LUIS4CONT

V Carlos y Nerea.

 

Carlos se sentó en el banco que había justo al lado de la fuente. Le gustaba oír el borboteo del agua al correr.

 

Aquel era su parque favorito. Se vio a sí mismo años atrás corriendo por este lugar. Ahora ya no hacia tanto deporte. Aunque exteriormente estaba casi igual, la forma no era la misma. Entonces era capaz de correr ocho kilómetros casi sin despeinarse.

 

Cerró los ojos y solo tuvo que aspirar el aire para reconocer olores que ya creía perdidos, sonidos de otros tiempos y notar una fresca brisa en la cara.

 

Había algo de karma en estar allí esperando a Nerea. Ella no lo sabía, pero ese fue el sitio dónde quedó con Javi, dos días después de que éste la descubriera con Claudio. Un Javi desquiciado, descolocado y fatigado por la falta de sueño y también por la batalla interior. Cuarenta y ocho horas perdido, sin aparecer por el trabajo. Un Javier al que resultaba difícil hablar o hacerle entender nada. Y que a la vez, era incapaz de explicarse correctamente, atropellándose con las palabras, gesticulante, con la mirada perdida y la atención en otro lugar, muy dentro de él.

 

– Pero Javi ¿no hay confusión posible? A lo mejor te imaginas lo que no es…

 

– Tío, la vi allí de rodillas chupándosela. Vi la cara que ponía. Le gustaba, estaba disfrutando y también vi sus ojos al descubrirme. No es la cara de alguien que ha sufrido un error o una confusión. Es la cara de: me han pillado con las manos en la masa…

 

– Pero igual fue un tema puntual. Igual esa noche se le fue la olla, había bebido o algo.

 

– Llevo dos días dándole vueltas y he atado cabos ¿sabes?¿Cómo pude estar tan ciego? No faltaba ni un día al baile. Al principio sí, había días que no podía ir o que no se encontraba con ganas y se quedaba en casa, pero los tres últimos meses no fallaba ni uno solo, por muy cansada que estuviese, por muy mal que le pillara la clase…Además tenía un comportamiento extraño. A veces venía súper salida. Curiosamente los días que le tocaba ir con Bea y con Carol al baile. No la había visto así desde que empezamos a salir. No fue un calentón, Carlos, me los ha puesto en toda regla.

 

Demasiado bien sabía Carlos que era así, él había sido testigo. Recordó a Nerea deshaciéndose de placer mientras Claudio estaba arrodillado entre sus piernas, en su propia cama, en su apartamento. Nerea siempre beligerante con las formas y las maneras; siempre queriendo quedar como la feminista del grupo; la que no toleraba salidas de tono ni chistes de grueso calibre; y ahí estaba…, rendida ante un tipo que iba de castigador, de sobrado. La sometía y jugaba con ella. Nerea entró en la dinámica voluntariamente, convirtiendo en realidad esa fantasía que no dejaba traslucir en su conversación diaria. Descubriendo que le provocaba un placer inédito y desconocido.

 

Si, demasiado bien sabía Carlos lo bajo que había caído Nerea.

 

– Bueno ¿has hablado con ella?

 

– No.

 

– Pero ¿dónde estás ahora?

 

– En casa de mis padres. No he querido ni volver al apartamento. Carlos, necesito que me hagas un favor.

 

– Dime.

 

– Quiero que vayas a casa y que le digas a Nerea que se vaya de mi apartamento.

 

– Javi, no tomes decisiones en caliente.

 

– Carlos, si voy yo, no respondo de mí. Por favor ve, dile que recoja sus cosas y que se largue inmediatamente.

 

– ¿No sería mejor que se lo dijeras tú?

 

– No quiero hablar con ella. Le he puesto un mensaje pero dice que no se irá hasta que no hable conmigo.

 

– Y entonces ¿qué hago yo si no se quiere ir?

 

– Le voy a poner otro mensaje. Le diré que se vaya y que te dé las llaves. El contrato de alquiler está a mi nombre. Si no se va, mañana mismo lo cancelo.

