LUIS4CONT

VI Bea.

Bea había aparcado justo enfrente del salón de baile de Quique.

Llevaba ya un rato largo observando el local. ¿Cuántas noches había dejado el coche en ese mismo aparcamiento? ¿Cuántas horas y cuántas cosas habían pasado allí dentro?…

Recordó que el sitio no le había hecho mucha gracia al principio. Solo la insistencia de Carol la empujo a apuntarse a las clases. El ambiente le parecía chabacano y la salsa y la bachata no eran sus fuertes. Su amiga sin embargo, parecía moverse por allí como pez en el agua, animándola a ella y a Nerea a dejarse de prejuicios y a tratar de pasárselo bien.

Por ahí pululaban varios macizos… algún mulato y el resto, género local. Mucho músculo y poco seso para su gusto. Demasiado directos: tenían el deseo pintado en la cara. Acostumbrados a chavalitas que no solían ponerlo muy difícil, hicieron sin embargo de ellas, una cuestión de amor propio. A Nerea y a Bea, les divertía la situación más que otra cosa. Tenían que haber visto venir el peligro. Carol, sin embargo, se lanzaba a él de cabeza.

Y como tenía que destacar, eligió a Quique, el macho alfa y dueño del local.

Quique era distinto. Ella se dio cuenta enseguida de que habían conectado. En apariencia, no parecía muy diferente de los demás, pero era inteligente y sabía respetar los tiempos. No era de los que entraban a matar enseguida.

Tenía la paciencia del cazador. Seleccionando a su presa, dejándola evolucionar a su alrededor, tentándola a ver cómo reaccionaba, elaborando una estrategia y finalmente, cobrándose su pieza. Casi dejando que fuera ella la que se echara sobre la boca del fusil.

Si pensaba que como se había enrollado con Carol, a partir de entonces la iba a dejar en paz, estaba muy equivocada. Fue sólo una estrategia de despiste. Un modo de continuar cerca de ella, porque al principio, cómo si intuyera el peligro, Bea lo rechazaba.

Y luego Carlos. Menudo idiota. Con el dichoso jueguecito del morbo. Excitándose cuando ella le contaba cómo se la comían con los ojos los habituales de allí, y como tenía que estar continuamente, retirando manos de donde no debían estar. Alcanzando un nuevo nivel de calentura, cuando le contó que Quique la rondaba. Pero tenía que reconocer que a ella también le ponía el asunto. Sus polvos habían mejorado bastante, tras una etapa un poco rutinaria. Quizá por eso, no anticipó lo que se le venía encima.

En fin. Ahora tocaba fin de ciclo.

Decidida, se bajó del coche. Sacó del maletero un troller y se dirigió al local.

Aún era temprano y apenas había nadie dentro.

– Hola, Bea, la saludó el camarero.

– ¿Está Quique?

– Sí, ahora lo aviso… ¿Quieres tomarte algo mientras?

-No, gracias. En realidad sólo venía a darle esto. Tengo prisa, si te parece, te lo dejo a ti.

– ¿Tanta prisa que ni una despedida?

Bea se giró al oír la voz.

Quique la miraba con esa media sonrisa de galán algo anticuado, que ella tan bien conocía.

– Quique, ya nos hemos despedido. Solo he venido a traerte tus cosas. Me he cansado de esperar que vayas a por ellas.

Él ignoró sus palabras e insistió:

– ¿Y una última copa?

¿Una última copa? Sería idiota… como si se acabaran de conocer.

– Quique, nos conocemos demasiado para seguir haciendo el tonto. Prueba con alguna de tus nuevas amigas. Me voy.

Él la cogió por el brazo cuando pasó a su altura.

– No tenías que haberte ido a Londres.

– No tenías que haberte quedado aquí. Tendrías que haberte venido conmigo. Pero eso nunca entró en tus planes. Renunciar a algo por mí, nunca entró en tus cálculos.

– Renuncié a todas las demás…

– Los primeros años, Quique, hasta que te deje solo. ¿Cuánto tardaste en acostarte con la primera, apenas me fui? ¿Y si me hubiera quedado? ¿Cuánto hubieras tardado de todas formas?

