QUISPIAM

Capítulo 10: La verdad siempre sale a la luz

Cuando abrí los ojos la oscuridad más absoluta reinaba en el despacho. Un estruendo en el exterior llamó mi atención y, cuando me asomé por la ventana, al otro lado del cristal la lluvia caía con fuerza, el viento soplaba con violencia agitándolo todo y los relámpagos encendían el cielo con su luz cegadora.

Sonreí satisfecho al ser consciente que de nuevo estaba soñando, que había conseguido mi propósito. Me acerqué a la puerta del despacho y me extrañó no escuchar nada, el más absoluto de los silencios solo roto por el ruido de la tormenta que arreciaba por momentos en el exterior.

Aquello me extrañó sobremanera. Salí al pasillo, llegué al salón y nada. Ni gente, ni restos de bebidas ni de comida. Menos aún de ropa esparcida por el suelo. Otra anomalía. ¿El haber tocado mi cabeza había alterado de alguna manera mi forma de recordar lo ocurrido o simplemente mi mente me mostraba lo que realmente había llegado a pasar?

Confuso, retrocedí por el pasillo con la intención de volver al despacho donde esperaba que igual allí algo se activara dentro de mí y volvieran a sucederse los recuerdos, fantasías o alucinaciones… lo que fuera, pero algo.

Acababa de cerrar la puerta del despacho cuando un golpe proveniente de la entrada me llamó la atención. No llegué a salir cuando escuché la voz de dos personas entrando por la puerta, algo alborotadas, adentrándose hasta llegar al salón.

-David, estoy en casa… -gritó Sonia desde el salón.

Escuchar su voz llamándome me volvió a la cruda realidad. Aquello no era un sueño, aquello era real. O había dormido mucho tiempo o el mal tiempo reinante en el exterior había acortado la jornada de Sonia que había llegado antes de hora y, con aquellas palabras, había querido anunciarme su llegada y saber si estaba en casa. Evidentemente no contesté.

-Parece que estamos solos… -dijo la voz de un hombre ante la falta de respuesta. Reconocí su voz al instante. Ya la había escuchado antes, en uno de mis sueños. Era el maldito Fran.

Salí del despacho cual vulgar ladrón pero en mi propio hogar, con todo el sigilo del que fui capaz y me dirigí a la entrada del salón, para ver qué sucedía allí. Fran estaba de pie en medio del salón, empapado por el agua y mirando en dirección a la cocina, de donde salió Sonia también mojada hasta los huesos y que traía consigo unos trapos para secarse un poco. Tarea inútil ya que ambos estaban calados de los pies a la cabeza.

Sonia empezó a frotarse el pelo mientras Fran no hacía nada para secarse, solo observaba embelesado a mi novia que no debía ser consciente que su blusa mojada dejaba transparentar su sujetador y que sus gestos agitaban sus pechos de forma sugerente.

-Es una lástima que hayan suspendido la sesión de fotos –dijo Sonia alzando la vista y encontrándose con la mirada lasciva y casi impúdica de Fran- maldito tiempo…

Mi corazón dio un vuelco al escuchar esas palabras. Aquello confirmaba lo que ya sospechaba. No era un sueño, aquello era real, muy real. Y el destino había querido que volviera a repetirse aquella escena: mi novia, su compañero Fran, mi casa y la tormenta. Y yo como espectador de lujo de lo que iba a ocurrir o no… pronto saldría de dudas.

-No me mires así –le pidió Sonia, casi un ruego por su parte…

-¿Así cómo? ¿Con deseo? –le preguntó Fran dando un paso hacia ella- llevas evitándome desde aquella noche…

-Ya te dejé claro que aquello fue un error y que no iba a volver a repetirse –dijo ella retrocediendo un paso- creo que será mejor que te vayas…

-¿Así me agradeces que te haya traído a casa con la que está cayendo? –Le contestó él volviendo a avanzar hacia ella- ¿Acaso no te gustó?

