ISA HDEZ

Soñaba historias extrañas y se las contaba a su mamá por las mañanas mientras le peinaba las doradas trenzas cuando la arreglaba para ir al colegio. Su madre escuchaba atenta y a veces se sorprendía de la exhaustiva elocuencia de su hija, pero no le daba más importancia, “cosas de niña” —pensaba. Esa mañana le narró un cuento que acababa de soñar, — le exponía Carlota. Su madre se quedó embelesada, y, llegaron tarde al colegio, no pudiendo dar una explicación lógica a la maestra. Carlota lloraba apenada mientras explicaba la soledad que sentía viajando por el espacio, no encontrando a nadie en su viaje; ella buscaba a su madre y gritaba, ¡mamá!, ¡mamá!, pero no le respondía, su voz se perdía en la inmensidad; solo ella volaba entre los planetas y los astros. Todo estaba oscuro, tenebroso y solitario, y no podía bajar a la tierra, la veía desde lo alto dando vueltas; ella seguía girando como si fuera una marioneta. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas a borbotones, mientras su madre la miraba atónita sin saber cómo consolarla, no sabía qué decir, no salían las palabras de su boca para reconfortar a su hija. Carlota no paraba de relatar fantasías y repetir hasta la saciedad la soledad inmensa que sintió en el espacio infinito, hasta que por fin su madre reaccionó, la abrazó, y le reveló que eso había sido un sueño imaginario, ficticio, aparente, pero que en la realidad no acontecía, porque ella siempre estaría a su lado para protegerla, quererla y alejarla de la soledad y, de los malos sueños.

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