QUISPIAM

Capítulo 9: ¿Nada es real?

-David… David…

La voz de Sandra no dejaba de llamarme, despertándome del leve y sutil sueño en el que me había sumido.

-David… por favor, David… -su voz sonaba cansada, triste.

A pesar de eso, me resistía a salir y escapar del sueño. Me encontraba tan relajado, tan libre de los quebraderos de cabeza que mi vida recién descubierta me estaba provocando…

-David… -notaba el dolor en sus palabras, como rendía sus fuerzas y otro sonido que no lograba identificar. ¿Sollozos, hipidos? ¿Estaba Sandra llorando?

Mi mano se movió hasta encontrar la suya que reposaba junto a la cama, dando un respingo al notar el contacto con la mía pero sin apartarla, inclinando su cabeza hasta dejarla reposar sobre nuestras manos unidas donde continuó dando rienda suelta a su llanto descontrolado.

Moví la otra mano con soltura, sin dolor alguno, hasta alcanzar su cabeza donde la acaricié con cariño, mesando su cabellera pelirroja, intentando aliviar aquel dolor que no comprendía a qué se debía. Aún podía sentir el calor de su cuerpo junto al mío, cuando la había follado en el despacho. ¿Había sido un sueño o bien había sido real? Poco me importaba, la verdad. El mero recuerdo de lo ocurrido, del placer disfrutado… era más que suficiente para mí.

-Por fin, David… por fin… -dijo entre sollozos- no sabes lo mal que lo he pasado durante todo este tiempo…

¿De qué coño hablaba? Si acababa de despertarme y solo había pasado un día desde nuestro último encuentro…

-¿No habías renunciado a mi terapia? –Le pregunté- pensaba que no querías saber nada más de mí después de lo que ocurrió entre nosotros…

-¿Terapia? ¿Qué terapia? –me preguntó ella alzando su cabeza y yo abriendo los ojos para encontrarme con los suyos, dándome cuenta que aquella no era Sandra sino Sonia- nunca has hecho ningún tipo de terapia, David…

-Pero… no entiendo… -dije confuso, desorientado.

-Han pasado muchas cosas durante este tiempo que has estado en coma… -me dijo dejándome en estado de shock. ¿De qué me estaba hablando? No comprendía nada.

-¿En coma? –dije alzándome de la cama casi de un salto y comprobando al hacerlo que los vendajes de mi pecho habían desaparecido, que mi pierna se movía de forma libre sin la atadura del yeso- ¿cuánto tiempo?

Mi corazón palpitaba a mil por hora mientras observaba, expectante, la respuesta de Sonia, casi temiendo escuchar lo que iba a salir de su boca.

-Un mes… -me dijo Sonia mirándome fijamente- has estado en coma un mes… nos has tenido muy preocupados, David…

Un mes. Había estado un mes en coma. Joder, joder, joder. Me llevé las manos a mi cabeza y descubrí una zona sin pelo en ella con un pequeño vendaje en el centro. ¿Qué era aquello? Seguí explorando mi cuerpo pero, aparte de la barba que ahora cubría mi cara y mi cuerpo más delgado, no percibí nada más.

-Te operaron la cabeza –me explicó Sonia- cuando caíste en coma, volvieron a repetir las pruebas pero ahora de forma más exhaustiva… al final sí tenías algo, un pequeño coagulo que presionaba una parte de tu cerebro y que provocaba tus sueños, tu pérdida de memoria, tus alucinaciones…

-Pero… pero… -balbuceé no entendiendo nada- pero sigo sin recordar nada de antes…

-Y quizás no lo hagas nunca –dijo ella- lo importante es que hayas despertado y no vuelvas a sufrir esas pesadillas y alucinaciones que has tenido desde que despertaste la primera vez después del accidente…

Me dejé caer sobre la cama atónito, sin poder de reacción, casi sin ánimo. ¿Todo había sido mentira? ¿Todo provocado por una lesión en mi cerebro? ¡Dios… había sido tan real!

-¿Y Sandra? –pregunté con temor.

-¿Sandra? –Contestó Sonia mirándome extrañada- no conozco a ninguna Sandra…

-Una doctora, sicóloga, pelirroja y con gafas de pasta… -insistí yo.