¿De qué estaban hablando? ¿Qué había sucedido aquella noche que no debía volver a repetirse? ¿Qué era eso que aún no sabía? Todas las imágenes vistas en mis sueños volvieron a pasar por mi cabeza, aumentando mi desasosiego y mi nerviosismo, haciéndome temer lo peor y casi queriendo huir de ahí para no confirmar mis sospechas.

Sonia no contestó, solo apartó su mirada esquivando la suya, avergonzada, turbada, dejándole avanzar sin oposición. Fran llegó a su altura y con dos dedos le alzó el mentón, escrutándola fijamente.

-No me has contestado… -volvió a decir- ¿no te gustó?

-Sabes que sí –murmuró ella llenándome de dolor- pero no quiero volver a engañar a David…

-Ojos que no ven… -dijo Fran casi rozando con su cuerpo el de Sonia.

-No –dijo ella alargando su mano y parando el avance de su compañero- te he dicho que no puede ser… y menos ahora que acabo de recuperarlo cuando pensaba que lo había perdido para siempre…

-Como quieras –dijo él dándose de momento por vencido- pero con esto no vamos a hacer nada o más bien poco, muy poco… – lo dijo en referencia al trapo que le había dado Sonia para que se secara que lanzó  al suelo con prepotencia- tengo toda la ropa mojada…

-Fran… no… -dijo con un hilo de voz mi novia adivinando sus intenciones.

Por supuesto, Fran no le hizo caso y empezó a desabrocharse su camisa mojada, dejando al descubierto un torso musculado y bien definido donde se perdió la vista de Sonia, un torso bien perfilado que ahora bien recordaba lo mucho que le gustaba a ella rememorar en nuestros juegos. Al hacerlo, no se percató que su compañero desabrochaba su pantalón que dejó caer al suelo, mostrando sus fuertes muslos y quedando solo vestido con un más que pequeño slip ajustado donde era evidente su hombría.

-Mucho mejor así –dijo el modelo consciente del examen al que lo sometía Sonia.

Y es que ella era incapaz de apartar la mirada de su cuerpo esculpido a base de gimnasio, de contemplar como las gotas de agua recorrían su piel negra deslizándose cuerpo abajo, de ver como la carne que cubría la única prenda que conservaba no paraba de crecer por culpa suya.

Tragó saliva y se movió inquieta, nerviosa, perturbada por la presencia de aquel hombre del que todo parecía indicar que ya había disfrutado de las mieles del cuerpo de mi chica.

-Tú aun sigues mojada… -dijo Fran sacando de su ensoñación a Sonia que pareció darse cuenta en aquellos instantes de lo que ocurría.

-Ni se te ocurra… -dijo amenazándole con el dedo y retrocediendo más nerviosa todavía.

Él no dijo nada, en absoluto se dejó amedrentar, solo se arrojó sobre ella y la cogió por la cintura, como si fuera una muñeca fácil de manejar para sus fuertes brazos, dejándola caer sobre la mesa del salón donde la dejó sentada, ante la estéril oposición que ejercía mi chica que, la verdad, no resultó muy convincente.

Fran, con sus manos sobre las piernas enfundadas en unos tejanos húmedos, las separó para colocarse entre ellas, eliminando así cualquier distancia con Sonia que solo apartó con vergüenza la mirada mientras se dejaba hacer, sin fuerzas o sin ganas de intentarlo.

-Eres preciosa –le dijo frente a frente, volviendo a coger su mentón con firmeza y seguridad.

-No lo hagas… -casi suplicó una Sonia desvalida.

-¿Hacer qué? ¿Ayudar a una amiga a evitar que coja un resfriado? –Dijo con una media sonrisa delatora- además… te recuerdo que no voy a ver nada que no haya visto ya…

Y para mi completa estupefacción, vi como sus manos subían hasta su torso y empezaba a desabrochar con total parsimonia los botones de su blusa mojada, botón a botón, dejando a la vista el sujetador que a duras penas podía ocultar  sus pechos hermosos, tersos, temblorosos ante la cercanía del galán que los acechaba.