– Te lo vuelvo a repetir: no tenías que haberte ido…

– Estamos entrando en bucle cariño. Mejor dejarlo ya…

– Estás enfadada y lo entiendo. Dejemos correr un tiempo. Te llamaré más adelante.

– No lo hagas. Adiós.

Bea se dirigió a la puerta sin mirar atrás. Cruzo la calle y entró en su vehículo. Echó un último vistazo y luego giró la llave de contacto. Condujo sin prisas, dando un rodeo antes de ir a casa. Le gustaba ir con la ventanilla bajada, sintiendo el aire en la cara.

A estas alturas ¿cómo podía ser tan imbécil Quique? Todavía intentándolo. Por puro orgullo, seguro. No porque la quisiera, sino simplemente, porque sabía que no le gustaría verla con otro. Porque de alguna forma, la consideraba de su propiedad, como buen macho latino.

Al principio fue diferente. Ella no dio ni un duro por su relación, pero se sorprendió ante un Quique que parecía dispuesto a cambiar. A cambiar por ella. Y de hecho lo hizo. Aunque era un espejismo, ella creyó que podía ser para siempre.

Por eso, cuando a Bea le surgió una buena oportunidad profesional en Londres y decidió que la aprovecharía, se sintió muy decepcionada cuando él se negó a acompañarla. Necesitaba irse. Necesitaba probarse a sí misma, despegar profesionalmente, labrarse un futuro y sobre todo romper con su anterior vida. Para ella era una cuestión vital. Y sin embargo Quique lo interpretó como un capricho, negándose a traspasar un negocio que apenas le daba para comer.

Pero allí él era rey. Y seguía llamando la atención entre las mujeres.

Esa fue su prueba de amor y Quique no la superó. Ni siquiera hizo el intento de probar:

– Vente un mes y luego ya vemos. Pues nada, ni eso.

Esos dos años y medio fuera destruyeron su relación. Pero ella estaba convencida que, de haberse quedado, no hubiera sido muy diferente.  Quizás hubieran tardado algo más, pero Quique, tarde o temprano hubiera vuelto a las andadas. Lo llevaba en la sangre. Bea aprendió a no culparlo. Ya no. Simplemente no podía ser y ya está. Dos años más, malgastados intentando arreglar lo que ya era irreparable.

– Quiero tener un hijo… le había dicho él.

– ¿Con quién? ¿Conmigo o con otra?

– No seas estúpida, Bea.

– Quique, nosotros no vamos a tener un hijo.

– ¿Por qué no? Eres la única de tus amigas que todavía no los ha tenido… ¿Es por el trabajo?

–  ¡Es por ti, idiota! ¡Estás tonteando con otras mujeres y me pides que tengamos un hijo!

– Quizás eso pudiera solucionarlo todo…

– Quizás yo no estoy dispuesta a arriesgarme. Bastante tengo ya para encima quedarme embarazada de ti.

No hizo falta que Bea lo pillara con las manos en la masa. Demasiado bien lo conocía. Podía adivinar incluso el día que había follado con otra, aunque Quique era un genial actor y nunca perdía los papeles, ni se ponía nervioso. Lo que quiera que sea que habían tenido los primeros años que formaron pareja, ya lo habían perdido. Y Bea sabía que era para siempre. Por eso decidió romper con él. No tenía sentido seguir más tiempo juntos. ¿Por qué Quique no la dejaba ir de una puñetera vez? Al final ¿había que ponerse violentos? Bueno, si tenía que ser así…

Bea lo echó de casa. De su casa.

Pues eso, fin de ciclo. Bea estacionó el vehículo en su garaje y apenas llegó, se fue directa a la ducha. Un buen rato bajo el agua caliente le vendría bien. Quizás pudiera desprenderse de los sentimientos negativos y de los restos de culpa que aún pudiera albergar. No entendía como los tipos como Quique, tenían esa facultad para hacer que las mujeres se sintieran culpables de todo.

