DAVID LIZANDRA

Si no le hubiera dado la última calada al cigarrillo nunca lo habría descubierto oculto entre las sombras de aquel zaguán. Era la segunda vez en ese día que cruzaron las miradas; imposible olvidar aquella cara y su aspecto de matón. Se asemejaba al malo de una novela de género negro, con una fea cicatriz que le surcaba la mejilla de norte a sur y con el cuero negro predominando en los pantalones y su abrigo.

A Javier le resultaban familiares aquellas facciones y el aspecto general, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca hasta ese día. A pesar de todo, cualquiera de los muchos enemigos que había conseguido en su dilatada carrera por los bares de copas de la capital pudo haberlo enviado como sicario para darle un escarmiento o incluso para matarlo. A poco que rebuscara entre sus recuerdos podría encontrar, al menos, a diez o doce personas susceptibles de habérselo enviado.

Dudó. Lo primero que le rondó por la cabeza fue huir.

«Ya no me queda nada, estoy solo, arruinado, sin ilusiones. Solo me queda esta mierda de vida y aquel mediocre manuscrito que escribí, ¿Qué tengo que perder?», pensó un segundo antes de decidir volver sobre sus pasos para enfrentarse a él.

La luz de una farola resaltaba el horrible costurón de su cara.

Apoyó la espalda contra la pared, a escasos centímetros del extraño, sin hablar. Sentir el frío acero de la navaja automática en su mano le infundía una falsa sensación de seguridad. Uno de sus dedos jugueteaba nervioso con el botón de la empuñadura que liberaba el mecanismo de la cuchilla. Le bastaría una leve presión y mostrar con rapidez la navaja para terminar con la incertidumbre del momento. Pero ninguno habló, ambos permanecieron en silencio un instante que fue eterno.

Un inesperado movimiento desencadenó la tragedia; el extraño llevó su mano al interior del abrigo, un dedo pulsando el botón, el estilizado filo de la navaja brillando libre justo antes de hundirse en su pecho a través del cuero negro.

Todo ocurrió como en sueños. El grito ahogado de una mujer, fue testigo desde una ventana, lo devolvió a la realidad.

Observó como el hombre caía de rodillas al suelo y apoyó las manos en el suelo antes de dejarse caer de costado. Cualquier movimiento parecía costarle un gran esfuerzo y lo hacía entre continuos jadeos. Resultaba evidente que estaba grave porque desde donde se encontraba escuchaba el macabro silbido del aire que el pulmón dejaba escapar a través de la herida. Se sentó junto a él y esperó. Los jadeos fueron distanciándose en el tiempo. Javier contó seis segundos entre cada uno de ellos nada más sentarse, poco después fueron ocho los segundos, nueve, diez y finalmente cesaron con un último estertor.

—Ahora sí que estás jodido, Javier —se dijo en un susurro.

Buscó en el bolsillo interior de su chaqueta el arma que estuvo a punto de usar contra él. «Al menos podré alegar que lo maté en defensa propia», pensó sin dejar de hurgar entre la ropa.

Pero no había arma alguna en sus bolsillos, en su lugar encontró un sobre manchado de sangre. Le sorprendió leer su nombre escrito en él. Tenía el membrete de una famosa editorial, una de las muchas a las que, sin mucha esperanza, mandó el manuscrito de su novela. Lo abrió, extrajo de él una carta y comenzó a leer.

«Estimado Javier:

Uno de mis agentes me ha hecho llegar su manuscrito y he de decirle que nos ha dejado a todos con la boca abierta. Lo he mostrado a todos los que tienen algo que decir dentro de la editorial y, por primera vez que yo recuerde, ha habido total unanimidad para decir que esta novela es la mejor que hemos leído en años y que, por lo tanto, haremos lo que esté en nuestra mano para que fiche por nosotros.

El cheque de cincuenta mil euros a su nombre puede considerarlo como un anticipo a cuenta de sus derechos de autor.

Atentamente,

José  Lere (Presidente Editorial Astro)

P.D.: Hemos considerado que resultaría muy apropiado entregarle la presente carta con un mensajero ataviado como el malvado antagonista que tan bien describe en su novela…»

Acercó la mano a la cara del cadáver, rascó la cicatriz. Dejó escapar una risa histérica.

—Es pegamento, ¡hijos de puta! —gritó.

El ulular de las primeras sirenas comenzaba a escucharse en la lejanía.

https://davidlizandra.wordpress.com/

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