Fran, una vez completada su tarea y ante mi estupor e inoperancia, hacía deslizar hacia atrás la prenda, contando con la colaboración de una entregada Sonia que quedó sentada frente a él, respirando de forma agitada fruto de la excitación y nerviosismo. En ese momento tuve un destello, como un fogonazo que hizo la luz en mi mente, empezando a recordar lo sucedido aquella fatídica noche…

Recordé a la perfección mi llegada a casa, a última hora de la tarde. Recordé la ilusión con que lo hice, cargado con aquel anillo con el que pensaba comprometerme con mi chica para siempre, aquella chica a la que tanto quería y con la que últimamente tan buenos momentos de sexo habíamos compartido con aquellos juegos que habían impulsado nuestra vida sexual hasta límites antes insospechados. Claro que entonces no tenía ni idea que ella había traspasado aquellas reglas o normas que nos habíamos impuesto para no perder el control de la situación.

Recordé entrar en el piso vacío, entrar en el despacho y quedarme dormido, agotado por las largas horas pasadas al volante del coche con la intención de sorprender a mi novia. Y recordé despertarme con el ruido de la tormenta, aquella maldita tormenta que me había angustiado y acongojado durante mis sueños después de mi despertar.

Recordé salir del despacho, escuchar voces en el salón y dirigirme allí, atraído como un imán. Encontrarme la estancia a oscuras, apenas iluminada por unas velas, viendo en aquel lugar  a los mismos que, sueño tras sueño, me habían amargado la existencia desde que recobré la consciencia.

Recordé la propuesta del juego, como bebían hasta casi emborracharse, como luego sus prendas caían una tras otra hasta que Marta, la parlanchina Marta, quiso ir más allá y propuso lo de las pruebas. Y Sonia aceptando, sin negarse a nada.

Recordé como la situación fue degenerando, tocándose los unos a los otros tal como había visto en mi sueño, teniendo que esconderme rápidamente cuando Miriam, Juanjo y Manu abandonaron el salón con la intención de acabar la noche en la intimidad de una de mis habitaciones, aquella donde había visto a Juanjo follándose sin piedad a Miriam mientras Manu se masturbaba mirándolos.

Recordé como volví al salón, como vi a Fran disfrutando de la mamada que le estaba haciendo Marta mientras ésta incitaba a mi novia a que se uniera a ella. Sonia no aceptó pero, en su lugar, se dejó acariciar las tetas por su compañero y en absoluto intentó parar aquello hasta que él coló la mano dentro de la braguita de Sonia, tocando su culo y vete tú a saber qué más.

Recordé como antes de abandonar la estancia ella habló de no volver a engañarme, de no volver a traspasar los límites, de algo sucedido durante los dos fines de semanas anteriores… dudas y más dudas sobre lo que me ocultaba, sobre lo que aparentaba ser un puro engaño de  Sonia y el miedo a no saber hasta dónde había sido capaz de llegar en aquel juego consensuado donde, al parecer, ella iba por libre, contándome lo que le daba la gana.

Recordé como, después de ocultarme de nuevo para que Sonia no me descubriera en su huida a nuestro dormitorio, volví al salón donde vi a Fran follándose a Marta de una forma brutal, dejándola totalmente agotada, exhausta y satisfecha en el sofá, para luego ir en busca de mi novia con la intención de hacerla cambiar de parecer, intentar hacerla suya.

Y recordé como, oculto tras la puerta entreabierta, vi a los dos metidos en la cama, él intentando hacerla cambiar de parecer, que se entregara a sus deseos. Y ella negándose hasta el extremo de discutir los dos, echándole Fran en cara que le hubiera dejado a otro hacer lo que a él le negaba una y otra vez, confirmándome que Sonia ya me había sido infiel aunque desconocía con quién…

Y recordé como, tras el susto inicial, cuando pensé que Sonia iba a abrir la puerta del dormitorio y encontrarme allí espiándola, Fran consiguió detenerla y convencerla para que volviera a la cama, junto a él, donde seguramente no tardaría en volver al ataque pese a sus buenas palabras.

Todo igual que en mis sueños, nada había sido una ilusión, una quimera, una fantasía… todo era real, todo había sucedido… todo, ¿excepto Sandra? ¿Podía ser que ella también fuera real? Que algo de lo sucedido con ella, lo ocurrido en el despacho, las sesiones, su apoyo, lo que había empezado a sentir por ella, nuestro encuentro en la cama del hospital… ¿podía ser que algo o, quizás todo, fuera real?