Siempre somos nosotras las que tendremos que entender y comprender. Siempre las que tenemos que ceder. Las que asumimos que ellos no pueden cambiar y tenemos que aceptarlos como son. Las que nos responsabilizamos de todo lo que sale mal. Las que cargamos con la culpa: La culpa de haberme ido a Londres, de haber buscado mis oportunidades profesionales, la culpa de haber elegido no ser madre, la culpa de no haber aceptado que Quique no podía ser en exclusiva para mí…

Pues ¿sabes qué? A la mierda con la culpa. Es un lastre. Igual que Quique.

Bea sabía que debía sentirse aliviada. Había tomado la decisión correcta. Ahora era libre para buscar un compañero de verdad, para ser ella misma y para empezar de nuevo. Y sin embargo, el regusto que le quedaba era amargo. No conseguía alegrarse por mucho que lo intentara. Bueno, tiempo al tiempo.

Salió de la ducha envuelta en una toalla. Se vistió con un camisón corto que le llegaba solo hasta los muslos. Sus zapatillas cómodas de estar por casa y una copa de vino en la mano.

Era hora de relajarse.

Entonces sonó el teléfono: Carol.

Se sentó y se dispuso a atender a su amiga. Le apetecía hablar y desconectar un poco. Sin embargo su rostro denotó sorpresa. El movimiento de la copa hacia sus labios quedó interrumpido. Lentamente, dejo el vino sobre la mesa. Durante un momento se quedó desorientada sin saber muy bien qué pensar, qué decir o qué hacer.

– Bea, ¿estás ahí?

– Sí, Carol, perdona. Es que no me lo esperaba.

– Pues sí, me lo acabo de encontrar saliendo de la estación.

Le dio todos los detalles de su encuentro, incluida esa propuesta de tomarse un café juntos.

– ¿Te ha dicho por qué…?

– ¿Por qué ha venido? por temas de trabajo, creo.

Diez minutos después, Bea colgaba el teléfono. Sus dedos tamborileaban en la mesa. Era la señal inequívoca de qué estaba dándoles vueltas a algo. Siempre lo hacía cuando se abstraía o se ponía nerviosa.

Carlos estaba en la ciudad.

¿Qué demonios había venido a hacer? Carol le había dicho que había venido por temas de trabajo. Después de tanto tiempo… Qué casualidad que hubiera llegado ahora, justo cuando ella había cortado con Quique. Desechó esos pensamientos. No podía ser, llevaban muchos años sin hablarse, tenía que ser una coincidencia. No podía estar relacionado.

Sí, bastante tiempo…

Volvió a coger la copa y ahora sí, le dio un trago largo al vino, dejándola casi vacía. Desde luego, era mucho sin verse y las últimas veces que habían hablado, no habían sido desde luego agradables.

Bea recordó que todo había empezado con aquel viaje de Carlos. Aquella noche loca en su casa…y la mañana más loca aun. Desde ese día, su novio estuvo raro. Habían intercambiado mensajes donde le decía que venía de vuelta. Pero no llegaba. Bea se preocupó. Hizo varias llamadas y le saltaba el buzón de voz. Finalmente, Carlos le dijo que había surgido un imprevisto y tenía que volverse.

– Pero ¿Estas bien?…

– Si, no te preocupes, es un tema de trabajo.

Regresó dos días después y ya no era el mismo. Distante, agotado, como si estuviera enfermo. Recordó cuan preocupada estaba, sobre todo cuando se percató de que Carlos marcaba distancia con ella. Pero ¿Qué cojones pasaba?

Lo primero que se le pasó por la cabeza, es que se había enterado de lo suyo con Quique. Era lo más evidente. Pero acabó descartando la idea. ¿Quién se lo habría contado?

Nadie sabía que se habían acostado. Nerea, no salió de la habitación en toda la noche, y Carol, dormía la mona. Y aunque la hubiesen visto tonteando con Quique, en el cuarto de invitados, era solo eso, un tonteo. No habían llegado a follar. Cuando lo hicieron por la mañana estaban solos. Nadie sabía que Quique había vuelto. Además, ninguna de sus amigas le iría con ese cuento a Carlos. Por otro lado, Claudio no pintaba nada y ni siquiera sabía quién era su novio.