 

– Nerea no tiene a nadie aquí ¿dónde va a ir?

 

– Ese ya no es mi problema.

 

– Javi, no la puedes dejar en la calle sin nada. Al menos habla con ella. Dale una oportunidad o una opción. Mira tío, muchas veces hemos salido nosotros por ahí y hemos tonteado con alguna chica ¿Tú estás seguro que jamás le hubieses puesto los cuernos, si se hubiera dado la situación, con un par de copas de más encima?

 

– Podría o no podría haber sido, pero lo que realmente ha pasado es que ella ya me los ha puesto y bien. Ahí ya no hay duda. No hay más que hablar. Dile que se vaya. Si voy yo, te aseguro que no respondo de mí. Si tanto te preocupa te la puedes quedar. Para ti entera. ¿Ahora vives solo, no?

 

– No digas gilipolleces Javi.

 

– Te lo digo completamente en serio. A partir de ahora, por mí como si se folla a todo el barrio. Puede hacer con su vida lo que quiera.

 

Aun le parecía ver a su amigo y compañero caminar rápido y a grandes zancadas por el camino de tierra, aunque más que dirigirse a algún lugar, parecía que deseaba huir de algo o de alguien.

 

Recordó a Nerea sentada en el sofá, la cara entre las manos, los ojos rojos de tanto llorar y la voz tomada:

– Por Dios Carlos, convéncelo. Sólo quiero hablar con Javi y luego me iré, pero necesito hablar con él.

– Nerea lo he intentado, pero no atiende a razones…

– ¿Qué voy a hacer Carlos? ¿Qué voy a hacer?

Todo pasaba por su cabeza como una película antigua, de las de blanco y negro.

…………………………………………………………….

 

– Hola Carlos.

 

Se sobresaltó ¿Cuánto tiempo llevaba allí absorto?

 

– Hola Nerea.

 

Se levantó y se quedó frente a ella, que le dedicó una sonrisa franca. Él, por su parte, la cogió de las dos manos y la miró de arriba abajo:

– Se te ve bien. Estás muy guapa. El embarazo te sienta.

 

– Gracias estoy cogiendo kilos. A ver si después vuelvo a tener la misma cintura…

 

– Tú vas a estar bien siempre, cariño.

 

Nerea se aproximó y le dio un abrazo. Carlos correspondió con un beso en la mejilla. Notó el vientre abultado contra el suyo.

 

– ¿Va todo bien?

– Sí, va genial.

– Y ¿eres feliz?

– Sí Carlos, lo soy.

– Jorge estará contento ¿no? Por lo del niño digo.

– Bueno, fue decisión más mía que suya, pero a medida que se va haciendo a la idea, le va gustando. No para de tocarme la barriga. Creo que será un buen padre.

– ¿Que te apetece? ¿Nos sentamos? ¿Tomamos un refresco?

– Prefiero andar. Me viene bien para el embarazo.

Tomaron un sendero que bordeaba el jardín. Caminaron cogidos del brazo y callados durante un buen rato. Se sentían cómodos sin hablar. A pesar del tiempo transcurrido, entre ambos seguía habiendo una buena sintonía que les permitía compartir silencios.

 

Nerea recordó casi sin querer. Cómo quién coge aire antes de sumergirse bajo el agua, ella rememoraba acontecimientos antes de formular las preguntas que tenía que hacer a Carlos. Su sola presencia le daba seguridad. De alguna forma, se sentía refugiada a su lado. Quizá, porque en los peores momentos fue el único que estuvo ahí. El que la llevo a su pequeño apartamento de una habitación, cuando Javi se negó en redondo a hablar con ella y además la echó de casa.

 

Sentía una terrible angustia. Sabía que lo que había hecho no tenía reparación posible, pero por lo menos tenía que pedirle perdón a Javi. Tenía que intentar como mínimo explicarle cuánto lo sentía, que no había dejado de quererlo, que eran otros sentimientos y otros impulsos los que la habían empujado a hacer aquello. Pero que jamás había pretendido hacerle daño y que tenía claro que si debía elegir, lo elegiría a él.