Mi corazón empezó a palpitar a marchas forzadas ante aquel cúmulo de sensaciones, nervioso a más no poder ante la remota posibilidad que Sandra fuera real, viendo como en segundo plano la escena que ocurría en mi salón entre Sonia y Fran, mientras en mi mente, abierta la puerta de los recuerdos de par en par, recordaba lo sucedido aquella noche, lo que ocurrió en aquella habitación y que aún no había conseguido recuperar, lo que mi mente había enterrado en lo más profundo de su interior.

Recordé estar de pie, detrás de aquella puerta, escudriñando su interior, viendo a mi novia compartiendo cama con aquel modelo de piel oscura, siendo consciente de su deseo hacia él e intuyendo que sus defensas eran débiles, siendo incapaz de irme de allí, queriendo saber hasta dónde iba a ser capaz de llegar, averiguar  lo sucedido las semanas anteriores donde, por lo visto, había traspasado los límites hasta llegar a la traición.

-No quiero que vuelvas a sacarme a relucir ese tema –le pidió Sonia, tumbada en la cama, sin mirar a Fran que estaba tumbado a su lado, boca arriba al igual que ella, ambos con la mirada fija en algún punto del techo.

-Sabes que no puedo –le confesó Fran- no puedo entender que le dieras a ese lo que a mí me niegas sistemáticamente… y más, una semana después de lo que ocurrió en el hotel entre nosotros…

-Te lo vuelvo a repetir –dijo ella girándose levemente para mirarlo de nuevo- aquello no debió haber pasado… fue un error fruto del alcohol y de tus provocaciones…

-Pues yo no lo recuerdo así… -rememoró el modelo- la que salió de la ducha vestida únicamente con unas braguitas fuiste tú…

-Y no debí haberlo hecho –se recriminó mi novia.

-Pues a mí me encantó –dijo él con jolgorio- era la primera vez que me mostrabas tus tetas y  me maravillaron estas dos preciosidades que ocultas aquí…

Fran ladeó su cuerpo y su mano acarició, sin prisa pero con auténtico deseo, su pecho, justo por encima de la camiseta que llevaba puesta, la camiseta de Fran, la misma que ella, con las prisas al abandonar el salón, se había puesto encima y que junto a la braguita era la única prenda que llevaba.

-La mano… -dijo con voz cansina y sin convicción Sonia- recuerda que has prometido portarte bien… y además, bien que las disfrutaste esa noche…

-Lo recuerdo muy bien –dijo él con una amplia sonrisa- lástima que solo me dejaras tocarlas y no chuparlas… deben saber deliciosas…

Fran hizo caso omiso a las quejas de mi novia y, no contento con tocar su pecho por encima de su propia camiseta, bajó su mano que parecía tener vida propia, hasta alcanzar el borde de la prenda. El contacto directo de su piel contra la del vientre de ella, la hizo exhalar un quejido fruto de la desesperación y del deseo contenido.

-¿Quieres estarte quieto? –Protestó Sonia-  si no me dejas dormir, tendré que irme yo…

-Venga, no seas mala… -dijo Fran- déjame tocarlas solo un poco, como antes… como aquella noche en el hotel…

Su mano fue subiendo de forma lenta, sin detenerse, subiendo con ella el borde de la camiseta, hasta casi alcanzar esos majestuosos pechos pero sin llegar a tocarlos, aumentando con ello la desesperación y desconcierto de Sonia, como si él esperara su permiso o una negativa tajante. Pero no se produjo y Fran se sintió libre de hacer lo que ya había hecho otras veces, posar su manaza sobre la teta de mi novia que casi cubrió por completo.

-Dios, qué maravilla de tetas –dijo él amasando toda aquella carne, cubriéndola con su mano, acariciando con sus dedos su areola rosada y el bultito que culminaba aquella montaña que se endurecía bajo su contacto. Mientras sus ojos, los de ella, permanecían perdidos en una nube de sensaciones.