Y ¿Quique?…

No, no tenía sentido. Quique había ido detrás de ella desde el principio. Ahora que había conseguido lo que quería ¿Por qué la iba a delatar? No le convenía. A menos que…bueno, que quisiera quitarse a Carlos de en medio. Ella le había dado largas desde ese día, pero ambos sabían que sólo era una tregua. De hecho, continuaba acudiendo a las clases de baile y conforme la relación entre él y Carol se iba deteriorando, su complicidad crecía. Tarde o temprano, ambos sabían que acabarían follando otra vez. Pero ahora, en plena crisis, ella no se planteaba nada que no fuera aclarar las cosas con su novio. ¿Es posible que Quique hubiera lanzado un torpedo a la línea de flotación de su relación? ¿Quería algo más que sexo?

Bea estaba muy confundida. Creía conocer muy bien a Carlos. Le resultaba impensable que ante un chismorreo referente a infidelidades, no se lo plantease directamente a ella. Y más, habiendo fomentado él mismo el jueguecito de poner calientes a otros hombres. No, no era posible que ante un chivatazo, Carlos la dejara sin pedirle ninguna explicación ni aclarar nada.

Entonces ¿Qué diablos estaba sucediendo?

Solo obtenía vagas respuestas al preguntarle. Evitaba la confrontación. Bea empezó a desesperarse.

Luego, pasó lo de Nerea. Ella estaba allí la noche que se presentó Javi y los pilló liados. Fue como un golpe para todas, incluida Carol. Un baño de realidad que a ella le afectó especialmente. Podría haber sido su caso. De hecho, desde ese día no volvió a contestar los mensajes de Quique y de atender sus llamadas. También dejó de ir al club de baile.

Apenas un par de días después, Carlos se iba del piso que compartían. Bea no entendía nada. Más vaguedades, más excusas.

– Pero ¿Por qué? Carlos, dime que ostia está pasando aquí.

– Bea, creo que lo nuestro ya no funciona. Es mejor que nos tomemos un tiempo.

– ¿Me quieres decir que es lo que no funciona?

– Quizás yo.

– Oye, dime que te pasa conmigo ¿es por lo que te he contado de las clases de baile? ¿Es por Quique? Te recuerdo que todo eso fue idea tuya…

– Pues igual no fue buena idea…

– Carlos, seamos claros por favor… ¿sospechas de mí?

– No lo sé Bea. Te he dicho que no es solo por ti…démonos un tiempo, te lo pido por favor. Necesito estar solo.

Era imposible. No consiguió arrancarle ni una palabra más. Bea pensó que era mejor dejarlo ir. Que se calmara. Fuera lo que fuera que le pasara, ya habría tiempo de hablar más adelante. No podía saber que Carlos salía de su casa y de su vida para siempre.

Esta vez, fue ella la que llamó a Quique.

– Oye ¿tú le has contado a alguien lo nuestro?

– ¡Que alegría oírte rubita!

– ¡Que si le has contado algo a alguien!

– No sé de qué me hablas…

– Creo que Carlos sabe que nos enrollamos aquel día…

– Pues no ha sido por mí, guapa…contestó. Parecía molesto. Quizá esperaba que ella le llamara para quedar. Oye, tenemos que vernos. Tenemos que hablar…

– Sí, ya se yo lo que tú quieres…

– Pues lo mismo que tú, guapita…no me digas ahora que te arrepientes. Sé bien cuando una mujer disfruta conmigo.

– Quique por favor. Ahora no estoy para nadie. Por favor no me llames.

– ¡Si me has contactado tú!

– Sólo para saber si habías hablado con alguien.

– Ya te he dicho que no.

Quique parecía sincero. Se reafirmó en que Carlos no debía saber la verdad, aunque podría tener sospechas. Entonces ¿Por qué se iba? ¿Por qué no quería hablar claro con ella?

Algo estaba pasando y se le escapaba el qué.

Decidió no insistir. Si Carlos quería su espacio, pues muy bien. Sea lo que fuese, rompería por algún sitio. Y presionarlo no servía nada más que para empeorar las cosas. Cuanto más insistía, más alterado se ponía él, así que resistió la tentación de confesarle la infidelidad. Si como pensaba, su novio no lo sabía, esto acabaría de complicarlo todo.

