ELIZABETH GARCÉS FERRER

Aparentar ser débil cuando, en realidad, la fortaleza que nos habita puede romper montañas es una especie de arte que María vivía todos los días de manera muy natural. Era consciente de lo que demostraba y de que, además, la tomaban por tonta pero sabía cómo era en verdad, más que suficiente.

Mujer menuda pero de una capacidad de lucha sin limites. Inteligente y dotada de una enorme intuición que la guiaba en todo momento, María adivinaba prácticamente lo que pensaba de ella la persona que tenía en frente y como, por su manera de gesticular y de hablar, la imagén que siempre ofrecia no era otra que la de tonta pues María sonreía imaginando que esa era la idea de su interlocutor, cada vez pensaba: _ “! Si tú supieras ¡”.

Su vida había sido dura, el destino no le dio respiro en ningún momento por lo que comenzó a librar batallas desde muy niña. Nunca tuvo suerte y ya no la esperaba demasiado a sus casi cincuenta años aunque conservaba, eso si,  un incansable optimismo.

Trabajaba limpiando en varias casas enviada por una empresa que se dedicaba a tal menester. María tenía que trabajar en lo que se presentara puesto que criaba sola a su hijo de trece años. Su ex compañero la abandonó cuando el niño contaba con tres meses y desde entonces ella luchaba por sacarlo adelante. Como una guerrera tenía momentos duros pero nunca bajaba los brazos.

Soñaba con una vida diferente en la que las cosas le fueran más fáciles pero no la tenía asi que, convertía cada momento en un eterno aprendizaje. Se fortalecía día a día, lo sentía en su interior aunque ya actuaba de manera automática, muy natural.

Cuando iba a la empresa captaba las risitas casi silenciosas que emanaban de sus jefes o de las secretarias. Lanzaban indirectas que servían a disminuir su autoestima pero no respondía porque lo único que le importaba era mantener su trabajo, en casa, un niño dependía de ello.

No poseía auto por lo que utilizaba el autobús para desplazarse y hacer, así, todo lo que era necesario en la ciudad: trabajar o hacer las compras. A menudo estaba extenuada pero proseguía con su deber, a María nada solía detenerla. En ocasiones sonreía sola pues le daba la impresión de estar en varios lugares a la vez ya que no paraba, ” corría” de un lado a otro sin descanso. Cuando se producía una huelga de autobuses iba al trabajo a pie, en un andar largo y tedioso, pero no faltaba y no se quejaba. María nunca se quejaba.

Eran siete las casas que la esperaban durante la semana, solo en una eran amable con ella puesto que en las otras la trataban como a una especie de esclava que está ahí para recoger la basura que los SEÑORES producen. María era catalogada como el ser inferior al cual se puede pisotear a ultranza y además, la pobre chica era ” tonta” para la mayoria. Una pregunta venía al caso: _ ¿quién ocupaba la peor posición, María o los que se creían superiores?.

En el trabajo cumplía las ordenes y se mordía la lengua para no responder a las humillaciones verbales y hasta llegaba a reírse para sus adentros cuando asistía a alguna acción de la señora que encontraba pueril pero que, para la dueña de la casa solía ser capital como, por ejemplo, permanecer media hora en el empeño de alisar un diminuto pliegue en la sábana de la cama. Ese dichoso pliegue tenía el poder de desquiciar a la muy señora.

Para María lo insignificante se quedaba en esa posición y lo importante ocupaba la plaza que le correspondía: una de las tantas lecciones que le dio la vida. La vida le enseño también que su hijo era lo importante y que, encontrar trabajo era cada vez más complicado así que, tenía que preservar lo que tenía incluso si no era lo ideal.

Sabia con certeza cómo era y dejaba que los demás la creyeran de otra manera. Muchas veces quiso gritar y poner a todos en su sitio pero la carita de su hijo le venía al recuerdo y se detenía. Alejandro, ese hijo que era un sol, su ” motor” en la vida: tenia que hacerlo un hombre de bien.

Los que la señalaban como débil tenían buenos trabajos y una existencia más o menos fácil, de segura estaba que ninguno de ellos sería capaz de soportar la vida que era la suya: sin auto, sin un buen salario y sin los detalles agradables que todo esto conlleva. Ninguno de ellos tendría el coraje de recorrer su camino porque lo material les daba la fuerza, si se les retiraba regresaban irremediablemente a la nada.

Una madre en la necesidad sabe que el sacrificio es su credo. Por un hijo todo, hasta el orgullo se mete en el bolsillo y se soporta muchas cosas.

La superioridad que muestran los que están arriba no podrá ser puesta nunca al mismo nivel que la batalla librada por una madre que cría en solitario a su hijo.

 

https://cubafranciaemigrar.wordpress.com/

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