SIX

Joder como me había puesto ese encuentro fugaz en aquel pasillo. El corazón me iba a mil, y no podía dejar de sonreír por los nervios. Un segundo más y me hubiera desmontado. Si hubiera escuchado un ruido, a alguien. Hubiera huido de allí como un gato que se sabe descubierto, de un brinco y a toda velocidad.

Me temblaban las manos, el pecho me repiqueteaba.

“Ana va sin bragas!”
“Sin bragas por mi!
“Tan solo porque yo se lo había pedido!”
“Joder!”

Iba a zancadas hacía mi despacho para que nadie se cruzara conmigo y le diera tiempo a darse cuenta de la empalmada que llevaba.

“Joder!”

Me costó darle un tiempo antes de enviarle nada. Aquello había sido un farol que me costaría mantener. Cogí el móvil no sé cuántas veces, pero quería tenerla esperando aquel mensaje con el que la amenacé. Que estuviera alerta, y sabiendo que en cualquier momento la reclamaría.

Aunque creo que me costó casi más a mi aguantarme, que a ella estar por el móvil. Por suerte me controle mientras mi pervertida mente me invadía a ideas y fantasías con las que podría jugar con Ana allí mismo.

“Joder!! Sin bragas!” Me repetía mi mente mientras mi polla palpitaba con cada latido de mi corazón.

Y sonó la sirena del almuerzo haciéndome ver que en todo aquel rato no había hecho nada de curro, ni avanzado nada en toda la mañana. Tan solo tuve en mi cabeza a Ana, un millón de escenas del fin de semana pasado, y mil fantasías con ella en el trabajo, ahora que sabía que iba sin ropa interior. Parece mentira, pero estaba obsesionado con aquello.

Me levanté y me dirigí hacía el comedor con la idea de quitarme a Ana de la cabeza, ya habría tiempo para ella después de adelantar la faena.

A mí, que siempre me había gustado llevar las cosas más o menos al día. Ahora tenía un sinfín de cosas empezadas, y todas con sus complicaciones y sin acabar.

“Joder que mal voy… Tengo que espabilar… Que cojones estoy haciendo…”

Parecía un adolescente en época de exámenes con muchas tareas por estudiar, dejándolas para el último día.

“Demasiada fiesta”.

Me saqué un café de la máquina y me dejé caer contra uno de los muebles. Normalmente, y desde que ascendí. Ya no me relaciono con los demás. Así que suelo quedarme por ahí apartado de todo el mundo y mirar mi móvil mientras me tomo un café.

Poco a poco fueron llegando todos. Unos alardeando de lo barato que había comprado algo en internet, otro hablando todavía de unas conexiones. La típica jerga del curro, como cada mañana.

La verdad es que apenas solía sentarme. Iba rápido, tomaba mi café y me iba a mi despacho a navegar por internet, o perder el tiempo de alguna manera. Pero en cuanto vi entrar a Ana junto a otra secretaria con la que siempre se sentaba a almorzar, me empezó a subir la temperatura.

Se sentaron en la misma mesa de siempre, y yo, por una cosa u otra, no pude apartar la vista de Ana. Aunque sabía perfectamente la razón.

Las mesas que tenemos en nuestra cafetería/comedor, son de un modelo del Ikea, un tablero y cuatro patas, lo más simple y barato que se encontró. Y las sillas, son las típicas de plástico con patas de metal. Así que en cuanto Ana cogió el respaldo de una y se dispuso a sentarse, mi pulso aceleró. Mis ojos eran incapaces de mirar a otro sitio.

Se sentó dando un pasito lateral muy comedido hasta situarse delante de la silla. Luego se inclinó hacía la mesa para echar su culo hacía atrás, y en ese momento, para mí, se detuvo el tiempo. Sus pechos se acercaron al sobre de la mesa, y su blusa me dejó ver su escote. Yo estaba sentado a unos cuantos metros delante de ella, pero me pareció poder oler su piel, sentir su calor. O quizás fuera el mío, porque Ana me aceleraba el pulso y me provocaba fiebre.

La vi sentarse dejando caer su culo con la espalda arqueada, frotando sus nalgas y la pantorrilla de sus muslos con una mano para acompañar a su falda y que esta no quedara plegada por la parte de atrás. Un gesto que le habría visto hacer mil veces, y que en otras ocasiones no había reparado en él. Pero ahora, sabiendo que tan solo le separaba la fina tela de su falda de estar desnuda de cintura para abajo, me obsesionaba.

