SIX

Al día siguiente fui a trabajar con una sonrisa, me desperté como si me hubieran regalado algo, con esa sensación extraña y alegre de tener algo nuevo. Estaba cargado de energía.

Mientras me duchaba y arreglaba, en uno de los gestos, el moratón de la muñeca me hizo saber que estaba ahí con un dolor agudo. Y sonreí frotándomela. Decidí vendarla, porque era muy evidente que aquello era un mordisco, y no tenía ganas de dar explicaciones.

También me di cuenta de que tenía la espalda llena de arañazos, y el pecho y el cuello con algún chupetón.

Sonreí de nuevo frente al espejo.

“Joder con Ana”, pensé. “Iba a ser cierto que era una gata salvaje!”

Y volví a reírme.

Al llegar al curro, todos me preguntaron por la mano, y yo simplemente me excusé diciendo que me había dado un golpe en una caída en bici.

Y me di cuenta de que todos miraban el chupetón más evidente del cuello, algunos disimularon sonriendo, y otros se atrevieron a preguntar.

-Este finde has tenido fiesta, eeh??- Me soltó Dani, un compañero del taller.

Dani es un cotilla, la versión masculina de una maruja, metomentodo, y farfullero, que luego todo lo cuenta por ahí. Me mosqueé, porque casi todo lo que hace Dani me mosquea.

No lo aguanto.

Su comentario me pilló fuera de juego, me puse nervioso y a la defensiva, pensando incluso si había oído algo por ahí, o si sabía de alguna manera lo mío con Ana. Y luego caí en los chupetones.

-Si, no veas como gritaba tu madre… Bufff!!- Solté exagerando para picarlo.
-Vete a la mierda!- Contestó cabreado.

Y me fui sonriendo. Con Dani tenía que ir así. Marcando distancias, porque si no, no me lo quitaba de encima y acababa haciendo preguntas que no debía.

Prefiero que me considere un cabrón, a que se me pegue como una lapa, interrogándome para luego contar lo que le dé la gana. Es un chafardero con esa necesidad de divulgarlo todo para sentirse importante.

Aunque sabía que iba a contar lo que le diera a gana de todas formas. Pronto alguien me vendría con alguna historia inventada por él. Estaba seguro.

Agradecí el pacto de silencio que Ana y yo teníamos. Siempre me pregunté porque y para que tanto secretismo. Pero para aquellas cosas iba perfecto. Ahora entendía a Ana.

Me imaginaba a Dani y a alguno más pendiente de nosotros, y me imaginé la situación si se supiera lo nuestro, y los comentarios.

“Oscar se está tirando a la putita del jefe”
“Ahora es la putita de Oscar”
“No veas con esta, primero el jefe, y ahora Oscar que ha ascendido”
“Apunta alto la muy zorra…”

Y cosas así, y me puse enfermo.

Mis “compañeros” eran muy capaces de destrozarle la vida a alguien de aquella manera. Ahora era incapaz de llamar así a Ana. Lo de “La putita del Jefe”, me revolvía las tripas.

Me arrepentía muchísimo de haber sido parte de los que usaban ese apelativo contra ella cuando surgía la ocasión. No sé… me había hecho mi propia versión de la historia, y para mí era Marc el que había embaucado a Ana, el verdadero culpable, con esos rollitos de jefe, y apoderado con poder económico.

Sabiendo lo que sabía ahora sobre Ana, tampoco me extrañaba tanto que cayera en las artimañas de Marc. No creo que fuera el dinero, o algo así como pensé en un principio. Sino el simple hecho de que Marc era su jefe, ya que ahora sabía perfectamente que a Ana le ponían mucho estas cosas. Y aunque me revolvía las tripas, una parte de mí lo comprendía.

Quien me lo iba a decir. La tía que menos aguantaba en el curro, y ahora es por la única por la que sentía apego de verdad. Bueno… y algo más que no sabía definir.

En fin…

Los demás compañeros, se preocuparon más de mi muñeca que de los chupetones, y el día fue pasando envuelto en una colección de excusas y explicaciones vagas.

