Dejó la bolsa de deporte sobre uno de los sofás y empezamos a hablar de todo y de nada. Lo que sí hacía de vez en cuando era repetir que estaba muy cansada. Llegados a un punto de la relación, pensaba que ella ya podía ver en mis ojos cuando yo quería sexo. Aquellos anuncios de su agotamiento eran una sucesión de semáforos en rojo y direcciones prohibidas.

Los siguientes días tuvieron cada uno dos momentos clave: El primero, por la mañana, durante su ducha, pues yo aprovechaba ahí para hurgar en su móvil, siempre sin novedades de nadie. Y, por las noches, expectante a ver si María tenía a bien hacer el amor conmigo.

Si ella, después de tantos años, solo con mirarme sabía que quería tener sexo, yo también la conocía como para saber cuándo se avecinaba un bajón en su deseo, en su libido. Además el cansancio por el gimnasio era una excusa perfecta.

Así que ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles pude disfrutar de un encuentro sexual con mi prometida. Pero el jueves sucedió algo que me sorprendió:

Estábamos ya en la cama, con la luz apagada. Ya habíamos puesto la alarma, ya habíamos acabado de hablar. Solo quedaba pensar en qué pensar para quedarme dormido o dejarme ir directamente pues estaba ciertamente cansado. En aquel momento, para mi sorpresa, ella me buscó. Se giró hacia mí, me besó, me fue quitando el pijama paso a paso y se fue quitando el suyo hasta quedar completamente desnudos. Posteriormente encendió la luz de una de las pequeñas lámparas y, de frente, tumbados de lado, mirándonos, comenzamos a masturbarnos lentamente. Yo mojaba la punta de uno de mis dedos en la entrada de su coño y ella me echaba la piel del glande hacia atrás y hacia adelante, con dos dedos, con una delicadeza exquisita.

Fue como si se parara el tiempo. El silencio más absoluto. Se acabó por colocar boca arriba, incitándome a que la penetrara en la postura del misionero. Aquello era demasiado tentador… llevaba desde hacía días y días deseando estar dentro de ella. Me ubiqué sobre ella y entre beso y beso, entre roce y roce… dejé que mi miembro buscara aquella entrada, aquel coño perfecto… que acabó por abrirse con elegancia y delicadeza a la tercera o cuarta errática fricción.

Ella llevaba sus manos a mis nalgas, para marcarme el ritmo. Un ritmo lento, lentísimo. Yo la penetraba y apoyaba las palmas de las manos a ambos lados de su cuerpo. Nos mirábamos. Con una conexión similar a la que ya habíamos tenido al hacerlo al día siguiente de la noche en casa de Álvaro.

Nos acariciábamos el pelo. La cara. Juntábamos nuestras bocas y nuestros labios para respirarnos cada uno en la boca del otro. Siempre mirándonos. No había gemidos. Ni tirones de pelo. Ni insultos. Ni se buscaba el orgasmo. No era eso.

Yo, a pesar de aquella leve cadencia, sentía un placer inmenso, pues su coño se abría de una manera moderada. Llegué a sentir tanto placer que hubo un momento en el que cerré los ojos y la pude presentir sonreír. Efectivamente, cuando volví a abrir los ojos, ella me acariciaba el pelo y la cara… y… me dijo que me quería.

Me impactó. No era algo que nos dijéramos mucho. Lo reservábamos para momentos especiales. Creo que en aquel contexto nunca me lo había dicho, y mi cara debió de ser muy expresiva pues ella susurró sonriente:

—¿Qué pasa? ¿No te lo puedo decir?

—Sí, sí. Claro que sí.

—Ahora no me digas que tú también, que queda mal —dijo, graciosa, con aquella coquetería que me mataba.

Aquel encuentro sexual se mantuvo constante en ritmo y forma. Con aquella cadencia, con aquellos cruces de miradas, con aquellas caricias. A veces dejaba caer mi torso sobre el suyo y así no taba sus pezones clavarse en mi pecho, y ella aprovechaba para abrazarme con sus piernas y para acariciarme la espalda. Mi olfato se perdía en su nuca y en su melena mientras mi polla la penetraba incesante y complacida.

Acabé por pedirle que se diera la vuelta y, de buenas maneras, me pidió que no, que acabara así. Le hice caso. Aceleré un poco. Sabía que ella no se correría con aquel ritmo ni en aquella postura, pero supe que a ella no le importaba. Su mirada era inequívoca de que quería que pasara justo lo que estaba pasando. De nuevo volcado sobre ella, con sus piernas abrazándome y sus pezones marcando mi pecho me susurró que me corriera, que me corriera dentro de ella. Entrelazó los dedos de sus manos en mi pelo y yo me dejé ir… respirando agitadamente, bufando en su cuello, en un orgasmo largo… la fui llenando chorro a chorro… feliz, despreocupado, agradecido. Agradecido por darme una paz que yo estaba empeñado en dilapidar.

Tras aquello se inició el ritual de ir yo a por papel higiénico, dárselo, asearnos en el baño… pero esta vez acompañado de miradas cómplices.

Quizás no fuera el momento, pero una vez metidos en la cama otra vez, le propuse salir a cenar al día siguiente, o el sábado… y aprovechar esa cena y posterior noche para que me contara por fin todo lo que aún no sabía de lo sucedido en casa de Álvaro.

—Si te digo la verdad prefiero dejarlo para la semana que viene— dijo, en un tono afable.

—¿Y eso?