Ana cruzó sus piernas, echándose levemente hacía atrás un momento, y me maldije por no estar sentado frente a ella, porque desde donde estaba no pude apreciar nada.

“Joder!”

Sacó sus cosas de una bolsita térmica. Unos tuppers con un poco de ensalada, y un yogur. Casi siempre almorzaba lo mismo, y luego a veces se sacaba un café o algo de la máquina.

Para no perder más oportunidades, decidí sentarme frente a ella, pero no en su mesa, obviamente, si no en la mesa de enfrente, donde tuviera ángulo para mirar, pero sin levantar sospechas.

Para mí, el almuerzo había pasado a segundo plano, ya solo me importaba Ana, Intentar cazar algo, u observarla. Me tenía obsesionado su falda, la miraba y era como verla desnuda… Joder, me daba morbo tremendo saber que no llevaba nada!

Sentarme en aquella mesa también me sirvió para ocultar mi erección. Cogí el móvil para disimular, haciendo como si mirara algo, pero en realidad solo deslizaba el dedo para pasar de un escritorio a otro, o abría y cerraba el navegador. Estaba pendiente de Ana, de cómo se movía, y si se había dado cuenta de que estaba en la mesa de enfrente, frente a ella.

Y no, en realidad estaba pendiente de todo menos de mí. Hablaba con su compañera, sonriendo, aunque le noté algo extraño. Ya había visto a Ana sonreír de aquella manera. Estaba nerviosa.

De vez en cuando miraba de reojo a todas partes, distraída de lo que fuera que le estuviera contando la chismosa de su amiga. Yo tampoco prestaba atención a su conversación.

Ana había cruzado sus piernas ya tres veces, y se recolocaba en la silla buscando una posición más cómoda cada dos por tres. Sonreí como un tonto delante de la pantalla de mi móvil. Yo sabía perfectamente porqué Ana estaba tan incómoda.

Aquella falda le llegaba hasta las rodillas, lo que hacía que sentada se le subiera casi hasta medio muslo. Yo no paraba de mirar de reojo bajo la mesa, pero por desgracia, apenas apreciaba nada entre la penumbra, y que Ana giraba sus piernas al cruzarlas. Aun así con cada movimiento de sus piernas que detectaba, mis ojos se clavaban en sus rodillas intentando ver algo que sabía que era imposible de ver.

Abrí el Whatsapp y le escribí.

[Oscar] Pareces nerviosa?

Ana notó la vibración y se disculpó con la compañera con la que charlaba para coger el móvil y mirar la pantalla. Vi el asombro en sus ojos, y de manera inconsciente, me miró de reojo, y sonreí.

Luego miró de nuevo a la pantalla.

[Ana] Estoy muy incómoda cabronazo!
[Oscar] Por?
[Oscar] Dirás fresquita! O tienes calor?
[Ana] Que gracioso! Si lo sé, no te hago caso.

Y me miró de reojo haciendo una mueca que solo yo aprecié.

Sonreí, disimulando, porque me estaba descojonando por dentro. Aquello me estaba dando muchísimo morbo, y mi polla se estaba hinchando lentamente.

Sentía ese calor dulce y denso que te invade lentamente, y te llena de nerviosismo. Mi cabeza me bombardeaba ideas, y ninguna era inocente. Cogí mi café y me lo lleve a la boca para disimular una sonrisa.

Mientras sorbía, me fijé que Ana continuó entretenida comiendo su desayuno y hablando con sus compañeras, pero ahora, sintiéndose observada por mí. De vez en cuando me miraba de reojo.

[Oscar] Y si abres un poquitos las piernas para mí?

Le escribí. Ana volvió a mirar su móvil, y a teclear en la pantalla.

[Ana] Ni de coña.

Sonreí.

Cogí el pequeño vaso de plástico con lo poco que quedaba de mi café, y lo deslicé disimuladamente hasta el borde de mi mesa. Esperé unos segundos para asegurarme de que nadie me prestaba atención, y lo dejé caer al suelo.

-Joder!- Solté en voz alta, haciéndome el sorprendido.

Todos se giraron hacía mí, incluso Ana, que me miraba con una mezcla de asombro e incredulidad, porque ella se había dado cuenta en el acto de que no había sido un accidente.

Me agaché para coger el vaso que rodando había ido a parar junto a mis pies, y aproveché para mirar descaradamente bajo mi mesa a las piernas de Ana.

