LILIANA FLORES

Alejandro regresaba a la casa de sus padres después de años de ausencia. La casa se encontraba en un pequeño pueblo al que se llegaba cruzando un sendero que atravesaba el bosque. Mientras caminaba recordaba los cuentos que le contaba su abuela cuando era niño sobre las criaturas fantásticas que habitaban el lugar, una sonrisa se dibujó en su rostro al rememorar aquellas historias propias de personas incultas y supersticiosas.

Caía la tarde, el bosque se llenó de rumores y agradables aromas. Los últimos rayos del sol que se filtraban entre el ramaje de los frondosos árboles parecían sierpes de fuego corriendo de un lado a otro, según su abuela eran las salamandras del ocaso. Alejandro volvió a sonreír recordando los cuentos de su abuela que él había creído ciertos durante su infancia… luego viajó a la ciudad, estudió filosofía y dejó de creer en esas tonterías.

Se hizo de noche, sacó su linterna y encendió un cigarrillo. Vio pequeñas luces titilantes entre los matorrales, de niño había creído que eran hadas y que tenía que cuidarse de ellas porque son territoriales, desconfían de los hombres, acostumbran hacer bromas a los viajeros y algunas son maléficas… ahora sabía que eran luciérnagas. El viento le trajo murmullos que parecían las notas de una flauta y risas cristalinas, con dulce nostalgia recordó sus sueños infantiles en los que veía las rondas de los silfos y elfos verdes… pero era sólo el rumor del río y el viento arrastrando las hojas secas.

Y así llegó hasta el centro del bosque donde se alzaba un árbol añoso de raíces y ramas retorcidas. Su abuela lo llevó una vez allí para el equinoccio de primavera y le contó esta leyenda: “En las profundidades del bosque sagrado se yergue desafiando al tiempo el árbol milenario de los frutos amargos, entre sus raíces retorcidas tiene su morada una triste doncella pálida, bella como la aurora, serena y triste como la niebla. La desdichada virgen cometió un oscuro pecado y está condenada a regar eternamente con su llanto el árbol milenario de los frutos amargos”. Y aquella vez él había llorado conmovido por el triste destino de la doncella. Otros lugareños decían que en el árbol habitaba la guardiana del bosque y acostumbraban dejarle alguna pequeña ofrenda cuando pasaban por allí. Alejandro vio las baratijas y cintas de colores colgadas de las ramas del árbol, se alzó de hombros y continuó con su camino.

La luz de su linterna empezó a fallar, revisó las baterías y maldijo por no haber puesto otras de recambio en su mochila. La linterna se apagó, él se quedó de pie un rato tratando de acostumbrarse a la oscuridad y orientarse, comprendió que había perdido el camino… pero razonó que si había llegado hasta el centro del bosque sólo tenía que seguir hacia el sur para salir. Siguió caminando, la luz amarillenta de la luna en cuarto menguante creaba sombras siniestras y creyó ver rostros horripilantes en los troncos de los árboles, de niño se hubiera espantado pero ahora sabía que se trataba sólo de una pareidolia causada por la mortecina luz de la luna y el cansancio. Se sentó a descansar por un momento sobre un tronco caído, entonces percibió un olor fétido y escuchó un gruñido, le pareció ver algo entre los matorrales… los lugareños dirían que era un gnomo huraño pero él pensó que podría tratarse de un lobo, aún los había en el bosque, seguramente estaba cerca de su madriguera así que lo mejor era seguir con su camino.

