TANATOS12

Capítulo 14

En los últimos doce meses había vivido y descubierto unos sentimientos que jamás podría haber imaginado. La intensidad de los momentos en los que María estaba con otro hombre eran tan brutales que me parecía que aquello era de verdad la vida y que todo lo demás, la nada. Aquella tensión y aquel morbo, si bien a la vez desgarradores y dolorosos, eran sin duda buscados y deseados, como una experiencia a la que no quería ni seguramente podía renunciar. Sin embargo, el morbo derivado de la desconfianza era un morbo mucho más enfermizo y del que yo me quería alejar.

El sueño de María luchaba contra una película, en el sofá, aquella noche de viernes. Yo ansiaba aquella victoria de su cansancio para comprobar la teoría de Germán. Esperé hasta estar completamente seguro de que María dormía para estirarme lo suficiente como para alcanzar su móvil, que yacía posado sobre la mesa de centro del salón.

Así, en la penumbra, solo iluminados por la pantalla del televisor, ya los dos en pijama, derrotados por una semana larga e intensa, busqué en su registro de llamadas.

Lo vi en seguida: “Álvaro cumple de prima”, dos llamadas perdidas, sin apenas espacio temporal entre ambas, el martes por la mañana, a una hora en la que seguro habría estado en el despacho. Nunca pensé que pudiera alegrarme tanto por ver dos llamadas sin contestar, pero es que aquello abría la puerta de que un avispado Edu pudiera haber visto aquello y se hubiera tirado el farol.

No pude evitar mirar sus conversaciones: Nada nuevo de Edu, ni de Álvaro, ni de Guille.

Devolví el teléfono a su lugar original y le escribí a Germán, el cual no tardó en responder con un “Pues será eso”, tranquilizador. Aunque estaba ciertamente aliviado tampoco las tenía absolutamente todas conmigo; tenía que hacer un ejercicio psicológico para convencerme de que no había más historia, pues ya se lo había preguntado a María directamente y descartaba confesarle que Edu me había escrito, o lo que era peor, que yo le había escrito a él.

Al día siguiente María estaba especialmente afable, podía pensar bien y creer que aquello se debía a que, al haber bajado mi enfado, todo volvía a su cauce habitual, o pensar mal y creer que aquello se debía a que ella sabía que realmente era una faena para mí su dichosa cena de aniversario de Máster. Cuando, poniéndome el traje, me dijo que me quedaba muy bien, me decanté por la segunda opción.

Si pensaba que aquello iba a ser un coñazo, fue peor. Yo no conocía prácticamente a nadie. Solo a algunas de sus compañeras de promoción y de cruzar cuatro palabras cuando nos encontrábamos por la calle. Para colmo me daba la sensación de que la gente no solo iba tremendamente arreglada, sino que se desprendía un ambiente de noche especial, como de la noche del año para más de una y más de uno; contextos en los que la gente exagera su personalidad, como un pasarlo bien a la fuerza que resulta molesto y por momentos roza la vergüenza ajena.

Todo era muy exagerado. Los saludos. Los abrazos. Los brindis… Solo me sacaba un poco de mi hastío el homenaje que se daban mis ojos, pues había chicas ciertamente guapas. Una rubia, en vestido azul, de rizos, me parecía espectacular, si bien para espectacular estaba María. Como tantas otras veces, cuando se arreglaba, daba aún más la sensación de que dábamos el cante como pareja. Llevaba un vestido satinado de color salmón y una americana blanca algo larga por encima, y unos tacones que ponían su uno setenta en uno ochenta. Llevaba el pelo suelto y estaba un poco maquillada, además llevaba un par de colgantes que no se solía poner.

La cena era en la planta baja de un hotel en la zona vieja de la ciudad y, muy a mi pesar, descubrí que la noche había que continuarla en la azotea del propio edificio. Era innegable que el sitio, en aquella terraza, allí arriba, era espléndido; que la noche, siendo de marzo, más bien parecía de mayo, pero yo estaba incómodo, fuera de sitio. Me quería ir.