-No te ha visitado ninguna sicóloga, David… -me contestó Sonia- y por esa descripción no me suena nadie…

Cerré los ojos, incrédulo. ¿También Sandra había sido un sueño, una fantasía? Una lágrima se escapó mejilla abajo mientras intentaba asimilar todo lo que Sonia me estaba contando. Si antes ya estaba confuso y perdido, sin poder distinguir que era cierto y qué no… pues os podéis imaginar cómo estaba ahora.

-No te agobies, David –dijo ella cogiéndome la mano- seguro que fue alguna de tus alucinaciones… no volverá a pasar, ya no…

Sus palabras me hundieron aún más. Nunca más volvería a ver a Sandra. Me la habían arrebatado, para siempre. ¿Por qué había tenido que despertarme? Las lágrimas se hicieron más intensas, una profunda tristeza se apoderó de mí  y ahora fue Sonia la que me consoló, cobijándome en su pecho y dejándome llorar pero yo no podía apartar de mi mente aquella misma imagen pero con Sandra de protagonista, cuando la había besado y disfrutado de su cuerpo en aquella misma cama. Pero claro, ahora descubría que no había sido real…

Los siguientes días fueron intensos y transcurrieron como en una nube para mí. Una sucesión de pruebas confirmaron que ya no había daño alguno en mi cerebro, que todo estaba bien. Los sueños y alucinaciones desaparecieron, como por arte de magia, como si nunca hubieran existido.

Sandra había desaparecido de mi mundo, ni rastro de ella. Marta, la enfermera, se comportaba de forma distinta a como la recordaba. Amigable y simpática pero profesional. Eso sí, seguía hablando por los codos. Miriam y Manu volvieron varias veces a visitarme, contentos de verme por fin recuperado. Pero no podía apartar de mi mente la imagen de ella siendo follada por otro hombre mientras él se masturbaba viéndolo y disfrutándolo y eso hacía que me sintiera incómodo con su presencia. Aunque sabía que aquello no era real no podía apartar esa imagen y tantas otras de mi mente.

De Juanjo y, sobretodo, de Fran no volví a sentirlos nombrar ni nunca aparecieron por allí, como si tampoco nunca hubieran existido, como si nunca hubieran sido reales. Por un lado sentí cierto alivio. Eso significaba que todo aquello que había visto en mis sueños, la forma en la que  él metía mano a Sonia y ella se dejaba, como él confesaba desear follársela y ella no negarse tajantemente, las insinuaciones confesadas de que ella podía haberme sido infiel… todo era mentira.

Pero, por otro lado, sentía un vacío en mi interior que una cariñosa Sonia no podía llenar con sus mimos y cuidados. Cuanto más tiempo pasaba, más me convencía que todo lo vivido aquellos días había sido una fantasía, un espejismo, algo irreal… y eso implicaba a Sandra… no me podía creer que todo lo vivido con ella nunca hubiera sucedido, que el cariño que sentía hacía ella tampoco fuera real…pero por lo visto así era y no tenía más remedio que aceptarlo.

Aun estuve un par de semanas en aquel hospital, en aquella habitación, alternando entre pruebas rutinarias para confirmar que todo iba bien en mi cabeza con las visitas al gimnasio donde hacía ejercicios para recuperar la tonicidad de mi cuerpo después de tanto tiempo tumbado en una cama y la movilidad de la pierna fracturada en el accidente.

Al fin, los doctores dieron el visto bueno a mi alta y me mandaron a casa. Sonia estaba feliz de poder volver a nuestro hogar, de recuperar o al menos intentarlo, nuestra vida anterior, eso que ella llamaba nuestra rutina. Pero a mí me daba algo de miedo hacerlo. En cierta manera temía que, al entrar en ella, volvieran a mi mente todas aquellas imágenes que había visto en mis sueños y que tan reales me habían parecido.

Pero hice de tripas corazón, puse mi mejor sonrisa y me dejé llevar a aquella casa donde debía reanudar mi vida. Cuando entré, reconocí enseguida el mobiliario y la distribución que tantas veces había visto en mis sueños pero, ahora, a la luz del día y sin restos de comida, bebida y de ropa esparcida por doquier.

Pero no me asaltó ninguna visión ni sentí nada especial al entrar en aquel salón que tantas veces había aparecido en mis sueños. Como mucho, un conato de excitación al recordar el cuerpo desnudo de Marta en aquel sofá, donde la había tocado y luego Fran se la había follado hasta dejarla extenuada.