Continuó caminando rumbo al sur pero el bosque en lugar de despejarse parecía volverse más frondoso, de las ramas de los árboles colgaban lianas húmedas que le golpeaban el rostro, un enjambre de mosquitos lo atormentaba, sus pies se hundían en el lodo y a cada paso que daba se tropezaba con raíces podridas… notó que no escuchaba el rumor del río y el olor fétido se hacía más penetrante. Seguramente había equivocado la dirección desviándose hacia el este donde estaba el pantano. Recordó una leyenda que su abuela le había contado sobre la bruja del pantano: “Ella es una anciana hechicera, vive en los pantanos pútridos, sus largos cabellos canosos semejan telarañas milenarias y sus ojos son pozos de veneno. Es sabia en componer pócimas y preparar brebajes, se alimenta de cadáveres y alimañas… y maldice a la luna en silencio”. Eran cuentos para asustar a los niños y él ya no era un niño, pero era un fastidio haberse equivocado de rumbo y cruzar el pantano de noche era peligroso… él también maldijo a la luna.

Entonces vio una luz blanca, seguramente era la linterna de un viajero, se dirigió hacia la luz pero tropezó y cayó de bruces en medio del apestoso lodazal, intentó levantarse pero sintió que unas manos descarnadas lo sujetaban del cabello tratando de hundir su cabeza en el limo. Empezó a luchar para liberarse presa de un pánico irracional…

  • ¿Quién vive? – escuchó gritar a un hombre.

La voz humana lo devolvió a la realidad, logró liberarse y vio unas manos descarnadas y nudosas como si fueran raíces podridas hundiéndose en el limo con un borboteo… pero una segunda mirada, bajo la luz de la linterna del hombre que se había acercado a él, le hizo darse cuenta que eran unas raíces que se habían enredado en su cabello. El hombre lo ayudó a incorporarse.

  • ¿Pero qué haces en los pantanos de la bruja? – le preguntó el hombre.
  • Me dirigía al pueblo a visitar a mis padres pero equivoqué el camino – le respondió.
  • Pues has tenido suerte que te encontrara – dijo el hombre – Soy Mauricio, buscaba a mi perro, últimamente los animales desaparecen del pueblo sin explicación. No es bueno quedarnos más tiempo aquí, es un lugar maldito… vamos al pueblo.

Llegaron hasta el árbol añoso de ramas y raíces retorcidas, el lugareño colgó un cascabel con una cinta roja en una de las ramas y murmuró una oración. Retomaron el camino en silencio hasta que salieron del bosque. Siguieron caminando, un rato después se divisaba el pequeño pueblo, entonces Mauricio se animó a hablar.

  • ¿Quiénes son tus padres? – preguntó Mauricio.
  • María y Alfonso Martínez – respondió Alejandro – viven en la última casa de la rúa.
  • Yo los conozco – respondió Mauricio – Alfonso, hijo de doña Dolores. Tú abuela fue muy querida en el pueblo, lamentamos mucho su fallecimiento, era generosa y sabia, siempre ayudaba a todos con sus conocimientos de hierbas y curaciones.
  • Si, así era mi abuela – comentó Alejandro con nostalgia, su abuela había fallecido hace dos años, él no había podido ir al entierro por encontrarse en el extranjero tomando un seminario y lo lamentaba mucho.

Ya en la entrada del pueblo Alejandro agradeció a Mauricio y se despidió, desde allí podía llegar a la casa de sus padres sin problemas. Recordaba que el pueblo era humilde pero ahora lo encontraba miserable y descuidado, no era el contraste con la ciudad, había algo en el ambiente… algo que se sentía oscuro y siniestro, cómo si una pátina cubriera todo el lugar envejeciéndolo. Era casi medianoche cuando tocó la puerta de la casa de sus padres, se sorprendió y entristeció al encontrarla casi ruinosa. El jardín de la entrada que él recordaba lleno de hermosas flores era un matorral de plantas secas. Sus padres y su hermano Jorge lo recibieron con sorpresa.

  • ¡Hijo, creíamos que llegarías hasta mañana temprano! – exclamó su madre abrazándolo – pero estás todo sucio ¿Qué te pasó?
  • Llegué en la tarde y decidí hacer el resto del camino a pie en lugar de quedarme a pasar la noche en la estación – respondió Alejandro – fue una mala idea, me perdí en el bosque. Un paisano llamado Mauricio me encontró y me ayudó a llegar al pueblo.
  • El buen Mauricio, le daremos las gracias mañana – dijo su padre – ahora ve a asearte, tu madre te preparará algo para cenar.