Siendo justos también había que reconocer que María hacía lo que podía para que me sintiera a gusto, pero no era fácil.

Acabé por dejarla con unas amigas y me aparté un poco, no quería ser una carga, y me daba igual estar un poco solo. Me pedí una copa y miré a mi alrededor. Luna llena, ni una brisa y una música tranquila que versionaba canciones originalmente más animadas.

No sé el tiempo que estuve allí quieto, pensando en todo y en nada, invisible a los ojos de todos, cuando mi mirada fue, del fondo de mi copa, casi finiquitada, a María, que no estaba ni con sus amigas ni sola, sino hablando con un chico, grande, corpulento. Ya le había visto en la cena, de lejos, y me había llamado la atención por sus dimensiones y su porte atlético. Tendría entre treinta y cinco y cuarenta años. Manos grandes. Cabeza grande. Pelo muy corto, oscuro, con importantes entradas. Ojos claros y mandíbula marcada. Daba un poco la sensación de vieja gloria, de haber sido guapo, pero de no serlo ya tanto.

Observé. Invisible. ¿Tenso? No. Si bien es muy fácil detectar una charla coloquial, amistosa, de ascensor, de cuando se busca algo más. Tampoco podría culparle por atacar a María; la delicadeza de su vestido, su americana remangada lo justo, su melena enorme que se veía a distancia, sus piernas aún más esbeltas por aquellos taconazos… Alguien que no se cortase en aspirar a lo máximo tenía que probar sí o sí.

Quizás fueran las copas, o mi perfecto puesto de control, a unos quince metros, con varios corrillos por el medio, aunque apañándomelas para ver bastante bien, pero fue la primera vez que me sentí a gusto. Y es que no era la tensión de verla con Edu, ni la locura asfixiante de la casa de Álvaro. No, era simplemente deleitarme con como atraía a los hombres, de deleitarme con su estilo, con su gracia innata, con la impresión que despertaba. Y es que podía ver en los ojos de los hombres, mientras la escuchaban o fingían hacerlo, pues no eran sus palabras lo que les interesaba, el deseo, el deseo más primitivo y animal. Podía ver en sus ojos que si viviéramos en una sociedad sin reglas la estarían sometiendo por la fuerza para satisfacer su instinto más primario.

Los ojos de aquel hombre enorme lo decían todo, sus ojos expresaban un nervioso “qué polvazo tienes” que María parecía no querer ver, o no importarle.

Cambié mi copa por un cocktail más suave, pues quería mantener, no aumentar, y, al volverme, vi como María y aquel pretendiente habían sido asaltados por dos chicas y un chico, cosa que inequívocamente no le había hecho gracia al de la mandíbula prominente, que le dijo algo al oído y le hizo un gesto como de que volvía en seguida y se alejó. Aproveché ese momento para acercarme. María escuchaba en aquel grupito, pero no hablaba, y aproveché su silencio para hablar con ella. A la tercera o cuarta frase no pude retrasarlo más, le pregunté por el hombre con el que había estado hablando.

—Ah, Javier, es de… dos promociones antes —dijo, sorbiendo de su cocktail, ya algo achispada, y pude comprobar que era muy fino su vestido satinado y bastante fino su sujetador… El contorno de sus pechos era hipnótico, sugerente, indómito por tamaño, pero erótico y refinado por forma.

—Ya le conocías entonces.

—Sí, siempre viene a estas cosas.

—¿A qué cosas? Creía que esto era cada cinco o diez años.

—Bueno, está la apertura, la clausura… de cada curso… Yo no voy a casi ninguna, pero las hay. De hecho esto lo hacen ahora en marzo y no en junio para que no se monte con la clausura de la promoción de este año. Este viene a todas. A ver qué cae.

—¿A ver qué cae?

—Sí, siempre viene… aunque sea solo. A ver qué cae. En mi año estuvo en la apertura y… no me acuerdo… me pidió el móvil al final… que si te dejo apuntes que si yo qué sé.