 

Pero su novio se negaba a verla y a cogerle el teléfono. La única comunicación posible era a través de Carlos. Y solo para decirle que lo dejara en paz, que no quería volver a saber nada de ella.

 

Tuvo que hacer guardia durante horas hasta que al fin, Javier volvió al apartamento que habían compartido hasta ese día. Retazos de frases le llegaban mezclados con el rumor de las hojas de los árboles, mecidas por la brisa:

 

– Javi, por favor, escúchame.

 

– No hay nada que decir, Nerea.

 

– Te lo suplico, sólo dame diez minutos.

 

– Tienes uno. Suelta lo que tengas que contarme y vete para siempre.

 

– Aquí no, por favor, déjame entrar.

 

– No vas a entrar nunca más en mi casa ni en mi vida…

 

Fue el minuto más desagradable y doloroso de toda su existencia. Más incluso, que aquel en el que la sorprendió de rodillas, haciéndole una felación a Claudio. Entonces, al menos, la sorpresa amortiguó el dolor. En esta ocasión sintió que se abría en canal.

 

Trató de pedir perdón y de explicar lo que no tenía explicación. La respuesta y la actitud de Javi no dejo el más mínimo resquicio a la piedad, a la clemencia o al consuelo por todo lo que acababa de perder.

 

Esperaba que al menos, su novio valorara el coraje que ella había demostrado, al plantarse delante de él y al reconocer su culpa. Esperaba al menos, un gesto de despedida que dejara traslucir lo que hasta hacia sólo dos días sentían el uno por el otro. Cualquier cosa que atenuara o calmara, aunque fuera mínimamente, el dolor. Pero tuvo que volver con un baño de resentimiento, de amargura, con la herida abierta y llena de sal.

 

Solo Carlos estaba ahí para franquearle la única puerta que se abrió para ella esos días. El único hombro que encontró para llorar, el único abrazo que sintió. Carlos la obligó a salir a cenar algo y a darse un paseo por el parque. Cualquier cosa, para que ella no cayera en la locura y en la desesperación definitiva. El único que la sostuvo por la cintura. Fue de él, el único calor que recibió. Recordaba esa noche y el día siguiente como entre neblina.

 

¿Y sus amigas? Carol desaparecida, haciendo un pase en no sé qué sitio. Desfilando a 80 € el día con no se sabía que marca rara, cuando ella hubiera dado una millonada solo por tenerla a su lado apoyándola.

 

¿Y Bea? Bueno lo de Bea fue aún peor. Nerea había estado demasiado ocupada poniendo su vida patas arriba, para darse cuenta de lo que sucedía alrededor. Algo había ocurrido con Bea y Carlos. Ya no vivían juntos desde hacía unos 10 días. Justamente desde la noche en que se habían quedado los cinco a dormir en su casa. Seguramente algo relacionado con el tonteo que se traía con Quique, aunque se suponía que éste estaba enrollado con Carol. Desde luego sospechoso era, pero Nerea no tenía constancia de que hubiesen ido más allá. ¿Había pasado algo aquella noche? De lo único que tenía constancia es que Carol y Quique habían follado, lo que por lógica debía excluir a Bea de la ecuación. ¿O acaso no era así?

 

Sea cual sea el motivo por el que habían discutido, ella no tenía la culpa y en ese momento, no era consciente de que fuera una separación definitiva de la pareja amiga.

 

Por eso se sorprendió, cuándo después de una semana en la que Bea no había dado señales de vida y apenas había contestado alguna de sus llamadas, se plantó en la puerta del trabajo a buscarla.

 

En su santa inocencia pensaba que era la amiga que por fin llegaba al rescate. Solo tenía ojos para sí misma y para su pena. Extrañada, se dio cuenta como la miraba Bea y como rechazaba el abrazo, interponiendo duras palabras entre ambas.