Alejandro no les contó la aterradora experiencia que había tenido en el pantano, su familia era supersticiosa y exagerarían lo sucedido, además estaba convencido que la oscuridad, el cansancio y las emanaciones del pantano le habían jugado una mala pasada. Subió a la habitación en el ático que había compartido con su hermano para dejar su mochila, un escalofrío le recorrió la espalda al recordar las pesadillas que había tenido durante el último año antes de irse a la ciudad… de hecho aquellas pesadillas que lo atormentaron al punto de enfermarlo habían sido el motivo por el cuál sus padres decidieran enviarlo a la ciudad a la casa de una tía materna.

Mientras cenaba Alejandro preguntó por el estado desolado en el que se encontraba el pueblo. Le contaron que la racha de desgracias empezó un año después del fallecimiento de la abuela. Primero fueron cosas aisladas e insignificantes como pequeños accidentes caseros y muchos culpaban a los duendes; luego una plaga de pulgones atacó las flores, las plantas aromáticas y las medicinales. El verano fue excesivamente caluroso, no llovió durante semanas y hasta el río se secó; excavaron pozos pero el agua era amarga y las cosechas se perdieron. El invierno fue muy frío y lluvioso, los techos de la mayoría de las casas se arruinaron por la humedad y la madera que consiguieron en el bosque estaba podrida. Después las gallinas dejaron de poner huevos y las vacas de dar leche… y ahora los animales estaban desapareciendo misteriosamente.

Don Alonso dijo que ya era muy tarde y deberían acostarse, le ordenó a Jorge que pasara la noche afuera vigilando a las ovejas porque ya habían perdido dos. Alejandro subió al ático para descansar, mañana les ayudaría a arreglar la casa. Sus pertenencias estaban tal como las había dejado, a la luz amarillenta del lamparín contempló aquella pequeña y humilde habitación en donde había pasado su infancia, miró la repisa con los juguetes de madera que le hacía su padre, sus pocos libros y la caja en donde guardaba chucherías que encontraba. Había sido feliz creciendo libre en el campo y creyendo en los cuentos de la abuela hasta que empezó a tener aquellas pesadillas… no quiso pensar en eso, apagó el lamparín, se acostó en el estrecho camastro y cerró los ojos… le extrañó el silencio de la noche campestre, no se escuchaba el ulular de las lechuzas ni el molesto canto de los grillos… y una sensación de pesadez flotaba en el ambiente. Sin embargo no tardó en quedarse dormido, estaba exhausto por la caminata.

Alejandro estaba durmiendo tranquilamente cuando sintió que algo subía reptando por los pies del camastro metiéndose por debajo de la cobija y le tocaba los pies… se despabiló y sacudió la cobija pensando que había sido un ratón. Luego volvió a quedarse dormido pero su sueño fue intranquilo, cada tanto se despertaba con la sensación que algo estaba en la habitación vigilándolo agazapado en el rincón y además percibía ese olor fétido que había sentido en el bosque… tal vez era el olor del moho y la madera podrida.

Alejandro se despertó tarde y sin haber descansado bien, bajó a desayunar. Sus padres y su hermano ya estaban desayunando en la cocina. Jorge les contó que durante la noche había desaparecido el pequeño hijo de Benito y Susana, ellos habían acostado al niño como siempre pero en la madrugada la madre escuchó un ruido como si algo golpeara la ventana, se levantó y comprobó que se trataba de una rama movida por el viento, fue a la habitación de su hijo para asegurarse que su ventana estuviera bien cerrada para que no pasara frío… entonces se dio cuenta que su hijo no estaba en la cama, la ventana se encontraba abierta y en el borde de ésta había una sustancia verde y apestosa semejante al limo de pantano. Benito buscó al niño por toda la casa diciéndole a su mujer que su hijo les estaba jugando una broma pero Susana le insistía que la bruja del pantano se lo había llevado. Finalmente Benito se convenció ante la prueba del extraño limo en el borde de la ventana y avisó a sus vecinos. Doña María hizo el signo de la cruz y empezó a murmurar una oración. Don Alfonso y Jorge se dieron prisa en terminar de desayunar para unirse al grupo de búsqueda y dejaron a Alejandro con el encargo de reparar el cobertizo.