—Pues… No sé… No tengo mucho el cuerpo para hablar de esos dos idiotas. Que, por cierto, hace tiempo que no me escriben… Veo que te estás controlando para no preguntarme por ellos —rio— Ni me preguntas por ellos ni sobre si Edu me dice que me vista así o asá.

Obviamente no le preguntaba por ellos porque cada mañana comprobaba en su móvil que no había novedades.

—Es que no te pregunto porque doy por hecho que si pasara algo nuevo me lo contarías —dije sorprendido de mi propia perspicacia.

—¿Ah sí? ¿Tan comedido… y… paciente… te has vuelto? —volvió a sonreír.

Estaba respondiendo a esa pregunta cuando me solapó diciéndome que además deberíamos aprovechar el fin de semana para ultimar cosas de la boda y del viaje que haríamos después. No le faltaba razón, aunque aquella cena no me parecía incompatible con dedicar el fin de semana a cerrar aquellas cosas de la boda y del viaje que aún faltaban por cerrar.

Aquel fin de semana fue tremendamente tranquilo y volví a ver a la María risueña y jovial que me di cuenta que hacía semanas que no veía. Llegando incluso a sentirme culpable por alejarla de aquel estado suyo natural.

La semana siguiente siguió con aquella dinámica de curiosear el móvil por las mañanas y de esperar que no estuviera muy cansada por las noches. Su teléfono seguía sin recibir novedades y no fue otra vez hasta el jueves que, de forma similar al jueves anterior, volvimos a embarcarnos en un polvo tranquilo, a volver a hacerlo completamente desnudos, sintiendo nuestras carnes, la piel del otro… la respiración del otro, los latidos del otro, la mirada del otro…

Tras un rato así volví a plantearle que se diera la vuelta y me ofreció cambiarlo por subirse encima de mí. Tremendamente imponente comenzó a montarme, haciendo círculos con su cadera. Sus pechos brotaban enormes de su torso, sus areolas me hipnotizaban… se echaba la melena hacia atrás constantemente para que le pudiera ver bien las tetas; lo hacía a propósito, cada vez que por inclinarse para besarme su pelo las cubría.

En un momento dado, con sus manos apoyadas en mi pecho, con sus ojos entrecerrados y nuestros leves suspiros, me dijo:

—Me encanta hacerlo así…

—¿Así cómo?

—Así… mirándote, sintiéndote, despacio…

—¿Eso es que te pongo? —dije sin pensar.

Ella abrió más sus ojos. Dejó de moverse.

Completamente quietos. Formando un solo cuerpo. Tenuemente iluminados por la luz de la pequeña lámpara de la mesilla. Acabó por decir:

—Claro que sí. Aunque es difícil de explicar.

—¿Difícil de explicar? ¿Por qué? —dije sorprendido.

—No sé… ¿Seguimos un poco y te lo cuento después?

—No, dímelo ahora.

—Pues… claro que me pones. Me encanta lo que tenemos. Follar así —dijo, algo incómoda, llevando su melena a un lado de su cuello, atusándoselo. Y a mí me llamó la atención que usara la palabra follar, pues aquello, aunque maravilloso, más lo calificaba como hacer el amor que como follar.

—¿Entonces? —pregunté al ver que ella no continuaba.

—Entonces nada. Que… hay momentos y momentos… Que… una no está siempre igual. Hay… eso, momentos, o días, o semanas más bien… que no puedo negar que lo de… pues lo del arnés… lo de fantasear… pues sí que tiene un punto diferente, un punto más, que no es un punto mejor… no sé, que es diferente. Y que… pues que a veces eso está bien, si los dos estamos en ese punto. No sé si me explico.

—Sí… más o menos.

—Y nada. Es que, a ver, es como si hubiera niveles… Es difícil de explicar. Cuando pues… estoy normal, como ahora, pues para mí esto es lo mejor. Hacerlo como hoy, como el otro día… Es algo que… solo tengo y tendré contigo. Y… nada. Eso.

—Pero qué niveles —pregunté, disimulando mi alegría por aquella frase que acababa de decir.

—Pues sí, que cuando estoy normal me encanta así… Que… cuando estoy… cómo decirlo, pues cuando estoy un poco más, pues sí que lo de fantasear y el arnés… y eso… pues está bien. Y bueno, que sí que a veces como que aún hay otro punto más, u otro nivel más… en el que… siento que no… A ver. Es que no sé cómo decirlo, pero no puedo negar que hay veces que sí he necesitado ese paso más. No sé.

—Uff. No entiendo. ¿Entonces es como que te pongo cuando… cuando menos excitada estás?

—No… no es que me pongas menos… Es que… No sé. Es un lío. Es que ni yo misma sé muy bien.

—Pero has dicho eso. Más o menos —dije mientras mi polla, que había decrecido y perdido dureza se salía de su cuerpo.

—Bueno. Pues sí. Puede que sea algo así.

María estaba tan sumamente guapa, subida a mi aunque ya sin mi miembro dentro… y con aquel semblante de querer ser sincera y no querer hacerme daño, que me sentí más enamorado que nunca. Por mucho que en cierto modo lo que me decía podía llegar a ser doloroso.

—¿Entonces? —pregunté.

—Entonces… nada.

—Quiero decir… cuando… estés en uno de esos momentos… o semanas… en los que no te pida el cuerpo hacerlo así, como hoy, y lo de fantasear sea insuficiente, ¿qué va a pasar?

—Pues… que tendré que aguantarme… y más cuando estemos casados. Esta locura se tiene que acabar ya.

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