 

– ¿Estás con Carlos?

 

– Sí, Bea. Me ha dejado que me vaya a su apartamento.

 

– No me has entendido. Te estoy preguntando si te acuestas con Carlos.

 

– ¿Cómo? Una confundida Nerea la miró incapaz de reaccionar… Pero ¿qué dices?

 

– ¿Estás con él? ¿Es por eso que no quiere hablar conmigo?

 

– Bea, eres gilipollas.

 

– Y tú una puta. Se los pones a Javi con Claudio y cuando te echa la calle te follas a mi novio. ¿Ese era el plan “b” por si te pillaba Javier?

 

– Serás zorra ¡vete a la mierda! Eres tú la que tonteaba con Quique. Fuisteis tú y Carol las que me animasteis a ponerle los cuernos a Javi.

 

– ¿Nos echas la culpa a nosotras de lo que has hecho?

 

– Y ¿qué coño se supone que has hecho tú para que Carlos no quiera hablar contigo?

– Nada que a ti te importe. Tú lo que tienes que hacer es dejarnos en paz a Carlos y a mí. Lo que quiera que tengamos que arreglar, es cosa nuestra y lo último que necesito, es tenerte a ti metida en su casa.

– ¿Ahora ya no estoy en su cama? ¿Solo en su casa? A ver si te aclaras guapa.

– Nerea, te lo advierto…

– Tú no me das órdenes a mí, me tenéis hasta el coño todas y todos…

Ambas se desafiaron con la mirada. El gesto contraído, la ira asomando a los ojos.

Ahora era capaz Nerea de ver las cosas con más distancia, con más tranquilidad. ¡Cómo pueden cambiar las cosas entre dos amigas cuando ambas están alteradas y con una visión de la realidad distorsionada!

 

Sea lo que fuere que le pasara a Bea, resultaba evidente que no se encontraba en condiciones de razonar, ni de atender a su amiga.

 

Y Nerea tampoco estaba en su mejor momento, desde luego. Si hubiera podido volver atrás en el tiempo, sabiendo lo que ahora sabía, habría mantenido la calma y habría tratado de tranquilizar a Bea.  La habría cogido de la mano, abrazado, le habría asegurado que no tenía absolutamente nada que temer, se habrían plantado juntas en la puerta de Carlos y lo habría convencido de que escuchara a su amiga, igual que ella había rogado a Javier un día antes.

 

Pero en ese momento no estaba para entender a nadie. Todo su universo estaba patas arriba. Se encontraba sola, frente a una situación que era incapaz de gobernar o reconducir, y sus amigas, las que se suponen que deberían haber estado ahí para apoyarla ¿dónde estaban?: una desaparecida y la otra, plantándose allí y echándole en cara que se estaba acostando con su novio.

 

¡Dios qué injusto! pero ¿qué le pasaba a todo el mundo? ¿No era suficiente con que ella ya se hubiera vuelto loca y hubiese pegado el patinazo que había pegado? ¿Todo el mundo tenía que perder la cabeza ahora?

 

Nerea sintió que se acaba de soltar del último sitio al que podía agarrarse. Estaba herida, defraudada y muy, muy asustada.

Pues Bien, que se fueran todos a la mierda…

 

Así pues, no hizo nada de lo que la lógica le hubiera dictado. Por el contrario, actuó con las tripas, dejándose llevar por la cólera y la ansiedad.

 

– Bea guapa, que te den mucho por el culo…

…………………………………………………………………………………

Nerea llegó llorando al apartamento de Carlos, echándose en sus brazos apenas este abrió la puerta.

 

– Pero ¿qué te pasa?… preguntó. Ella se lo contó

 

Carlos monto en cólera:

– Pero ¿que se ha creído ésta? Nerea observaba incrédula como Carlos marcaba el número de Bea en su móvil.

 

– Bea ¿se puede saber qué le has dicho a Nerea? ¿Qué coño es eso de que nos acostamos juntos?