Alejandro pasó el día arreglando el cobertizo y tratando de creerse su explicación lógica sobre su experiencia en el pantano pero no encontraba una para la desaparición del niño. Su padre y su hermano regresaron ya entrada la noche, habían buscado en el bosque y el pantano sin encontrar al pequeño niño pero hallaron los restos de las ovejas y los perros desaparecidos. Sin duda una criatura habitaba en el pantano, era creíble que se llevara a los animales de los corrales pero no se entendía cómo había podido llevarse al niño que se encontraba durmiendo en su habitación en el segundo piso de su casa.

Cenaron en silencio agobiados por la desgracia de la desaparición del niño. Don Alfonso y Jorge dijeron que pasarían la noche en el cobertizo que Alejandro había arreglado, tenían que cuidar a las ovejas. Doña María se quedó conversando con Alejandro y le preguntó si pensaba quedarse en el pueblo, él le respondió que se quedaría un par de meses con ellos pero luego volvería a la ciudad, le habían ofrecido trabajo como profesor en una escuela y podría ayudarlos económicamente. Doña María entonces recordó entregarle un cofre que su abuela había dejado para él, Alejandro lo recibió con emoción, su madre le dio buenas noches y se retiró.

Alejandro abrió el cofre, éste contenía una bolsa con cuarzos, otra con semillas, una varita de sauce, otras chucherías mágicas y una carta. Empezó a leerla, su abuela nunca había aprendido escribir correctamente y mezclaba el español con el catalán… a duras penas pudo descifrar unas frases que decían algo sobre unos rituales que debían hacerse cuatro veces al año, en los solsticios y los equinoccios para mantener a las criaturas del bosque apaciguadas, de no hacerse la desgracia caería sobre el pueblo… y que le encomendaba esa misión a él porque había sido elegido cuando era niño y tenía el don. Alejandro arrugó la carta con manos temblorosas… el don… un don que cuando era niño le había dado alegría y sueños felices pero que con la adolescencia se convirtió en una maldición que le trajo horribles pesadillas que casi lo llevaron a la locura, le había costado años olvidarse y alejarse de todo eso.

Subió al ático e intentó dormir. Se dijo que todo eran supersticiones de pobres personas ignorantes, las desgracias del pueblo tenían una explicación razonable como el cambio climático, que no usaban pesticidas contra las plagas y no vacunaban a los animales… a las ovejas y los perros se los había llevado un lobo, él lo había visto en el bosque. Sólo la desaparición del pequeño niño era sospechosa, tal vez si se trataba de un monstruo, un maldito pedófilo aprovechándose de las creencias de unos ignorantes campesinos.

Y con esos razonamientos consiguió quedarse dormido. Entonces se despertó al sentirse agobiado por un peso sobre su pecho que no le dejaba respirar, abrió los ojos y sobre él vio a una mujer espantosa… estaba vestida con andrajos, su sonrisa desencajada dejaba ver unos dientes podridos, unos mechones de cabello le caían sobre su rostro macilento, su piel semejante a la corteza podrida se le caía a pedazos y le colgaba un ojo… quiso gritar pero se había quedado sin voz, tampoco podía moverse… la mujer acercó su rostro al suyo intentando besarlo y su aliento era fétido como el hedor del pantano.