Ella las giró casi de manera instintiva hacia un lado, con las rodillas muy juntas. Y yo le di el tiempo necesario a aquella treta para que dejara de ser interesante y la gente dejara de mirarme, haciendo ver que intentaba coger el palito de plástico que hacía de cucharilla.

Con las dos cosas en la mano me alcé mirando a todos. Algunos habían vuelto a lo suyo, menos los cotillas de siempre que no tienen otra cosa que hacer que estar por las desgracias de los demás.

-Me cago en la puta.- Dije haciéndome el enojado mientras dejaba las cosas sobre la mesa.

Me había manchado los dedos, estaba haciendo como si intentara limpiármelos con las manos vacías mientras miraba de reojo a Ana. Ella me miró aun medio asombrada, pero ahora parecía decirme con la mirada desesperada algo como:

“Estas loco o qué??”

Miré alrededor de nuevo, y todavía me miraba alguno, Dani era uno de los que no se perdía detalle, y disimulé levantándome de mala leche.

-Puta mierda de vasos de plástico, joder!- Dije en voz alta.

De dos zancadas me planté delante del rollo gigantesco de papel que tenemos en el comedor y empecé a arrancar papel a tirones. Exageraba mis movimientos para que nadie se fijara en mi entrepierna, todos miraban lo que estaba haciendo, y no a mí. Y del mismo modo, volví a sentarme en el mismo sitio.

Después arrebujé el papel y comencé a pasarlo por la mesa limpiando algunas gotas que habían caído por allí. Usé ese pretexto para acabar de aburrir a Dani, verme limpiar ya no era interesante, así que siguió con sus cosas.

Ana seguía mirándome sabiendo que todo aquello era teatro, pero era la única que lo sabía, y al hacerlo, yo le sonreí disimuladamente, y le hice una mueca mirando al suelo. Ella volvió a abrir la boca, pero no me deleité más en su gesto y me acuclillé frente a mi mesa con el papel arremolinado en mi mano, dispuesto a frotar el suelo.

Con una mano en el borde de mi mesa, y la otra empapando el papel con el café que había en el suelo, miré hacía las piernas de Ana. No giré la cabeza, solo los ojos.

-Que mierda! Como se ha puesto todo joder!- Solté de nuevo bajo la mesa.

No sé si alguien me prestaba atención, pero todo aquel teatro tapaba mis verdaderas intenciones. Bajo aquella mesa, nadie podía ver exactamente que miraba, ni sospechar que en realidad miraba bajo la mesa de al lado.

Y de repente, las rodillas de Ana giraron hasta encararse en mi dirección, sin estar cruzadas. Y mi corazón empezó a palpitar deprisa.

“Hija de puta! Lo va a hacer!” Me dije para mis adentros.

No podía apartar la vista de sus piernas mientras frotaba una y otra vez el suelo sin mirar lo que hacía. Y Ana de repente abrió sus piernas lo suficiente para dejarme ver entre ellas.

“Joder!!” me dije. Y casi lo grito en voz alta.

Seré sincero… No vi una puta mierda. La penumbra bajo la mesa, y la oscuridad bajo su falda no me permitieron ver su coño. Pero sabía que estaba ahí, algo me decía que era cierto que no llevaba nada. Y mi sangre y mi respiración se aceleraron.

Y daba igual ver algo o no, lo importante es que Ana acababa de mostrarme el coño en público, frente a sus… Nuestros compañeros de curro.

Aquello me dio muchísimo morbo! Y más, sabiendo que ella pensaría que se lo estaba viendo todo!

Empezaron a subirme unos calores tremendos, y sentí mi polla crecer y apretar contra el pantalón como si quisiera romperlo. Fue un momento, apenas duraría un segundo o dos, pero no podía apartar la vista del oscuro túnel de entre sus piernas. Y de repente volvió a cerrar sus rodillas disimuladamente, mientras a la vez, cruzaba sus piernas hacía el otro lado.

Ya está, el espectáculo había pasado, pero aún seguía embobado. Y me di cuenta que había dejado de frotar el suelo.

Inmediatamente acabé de pasar el papel empapado de café por los restos del suelo, y me levanté. Y mientras lo arrugaba con cuidado de no mancharme y recogía el vaso, volví a mirar fugazmente a Ana.

La muy hija de puta me estaba esperando, parecía que hacía rato que esperara ese cruce de miradas fugaz. Me devolvió la mirada con una sonrisilla mientras de manera muy disimulada se mordía el labio inferior con los dientes.

Que sofoco me estaba entrando!

Continuará…

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