 

– Me parece genial Carlos. No quieres hablar conmigo y ahora me llamas porque he discutido con Nerea. No te interesa saber cómo estoy, ni que lleve quince días intentando hablar contigo…

 

– Lo que tú y yo tengamos que hablar no tiene nada que ver con Nerea, así que déjala en paz.

 

– Ya veo lo preocupado que estás por ella, así que aprovecho para preguntarte a ti también: ¿Os estáis acostando?

– No tengo que darte a ti ninguna explicación de lo que hago con mi vida. Ya no estamos juntos y te lo vuelvo a repetir: deja en paz a Nerea.

 

Antes de que Bea pudiera contestar, ya había colgado Carlos.

 

Nerea observaba incrédula. Trató de secarse las lágrimas.

– Carlos

 

– ¿Qué pasa?

 

– Te ha preguntado si nos acostamos juntos.

 

– ¿Y?

 

– ¡Joder, Carlos, que no le has dicho que no!

 

– Mira, Nerea, lo que yo haga o deje de hacer ya no es asunto de Bea. No tiene ningún derecho a preguntarme nada.

 

– Pero, se va a pensar que…

 

– No me importaría que fuera verdad. Tú eres mucho mejor que ella.

 

Esa noche Nerea no pudo conciliar el sueño. Se sentó en el sofá. Con un Carlos que tampoco podía dormir. Compartieron una infusión. Sorbo a sorbo, se iban pasando la taza el uno al otro.

Sin hablar, simplemente se rodearon con los brazos y permanecieron mucho rato así.

 

Cuando Carlos por fin decidió irse a la cama, Nerea lo acompañó. Esa noche no hubo sexo pero durmieron juntos.

 

Bea se equivocaba, pensó Nerea. Pues ya ves, no follamos…pero eso tardaría poco en pasar.

 

Tres días para ser más exactos, si Carlos no recordaba mal…

Sentían la grava del camino crujir bajo sus pies, siguiendo la cadencia monótona de sus pasos.

– ¿En qué piensas? preguntó Carlos.

 

– Me estoy acordando de nosotros dos. Aquellas semanas juntos.

 

– ¿Te arrepientes?

 

– No, no me arrepiento. Quizá ahora hubiese hecho las cosas de forma diferente, pero he aprendido que darle vueltas al pasado no tiene sentido. Lo que pasó, pasó y ya está. Los dos sabemos que no actuamos con mala intención. Solo estábamos heridos, desorientados y vulnerables. Al menos yo. Creo que era lógico que sucediera. En ese momento sólo nos teníamos el uno al otro.

 

Carlos recordó aquella noche. Su ritual habitual: ir a trabajar, volver a casa, cenar y luego, sentados en el sofá, beberse una botella entera de vino, abrazada Nerea a su cuerpo. Dejándose anestesiar por el dulce sopor del alcohol. Buscando el calor y el olvido. Intentando dar tregua al dolor que producen los sentimientos.

 

Una hora. Dos quizá…

 

Mirando la tele sin ver nada. Y luego a la cama juntos, a esperar que el vino y las pastillas hicieran su efecto. Una vez más, Nerea buscando protección en su costado. Y así normalmente, era como el día acababa.

 

Pero esa noche no. Primero fue un beso; y luego otro; y luego unos labios que buscaban el cuello de Nerea; y de ahí, iniciaron un recorrido que acabó minutos después entre sus piernas.

 

Fue sexo desesperado, intenso y loco. De aquellos que ya no tienen nada que perder, de los que sienten rabia, de los que deciden huir hacia adelante. Pero al menos, al final, era algo que les hacía sentirse vivos de nuevo. Deseados. Resarcidos de alguna manera.