La semana siguiente las cosas fueron a peor. Carlos dejó de responder a sus llamadas una vez se instaló en el nuevo apartamento. La cabeza de Bea no paraba de funcionar. Entre tanta confusión, no acertaba a comprender lo que sucedía. Tenía que haber una explicación lógica. Y la única que encontró su celebro fue la peor.

Cuando se enteró de que Nerea se fue a vivir con Carlos, las piezas del puzle parecieron encajar ¿Por qué con él? ¿Por qué Nerea no se marchó con Carol o la misma Bea, que al fin y al cabo eran sus amigas? La necesidad de encontrar respuestas la hizo dirigirse hacia la única luz que vio encendida. En su mente confundida y atribulada, se instaló la duda. Y la duda, una vez anida, carcome todo a su alrededor.

Que Carlos no le devolviera las llamadas, solo la hizo reafirmase en sus sospechas. Como no podía hablar con él, abordó a su amiga. Ella lo negó, pero se mostró muy agresiva. Tan agresiva como una mujer a la que le quitan lo único a lo que puede agarrarse. Lo que siguió fue aún más desconcertante.  Carlos la llamó para pedirle explicaciones de su pelea con Nerea. Toda la semana sin cogerle el teléfono y la llamaba para defender a Nerea ¿Cómo podía ser tan cruel? A menos que…efectivamente estuvieran enrollados. Lo peor fue que ni siquiera se molestó en negarlo.

Tenía que enfrentarse cara a cara con él. Se acabó el tiempo. Había que poner todas las cartas encima de la mesa. Ya estaba bien de acertijos.

Dejó pasar unos días. Necesitaba calmarse. Que se tranquilizaran todos. Si no, pasaría lo mismo que la mañana que se vio con Nerea. Una pelea de sordos.

Esa noche, se dirigió a ver a Carlos. No se esperaba la sorpresa de verlo salir con Nerea cogida de la cintura. Boquiabierta, se mantuvo a distancia y los siguió hasta el parque. Los vio caminar juntos, cogidos de la mano. Abrazarse y besarse. Actuaban con una intimidad y confianza que no dejaba lugar a demasiadas dudas.

Así que era eso. Tenía que ser la explicación. La zorra de Nerea le había quitado el novio. Cuándo y cómo sucedió, es algo que todavía no sabía. Pero lo cierto es que eso lo explicaba todo. La desidia de Carlos. Su negativa a darle explicaciones. El hecho de que hubiese recurrido a él en primer lugar, después de que Javi la sorprendiera…incluso veía una conspiración en el juego que su novio le había propuesto, el de tontear con otros ¿Era una excusa para luego poder quitársela de encima?

Su mente bullía barajando las opciones potenciales. Y en todas, solo le parecía posible una conclusión: había sido objeto de una encerrona por parte de Nerea. Tenía a Javi como pareja, a Claudio como amante y a Carlos como refugio si las cosas se torcían, como parecía que había acabado sucediendo.

Sintió que le hervía la sangre. Caminó hacia ellos y se plantó justo a sus espaldas.

– Eres una cabrona hija de puta, Nerea.

– ¡Bea! ¿Qué haces aquí?

– ¿Qué pasa? ¿Es que molesto? No te preocupes que me voy enseguida…

– Bea, tu no lo entiendes…intentó terciar Carlos…

– Precisamente ahora es cuando lo entiendo. Lo veo todo perfectamente claro…

– Bea, déjanos explicarnos…lo que pasa es que Carlos y yo…  

– Cállate zorra, no tengo nada que hablar contigo.

Y dirigiéndose a su ya ex novio, le espetó:

–  No te molestaré más. Si esto es lo que quieres muy bien…supongo que ya no es necesario darnos “un tiempo”. Podrías habérmelo dicho desde primera hora. Me has tenido en vilo muchos días. No lo esperaba de ti, Carlos. Eres el único hombre que no me imaginaba capaz de hacerme algo así. Tú no…

Con los ojos arrasados, ya sin poder contener las lágrimas de pena y rabia mezcladas a partes iguales, Bea se dio la vuelta y corrió para alejarse de ellos.

– Bea, espera. Déjame hablarte un momento solo…   

– No me llames. No quiero verte nunca más…fueron las últimas palabras que le dirigió Bea antes de huir de allí.

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