Acabó de subir la camiseta, que quedó enrollada bajo su cuello, quedando al descubierto sus pechos que enseguida fueron objeto de atención de sus manos que las recorrían con devoción, deleitándose con su firmeza, con la suavidad de su piel, con su tersura, con la dureza de sus pezones…

-¿Tanto te gustan? –preguntó ella coqueta y satisfecha con la atención que le dedicaba- son más grandes que los de Marta…

-Mucho más… -dijo él mientras seguía disfrutando de sus tetas- son perfectas… y nunca me cansaré de tocarlas, acariciarlas, disfrutarlas…

Fran siguió atacando los pechos de mi novia mientras recostaba su cuerpo contra el de ella, teniendo que notar Sonia por fuerza el bulto que había crecido de forma inexorable bajo la tela de la única prenda con la que se había acostado él.

-Déjame que te quite esto –dijo mientras cogía la camiseta y ella, sin oposición, alzaba sus brazos para ayudarle a que le quitara la prenda que ahora le molestaba.

-Eres preciosa… -dijo él contemplando con admiración y deseo el cuerpo de Sonia, que conservaba solo la braguita, ruborizada por la excitación que le habían provocado sus manoseos y sus palabras.

Su mano volvió al ataque, asiendo de nuevo su pecho más lejano, dejando huérfano al que más cerca tenía que contemplaba casi con ansiedad. Al final, no pudiendo resistir más la tentación, acercó su rostro de forma lenta, dándole tiempo a que le detuviera. Pero eso tampoco ocurrió.

Sus labios alcanzaron la piel de su seno que mimó y acarició de forma experta, notando como se erizaba con su contacto, cubriéndolo de besos, lamiéndolo con su lengua, siguiendo el contorno de su areola, mordiendo aquel pezón que se había endurecido en nada bajo sus atenciones.

Y Sonia se dejó, posando su mano sobre la cabeza de él, acariciándola casi con cariño y disfrutando del buen hacer de Fran que devoraba su pecho atestiguando la amplia experiencia de la que hacía alarde.

Una vez superada aquella barrera, otra norma que Sonia había decidido saltarse, Fran envalentonado fue moviéndose de un pecho a otro, alternando su boca y su mano y nunca dejando ninguno de los dos desatendido. Y como amante hábil que era, moviéndose de forma lenta pero inexorable, desplazándose sobre el cuerpo de Sonia que, ajena a sus movimientos, casi ni se percató que él se colocaba encima suya mientras seguía atacando sin compasión sus pechos, sus labios, toda ella…

Fran, ejerciendo algo de presión con su cuerpo y ella cediendo casi de forma instintiva, llegó a colarse entre sus piernas, abriéndolas a su paso y quedando situado entre ellas, cuerpo contra cuerpo, sexo contra sexo, solo separados por la fina tela de las prendas que aún conservaban.

Fran movió su pelvis lentamente, frotando su bulto creciente contra el pubis de Sonia, exhalando ella un hondo gemido que delató lo mucho que aquello le había gustado. Pero aún y así, sacó fuerzas de vete tú a saber dónde para intentar detenerlo, no dejar que siguiera haciendo aquello.

-No, Fran… detente, por favor… -suplicó ella apartando su cabeza de sus pechos- esto ha vuelto a ir demasiado lejos… otra vez…

-¿Por qué te resistes? Déjate llevar de una vez… -dijo él intentando de nuevo evitar que su presa volviera a escapar, alcanzando con sus labios su pecho.

-No… esto no está bien… -dijo ella en un susurro debido a la nueva puntada que le había dado Fran con su entrepierna que, a estas alturas, debía estar más que erecta.

-¿En serio quieres que pare? –dijo él cesando momentáneamente aquel ataque sin compasión al que la estaba sometiendo y fijando su mirada en la de ella.

-Sí… -casi le rogó ella.

-Lo haré solo con una condición –le propuso él- quiero que me digas porque te follaste a aquel tío y a mí continuamente me rechazas…

-Habíamos quedado en dejar ese tema olvidado… -contestó ella.