Lo mismo me ocurrió al entrar en el dormitorio donde había presenciado la escena con Miriam y Manu… la primera vez conmigo y la segunda con Juanjo… recordar aquello volvió a excitarme, era como recordar una escena de una película porno aunque con gente que supuestamente conocía y, aunque sabía seguro que nunca había sucedido, no podía evitar alterarme y excitarme al recordarlo.

No sucedió lo mismo con la siguiente habitación, el despacho. Fue abrir la puerta y fue como volver a estar allí la noche en que hice mía a Sandra. El empalme fue instantáneo y una sensación de deja vú me llenó por completo.

-¿Estás bien? –Me preguntó Sonia al encontrarme allí paralizado- te has puesto pálido…

Y era cierto, me sentía alterado y turbado por mi presencia en aquella estancia donde todo había tenido lugar, donde Sandra y yo nos convertimos en uno aunque solo fuera en el mundo de los sueños.

-Sí, sí… -balbuceé intentando recuperarme de las sensaciones que entrar allí habían despertado en mí- estoy perfectamente…

-Ya lo veo –dijo Sonia con voz melosa y poniendo su mano en mi entrepierna.

Por lo visto, no le había pasado desapercibido el estado en que se hallaba mi polla aunque ignoraba que estaba así por otra, no por ella.

-No sabes cuánto tiempo llevo esperando esto… -dijo acariciando el creciente bulto bajo el pantalón- me muero de ganas por sentirte dentro, que me hagas tuya…

Ella se acercó a mí, con una cara de deseo que yo no vi, yo me había transportado de nuevo a aquel momento que había compartido con Sandra, aunque hubiera sido en un sueño, un sueño que no dejaba de rememorar dentro de mi cabeza.

Sonia intentó besarme pero yo detuve su gesto con mi mano, sujetando su cara a escasos centímetros de la mía, mirándola pero no viéndola. Casi podía ver su cara, oler su perfume, sentir el calor de su piel…

Le di la vuelta con presteza, pegando su cara contra la pared y haciéndola arquear su cuerpo, dejando su grupa a mi entera disposición. Acaricié su culo por encima del tejano que llevaba puesto, palpando la carne dura y firme, siguiendo su espalda hasta colar mis manos bajo sus axilas para alcanzar sus pechos que amasé con lujuria desatada.

No podía más y ella tampoco. Desabroché sus pantalones y, junto a sus braguitas, las bajé hasta poco más abajo de sus rodillas. Suficiente para lo que necesitaba. Los míos también fueron cayendo  a lo largo de mis  piernas y mi hombría salió a relucir, altiva y lista para entrar en acción.

-Fóllame, David… -me suplicó una Sonia que deseaba aquello como si le fuera la vida. Pero yo no la oí a ella, sino a Sandra. Oí como la pelirroja doctora me suplicaba y pedía que la empalara, que le clavara mi herramienta en su interior, en lo más profundo de ella.

Mi glande rozó su raja, recorriéndola en toda su extensión, lubricándose con la cantidad de flujo que salía de ella, delatando la enorme calentura que sentía. Un leve empujón y la cabeza traspasó la puerta del paraíso que ella tenía entre sus piernas, extasiándome de placer y arrastrándola a ella conmigo a tenor del hondo gemido que profirió su garganta.

Un nuevo empujón y ya estaba casi la mitad de mi polla dentro, notando su coño más bien estrecho, apretando mi carne que se abría paso en su interior. Otro empujón y noté como mis huevos hacían tope, ya estaba totalmente dentro, suspirando de goce y sintiendo como ella casi se corría al sentirme por completo llenándola.

-Muévete, David… fóllame… necesito correrme contigo dentro… -me rogó ella.

Un golpe de pelvis, duro y seco, hizo que su rostro se pegara aún más contra la pared de aquel despacho gimiendo como la hembra necesitada que era.

-Más… necesito más…. –siguió pidiendo.

Otro golpe de mi pelvis acompañado de un tirón a sus pezones le arrancó un fuerte suspiro que se convirtió en grito que resonó por toda la casa. Un grito que para nada se parecía al que pudiera emitir Sandra, despertándome de mi ensoñación y haciendo que fuera consciente que ella no estaba allí, sino Sonia, mi novia.

-Fóllame, por favor… -suplicó de nuevo una desesperada Sonia.

Por inercia empecé a moverme, penetrándola a ritmo lento, escuchando como gemía agradecida al sentir como mi polla  entraba y salía de su cueva hambrienta. Pero yo, al darme cuenta de lo que realmente sucedía y con quién, no sé por qué empecé a perder la concentración, el control y, lo peor, la erección.