Vi a Ana en uno de los pasillos. Y menos mal, porque tenía unas ganas tremendas de verla. Llevaba todo el día pensando en ella, y estaba deseando cruzármela de alguna manera, sin que la llamara o algo para evitar sospechas.

Reconozco que tenía el síndrome ese de que todos sospechaban algo, de que todos sabían algo. Como si alguien me siguiera, y tuviera que ir ocultando cada paso.

Ana iba tremenda con una falda gris lisa, demasiado larga para mi gusto, pero exquisita, de esas que tienen un pequeño corte en el lateral, llegando justo hasta las rodillas, pero aun así, delatando perfectamente la curva de su cintura y la forma de su culo, estrechándose más cuanto más abajo llegaba. Y sus tacones negros y altos, que pasaban por formales casi por los pelos, alzaban su culo dando forma a sus curvas perfectas.

Y más arriba, una blusa azul clarito desabrochada lo justo para darle ese toque sofisticado pero sexy, era el conjunto perfecto de oficina, ese que puede pasar por formal, o hacerte soñar y fantasear con esas historias de secretarias. Su blusa dejaba ver un escote justo, sin ser exagerado, pero delatando lo que escondía su sujetador, su precioso pecho firme y elevado.

Era la primera vez que la veía tras el fin de semana, me puse un poco nervioso, me pregunté si bajo la falda iría desnuda, si me había obedecido. Necesitaba saberlo. Nada más verla se me aceleró el corazón como si fuera un niño a punto de hacer una travesura.

Pero ella no me aguantó la mirada, disimuló como si tuviera prisa. Y me mosqueé, pensando que ya estábamos de nuevo con la tontería de ignorarnos.

“Mecagoenlaputa!”

Iba sola y ni siquiera se paró. No llegó ni a cruzarse conmigo, girando antes de que yo llegara a alcanzarla y metiéndose en una de las oficinas. No me atreví a abordarla porque escuché ruidos, y una conversación. Al parecer no estaba sola allí dentro.

“Joder!”

Mi corazón se había acelerado, necesitaba hablar con ella, quizás volver a besarla, a sentir que lo de aquel finde no fue pasajero. Necesitaba saber si me había hecho caso. Y no paraba de preguntarme si llevaría ropa interior o no.

Volví a mis cosas sin poderme concentrar demasiado. Que me pasaba? Estaba obsesionado de nuevo! Joder! Me había puesto nervioso y hasta mi polla palpitaba!

Más tarde, cuando volví a cruzar las oficinas, noté que de nuevo mi corazón bombeaba con fuerza esperando encontrármela. Perdí el tiempo a propósito para ver si se daba la ocasión. Hasta me temblaban las manos, estaba nervioso.

Y la vi, a través de una de los ventanales que hacían las veces de pared. Volvía a no estar sola, pero era la única orientada hacia mí mientras trasteaba con unos papeles tras una mesa.

Y me vio. Cruzamos nuestras miradas unos segundos, y Ana no pudo disimular una sonrisa cómplice que se apresuró a ocultar agachándose como si abriera un cajón a por algo. Pero para mí fue suficiente. Y le devolví la sonrisa.

Aquella tontería me alegró el día. Incluso algún que otro compañero me preguntó que qué me pasaba, que se me veía diferente, que cosas… Yo pensé, “si tú supieras”, diciéndole simplemente que eran cosas mías, que no pasaba nada.

La tercera vez que me crucé con Ana por uno de los pasillos, tuvimos unos segundos para hablar. Me paré delante de ella, y no dejé que pasara, mirándola de arriba abajo, deteniendo mi mirada expresamente en su escote, y sus curvas descaradamente.

Pretendía intimidarla, y al parecer lo estaba logrando, Ana apartaba su mirada y suspiraba.

-Ayer te eché de menos…- Susurré mirando aún a sus tetas.