-No puedo hacerlo… -replicó Fran dolido- no entiendo porque, con todo lo que hemos hecho y pasado juntos, le das a otro lo que me pertenece a mí…

Y diciendo esto volvió a cargar contra mi novia, volviendo a mover su pelvis y frotando el duro tronco en que se había convertido su polla por el  encharcado coño de Sonia, arrancándole un nuevo gemido y que ella a duras penas pudo  ahogar, entrecerrando sus ojos por el placer que aquel roce le había provocado.

-Joder Sonia –dijo Fran mientras no paraba de moverse- que la semana anterior, en el hotel, después de tocarte las tetas y ponérmela dura como la tengo ahora, me hiciste una paja para bajar mi calentura… explícame como, después de eso, después de bailar bien agarrados y frotándonos como tantas otras veces hemos hecho, después de dejarme meterte mano como nunca antes me habías permitido… te veo irte con ese tío y me dejas a mí allí plantado y con una empalmada brutal… y después tengo que enterarme por Juanjo que te lo estabas follando en su coche… explícamelo, Sonia…

Recordé como mi corazón iba a mil por hora mientras oía aquellas palabras, mientras veía como Fran no dejaba de moverse sobre el cuerpo de mi chica, follándola con la ropa puesta, ella dejándose hacer y ya con sus manos rodeando su cuello, sin negar nada de lo que salía por su boca, confirmando mis peores sospechas, aquellos presentimientos que habían empezado a surgir desde que había empezado aquella velada.

Sonia me había sido infiel, se había acostado con otro tío y estaba a punto de hacerlo con otro, aprovechando que ambas ocasiones estaba fuera y lejos de ella, dejando campo libre para actuar con libertad y, no tenía duda, bajo el amparo de sus amigas que con seguridad conocían sus correrías.

Desde vete tú a saber cuándo, Sonia había ido por libre en aquel juego de provocar a terceros para excitarnos, traspasando límites y rompiendo reglas a su antojo y ocultando lo que no tenía intención de confesarme.

-¿No dices nada? –Le preguntó Fran- ¿quiere eso decir que no quieres que pare?

Sonia solo gimió y una mano bajó de su nuca por su espalda, colándose dentro del slip, acariciando su nalga oscura que ahora podía ver como se contraía a cada empujón que daba contra el sexo de mi novia.

-Sí, quiero que pares… -dijo con un hilo de voz, intentando evitar lo inevitable, intentando parar lo que estaba deseando que ocurriera.

-¿Sí? –dijo él parando de moverse –pues contesta a mi pregunta… ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste con él? ¿Por qué siempre terminas por rechazarme? Contéstame y pararé de forma definitiva…

La mano de Sonia abandonó su culo y volvió a su nuca, aferrándose a ella y fijando su mirada en el rostro de Fran.

-Porque te deseo, porque me excito cuando te siento cerca, porque esa noche me calentaste como nunca y no podía darte lo que querías, porque si lo hacía volvería a caer una y otra vez y no quiero hacerle eso a David… -confesó ella- por eso me follé a aquel desconocido, para aplacar la calentura que tu habías provocado sin el peligro de futuros encuentros, entregarme a alguien a quien no volvería a ver nunca más, a alguien que no significaba nada para mí…

-Hija de puta… -dijo Fran con una sonrisa maliciosa- o sea que a aquel cabrón solo lo utilizaste como consolador humano para apagar el fuego que yo había encendido… ¿Y lo hizo? ¿Te sirvió de algo? No creo que tuviera esto  como yo…

Lo dijo de forma arrogante mientras su mano acababa de bajar su slip y aquel trozo enorme de carne negra quedaba al descubierto, totalmente erecto y duro, cayendo por su propio peso sobre el vientre de mi novia que lo miraba embelesada.

-Ni por asomo… -dijo en un murmullo no sabiendo si se refería a que no había quedado satisfecha o a que no tenía una polla como aquella. Pero su respuesta satisfizo a Fran que, volcándose sobre ella, la besó por primera vez, con pasión, de forma desenfrenada.

