ELIZABETH GARCÉS FERRER

 

La montaña que se dibujaba en el horizonte era, definitivamente, algo totalmente majestuoso. Una masa imponente que parecía romper el cielo con la punta perfilada de su cima.

Esther la tenía como a una amiga, esa compañera que le daba un ferviente saludo cada día, le gustaba y no deseaba que fuera de otra manera. La montaña estaba frente a su apartamento, allá, a lo lejos pero igualmente cerca puesto que le era posible admirar cada uno de sus abruptos rincones y desniveles.

Los rayos del sol la acariciaban muy delicadamente temprano en la mañana mientras que se vestía de múltiples e intensos colores, al morir la tarde. Para Esther era simplemente delicioso ver que aquella imponente masa tenía una « vida « propia que se acoplaba perfectamente con la belleza que puede ofrecer un tiempo que corre tranquilamente.

Esther era joven pero llevaba una vida totalmente aburrida. Cada día hacía lo mismo, un mecanismo que no cambiaba casi nunca. La rutina se instaló poco a poco y sin que se diera cuenta. Se dejó llevar por las actividades diarias, por el cumplimiento de las mismas y quedó atrapada en la idea de que hacía lo normal.

Era secretaria en un consultorio medico, largas horas de trabajo y después regresaba a casa tan cansada que las ganas le faltaban para salir por la noche. Ella, que siempre fue dinámica, que buscaba hacer cosas nuevas para que el interés no faltara en su existencia se hallaba metida en un túnel del cual no sabía salir.

Hacía tiempo que no íba al cine y ya no recordaba el nombre del restaurante al que acudio por última vez. Veía poco a los amigos y siempre por la misma razón : no tenía tiempo o el cansancio era mucho.

La fuerza de la rutina es igual de importante que la que nace de lo agradable, por lo que los desgastes ocacionados por esa rutina son desvastadores para el alma y es lo que le ocurría a Esther : sentía que sus emociones se « secaban » inexorablemente.

Contemplar la inmensa montaña era un bálsamo para su organismo, resentía una paz interior que le faltaba. Aquella imagén ante sus ojos le recordaba que otra manera de vivir era posible, que podía hacer cosas diferentes que la llenaran completamente.

La montaña era un « algo » aparte, no se trataba de la locura de los hombres, ese correr sín saber el por qué se hace. La atracción que ejercía el pedazo de tierra era positivo y Esther hasta sonreía dulcemente mientras su mirada no se desviaba del horizonte.

En el silencio y la deliciosa calma que experimentaba se reencontraba consigo misma. Respiraba pausadamente y sentía que la vida circulaba por sus venas. No podía explicarlo pero gracias a la montaña se impregnaba de optimismo.

La locura en la ciudad : autos, multitud y otras muchas cosas pero la montaña, increiblemente bella, dominaba el tiempo y el espacio sin que fuera tomado en cuenta. Una presencia muda, requería una gran atención para interpretar lo que intentaba « decir » pero Esther descifró el mensaje : la montaña le regalaba la tranquilidad que necesitaba.

 

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