Ana infló su pecho, pero no para mostrarme mejor sus dos preciosidades, sino por la necesidad de coger aire e intentar relajar su nerviosismo. Miró a lo lejos, por encima de mi hombro para asegurarse de que nadie viniera por ese lado del pasillo y nos viera hablando juntos, y tan arrimados, luego giró su cabeza para mirar detrás de ella con la misma intención. Podía ver como salía lentamente su aliento de entre sus preciosos y apetecibles labios. Tenía ganas de besarla de nuevo, de sentir su sabor otra vez.

-Y yo.- Susurró y sonrió al final volviendo a mirarme.
-Se enfadó mucho tu compañera de piso?- Susurré acercándome más a ella.

Y mientras susurraba flojito, como si guardáramos un secreto, mis ojos la desnudaban, mi nariz se acercaba a su pelo y disfrutaba de su aroma sin disimular, llenándome de su perfume, una mezcla afrutada y miel.

Mis gestos eran descarados, como si Ana me perteneciese, o como si me diera igual que a ella le importara que invadiera de aquella manera su espacio.

Y mientras, mi polla se hinchaba, desprendiendo un calor agradable que me invadía todo el cuerpo.

-Eh? No, bueno, tuvimos una bronca, pero se le pasará.- Dijo algo nerviosa por mi actitud tan descarada.

Se suponía que Ana y yo no nos llevábamos muy bien, y estar parados mucho rato en los pasillos, cuchicheando, sin insultarnos y demás, no favorecía mucho nuestra tapadera. Así que abrevié. Tan solo quería tantearla, saber una cosa. Algo que me tenía obsesionado.

-Me has obedecido, juguetito?- Le dije con un tono directo, más tajante.

Ana abrió la boca con miedo, parecía que allí no quería sacar ese tema. Pero de nuevo se impuso mi actitud dominante y firme, mirándola sin dejarle opción a esquivarme. Iba a por todas.

Y empezó a ponerse colorada desviando la mirada, y evitando cruzar sus ojos con los míos.

Sonreí acercándome todo lo que pude a su cuerpo. Quería amedrentarla, que se sintiera amenazada por mi actitud. Acorralarla.

-No me contestes… Ya sé la respuesta…- Susurré pegado a ella.

Alcé una mano, casi por inercia la acerqué a su pecho, y con el dorso de mis dedos acaricié la superficie de su teta allí donde debería estar su pezón, escondido bajo aquella blusa fina, y protegido detrás de su sujetador. Aun así, Ana dejó escapar un suspiro.

-Y se me está poniendo muy dura…- Susurré mirando como mis dedos se deslizaban sobre su blusa.

Iba a por todas, y así quería que Ana lo supiera, no quería darle cuartel. Además, yo ya estaba muy excitado, y se lo hice saber pegando mi polla contra su muslo.

Ana tomó aire, estaba poniéndose nerviosa, y parecía necesitar evaporarse. Pero algo la inmovilizaba, algo me decía que le ponía aquel jueguecito.

-Sabes que voy a querer comprobarlo…- Susurré dando un pasito hacía ella y mirando todavía como mis dedos seguían acariciando la tela de su blusa.

Ana me sorprendió dando un pequeño paso hacia atrás, huyendo de mí, como si le hubiera vuelto de golpe la cordura.

-Aquí no… Osc…- Intentó decir.
-Ssth… Ssth… Ssth…- Le hice poniéndole un dedo en los labios. –Ahora eres mía… recuerdas? Y si no quisieras seguir con esto, no hubieras venido sin braguitas…

La recriminé con un susurro, como quien regaña a una niña pequeña. Y Ana se me quedó mirando mientras en mi boca se dibujaba una sonrisilla de triunfo. Tenía a Ana donde quería, y me estaba siguiendo el juego.

-Te mandaré un mensaje para que bajes al lavabo del fondo… estate atenta.- Susurré sin dejarle opción a replicar.

Ana se quedó con la boca entreabierta cuando la abandoné en aquel pasillo. Se quedó tan colorada que no supo que decir, y yo aproveché esa incertidumbre para largarme.

Continuará…

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