Sonia no se opuso a su beso, que devolvió con lujuria desatada, mientras desde mi posición contemplaba como se iba a culminar la infidelidad de mi novia, otra más por lo visto y escuchado… y todo aquella noche en que iba a darle una sorpresa, a pedirle su mano, a decirle que la amaba más que a nada en este mundo y que quería pasar el resto de mis días junto a ella…

Fran, mientras no dejaba de besar a Sonia, coló su mano entre sus cuerpos y casi pude oír como rasgaba la tela de sus braguitas que enseguida vi volar hacia el suelo de la habitación, de nuestra habitación…

-Me habías dicho que ibas a parar… -dijo ella apartando sus labios de la boca de él, con la mirada encendida y el rostro arrebolado por la excitación.

-Te mentí… -dijo él colocando su glande junto a su entrada.

Ella ya no dijo nada, volvió a besarse con él mientras enlazaba sus piernas tras su espalda, esperando el golpe final que no iba a tardar en producirse. Fran empujó y aquella enormidad empezó a penetrar y desaparecer en el estrecho coñito de mi novia cuyo gemido quedó ahogado por el intenso morreo que se estaban dando los dos.

Su pelvis siguió empujando y, centímetro a centímetro, aquella polla negra fue penetrando a la que había sido mi chica hasta esa noche, abriéndola como nunca lo habían hecho y haciéndola sentir lo que nunca había sentido. O al menos eso deducía yo al contemplar su rostro desencajado.

Con un golpe final de cadera, que provocó un gemido agónico de Sonia junto a su primer orgasmo de la noche, rompió de forma definitiva mi corazón y mi relación;  toda su polla entró en ella, llenándola, cumpliendo lo que, por lo visto, tanto tiempo llevaba deseando y a la vez negándose.

Enseguida Fran inició un movimiento lento y pausado, follándola con lentitud pero con profundidad, rasgando mi alma con cada estocada que le daba y con cada gemido que Sonia exhalaba por su garganta.

¿Para qué continuar allí? ¿Qué necesidad tenía de seguir viendo como Sonia me era infiel de nuevo? ¿De ver cómo la que creía el amor de mi vida se entregaba a otro?

Recordé el dolor  que sentí aquella noche, como recorrí aquel pasillo acompañado por los gemidos de placer de Sonia, por los bufidos que daba Fran cada vez que la taladraba con aquella polla que gastaba, con el traqueteo de aquella cama que tantas noches habíamos compartido ella y yo y que ya nunca más volveríamos a hacer…

Salí de aquella casa, de la casa que habíamos compartido durante los últimos años, seguro de no volver y sabiendo que lo nuestro estaba acabado. Salí de allí roto, destrozado, hundido, sin saber dónde ir ni qué hacer…

Salí para meterme en el coche que había aparcado lejos para que Sonia no se percatara de mi presencia allí. Dentro lloré, lloré como un niño, lloré con las imágenes grabadas en mi retina de la traición de lo que más amaba, lloré mientras aun retumbaban en mis oídos sus gemidos de placer, el sonido del chocar de sus cuerpos y, lo que quizás me dolía, sus palabras reconociendo que llevaba tiempo jugando por su cuenta, que aquella no era la primera vez que me engañaba. Lloré  liberando la tensión y angustia acumulada por todos los descubrimientos hechos, por todos los engaños desenmascarados, por todas las traiciones descubiertas…

Y en esas condiciones, llorando, totalmente vencido, lloviendo a raudales, iluminado por la luz de los relámpagos, acompañado por el sonido de los truenos y el ulular furioso del viento, conduje sin ton ni son, sin destino conocido, solo buscando poner tierra de por medio…

Hasta que vi aparecer aquella curva cerrada delante de mí, con aquel guardabarros protegiendo de la caída que había detrás… ¿para qué seguir sufriendo más? Hundí el pie en el acelerador y cerré los ojos mientras notaba el coche volar sobre al asfalto mojado, chocar contra la protección y salir despedidos pendiente abajo mientras, entre el ruido de la tormenta y del metal del coche desgarrándose y desgarrándome con cada golpe, me pareció oír una especie de pitido que se apagaba a medida que lo hacía mi vida…

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