MARCELA VARGAS

Vivir sumergida en el agua, hundida en la rutina y el silencio. En el desorden organizado. Salir después de años y darse cuenta de que la realidad es otra cosa, un mundo totalmente distinto. Un lugar donde hace calor, donde la más leve brisa toca las fibras del ser y da escalofríos. Un espacio donde unos rayos solares provocan fotofobia, y donde hay luces y sombras bien delimitadas.

Salir, en sí, no es doloroso; lo doloroso es salir del medio acuático al que se está muy acostumbrada. Porque lo que hay más allá es otra cosa. Es un nivel que siempre está para otros, no para una. O que no existe. O algo en lo cual ni siquiera se piensa, tan familiarizada se está a lo mismo. Sobre todo si se ha vivido por años así.

Salir de esas aguas que se sienten agradables es también costoso porque, si bien ver la verdad causa impacto y alivia el alma, el propio peso del cuerpo puede volver a sumergir, a difuminar las ideas; a adormecer todo. Pero, ¿qué hacer al respecto? “O nadas o te ahogas”, diría el antropólogo Malinowski.

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