Era la mujer que se aparecía en sus pesadillas cuando era adolescente… pero ella no era la bruja del pantano. La primera vez que soñó con ésa mujer repugnante se lo contó a su abuela y ella le dijo que no debía de temerle, que aquella mujer era una ninfa del bosque y lo había elegido… él había renegado diciendo que no le gustaba, que preferiría que lo eligiera una ninfa hermosa con cabellos dorados como el trigo y piel de alabastro, se lo tomó a la broma pero las pesadillas con ésa mujer continuaron haciéndose cada vez más reales y su abuela insistía diciéndole que ser elegido por una criatura del bosque era una bendición… entonces se enfermó y sus padres lo enviaron a la ciudad. Seguía sin poder moverse y empezó a escuchar un cántico extraño… una ráfaga de viento abrió la ventana y vio que una criatura entró reptando hasta colocarse en el techo precisamente sobre él, era un ser formado por raíces y ramas podridas que fue tomando la apariencia de una anciana con los ojos oscuros como pozos ponzoñosos… ella acercó sus manos hacia él y Alejandro reconoció aquellas manos descarnadas que lo habían atrapado en el pantano.

  • ¡No, a él no te lo lleves… él es mío, lo he elegido! – dijo la mujer horripilante que seguía sobre su pecho y la anciana espantosa retrocedió.

La mujer repugnante lo besó, Alejandro se desmayó. Cuando despertó al día siguiente vio un montículo de hojarascas podridas sobre su cobija, la ventana abierta y desde ésta un rastro de limo en las paredes y el techo sobre su camastro. Bajó deprisa buscando a su madre, la encontró agazapada en un rincón de su habitación temblando y murmurando el extraño cántico que él había escuchado en la madrugada. La acostó en su cama y luego salió para buscar a su padre y a su hermano, encontró el cobertizo destrozado y un rastro de limo verde y apestoso… ellos no estaban.

Siguió el rastro de limo, lo vio en las puertas y ventanas de varias casas… empezó a dar gritos llamando a los vecinos, de una casa salió una mujer delgada de cabello castaño con una niña en brazos.

  • Las criaturas del bosque vinieron en la madrugada y se llevaron a mi esposo – balbuceó la mujer – se llevaron a casi todos… se los llevaron…

Alejandro siguió el rastro de limo que atravesaba el pueblo, entró a las casas buscando a las personas… encontró a un anciano, un hombre cojo, dos mujeres jóvenes y algunos niños llorando escondidos bajo sus camas. Los reunió a todos y trató de calmarlos. Casi al mediodía apareció Benito con la mirada perdida y más pálido que un espectro, él se había quedado en el bosque buscando a su hijo. Les contó que pasada la medianoche escuchó un extraño cántico que le erizó hasta los vellos de la nuca, un fétido olor como de podredumbre se esparció en el ambiente y vio a la bruja del pantano con otras criaturas del bosque dirigiéndose al pueblo, quiso regresar para advertirles del peligro pero un enjambre de hadas maléficas lo rodearon y lo ataron con lianas a un árbol espinoso… apenas consiguió liberarse de aquellas ataduras volvió al pueblo.

Entonces Alejandro comprendió que durante años su abuela había hecho los rituales para apaciguar a las criaturas del bosque y aceptó que ahora era su deber hacerlos. Regresó a su casa, tomó el cofre que le había dejado su abuela y se dirigió al bosque. Doña María esperó a su hijo pero él no volvió ésa noche, tampoco a la mañana siguiente… y pasaron los días y las semanas hasta que dejó de esperarlo y se consoló haciéndose cargo de los niños que habían quedado huérfanos.

Han pasado tres años, las personas de los pueblos no comentan el misterioso suceso, si algún curioso hace preguntas responden que seguramente las personas se marcharon o que murieron de alguna peste. Los sobrevivientes de esa noche maldita siguen viviendo en el pueblo pero no hablan sobre el suceso. El pueblo ha prosperado como por arte de magia, las cosechas son abundantes y campesinos de otras regiones se han instalado en esas tierras. Sólo los niños y los ancianos comentan que algunas noches de luna llena se ve a un hombre de largo cabello negro y rostro pálido que va vestido con una capa verde con ramas y hojarascas vagando tristemente en el bosque.

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