LUIS4CONT

IV Bea.

Bea se sorprendió al ver qué Carol había llegado primero.

No era lo habitual en ella. Siempre con los niños a cuestas, llegando con prisa de algún sitio o teniendo que salir disparada hacia otro; lo normal es que la hiciera esperar y luego, que la tuviera que dejar casi con la palabra en la boca.

Estaba al final del local, parapetada tras un donuts de chocolate y una taza de café, agitando la mano para que la viera. Bea recorrió el pasillo atrayendo las miradas del personal masculino. Botas cortas de tacón, medias oscuras y una minifalda de cuero, a juego con una chaqueta cruzada que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. El cabello lacio agitándose a cada paso que daba. Segura, sensual, atrevida y guapa. Eso era lo que transmitía. No necesitó mirar, ni girar la cabeza, para saber que la mayoría de los hombres habían fijado su atención en ella.

Carol le sonrió con picardía y un punto de envidia.

– Joder Bea, los tienes locos… en vez de ir para los cuarenta parece que vuelves a los veinte. ¿Tú has hecho un pacto con el demonio o qué pasa?

– A lo mejor pasa que no meriendo donuts como tú….Contestó Bea risueña.

– Esto es solo un pequeño aperitivo, un lujo que me permito sólo porque he quedado contigo, que luego voy todos los días al gimnasio y ya me encargo de quemarlo.

Bea pidió un té y entró rápidamente en materia.

– A ver, que es eso de que te quieres follar a uno de los padres del cole ¿Pero tú estás loca o qué?

– Ahora te cuento, pero primero dime cómo estás con Quique…

– Simplemente no estamos. Ya te dije que lo hemos dejado.

– ¿Pero esta vez va en serio?

– Si, ya me he cansado. Lo nuestro no va a ningún lado.

– Como lo mío con Manu, pero mira, le pago con la misma moneda y ya está, que se joda.

– Pues yo para estar así prefiero no estar…

Bea se calló lo que pensaba realmente por no molestar a su amiga: que ella tenía su orgullo, pisoteado, pero aún vivo; que no necesitaba que Quique la mantuviera porque ganaba más que él; que no tenían hijos y que eso la dejaba más libre para actuar como le diera la gana.

– Carol, se acabó. En realidad se terminó hace ya tiempo, solo que no he querido verlo. Le he dado muchas oportunidades de cambiar, pero ya sé que no lo hará nunca, que nada volverá a ser como los primeros años.

– Nunca cambian, cariño. Somos nosotras las que lo hacemos. Cambiamos por ellos y nos jodemos.

Bea se sorprendió de lo acertado de la reflexión de su amiga. Los hombres se casan con las mujeres esperando que no cambien y acaban cambiando. Las mujeres se casan con los hombres intentando cambiarlos pero no cambian. Carol dejó de ser la alocada de la pandilla para sentar la cabeza y convertirse en esposa y madre. Cierto que hubo su parte de frio cálculo. Un empresario de éxito, guapo y con talento. De buena familia. Tan buena que apenas le dirigían a ella la palabra, como comentaba entre risas. Pero Carol disfrutaba de su condición de intrusa, de advenediza aprovechada. Manu le permitía mofarse de su familia, porque él también encontraba cierto placer en llevarles la contraria y en provocar escándalo. Y llegó justo en el momento en que a ella le empezaban a ir mal las cosas como modelo, sin demasiadas alternativas laborales. Carol sintió pánico al ver que el tren de vida que llevaba y todos sus sueños, se iban al carajo. No tenía plan alternativo. No tenía oficio ni estudios, ni sabía desenvolverse en otro ambiente que no fuera el suyo. Entonces apareció Manuel. Quería sexo abundante y guarro en la cama, una mujer despampanante que llevar del brazo y una madre que le diera hijos. Todo eso podía dárselo ella. Y respecto a las tendencias mujeriegas de Manu, bueno, ya se encargaría de cambiarlo…sin éxito, como ella misma podía constatar en la actualidad.

Bea sonrió para sí. En algo se parecían las dos. Ella también pensó que podría cambiar a Quique. Es más, creyó que lo había conseguido. Al menos durante cinco años. Pero ahora la que había cambiado era ella.

– Bueno y contigo ¿Qué pasa? ¿Quién es el afortunado?

– Felipe. El padre de uno de los niños del colegio de mis hijos.

– Tía, ¿estas segura?

– Claro. Lo traigo loco. Me lo follo cuando quiera.

– ¿No tenías a otro para echarle el lazo? Dispones de todo un gimnasio lleno de yogurines y tienes que liarte con un padre del cole…

– Es que éste es el que me gusta, Bea. Ya sabes lo que me pasó con el otro. No quiero niñatos. No me preguntes por qué, pero Felipe me pone muy perra. Tiene que ser él… concluyó muy segura de sí misma.

– Juegas con fuego ¿Y si Manu se entera?