Nervioso, aceleré mis arremetidas intentando que con la fricción mi verga recobrara parte de la dureza que empezaba a remitir y que, de momento, había pasado desapercibida a Sonia, extasiada como estaba en sentir algo dentro después de tanto tiempo.

Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Mis nervios y mi preocupación porque ella se diera cuenta, por no estar a la altura, por no poder satisfacerla, consiguieron el efecto contrario. Mi polla siguió perdiendo vida a ritmo lento pero sin pausa mientras yo ya me movía como un salvaje tratando de conseguir lo imposible.

-David ¿qué te pasa? –me preguntó Sonia al haber notado como lo que tenía dentro cada vez estaba más flácido.

-Nada… -dije con la voz entrecortada por el esfuerzo que estaba haciendo tratando de revivir lo que ya estaba más muerto que vivo.

-Espera –me dijo sacándosela de su interior y apartándome levemente de ella- esto lo arreglo yo en un periquete…

Sonia se arrodilló ante mí, cogió mi miembro casi completamente flácido y empezó a lamerlo con su lengua. Primero el glande, luego el tronco y al final mis testículos. Se notaba que aquello le gustaba, que sabía hacerlo y muy bien por cierto pero nada, mi erección no se producía para su frustración y la mía, que no conseguía entender que me ocurría.

Aun así, no se dio por vencida. Sujetó con su mano el colgajo en que se había convertido mi polla, lo rodeó con sus labios y se tragó el glande que no tardó en sentir la calidez de sus labios, la humedad de su lengua y el leve roce  de sus dientes.

Poco a poco, su boca fue descendiendo, tragando más y más carne, casi engullendo la totalidad de mi miembro que, por extraño que pudiera parecer, seguía sin dar señales de vida.

¿Qué me sucedía? ¿Por qué me estaba ocurriendo aquello? No entendía nada. Tenía a una belleza como Sonia a mis pies, chupándome la polla de una forma magistral, mirándome con una cara de vicio que daba miedo, que deseaba que la follara a cualquier precio y yo, ajeno a todo aquello, no conseguía que mi polla se pusiera dura de ninguna de las maneras.

Sonia, cansada de intentarlo, se sacó mi miembro de la boca que cayó como un peso muerto, totalmente inerte. En su boca había acabado por perder lo poco que quedaba de su dureza.

-Quizás sea pronto… -dijo mirando mi polla totalmente laxa, frustrada por no haber conseguido lo que tanto deseaba- necesitas descansar… que tonta he sido –dijo levantándose y sonriendo aunque con un rictus de decepción que no pudo ocultar- acabas de llegar a una casa que no recuerdas, abrumado por la cantidad de novedades y yo, forzándote a hacer algo para lo que no estás preparado…

Se empezó a vestir y yo hice lo mismo, sin decir nada. Tampoco hacía falta, ambos sabíamos lo dura que la tenía cuando había empezado todo aquello así que el problema no era ese. Pero claro, yo no podía decirle que mi erección era a causa de una mujer que solo existía en mi mente, una fantasía, y no por ella.

Acabamos de hacer el recorrido por el resto de la casa y dejamos mis cosas en el dormitorio principal, aquel donde había visto a Sonia compartiendo cama y sensaciones con Fran. Otra fantasía. Iba a ser difícil rehacer mi vida cuando era incapaz de discernir lo que era real de lo que había sido una simple ilusión.

-Me voy a dar una ducha –dijo Sonia cogiendo algo de ropa y marchando al baño.

Yo me quedé allí sentado, en aquella cama, nuestra cama, turbado y desorientado. No estaba seguro si iba a poder superar aquello. Era todo tan raro, tan extraño. Como si aquella no fuera mi vida, sino la de otro que ya no existía. Como si yo no tuviera que estar allí.

Salí de la habitación, deambulando por el piso que tan bien conocía pero a la vez tan ajeno me resultaba. Al pasar delante del baño, escuché  el agua caer dentro donde Sonia se estaba duchando. Al mismo tiempo, una suerte de gemido me pareció oír en su interior por lo que no pude evitar entrar.

El vaho flotaba en el ambiente debido al agua caliente, las prendas que llevaba Sonia estaban desperdigadas por el suelo y me mostraron el camino a seguir para encontrarme frente a ella, ver su figura desnuda a través de la mampara translúcida, adivinar cuál era el origen de aquel gemido.