—¿Pero quedasteis durante el curso… durante tu año?

—No, no. Me escribía de vez en cuando. Sin más.

Creo que María empezó a ver por dónde iba y cada vez me respondía más seca y hacía más por integrarse en la conversación del resto del corrillo.

—¿Y no le viste durante tu año?

—Pues no. No quise quedar. A ver… No es por mal. Es… un poco… no sé. Es de un pueblo de por aquí, no sé… Que después fue el mejor de su promoción, que no habían acabado el segundo módulo y ya se lo estaban rifando varios despachos… pero, no sé.

—¿Y cómo sabes todo eso?

—Pues… porque somos… veinte o veinticinco por promoción. Más o menos dos arriba o dos abajo las tienes controladas.

No lo pude evitar:

—¿Y… qué te parece?

—¿Que qué me parece de qué? —dijo algo borde.

—Pues… si te parece atractivo o algo.

—Pfff…. No empieces… por favor te lo pido.

—Vale, vale…

—Es que, Pablo, joder… tengamos una noche en paz por lo menos.

Nos quedamos un momento en silencio. María quería entrar en la otra conversación, seguramente para escapar un poco de mí, pero no lo conseguía.

—Dime al menos si… has acabado con… —le dije en alusión a si seguía con la regla.

—¿Estás pensando en eso justo ahora? —preguntó, más borde.

—Pues sí, ¿por qué no?

—Pues sí, sí he acabado. ¿Algo más? —dijo, sequísima, con los brazos cruzados y su copa en la mano.

Ni lo vi venir, pero en ese momento el tal Javier, grande, pero coordinado, entró en el corrillo. Me miró un segundo, como juzgando quién era y, de no ser nadie, si sería rival. La presentación era inminente y la debía hacer María, y yo me preguntaba cómo me presentaría. Si lo hacía como novio, aquel conato de situación morbosa desaparecía. No tardó en despejar la incógnita, lo hizo como “Pablo”, sin más. Nos estrechamos la mano y, con que él me preguntara por mi trabajo o mi promoción o con quién había venido, todo se rompería. Pero no lo hizo. No me preguntó nada. No le interesaba nada. Estaba a lo que estaba.

Se las apañó en seguida para hablarle al oído y para fingir después que no la oía bien para apartarla un poco. En apenas treinta segundos la había sacado del grupo en un movimiento seguramente estudiado.

Me alejé. Me sentía cómodo en la distancia, como un púgil de ventajosa envergadura. Si bien, me daba la sensación de que aunque me hubiera quedado solo a dos metros, nadie se preguntaría qué hacía allí. Volví a mi puesto de control y mis ojos encontraron a aquella rubia de rizos, en vestido azul, que hablaba con unos chicos, con tres o cuatro, sintiéndose estupenda, gustándose tanto que lo que conseguía era gustar menos.

Y mi mirada de nuevo a aquella impactante chica de pelo castaño y vestido delicado, de piernas finas, como una muñeca a punto de romperse comparado con el animal que la pretendía embaucar. Hasta el blanquísimo de su americana contrastaba con el oscuro y no demasiado moderno traje de aquel tal Javier.

Fui al cuarto de baño. Fantaseé… No podía evitarlo. Ya había acabado de orinar, pero me quedé con los pantalones ligeramente bajados, unos segundos… Imaginando que a María le atraía aquel animal. Se me cruzaban imágenes de ellos apartándose de los demás miembros de la fiesta… y… besándose… en algún rincón, para que no les vieran las amigas de María. Mi novia avergonzada de sucumbir y aquel monstruo orgulloso, y que preferiría no estar en aquel rincón sino que le gustaría más besarla delante de todos. Me llegué a masturbar suavemente, mientras me imaginaba que se la llevaba a su casa, y allí se la follaba a lo bestia. Quizás no, seguro, que le tenía ganas desde hacía años… y concentraría todo aquel deseo y aquel ansia en unas horas en las que la penetraría como un animal… hasta dejarla exhausta, deshecha y tremendamente usada. Se la follaría hasta matarla del gusto…

Cuando me di cuenta estaba completamente empalmado. Pero no me sentí culpable por aquella loca fantasía, lo cual me desvelaba que iba más borracho de lo que creía, pues sobrio mis sentimientos de culpa se disparaban.