Carol meditó unos instantes, como si no se hubiese planteado seriamente esa posibilidad.

– No me importa. Mientras sea discreta y no lo avergüence en público, no tiene nada que reprocharme. No él…

– No lo veo yo tan claro…

– Bueno, soy yo la que debo preocuparme ¿no?… dijo Carol cortante. No estaba dispuesta a que le aguaran la fiesta.

– Vale, vale, tu misma. Luego no me vengas con historias. Meter a alguien conocido en la cama es una invitación a los problemas, pero tú veras…

– Pues eso, yo veré.

Bea decidió cambiar de tercio.

– Tengo algo que contarte.

Carol subió las cejas y la interrogó con la mirada.

– El otro día vi a Nerea.

Bueno, no era nada extraño. A veces se encontraban, al fin y al cabo, compartían muchos sitios comunes, aunque ya apenas amigos.

– ¿Ah siiiii? ¿Dónde?

– En la clínica ginecológica. Va a la misma que yo. Está embarazada.

– Vaya, que sorpresa ¿Hablasteis?

– Solo un saludo formal. Le pregunte como le iba y de cuanto estaba. Cuatro meses. Parece que de momento le va muy bien. Se la ve contenta.

– Ya. Y ¿algo más?

– No, nada más.

Carol arrugó el entrecejo

– ¿Seguro?

Le lanzó una mirada a su amiga como de: por la cara que pones seguro que hubo algo más.

Bea suspiró y se rindió. Al fin y al cabo ella había sacado el tema. En el fondo quería compartirlo con Carol.

– Me dijo que quería que hablásemos. Me pidió tomar un café juntas.

– ¿Y?

– Joder Carol, ¡que no! Le dije que no podía en ese momento. Que tenía prisa.

– Tía que hace ya muchos años…

– No es algo que se olvide sin más…

– No claro, pero se puede perdonar. Mira lo pronto que yo lo hice…

– ¿Crees que es lo mismo? ¿El mismo caso?

– ¡Qué más da! Esto no os hace bien a ninguna de las dos. Seguro que Carlos ni si acuerda ya de vosotras, mientras que aquí aún seguís sin hablaros.

– Si no se lo hubiera follado, no hubiésemos dejado de hablarnos.

A Bea le tembló el pulso al llevarse la taza de té a los labios. Hizo un mohín de disgusto y movió la otra mano, como dando a entender que ese era un tema que no quería tocar.

Carol resopló y miro hacia su café. Bueno, ya había salido de nuevo el asunto. Así que era eso.

– Bea, cariño, tienes que cerrar ya de una vez ese episodio

 La próxima vez tómate ese café con Nerea…le hubiera gustado añadir. Tras un silencio incomodo cogió a su amiga de la mano. Bea le sonrió. No quería separarse de Carol enfadada.

– Bueno, tengo prisa, otro día nos vemos con más calma.

– Claro guapa. Ya me dirás como te ha ido con el Felipe ese.

Diez minutos después, Carol pasaba enfrente de la estación. En el polideportivo cercano, sus hijos iban a clases de futbol. Ella dejaba el vehículo en el aparcamiento. Oyó que alguien la llamaba.

Le costó reconocerlo.

– ¿Carol?

– ¿Carlos?

No se lo podía creer. Apenas unos minutos antes lo habían mencionado y….ahí estaba.

– Pero ¿Qué haces aquí? Dijo Carol. Estaba tan sorprendida que no le salía otra cosa.

– Pues mira, temas de trabajo. Tocaba venir a la ciudad y bueno, ya estaba bien de pasarle la pelota a otros compañeros.

– Tío, no me creo que te tenga ahora mismo delante. Estas casi igual.

– Pues tu no. Estás más buena que antes.

– No mientas cabrón. Estoy más rellenita…

– Al que diga eso le parto la cara.

– Oye, tenemos que tomarnos algo ¿vale? Antes de que te vayas.

– Vengo con el tiempo muy justo, pero llámame y lo intentamos.

– Claro, dame tu móvil.

Carol guardo en memoria el número de Carlos. Luego, se miraron de nuevo de arriba abajo, callados, sin saber muy bien que decirse.

– Me tengo que ir a por los críos.

– Deben estar ya muy grandes.

– Si, tendrías que conocerlos. Vaya dos trastos.

– Bueno, no te entretengo.

– Adiós Carlos.

– Adiós.

Carol caminó hacia el polideportivo. De repente se giró y observó como Carlos se marchaba sin mirar atrás. Algo extraño se le removía en la tripa. La misma sensación que notaba cuando quería hacer algo y se lo prohibía a sí misma.

Había querido darle un abrazo. No sabía por qué exactamente, pero se alegraba de verlo.

Bien, esto tenía que contárselo a Bea. Pero tenía que hacerlo tranquila y sin prisas, con tiempo para hablar con su amiga y explorar sus reacciones. La llamaría desde casa.

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