Cómo si de repente hubieran descubierto, otra vez, que eran dos cuerpos jóvenes repletos de hormonas, se buscaron frenéticamente, con ansia. Follaron de forma viva. Nerea se ofreció para él, con sus muslos bien abiertos, queriendo sentirlo muy dentro y él la penetró muy fuerte. Casi se hacían daño y a pesar de la excitación, les costó llegar al primer orgasmo. Pero cuando lo hicieron los dos juntos, fue como una liberación. Como si hubiera estallado esa burbuja asfixiante que los contenía. Se quedaron enganchados como dos perros en celo, después de descargar. Abrazados, echándose el aliento mutuamente, sin hablar, sin pronunciar ninguna palabra, ni falta que hacía.

 

Luego, sin poder dormir, más caricias. Esta vez más suaves, más lentas. Buscando relajar más que dar placer y que, sin embargo, también acabaron en orgasmos. Uno o dos, quizá tres para Nerea… quién sabía… el tiempo estaba como suspendido. Carlos solo recuerda a Nerea encima suya, con el pene aún dentro y abrazada a él. Un par de parpadeos y entra en un sueño profundo, apenas un par de horas antes de que la claridad de la alborada se filtre por la ventana. Y sin embargo… todo un mundo transcurrió en sueños.

 

Fueron las dos únicas horas, en que ambos habían podido dormir profundamente en los últimos días. Esta rutina se alargó un tiempo, aunque los dos sabían que no tenía futuro. Una vez pasado el duelo, tendrían que rehacer sus vidas. Y lo más probable es que fuera por separado.

Dos semanas después, Carlos se marchaba de la ciudad. Nerea se quedó en el apartamento alquilado.

Pero de todo eso hacía ya años. No muchos, pero si los suficientes como para despejar algunas dudas.

– Carlos, ¿puedo preguntarte algo?

– Sí, claro.

– ¿Qué sucedió entre Bea y tú? Nunca me lo has contado.

Carlos se detuvo y respiró hondo. Tomaron asiento en uno de los bancos del parque.

– Creo que lo sabes, Nerea.

– No, solo lo sospecho. Creo que pasó algo con Quique ¿Verdad? Nunca supe los detalles. Solo que discutisteis.

– Me di cuenta que no era la persona que yo creía. Solo eso.

– Carlos, tú la querías. No digas que estabas equivocado. Cuando se ama, uno no se equivoca.

– Tienes razón, yo no fui el que erró. Fue ella la que metió la pata.

– Igual que yo con Javi ¿verdad? Dijo Nerea con un nudo en la garganta.

– No, no fue exactamente igual. Carlos le acarició la mejilla.

Ella no insistió. Estaba claro que Carlos no quería entrar en el tema. Era algo que aún tenía muy dentro y solo él podía decidir cuándo sacarlo. Pero todavía necesitaba hacer otra pregunta.

– Carlos ¿Por qué has vuelto?

Dudó antes de contestar. Pareciera que estuviera decidiendo aun lo que iba a decir. Como si no tuviera claro por qué había regresado.

– Tengo que tener una conversación con Bea. Hay cosas que debo decirle. Temas que tengo que cerrar, ya de una vez por todas.

– Y solo podías hacerlo si ya no estaba Quique ¿verdad? Por eso has tardado diez años.

Carlos le lanzó una mirada de reconocimiento. Era lista Nerea. Ataba cabos.

– ¿De verdad crees que es buena idea? Lo de remover el pasado…

– He intentado vivir con ello, olvidar, pero no puedo. Tengo que enfrentarme a mis fantasmas.

– Puede hacernos daño…

A Carlos no se le escapó ese plural…”hacernos”…

– No, cariño, a ti no, te lo aseguro. Esto es entre ella y yo. No haré nada que te pueda perjudicar. Al revés, creo que aclarar las cosas te sacará a ti de la ecuación. Bea fue injusta contigo. Tú solo tienes que preocuparte de ti misma, de Jorge y de lo más importante…dijo mientras le ponía la mano en el vientre.

Nerea le sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Como hacía años, en aquel sofá, cuando ambos estaban hundidos.

Cuando se despidieron, unos minutos después, ella no pudo evitar una sensación de mareo. A pesar de todo, no se quedaba tranquila. En el pasado habitaban sombras que no sabía si convenía despertar.

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