MIRZA MENDOZA

Una fastidiosa semana había acontecido en mi rutina. Por ello, cuando Rodo me habló de beber licor no lo pensé mucho y acepté la invitación. Habíamos recibido un dinero extra y por mi parte podía darme ese lujo. A Rodo le daba igual, con dinero o sin dinero nunca le pasaba la manutención a su hija.

La charla fue amena y me mareé rápido. Lo atribuí a mi cansancio, además de la depresión que siempre me acompaña el fin de año, cada año. En algún momento de la noche me quedé dormido en medio de la plática con Rodo quien, apenas lo recuerdo, me hablaba de las dos mujeres que le gustaban en ese momento. Yo en cambio no había podido olvidar a una desde hace dos años y que cada día al despertar la recordaba. El amor es una tortura cuando no es correspondido.

Al parecer mi breve siesta molestó a mi compañero de copas. Cuando desperté, él ya no estaba junto a mí. Tambaleándome llegue a la puerta de la casa. Siempre hacía eso, llegar a la casa de mi exnovia cuando me emborrachaba, pero esta vez no gritaría su nombre ni lloraría.

Desperté con un fuerte zumbido en los oídos. Mis ojos no fijaban bien las imágenes y veía todo borroso. Estaba en una cama, el olor del lugar no era el cotidiano y me asusté. Me concentré para que a modo de una cámara profesional, las lentes de mis ojos puedan enfocar correctamente. Al poco rato distinguí bien mi entorno, el zumbido fue bajando pero a la par mucho dolor en mi cabeza empezó a surgir.

Por un momento pensé que estaba soñando, ya que reconocía plenamente el sitio, pero mi ser no podía creer dónde me encontraba: el cuarto de mi exnovia. Cuando me di cuenta que era el más maravilloso escenario, di un brinco en su cama, me toqué el torso que lo tenía desnudo y la busqué con la mirada. Estaba solo en su cuarto, semidesnudo y con la peor resaca de mi vida. Me odié. Un intenso mareo se apoderó de mi cuerpo. Mis piernas temblaban y las sienes me sudaban. La lengua la tenía seca y sentía un leve ardor en los brazos. Me volví a echar ya sin fuerzas, caí en un sueño profundo.

Algo en mi inconsciente hizo que despertase sobresaltado, el cuarto de mi exnovia estaba a oscuras, los malestares que tenía no habían cesado. Me incorporé y prendí la luz, ubiqué mi ropa en el suelo y me la puse. Me sentí diferente, me toqué la frente, tenía fiebre. Traté de abrir la puerta y estaba cerrada con llave. Tenía sed. Me daba mucha vergüenza hablar en voz alta para pedir que me abran la puerta. Empecé a tocar con mi puño, primero suave y luego con más vigor aunque no tenía mucha fuerza. Mientras tocaba recordé las veces en que fuera de esa casa grité mi desengaño, mi despecho.

Cuando creí que era infructuoso tocar esa puerta, esta se abrió lentamente, era el padre de mi exnovia. Entró, ubicó una silla y se sentó. Yo completamente en silencio me senté en la cama a esperar un probable sermón de su parte, avergonzado de estar ahí, dentro de su casa, seguro hasta el mismo tuvo que acostarme (estando yo completamente ebrio por el licor y borracho de amor, de desamor). Abrió la boca y dijo lo que para mí al comienzo parecía una incoherencia:

—yo le pedí que se alejara de ti…

—pe,pe,pe, pero señor, yo ¿qué le he hecho a usted para que me destroce la vida así?

—tú, nada muchacho, siempre me caíste bien, solo que, bueno, es más que nada por tu fecha de nacimiento. Naciste un fatídico 01 /01/1991 a la 1:01 am.

—Señor, me va a disculpar pero usted está loco, ¿qué tiene que ver eso? Usted sabe que yo amaba a su hija, es más la sigo amando. ¿Dónde está ella?

—Mi hija está lejos, en un viaje, ganó la beca, esa que siempre quiso. Pero no me distraigas, yo debo contarte toda la verdad.

—mejor me voy, disculpe, ya nunca más volveré a su casa.

—tú no irás a ninguna parte, siempre te disculpas diciendo que no volverás, pero cada vez que te emborrachas llegas a la puerta de mi casa buscando a mi hija, diciendo improperios y gritando barbaridades.

—Se lo juro, nunca más volverá a suceder, señor.

—¿sabes cuántas veces me has dicho lo mismo?, pero ahora todo es diferente, ella no está aquí para suplicarme por ti y yo debo hacer lo que el destino tiene preparado para mí. Yo no lo busqué, tú vienes siempre aquí, es ahora o nunca.

