SIX

Me desperté con un brazo dormido, Ana se había acomodado entre el respaldo del sofá y mi pecho, aplastándomelo.

Me pesaba el mundo, tenía un dolor de cabeza tremendo, y parecía que el oxígeno de mi casa fuera tan denso que se pudiera masticar. Ana, medio abrazada a mí, me aplastaba medio cuerpo, y necesité moverme. Y al hacerlo se despertó con un gruñidito.

-Qué hora es…- murmuró adormilada.

Abrió los ojos como si le pesaran toneladas, mirando alrededor e intentando asimilar o entender donde se encontraba.

-Creo que las siete.- Dije mal mirando mi reloj.

A mí también me costaba ver con claridad, me dolía el cuerpo entero.

-Joder!! Mi compañera de piso me va a matar!!- Soltó incorporándose perezosamente.

Su grito resonó entre mis sienes como si hubieran lanzado una bomba allí dentro. Que bajón tenía… Ahora estaba pagando el exceso de vino y los chupitos.

-Y eso?- Murmuré sin ganas.
-Le dije que salía por la noche, no que me iba todo el fin de semana… Había quedado con ella hoy!… Joder!

Ana se desperezaba mientras intentaba sentarse en el sofá. Mirando alrededor como si el mundo estuviera a kilómetros de distancia.

Se pasó la mano por la cara, luego intentó peinarse pasándose los dedos por el pelo. Yo me había incorporado a su lado, sentado, apoyándome con los codos en mis rodillas, me pesaba el cuerpo toneladas.

De repente Ana se levantó, torpe y de forma pesada, cogió su vestido para empezar a remangarlo y vestirse, sin ganas de hacerlo, pero no tuviera más remedio.

-Y vas a irte ahora?? Así??- Le pregunté mirándola.

Me miró después de colarse el vestido por la cabeza, mientras se lo bajaba y ajustaba, sin sujetador ni nada.

-Cariño, lo siento… tengo que irme… me encantaría quedarme. Pero no puedo.- Empezó a decir buscando torpemente sus zapatos.
-Espera Ana, no tengas tanta prisa.- Le dije incorporándome. –Si quieres nos damos una ducha, y te acerco.

Ana se paró de repente, mirándome extrañada.

-Vas a llevarme?- Dijo asombrada.
-Claro, no me cuesta nada.- Mentí.

En el mismo momento en el que me ofrecí, me arrepentí. No me apetecía nada salir de mi casa, de hecho, tan solo quería acurrucarme de nuevo en el sofá, y dejar pasar las horas. Pero Ana sonrió con una sonrisa cariñosa que volvió a iluminarla. Y se acercó a mí, acariciándome la cara. Y eso fue suficiente para volver a convencerme.

-Eres un sol, de verdad…- Dijo antes de darme un besito.

Nos duchamos entre caricias y algún que otro beso, enjabonándonos el uno al otro. Pero sin sexo. Ana tenía prisa, y yo estaba agotado, lo estábamos los dos.

Hacía mucho que no disfrutaba de un maratón de sexo como aquel. Y me había dejado muerto. La ducha ayudó a despejarme, pero el cuerpo me dolía, y poco a poco todo el esfuerzo y los excesos del fin de semana reclamaban sus dolores.

Salimos de la ducha y mientras Ana se arreglaba un poco, yo me vestí, y bajamos en busca de mi coche. Nos mirábamos contentos aunque se nos notaba lo derrotados que estábamos.

Aun así, Ana había cambiado la manera de mirarme, ahora lo hacía con cariño y ternura, y se agarraba a mi brazo al caminar.

Era feliz, caminaba orgulloso y contento. No tenía ni idea de cuánto duraría aquello, pero me gustaba tener a Ana cerca y tan cariñosa. Era extraño, porque no sabía lo que sentía hacia ella. No era amor, por ponerle una palabra, era deseo. Por supuesto que me gustaba, que la quería. Pero siempre que la miraba, pensaba en sus tetas, en su culo, en sus labios de forma lasciva. Y es que Ana exudaba feromonas o algo hacía mí, estaba convencido de ello. Sentía una atracción sexual tremenda, subiéndome la temperatura, y empalmándome sin motivo.

Siempre me aceleraba el pulso.

Pero en aquel paseo no. Quizás porque me sentía satisfecho. Porque la sensación de felicidad era más potente que el deseo, no lo sé.

Pero sabía que seguía embriagado de ella, atrapado en su hechizo. Aunque sus efectos ahora se hubieran disipado.

Al final la llevé hasta su casa en mi coche, al cruce de calles que ya conocía. Y nos despedimos con un beso rápido.

-Mañana te veo en el curro.- Me dijo cariñosamente.

Sonreí. Me encantaba esa forma cariñosa de Ana, si siempre hubiera sido así, sería la chica perfecta. Lástima que le perdiera el carácter y muchas veces el rencor. Pero parecía que esa faceta había quedado atrás, por lo menos conmigo, y ahora estaba en una nube con ella.

-Entonces hasta mañana.- Sonreí con gusto.
-Oscar…- Me soltó mirándome a los ojos.
-Tranquila Ana, nadie se enterará de lo nuestro.- Le dije tranquilizándola sabiendo por donde iba.

Ana sonrió feliz, y me dio un beso, esta vez más húmedo. Como si me quisiera dejar con ganas de más.

-Tonto… No era eso lo que te quería decir… Me ha encantado este fin de semana…- Suspiró en mis labios. –Me lo he pasado muy bien…

Aquel beso continuó unos segundos más, pero en mis labios se dibujó una sonrisa de triunfo, que contagié a los de ella.

Y sus labios se separaron de los míos mientras intentaba relamerme para retener su sabor.