Volví. Me pedí una copa. Y esperé antes de alzar la mirada hacia donde se suponía que seguirían estando. Estaba expectante. Ansioso. Finalmente… les miré.

Lo que viví al verles fue un tremendo baño de realidad: María, girada, dándole medio la espalda, hablaba con sus amigas. Javier, perdido, ¿derrotado? Buscaba un hueco para meterse en la conversación. A los pocos segundos decía algo, seguramente forzado, y María le ponía mala cara, como indicándole que sobraba completamente allí, con ella y sus amigas.

Yo me preguntaba qué esperaba. Y me daba cuenta de que lo de Edu había sido una bendición, y lo de Álvaro un golpe de suerte casi irrepetible. Ni siquiera había hecho nada sexual con aquel americano imponente… en un país en el que no nos conocía nadie… cómo podría pensar que podría querer nada, delante de sus amigas, con aquel mediocre cazador.

Mi mente volvía a lo de Álvaro y Guille, a aquella locura que seguramente solo había existido gracias al génesis de todo, a Edu, el cual le había mostrado lo que era follar de verdad, y tras cuatro meses de lo vivido con él, había buscado vivirlo otra vez, por mera necesidad física.

Vi en la distancia como María tecleaba en su móvil. Parecía enfadada. Tensa. Deduje que me estaría escribiendo, molesta por aquellas desapariciones. Cogí mi teléfono, pero no me había escrito. Instantes más tarde alzó la mirada, hasta que encontró la mía, y me hizo un gesto como preguntándome qué hacía allí solo.

Me acerqué, estuve un rato con ella y sus amigas, pues Javier ya había desistido, y al rato me volví a acercar a la barra, a pedirme otra copa y a volver a observar. Javier no sería el único en intentarlo, después fue otro chico, que se dirigió directamente a ella. Y después otro.

Me gustaba contemplar y analizar aquellos intentos. Cuanto más la atacaban más valía ella y menos los demás. Los recibía cruzada de brazos y sosteniendo su copa. Si el chico tenía gracia le daba tres minutos, si no la tenía, le daba tres frases. Parecía un jurado de un talent show, pero el premio no era dinero, ni una carrera discográfica, sino una noche con ella. Premio, a todas luces inaccesible para nadie de aquella fiesta. Aquella noche la pasaría conmigo, y solo conmigo, pues estaba enamorada de mí, y yo sabía que yo no la merecía, ni a ella ni lo que le estaba haciendo, empujándola una y otra vez, como un martillo pilón, como una gota malaya, a que lo hiciera con otros hombres, arriesgándome además a que se enganchara a uno.

De hecho, aquel era mi temor, aunque me arriesgaba, pero lo que no esperaba era que se pudiera estar enganchando no tanto a una persona sino a un juego, a un juego que no era el que tenía conmigo.

Dos, tres chicos, fueron desfilando, y sus amigas no decían nada, pero no les agradaba la situación. Una envidia latente se desprendía cada vez que María tenía que volver a la conversación tras haber repudiado a un pretendiente.

María volvió a reclamarme y decidimos irnos, y, ya en el taxi, llegando a casa, volví a pensar que lo de Edu y lo Álvaro eran dos milagros y que a ellos tenía que aferrarme.

En seguida vi que María no quería hacerlo aquella noche. Su ritual de desmaquillarse y ponerse el pijama con celeridad era inequívoco. Hasta daba la sensación de evitarme para que ni surgiera mi propuesta

A la mañana siguiente me desperté con el ruido del secador. María ya se había duchado y se estaba secando el pelo en el cuarto de baño. Alargué la mano para ver la hora en su móvil: pasaban de las once y media. Me incorporé un poco. Tenía su teléfono en la mano. Lo desbloqueé, casi como un automatismo. Sabía que era un feo vicio, pero no lo podía evitar. No esperaba ver absolutamente nada nuevo. Y fue precisamente la vez que me di de bruces con una conversación tremendamente inesperada.