—¿Me va a pegar?, bueno pégueme, seguro lo merezco—dije cerrando mis ojos y poniendo el cuerpo duro, listo para recibir sus puñetes.

El silencio era macabro, el sonido de los borborigmos de mi estómago vacío era lo único que escuchaba, abrí  lentamente un ojo y el padre de mi novia, bueno de mi ex novia ya no estaba, se había ido sigilosamente. Me sentí un estúpido, estaba la puerta abierta así que salí. En mi mente muchas teorías se agolpaban tratando de descifrar lo que esa conversación significaba. ¿de qué verdad me hablaba?

Empecé a bajar las escaleras camino a la sala, sabía cuál era la salida. Olor a incienso empapó mis fosas nasales, tuve deseos de vomitar, paré para respirar profundamente y tratar de manejar el mareo que persistía en mí.

Ahí estaba mi ex suegro prendiendo velas en el medio de su sala, había sal regada y libros abiertos, un cráneo. Era como si estuviese preparando un ritual de “chamanería”, de brujería o algo parecido que yo no podía entender.

—es momento de la verdad, servirás como pago a una invocación satánica. Llegó tu hora, tú eres el elegido para ser sacrificado. Naciste un primero de enero del año…

—usted está loco de remate, yo me largo de aquí—dije con la poca vitalidad que me quedaba.

El padre de la que fue mi adorada novia me cerró el paso, forcejeamos un poco y de un golpe certero me desmayó. Por ratos yo entreabría mis ojos. Escuchaba sus canticos, me había hecho pequeños cortes en los brazos, entre la ensoñación veía los hilos de sangre salir de mi cuerpo. Era como una pesadilla que nunca había imaginado tener como realidad. Me preguntaba el motivo, la razón. Me arrepentía cada segundo de haber llegado a esa casa. Solo esperaba mi muerte. Cuando creí que estaba muerto escuché unas voces. Puedo pedir ayuda, pensé. Luego afiné el oído y una de las voces era del dueño de casa, el desagraciado que quería mi sangre en sacrificio.

—Pero hombre, ¿tenías que hacer toda esa morisqueta?, le hubieras enviado a unos matones para darle un susto, decirle que no se acerque a tu hija y ya.

—eso no hubiera servido, lo hubiera alentado a seguir buscándola, ¿ya te olvidaste de como eras cuando joven?, ¿un joven enamorado? Este muchacho lleva dos años en este plan, viniendo a buscar a mi hija, cuando ella ya hizo su vida, ella ya lo olvidó. Tuve que pagar mucho en sobornos para que gane esa estúpida beca y se vaya lejos. Me alegro que haya conocido a otro tipo por allá y que tenga planes de matrimonio.

—hasta ahora no entiendo el porqué de todo este teatro, pero bueno, ya llevémoslo a su casa, míralo al pobre, de seguro que le has creado un trauma, eres raro, esas cosas no se hacen. Inventarte esta estupidez del sacrificio humano, eres un orate. Definitivamente cuando despierte nunca más querrá venir, ni mucho menos querer contactarse con tu hija. Es más nadie le tomará en serio si cuenta todo lo que pasó aquí. Lo drogaste mucho, de milagro sigue respirando.

—No hables muy alto que lo despertarás, ahora ayúdame a subirlo a la camioneta. Está completamente “seco”. Estamos de acuerdo que nunca más querrá venir ni buscar a mi hija. Ni vendrá a pedirme explicaciones por miedo a que le haga algo. Pensará tal vez que le perdoné la vida.

Me subieron a la camioneta, yo fingía estar inconsciente. Agradecido de esta vivo pero muy mortificado de lo que me había hecho este señor. Lo desconocía por completo. En el camino a mi casa recordé todos los pasajes de mi convivencia con él, se había puesto incomodo al saber mi edad, mi fecha de nacimiento, al ver el gran lunar que tenía en la pierna, el que había heredado de mi madre. Me preguntaba cosas muy personales de mi familia y al poco tiempo, su hija, mi exnovia, me terminó, sin razón hasta sin pena. Nunca hubiera imaginado que él había sido el artífice de nuestra separación. El auto se detuvo y ambos hombres bajaron del vehículo. Yo seguía con los ojos cerrados, esperando a que me carguen y me dejen tirado en la puerta de mi casa. Los escuché nuevamente hablar:

—¿Esta no es la casa de Chabela?, a la que le habías prometido matrimonio, pero la dejaste un día antes de la boda; ¿este muchacho es familia de ella?. No me digas que es hijo de Chabela, no me digas que este pobre joven es tu, tu, ¡tu hijo!.
—¿Ahora entiendes por qué hice lo que hice?, apúrate y bajémoslo del carro antes que despierte.

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