Se estaba masturbando. Apoyada su espalda contra la pared, una mano jugando con su pecho y la otra perdida en su entrepierna, por el movimiento de su mano penetrándose con sus dedos de forma ágil y vigorosa, dejando escapar algún gemido que ella trataba de acallar para que yo no la pudiera oír. Todo en vano, ya que estaba al otro lado del cristal…

La imagen era sumamente erótica, cualquier hombre se desnudaría al instante, irrumpiría dentro de aquella ducha y se follaría a aquella preciosidad de todas las maneras posibles, satisfaciéndola, saciándola, colmando su deseo… pero yo no. Ni siquiera conseguía sentir nada allá abajo. Nada. Ni tan siquiera un cosquilleo, un amago de reacción. La nada más absoluta.

Sus movimientos bajo el agua eran cada vez más frenéticos, estaba claro que lo ocurrido en el despacho la había dejado con un ardor y una quemazón inusitada y necesitaba correrse de forma urgente. Así lo demostraba la celeridad de sus gestos.

Lo más normal era irse, dejarla sola, respetar aquel momento de intimidad. Pero algo me retenía allí, no sabía el qué pero era incapaz de moverme, de dejar de mirar como mi novia se masturbaba de forma salvaje mientras yo la contemplaba sin sentir ni un ápice de deseo hacia ella.

Su espalda resbaló por la pared del baño y Sonia se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo de la ducha, con sus piernas bien abiertas y sus manos recorriendo cada pliegue de su sexo con avidez. Unos dedos penetrándose su encharcado coñito y otros estimulando su clítoris abultado, buscando alcanzar el placer que yo no había sido capaz de proporcionarle.

-Me corro… me corro, Fran…

Casi fue un susurro, un murmullo. Pero para mí fue como si lo hubiera gritado a los cuatro vientos. Nooooo, otra vez no…

Un largo gemido escapó de su garganta, su cuerpo se agitó entero a la vez que el placer la recorría de punta a punta, dejándola rendida pero satisfecha, colmada, saciada en todos los sentidos.

Fran. Había dicho Fran. Lo había escuchado a la perfección. Aquel ser que yo creía que era una fantasía, al igual que todo lo soñado y que eran mis únicos recuerdos, mi único pasado; su nombre había salido de los labios de mi novia mientras se masturbaba pensando, ahora sí con total seguridad, en él.

Mi cuerpo empezó a temblar de pánico, de terror, viendo como de nuevo mis pesadillas empezaban a tomar cuerpo, a tomar forma, presentarse ante mí en toda su crudeza. Empecé a retroceder, intentando salir de aquel baño donde todos mis temores habían resurgido, brotado de nuevo, viendo como Sonia, después de alcanzar su orgasmo y saciar su deseo, arrancaba a llorar enterrando su cabeza entre sus manos, abatida y arrepentida de lo que acababa de hacer.

Pero a mí aquello me daba igual. ¿Qué me importaba que se masturbara pensando en él? Porque, si de verdad Fran era real, ¿quién me decía que todo lo demás no lo era también? ¿Pero cómo saberlo? ¿Cómo averiguarlo? ¿Cómo llegar a la verdad?

Trastabillando salí del baño, con mi mano apoyada en la pared del pasillo lo fui recorriendo sin saber muy bien dónde ir, qué hacer… pero mis piernas iban solas, me guiaban, me dirigían… y yo me dejé llevar, que ellas eligieran mi camino, mi destino.

Palmo a palmo, fui avanzando hasta llegar, como no, a la puerta del despacho. Mi mano empujó la puerta, que se abrió de nuevo, y mis pies me ayudaron a traspasar el umbral. Cerré la puerta de forma inconsciente, encerrándome en el interior de aquella estancia que tantos recuerdos me provocaban.

Como un zombi, me dirigí al escritorio del despacho, una larga mesa con dos cajones que permanecían cerrados con llave, desconocedor de lo que había en su interior. Pero no iba a tardar en averiguarlo.  Mi cuerpo se sentó en la silla que había frente a la mesa, mi mano rebuscó dentro de un recipiente con bolígrafos, encontrándome con un objeto duro y metálico en el fondo.

Lo cogí y lo saqué, descubriendo que era una llave. Una llave que no sabía cómo conocía que estaba escondida allí y qué es lo que abría. De forma automática la llevé hasta la cerradura de los cajones para abrirlos, para descubrir qué había dentro.