Fue entrar en sus conversaciones y ver un “vete a la mierda” de María a Edu, pasada la una de la mañana de la noche anterior.

Seguía escuchando el secador. De golpe todo mi cuerpo comenzó a temblar, en un despertar inmediato. Estaba a la vez completamente lúcido y despejado y a la vez aún tan dormido que parecía estar en un sueño. No podía entender como mis dedos se habían puesto a temblar así, de repente, de la nada al todo.

Entré en la conversación. Fui un poco hacia arriba. Hasta encontrar donde había empezado, hasta ver qué era lo nuevo.

Edu había sido el primero en escribir:

—Pásalo bien esta noche. Móntatelo con uno. Dale esa alegría a Pablito.

—Qué te importa a ti eso —había respondido María.

—Ya, es vuestro jueguecito. ¿Quién es Álvaro, por cierto? ¿Te ha puesto Pablo a follar con él?

—Ya vi que me viste el móvil —había escrito María.

—Fóllate otra vez al Álvaro ese. Te hace falta.

—¿Ah sí? ¿Me hace falta?

—Sí, no es muy agradable ver tu cara de mal follada cada día.

—Vete a la mierda.

Ahí acababa la conversación. No tuve la valentía de decirle nada a María. Me levanté y, como pude, fui a preparar el desayuno. Durante los primeros minutos de aquel día me costó horrores disimular el impacto de lo que había leído.

Le di vueltas y vueltas a aquella conversación durante todo el día. Día en el que paseamos por la mañana, comimos en casa, vimos una película en el sofá y otra película en el cine. De nuevo aquella noche María no me buscó para hacerlo sino más bien al contrario. Y yo me quedé dormido pensando y pensando en aquellas frases suyas con Edu… Por un lado la teoría de Germán se confirmaba, por otro demostraban tener más trato del que parecía.

Si durante el día anterior no había tenido una oportunidad clara de volver a revisar su móvil, aquella ducha de lunes por la mañana me daba una oportunidad irrechazable. De verdad que de nuevo no esperaba encontrarme nada… pero de nuevo me equivocaba.

Otra vez mis nervios, mi tensión, y mis dedos temblorosos. Otra vez mi corazón palpitando y mi oído atento a si María acababa con su ducha. Otra vez… se había escrito con Edu. La última frase era de María, era un “¿Por qué no se lo pides a Begoña?” tan desconcertante que me hizo entrar en aquella conversación aún más infartado.

Tras haberle mandado María a la mierda, Edu le había escrito el día anterior por la tarde. Calculé que mientras habíamos estado viendo aquella película, los dos en el sofá, se habían escrito, y no me había dado cuenta. La frase de Edu me dejó helado:

—Mañana no vengas con pantys, me aburres así, vente con esas medias que tienes de zorrón.

—Eres un poco cerdo, ¿no? —preguntó María, también sorprendiéndome… No me encajaba… Era como raro en ella. Y, seis minutos más tarde, sin que Edu hubiera respondido, volvió a escribir:

—¿Para qué? Si no se sabe cuáles llevo.

—Claro que se sabe, solo hay que fijarse un poco. Aparte de que se te ve en la cara.

—¿Por qué no se lo pides a Begoña? —preguntó ella inmediatamente, sin obtener respuesta.

No tuve tiempo para reaccionar. Me fui al salón. Me puse los zapatos. Escuché a María salir de la ducha. No sabía qué hacer. Dudaba en irme. Sin despedirme. No sabía ni qué sentir. No sabía si estaba enfadado o no. No sabía si era una chorrada, una medio travesura o algo tremendamente grave.

Acabé por ir hacia el dormitorio y al menos despedirme de ella.

La vi, sentada sobre una esquina de la cama, en bragas y sujetador negros… poniéndose las medias que Edu le había ordenado que se pusiera.

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