ISA HDEZ

Buscaba la calidez de su compañía, pensaba que cumpliría su promesa, creía que no la abandonaría, y un día él se marchó. Desde entonces ella perseguía su sombra por todas partes como si en ello le fuera la vida. Deambulaba por las calles de la gélida ciudad, aterida de frío; la penumbra no impedía su camino, las noches comenzaban en las primeras horas de la tarde y ya no veía la luz hasta el amanecer. Ella seguía con pasos firmes, erguida, vestida con su abrigo negro, con las manos en los bolsillos enfundadas en aquellos guantes de lana, viejunos ya por tanto uso, que compró en el mercadillo del barrio para amainar el impávido frío invernal y proteger así sus finos dedos de las frieras; al llegar a la ciudad, en el primer invierno hasta le brotaba la sangre de los nudillos por los sabañones. Todas las tardes salía de su casa a la misma hora creyendo que esta vez sí daría con él. Andaba calle tras calle, y hasta imaginaba ver su sombra, entonces corría para alcanzarlo, pero nunca llegaba a tiempo y, siempre regresaba sola. Al día siguiente repetía su búsqueda por otro itinerario con el mismo ritual. Una tarde dejó de salir y ya no lo buscó más. El frío había hecho mella en su interior y había consumido su energía. Por ello, cuando él tocó en la puerta no lo dejó entrar; no conocía su cara ni recordaba su nombre como si de un extraño se tratara. Tal vez el paso del tiempo le procurara alguna señal que le evocara lo acaecido.

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