La llave giró con facilidad, abriéndose el primer cajón, saliendo a relucir material de oficina que no me decía nada y que descarté enseguida. Lo que buscaba no estaba allí. La llave se dirigió al otro cajón y éste también se abrió, conteniendo el aliento al hacerlo, temiendo lo que podía descubrir.

Lo que había dentro hizo que mi corazón dejara de palpitar y el aire se escapara de mi garganta con hondo quejido. No, no podía ser. Primero Fran y ahora esto. Con dedos temblorosos saqué del cajón aquella cajita que sabía muy bien qué contenía, lo que significaba.

Pero debía abrirla, necesitaba abrirla. Confirmar su contenido, confirmar que otra fantasía se convertía en realidad. Que aquellos fragmentos que creía irreales eran retazos de mi memoria perdida. Nada de alucinaciones.

La cajita se abrió y descubrí el anillo, aquel anillo que había sostenido en mi sueño. Aquel anillo con el que pretendía pedir la mano de Sonia. El anillo que había comprado en mi viaje, aquel viaje que había acortado para sorprender a mi novia.

Todo era real, al menos esa parte. Tener entre mis dedos ese anillo había despertado ese recuerdo, haciéndome revivir el viaje de vuelta, ilusionado con la cara de sorpresa y de emoción que pondría mi chica cuando me viera llegar, arrodillarme y pedirle que se casara conmigo, que compartiera el resto de su vida conmigo.

Recordé como había recorrido el piso vacío, como había contemplado de nuevo el anillo antes de guardarlo en aquel cajón, antes de tumbarme en aquel sofá donde, cansado del largo viaje, había caído rendido y me había dormido casi al instante.

¿Y luego qué? Porque si aquello era real ¿Quién me decía que lo que había visto después no lo era también? La fiesta, el juego, Miriam, Juanjo y  Manu haciendo aquel particular trío en una de las habitaciones, Fran follándose a Marta después de haber manoseado a su antojo a mi novia y, luego, como había ido a nuestro dormitorio a intentar vencer sus últimas resistencias…

Mi cuerpo temblaba de nuevo ante el temor que todo aquello fuera real pero necesitaba averiguarlo, salir de aquella incertidumbre, romper con aquella inquietud… ¿pero cómo hacerlo? Necesitaba pensar, aclarar mi mente, poner algo de distancia para ver las cosas con claridad. O no, quizás lo único que necesitaba era volver a dormirme, volver a tener un sueño de aquellos que me mostrara algo más de lo sucedido aquella maldita noche en que mi vida cambió para siempre. ¿Y en qué mejor sitio que en el lugar en que había ocurrido todo?

-Sonia –llamé a mi chica, que aún estaba en el baño, desde la puerta- salgo un momento a dar una vuelta…

-¿Quieres que te acompañe? –me preguntó ella asomándose por la puerta envuelta en una toalla y mientras se frotaba el pelo húmedo- aún tengo tiempo antes de ir a trabajar…

-No, no hace falta, de verdad –le contesté- quiero ir solo, ver si soy capaz de reconocer algo, aprender a valerme por mí mismo… tú vete a trabajar tranquila que yo me doy un paseo largo y luego me paso por recuperación…

-¿Estás seguro? –Volvió a preguntar Sonia no muy convencida- mira que no me cuesta nada llamar y que cambien la sesión para otro día…

-No, tranquila –dije yo poniendo mi mejor cara- nos vemos a la noche…

-Vale cielo –dijo Sonia acercándose, sonriéndome con cariño y dándome un rápido pico- nos vemos luego, cariño…

Salí de casa tal como le había dicho a Sonia pero no di ninguna vuelta ni tenía intención de ir a recuperación. Me senté en un banco desde donde divisaba la puerta de mi casa y esperé a que saliera Sonia hacia su trabajo. No tardó en hacerlo y yo aún menos en levantarme de aquel incómodo banco, entrar en el piso e irme directo a aquel despacho, a aquel sofá donde me tumbé con la intención de dormirme y soñar, averiguar de una vez toda la verdad, descubrir al fin mi pasado…

Mientras mis ojos se iban cerrando y me sumía en el sueño tan deseado, ajeno a todo lo que me rodeaba, un destello recorrió el cielo y las primeras gotas golpeaban el cristal del despacho…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s