ISA HDEZ

Apareció por la esquina de la calle donde siempre paseaban su amor. Hacía tiempo que había desaparecido de su vida, pero no imaginaba que retornaría de esa manera, con la furia de la venganza en todo su ser. Empuñaba un arma en su mano, firme, como si quisiera despedazarlo. Él se escondió entre los matorrales aprovechando la penumbra de la gélida noche. Su cara vertía rabia, irritación, cólera, pareciera que se había escapado del manicomio. Ella lo buscaba una y otra vez por la zona conocida del ayer; él creía que la había olvidado, pero afloraron todos los recuerdos y le parecía mentira que un día pudiera haber querido a esa mujer; aún recuerda el momento de llegada a la morada cuando le estaba siendo infiel en su propia cama, y cómo se reían a carcajadas al ver su cara estupefacta, al mirarlos allí de pie como si fuera un fantasma que estuviera alucinado. Ellos se burlaron y lo desgarraron, pero él tuvo fuerzas y arrestos para empujarlos a la calle y trancar con cerrojos la casa que le había prestado su abuela, y, que le había dado cobijo durante el tiempo que fingió quererlo. Ya no habría más risas, ni caricias, ni promesas, todo se había roto en aquel instante. Oía sus gritos, insultos y baladros, pero no respondió y pronto se hizo la paz, la calma, el silencio. Ahora regresaba con aires de venganza, pero ya no sintió miedo ni remordimiento, solo tristeza al verla, marchita, pálida y desencajada, en el furgón hacia el hospital.

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