Lo cierto es que aún no se había ido y ya sentía la sombra de la soledad que sabía que me invadiría en cuanto se girara.

-Recuerda…- Le susurré cambiando de tono.
-Qué?- Contestó como si esperara alguna revelación, algún elogio de aquel finde.
-Que tienes prohibido usar braguitas, a no ser que me pidas permiso…- Dije como si yo lo diera ya por hecho.
-Ya… Tonto! Jajaja!- Soltó risueña como si no se lo creyera.
-Ana… No es un juego.- La regañé poniéndome serio señalándola con el dedo. –Es una orden.

Ana abrió su boca sorprendida, y no supo que decirme. Pasó por mirarme como si sus ojos me dijeran algo así como un “de que vas?”, pero al ver que le mantenía la mirada firme y severa, acabó apartando sus ojos de los míos, y se puso colorada.

-Dijiste que eras mía, que te ponía mucho obedecerme…- Susurré con el mismo tono firme y decidido. –Y ese es mi primer deseo… Ahora obedecerás.

Tenía que mostrarme firme, severo. Digno de mis decisiones.

Ana se mordió la boca, pero no como lo hacía siempre, por puro morbo, sino como alguien cohibido, sin saber que decir.

-Vas a defraudarme?- Pregunté mirándola a los ojos.
-Nn… No.- Dijo tímidamente.

Ana se me quedó mirando unos segundos, como si le acabaran de soltar una regañina y fuera una niña pequeña que acababa de hacer una travesura.

Por Dios! Como me ponía verla tan sumisa! Romperle los esquemas y hacer que se sonrojara de aquella manera… Ufff… Me aceleraba el pulso y me invadía un calor tremendo que nacía desde dentro. Pero si dejaba que eso se reflejara en mí, perdería el juego.

-Mañana espero verte con falda… Me ponen mucho esos conjuntos de oficina que eliges.- Susurré con un tono firme.

Continuar hablando me ayudaba a aguantar mi papel.

Ana sonrió tímidamente, dejando que asomaran sus dientecillos entre sus labios. Aquel comentario se lo tomó como un piropo. Pero no quería desviar el tema.

-Gracias… De verdad te gustan?- Susurró sonriente y de nuevo iluminándose por su sonrisa.
-Si… Y se me va a poner muy dura sabiendo que no llevaras nada debajo.- Continué ignorando su sonrisa con el mismo tono directo.

Ana volvió a abrir su boca sorprendida por mi naturalidad, y a la vez sonrojada, quizás porque la idea le ponía cachonda.

-Ven aquí!- Solté cogiéndola de la nuca.

Volví a besarla, y Ana recibió mis labios como me encantaba que lo hiciera, abriendo su boca y lamiéndome antes de besarla.

Cuando hacía aquello, los besos eran muy húmedos, cargados de deseo y morbo. Y me sabían a gloria, a sexo, y a ella.

-Ahora lárgate!- Susurré apoyando mi frente en la suya cortando aquel beso cargado de deseo.

O echaba a Ana o no dejaría que se fuera nunca, y mi papel se iría al garete delatándome. Ella me miró sin poderse creer mi frialdad.

Frialdad que me estaba costando horrores fingir.

Pero enseguida entendió que yo ya había acabado con ella, que no habría nada más. Ya no hubo más palabras, sino el ensordecedor sonido de su ropa cuando se recompuso, junto con el ruido del cinturón de seguridad al deslizarse, y la puerta de mi coche al abrirse.

Me miró por última vez y sonrió de manera extraña. No supe cómo interpretar aquello, y salió del coche, y me sentí como si de repente me invadiera el silencio.

La seguí con la mirada mientras daba la vuelta al coche, alcanzando la acera de aquel cruce. La miraba como si no quisiera que aquel fin de semana se acabase. Había sido alucinante, hacía unas pocas horas Ana era totalmente mía, y al verla marcharse, me daba la sensación de que todo había pasado hace siglos.

La verdad es que habían sido de esos días en los que desconectas tanto que al volver a la realidad, esta te golpea de tal manera que parecía que había pasado muchísimo tiempo.

Y mi realidad se apoderaba de mí con cada paso con el que Ana se alejaba de mi coche.

Aproveché para echarle una miradita más, para no olvidar aquel culo, y como su vestido se ceñía en su contorno, sabiendo que no llevaba nada debajo. Y como lo movía al caminar. Me pregunté cuando volvería a catarlo, a poseerlo. Y me di cuenta de que ya la estaba mirando de nuevo con hambre, con ganas de más.

Se dio la vuelta justo al entrar en su portal, mirando hacia mí, y me saludó con una sonrisa difícil de olvidar. Y quise quedarme con esa imagen como si le hubiera hecho una foto en mi mente. Levanté la mano tontamente, y le devolví la sonrisa, aunque la mía era mucho más melancólica. Y Ana desapareció.

Y me sentí profundamente solo. Con esa sensación de que el fin de semana había pasado muy deprisa, que podría haberlo aprovechado más, y que tocaba volver a la realidad.

Suspiré, y mi cabeza empezó a repasar mentalmente todo lo que había sucedido en aquellos maravillosos días, almacenando en la memoria todo lo que pude. Puse música, y me descubrí sonriendo de camino a casa.

Al llegar, noté mi casa muy vacía, sin sonido, y allí donde miraba, me recordaba algo que había hecho con Ana…

La mesa me hizo sonreír, con el sofá suspiré, y la ducha aún conservaba cierta humedad.

Limpié, cené, y me puse una peli antes de irme a dormir, dando por acabado aquel alucinante encuentro.

Continuará…

Un comentario sobre “Asuntos de trabajo (82)

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